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¡Londres a sus pies! Black Label Society arrasa en una noche antológica de heavy metal

Bandas: Black Label Society – Venom Inc. – Dark Chapel
Lugar: O2 Forum Kentish Town, Londres – 29 de mayo de 2026
Fotos: Jesús Figueirido

El 29 de mayo, el O2 Forum Kentish Town acogió una actuación que difícilmente puede describirse como una fecha más dentro de una gira. Lo que allí sucedió tuvo la dimensión de un acontecimiento. El esperado regreso de Black Label Society a Londres tras cuatro años de ausencia no era una simple parada promocional dentro de su gira Summer 2026 Part I – Engines of Demolition Tour: era una cita marcada desde hacía meses en rojo por una ciudad cuya relación con el heavy metal siempre ha rozado lo espiritual.

Desde mucho antes de la apertura de puertas, las inmediaciones del recinto ya respiraban ese ecosistema tan reconocible para cualquier amante de la música pesada. Chalecos de cuero cubiertos de parches, camisetas de giras imposibles, vasos de cerveza multiplicándose en las terrazas vecinas y conversaciones donde el nombre de Zakk Wylde aparecía con la reverencia reservada a las leyendas.

La llamada de la Doom Crew Inc. había sido escuchada.

Con el cartel de sold out agotado desde hacía semanas y un recinto completamente abarrotado, la noche prometía un recorrido por distintas formas de entender la música extrema, desde la densidad emocional del sludge contemporáneo hasta las raíces más primitivas y salvajes del metal extremo, culminando en el monumental despliegue de heavy blues-metal de Black Label Society.

Y el viaje comenzó puntual.

Dark Chapel: El barro antes de la tormenta

A las 19:30, las luces del O2 Forum comenzaron a apagarse lentamente. La misión de inaugurar la velada recaía sobre Dark Chapel, proyecto liderado por un rostro muy familiar para los seguidores más fieles de Black Label Society: Dario Lorina, guitarrista de la banda principal y, durante años, uno de los aliados musicales más importantes de Zakk Wylde.

Lo fácil habría sido presentar el proyecto como un simple vehículo paralelo del guitarrista. Pero bastaron pocos minutos para comprender que aquello tenía una personalidad completamente propia. Dark Chapel se mueve en un territorio musical fascinante; riffs pesados de aroma sludge, atmósferas densas, pulsos de blues oscuro y una evidente herencia del grunge de los noventa. Su sonido parecía emerger directamente de una carretera perdida entre humedad, gasolina y melancolía.

Lorina asumió el papel de frontman con naturalidad, liderando a la banda a través de canciones como “Afterglow”, “Hollow Smile” y “Sign of Life”, demostrando una faceta compositiva mucho más introspectiva de la que suele mostrar dentro de Black Label Society. Su voz, rasgada, vulnerable y melancólica funcionaba como el complemento perfecto a unos riffs que parecían arrastrarse lentamente antes de estallar en crescendos de intensidad controlada. Pero si algo destacó de su actuación fue el equilibrio entre técnica y contención.

Lorina es, sin duda, un virtuoso del instrumento. Más que impresionar con la técnica, buscó crear climas, hizo crecer la intensidad de forma progresiva y respeto los silencios de las composiciones. Cada armónico, acople y transición tenían una intención evidente.

El momento más inesperado llegó con una reinterpretación sombría de “Ain’t No Sunshine”, de Bill Withers, convertida en un ejercicio hipnótico de oscuridad bluesera. La respuesta del público fue inmediata: cabezas moviéndose al compás mientras el bajo y la percusión marcaban un ritmo absorbente que terminó envolviendo a toda la sala. Y eso, para un telonero, es un triunfo enorme aunque fuese un set corto de media hora.

Dark Chapel firmó un prólogo elegante y absorbente para lo que estaba por llegar.

Venom Inc.: El rugido de los maestros del caos

A las 20:15, el ambiente cambió radicalmente.

Si Dark Chapel había sido un descenso melancólico por pantanos emocionales, Venom Inc. irrumpió como un accidente frontal a máxima velocidad.

Con Jeff “Mantas” Dunn a la guitarra y Tony “Demolition ManDolan al frente, el escenario se transformó instantáneamente en un campo de batalla. Hablar de Venom implica hablar de una banda fundacional. Mucho antes de que el black metal y el thrash metal tuvieran forma reconocible, ellos ya estaban empujando los límites del ruido, la velocidad y la provocación. Pero quizá lo más destacable fue constatar que su propuesta continúa teniendo fuerza y sentido en el presente.

La descarga comenzó con temas contemporáneos como “Ave Satanas” y “There ‘s Only Black”, ejecutados con una agresividad que parecía desafiar cualquier lógica biológica sobre la edad de sus integrantes. El bajo de Dolan rugía como una maquinaria industrial descontrolada, mientras Mantas escupía riffs primitivos y violentos con una autoridad intacta. La crudeza seguía siendo el núcleo de todo. Pero inevitablemente, el verdadero estallido llegó cuando aparecieron los clásicos. El O2 Forum explotó en un gigantesco mosh pit. Cerveza surcando el aire, cuerpos chocando y centenares de cuernos metálicos apuntando hacia el escenario convirtieron la sala en una postal perfecta del caos organizado que define al metal extremo.

Himnos como “Inferno” o “Black N Roll” desataron la locura absoluta, recordando por qué el legado de Venom sigue siendo tan decisivo décadas después. Cuando sonó “The Hammer” como tributo a Motörhead y a Phil Campbell, quedó patente que aquello había sido algo más que una reunión con el pasado.

Venom Inc. sigue funcionando como una auténtica máquina de guerra. El listón de decibelios quedaba peligrosamente alto y aún faltaba el plato fuerte…

Black Label Society: La llama del espíritu de Ozzy sigue latente

A las 21:30, la oscuridad volvió a apoderarse del lugar.

Por sorpresa, Zakk Wylde apareció tras el telón con una máscara y una cámara en la mano, grabando al público mientras tomaba el pulso al ambiente de la sala.

Un silencio expectante recorrió el O2 antes de que el gigantesco telón con la calavera de Black Label Society cayera pesadamente al suelo, revelando el escenario más impresionante de toda la noche: una monumental pared de amplificadores Marshall, levantada como si se tratara de una fortaleza medieval construida a base de válvulas y distorsión.

Entonces sonaron las sirenas antiaéreas y el escenario quedó cubierto por una densa cortina de humo. De entre la neblina emergió de nuevo Zakk Wylde, esta vez con el rostro descubierto. Con su inseparable kilt (falda escocesa), la melena cubriéndolo parcialmente el rostro y su icónica Gibson Les Paul Bullseye, el guitarrista apareció como una figura mitológica, mitad vikingo, mitad predicador del riff pesado. Ese impacto inicial fue devastador.

La banda abrió fuego con “Funeral Bell” y una demoledora “Name in Blood”, de su trabajo más reciente, marcando desde el inicio el carácter de una actuación intensa. Black Label Society no entiende sus canciones como simples composiciones, sino como auténticos impactos sonoros capaces de sacudir a toda una sala.

La sección rítmica formada por John DeServio al bajo y Jeff Fabb a la batería funcionó como el motor de un tanque. Compacta, precisa, brutal al igual que la arrolladora “Destroy And Conquer“. Sobre ellos, Zakk Wylde desplegó inmediatamente su característico lenguaje guitarrístico: una muralla de distorsión, y esos ya legendarios armónicos artificiales que parecen aullar como criaturas heridas.

El setlist recorrió gran parte de la historia de la banda con himnos como “A Love Unreal”, o “Heart Of Darkness” mientras el público respondía coreando cada estribillo como si de un credo se tratara. Uno de los grandes atractivos del directo de la banda sigue siendo el diálogo constante entre las guitarras. Fue entonces cuando volvió a aparecer Dario Lorina, completando una noche memorable tras haber abierto la velada con Dark Chapel. Riffs armonizados, intercambios de solos imposibles y auténticos duelos de shredding provocaron algunas de las mayores ovaciones del concierto. Lorina no parecía un músico secundario, se asemejaba más a un compañero de armas.

También hubo espacio para un guiño especialmente emotivo cuando incorporó parte de “No More Tears”, enlazándola magistralmente desde el solo de guitarra. La reacción fue instantánea…Nostalgia, respeto y emoción para recordar por qué Ozzy Osbourne confió en él como su mano derecha durante décadas.

Y entonces llegó el humor. En uno de los momentos más divertidos de la noche, Wylde presentó a la banda provocando amistosamente al público británico a través de bromas sobre la gastronomía inglesa. Según Zakk, John DeServio odiaba el “fish and chips”, Jeff Fabb consideraba horribles las “bangers and mash” y Darío Lorina había declarado la guerra al tradicional Sunday Roast. El O2 Forum respondió entre risas, silbidos y cánticos improvisados. Fue un momento de cercanía poco habitual en un concierto de estas dimensiones. Al fin y al cabo, Black Label Society siempre ha entendido su relación con los seguidores como algo más parecido a una familia que a una simple base de fans.

Pero el momento verdaderamente trascendental de la noche aún estaba por llegar. El duelo convertido en himno. El concierto dio un giro cuando Zakk Wylde se sentó al piano. Las luces se apagaron de nuevo y la sala quedó envuelta en silencio. Entonces, lentamente, comenzaron a desplegarse dos enormes lonas con los rostros de Dimebag Darrell y Vinnie Paul Abbott, los eternamente recordados hermanos de Pantera.

El público enmudeció. Los primeros acordes de “In This River” transformaron el recinto. El caos desapareció. Más de dos mil personas quedaron inmóviles mientras Zakk Wylde daba vida a la canción desde un lugar profundamente personal. El silencio del público decía mucho.

Aquello fue mucho más que una canción dedicada a alguien ausente. Fue una celebración de un legado compartido por varias generaciones de seguidores.

Tras la pausa emocional, Black Label Society volvió a acelerar sin contemplaciones. Canciones como “The Blessed Hellride”, donde el duelo de guitarra entre Zakk y Darío se complementaron de maravilla, demostrando su compenetración tocando las guitarras detrás de la cabeza para deleite del personal, ”Set You Free”, ”Fire It Up” y la colosal “Suicide Messiah” llevó a la audiencia a un nuevo nivel de euforia. Pero faltaba el punto álgido del bolo y se plasmó con la siguiente y espectacular “Ozzy’s Song”, perteneciente a su material más reciente y concebida como homenaje al eterno Madman. El bajo de DeServio golpeaba el pecho, Jeff Fabb castigaba el doble bombo sin piedad y entonces llegó el final inevitable, “Stillborn” desató el mosh pit más salvaje de toda la noche. El O2 Forum entero rugía el estribillo con tanta fuerza que, durante momentos, la voz de Zakk desaparecía completamente bajo el peso de miles de gargantas. El último acorde se sostuvo largo, bañado en una tormenta de acoples cuidadosamente provocados frente al inmenso muro Marshall. Zakk golpeó su pecho. Levantó la guitarra hacia el cielo. Y se despidió de Londres con todo los honores.

La salida por las calles de Kentish Town se convirtió en un lento y casi ceremonial desfile de camisetas negras, rostros satisfechos y oídos aún zumbando por el castigo glorioso de los amplificadores. El aire nocturno de Londres, sorprendentemente cálido, golpeaba como una bendición inesperada; una bocanada de frescura necesaria tras la sofocante intensidad vivida dentro de aquella auténtica olla a presión sonora que fue el recinto. Pero lo vivido aquella noche fue mucho más que una simple sucesión de conciertos.

Fue una demostración incontestable de la amplitud, resistencia y vigencia del heavy metal tal y como lo entendemos: desde la oscuridad introspectiva y casi litúrgica de Dark Chapel, pasando por la brutalidad primigenia y fundacional de Venom Inc., hasta desembocar en la experiencia monumental, emocional y devastadoramente poderosa de Black Label Society. A las puertas de cumplir seis décadas de vida, Zakk Wylde continúa tocando con la ferocidad de alguien que todavía siente que debe conquistar el mundo escenario tras escenario. Quizá ahí resida el verdadero secreto de su grandeza.

El no actúa como una leyenda acomodada sobre su propio legado, actúa como un creyente absoluto del riff. Y Londres, una vez más, respondió a la llamada. La Doom Crew Inc. hizo lo que mejor sabe hacer: levantar vasos, compartir sudor, abrazar los decibelios y profesar una devoción inquebrantable por una música que, lejos de apagarse, sigue latiendo con una fuerza salvaje.

Larga vida al riff.

Larga vida a Black Label Society.

By Emilio Ortega

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