Accept celebra 50 años de heavy metal en Londres

Banda: ACCEPT
Lugar: Indigo at The O2, Londres – 28 de agosto de 2026
Fotos: Jesús Figueirido

Cincuenta años en la trinchera del acero: la epopeya inmortal de Accept en Londres

50 años, o medio siglo. Se dice pronto. Pero permanecer durante cinco décadas en la brecha, al pie del cañón y defendiendo una pasión con la misma intensidad exige mucho más que talento: requiere una entrega absoluta y, sobre todo, la capacidad de mantener viva una llama que para muchas bandas termina apagándose con el paso del tiempo. Son muy pocas las formaciones capaces de semejante hazaña, y Accept es, sin duda, una de ellas. De la mano de Wolf Hoffmann, único integrante original que continúa al frente de la formación, la banda alemana no entiende de edades ni de fechas de caducidad. Su longevidad se presenta así como una auténtica bocanada de aire fresco, pero también como el inesperado reverdecer de una segunda juventud. Una concebida para reivindicar la música que ha marcado generaciones y que, lejos de perder fuerza, continúa rugiendo con la misma intensidad.

Bajo el significativo nombre de Half A Century of Metal – 50th Anniversary Tour, Accept nos invita a celebrar algo mucho más grande que un simple aniversario: medio siglo de resistencia, de pasión y de amor incondicional por la bendita música del Heavy Metal.

En una noche en la que el contraste no podía resultar más desquiciado, ni al mismo tiempo más fascinante, salir de la estación de North Greenwich y encontrarse de frente con la marea humana que envolvía la península era adentrarse en la esquizofrenia cultural definitiva de la capital británica. A un lado, miles de jóvenes ataviadas con tonos pastel, destellos de purpurina y, aquí y allá, avanzaban en procesión hacia el recinto principal de The O2 Arena para entregarse al universo pop de Ariana Grande. Al otro, abriéndose paso entre aquella multitud y bajo la benigna climatología londinense, una heterogénea legión de metaleros avanzaba con determinación hacia el Indigo at The O2.Una multitud de melenas al viento y una generosa colección de camisetas negras, estampadas con los nombres de infinidad de bandas, componían el uniforme de una tribu que parecía haber aterrizado desde otra dimensión.

Dos universos paralelos separados apenas por unos metros de hormigón, unidos únicamente por el mismo recinto y completamente opuestos en credo, estética y sonido. Sin embargo, para quienes cruzamos aquella noche el umbral del Indigo, con capacidad para más de 2.000 personas, no existía otra religión posible que el culto al acero teutónico. Y frente a ellos, los británicos Tailgunner, encargados de calentar una noche que prometía convertirse en una auténtica ceremonia de acero.

Puntuales como un reloj suizo, Tailgunner saltó al escenario sin pedir permiso y abrió fuego con “Midnight Blitz”. “White Death” y “Shadows of War” elevaron la intensidad y trasladaron la sala a la era dorada del heavy metal británico, recuperando aquella sensación de peligro y urgencia de los primeros años ochenta. “Tears in Rain”, “War in Heaven” y “Barren Lands and Seas of Red” mantuvieron al público entregado, antes de que “Eulogy” y “Guns for Hire” pusieran el broche final. Fueron 45 minutos de energía, velocidad y actitud que dejaron el ambiente completamente caldeado para todo lo que estaba por llegar.

Accept: acero teutónico en estado puro

Las luces se apagaron y apareció en el escenario el batería Christopher Williams bajo una atronadora ovación.

Rompiendo todos los esquemas habituales y prescindiendo de cualquier introducción tibia, Accept arrancó directamente a la yugular con “Metal Heart”. Sentir los primeros acordes de aquel riff monumental vibrando por todo el recinto fue un impacto demoledor. Cuando Wolf Hoffmann ejecutó ese pasaje inmortal que entrelaza la agresividad del Heavy Metal con la elegancia neoclásica del Für Elise de Beethoven, las miles de almas congregadas en el Indigo se fundieron en una sola garganta. Wolf, imponente, con la cabeza rapada y su inseparable Flying V entre las manos, se erigió desde el primer instante en el maestro de ceremonias absoluto.

Sin apenas tiempo para tomar aire, la embestida continuó con “Teutonic Terror”, demostrando que la etapa moderna de Accept, con Mark Tornillo al frente, no tiene absolutamente nada que envidiar a su legado histórico. El registro cavernoso, áspero e incisivo de Tornillo cortaba el aire como una cuchilla, mientras la sección rítmica avanzaba como una apisonadora. La descarga adquirió todavía mayor velocidad con “Restless and Wild”, aquel puñetazo seminal de Speed Metal que provocó los primeros mosh pits realmente serios en el centro de la pista. “London Leatherboys” adquirió una dimensión especial en su propia casa. Irreverente himno épico,cargada de actitud, la canción hizo retumbar las paredes del Indigo mientras el bajo de Martín Motnik marcaba un groove contundente y el público se dejaba la garganta en cada palabra del estribillo. Le siguió la electricidad melódica de “Midnight Mover”, donde las guitarras construyeron una muralla sónica sobre la que Hoffmann fue deslizando solos quirúrgicos con una precisión pasmosa.

Y para cerrar este primer bloque de infarto, “Run If You Can” recuperó la furia más primitiva y desgarrada de los primeros Accept, manteniendo a la audiencia atrapada en un frenesí que no había concedido ni un segundo de descanso.Lo que vino a continuación fue una auténtica lección magistral sobre cómo construir un setlist de aniversario sin sacrificar dinamismo ni dejar huérfanos a los seguidores más veteranos. Accept sorprendió ensamblando un primer medley colosal que condensó tres piezas imprescindibles en una única ráfaga de acero: “Monster Man / Aiming High / Wrong Is Right”. La transición entre los tres temas resultó impecable. Todo funcionaba como un engranaje perfectamente lubricado, demostrando una compenetración escénica propia de una banda que lleva décadas dominando escenarios de todo el planeta. No había movimientos innecesarios ni artificios superfluos: únicamente cinco músicos haciendo lo que mejor saben hacer.

La temperatura del recinto continuaba ascendiendo. Con “Love Child”, Accept mostró su faceta más pesada, machacona y desbocada, con un bombo seco que parecía golpear directamente contra el esternón. “Fight It Back” recuperó la agresividad más pura e incisiva de su primera época, antes de que “Up to the Limit” impusiera un ritmo imparable que, sobre las tablas, adquiere un peligro y una inmediatez muy superiores a los de su versión de estudio.

Entonces llegó “Breaker” y qué barbaridad de canción.La rabia de Accept, ejecutada con la elegancia técnica de Hoffmann y la garganta rasposa y endurecida de Tornillo, convirtió el tema en uno de los momentos más incendiarios de la noche. Pero si hablamos de comunión colectiva, nada podía superar lo que estaba a punto de suceder. La demoledora “Princess of the Dawn”con ese riff hipnótico y marchoso con el que arranca paralizó durante unos segundos la sala antes de convertirla en una gigantesca ceremonia de Heavy Metal. Y cuando la música se redujo al pulso de la batería de Williams y el bajista Motnik, ocurrió algo que ningún sistema de sonido puede reproducir: miles de voces ocuparon el espacio, entonando al unísono el icónico tarareo de la melodía.Wolf sonreía desde el filo del escenario. No necesitaba hacer nada más.En aquel instante estaba contemplando, frente a sus propios ojos, la vigencia absoluta de un himno que después de más de cuatro décadas continúa conservando intacta su capacidad para estremecer. Pero Accept todavía tenía más munición.Un segundo medley monumental hizo temblar los cimientos del Indigo: “Demon’s Night / Starlight / Losers and Winners / Flash Rockin’ Man”. Una ráfaga encadenada de riffs de alto octanaje, arqueología pura del Metal alemán, recuperada con una contundencia que hizo imposible quedarse quieto.

Para cerrar el set principal, la banda apostó por la contundencia contemporánea de “Pandemic”. Su densidad aplastante dejó el escenario envuelto en sombras mientras el último acorde se desvanecía entre una audiencia que ya reclamaba a gritos el regreso de los músicos. Durante unos breves minutos, el Indigo quedó sumido en la oscuridad. Los cánticos del público fueron creciendo hasta convertirse en un rugido ensordecedor que terminó reclamando de nuevo a la banda.

Justo entonces regresaron para asestar la estocada final, y qué estocada.

El sonido de un vinilo antiguo comenzó a escucharse por los altavoces. Apenas unos segundos después, aquel chillido infernal anunció el comienzo de “Fast as a Shark” y sobre las tablas Mike Tornillo con un tiburón de plástico de 1 metro sobre el brazo desató la locura y se apoderó de la pista.El tema que ayudó a sentar las bases del Speed Metal provocó un auténtico remolino humano de empujones, cabezas agitándose, cuernos en alto y una batería absolutamente destructiva.Sin dar tregua, Accept atacó con “Son of a Bitch”, macarra, desafiante y deliberadamente insolente. La canción recuperó toda la crudeza callejera que caracterizó los primeros años de la banda y volvió a demostrar que el Heavy Metal también puede tener una sonrisa torcida y un puño cerrado.

Y entonces llegó el momento sacramental con los primeros acordes del gran himno por excelencia,“Balls to the Wall” fue realmente el punto álgido de toda la noche. Lo sucedido durante aquella canción trasciende cualquier intento de describirlo desde la distancia. Fue una auténtica ceremonia de devoción colectiva. Cada sílaba fue rugida por el público con la fuerza de un ejército, mientras los focos teñían de rojo el recinto y las guitarras de Hoffmann y Shouse parecían dictar la sentencia definitiva. El Indigo entero pertenecía a Accept.Cuando todo parecía indicar que la velada concluiría según el guion previsto con “I’m a Rebel”, tal y como figuraba impreso en los papeles del setlist pegados al suelo del escenario, la banda decidió romper los esquemas en el último segundo.Y fue precisamente entonces cuando llegó la sorpresa. En una maniobra completamente fuera de guion y cargada de pura adrenalina rockera, sonaron los primeros acordes de “Burning”. La reacción fue inmediata y la ovación ensordecedora.“Burning” se convirtió en una explosión final de Rock and Roll acelerado, un último estallido de electricidad, sudor y descontrol que consumió las escasas reservas de energía que todavía quedaban en nuestros cuerpos.

No podía existir una despedida más apropiada.

Al salir del Indigo hacia la explanada exterior, con el aire fresco de la noche londinense aliviando el sudor, la imagen del principio se repetía en sentido inverso. El público de Ariana Grande se dispersaba hacia el metro entre risas y luces de teléfonos móviles, mientras la marea de cuero y parches abandonaba el recinto con la sonrisa exhausta de quien ha presenciado un triunfo inapelable. Durante una noche, el pasado y el presente se fundieron bajo el mismo techo para demostrar que determinadas canciones no envejecen, determinadas guitarras no pierden su filo y determinadas bandas no necesitan pedir permiso para seguir ocupando el trono. Una noche memorable donde el acero teutónico volvió a conquistar Londres.

El tiempo transcurre inexorablemente para todos, y volver a contemplar sobre un escenario a una de las bandas que marcó mi juventud me deja un inevitable sabor agridulce. Por un lado, está la certeza de que los años pasan y nosotros envejecemos con ellos; por otro, y mucho más poderoso, la constatación de que nuestra música no entiende de calendarios ni de edades: permanece, resiste y, contra todo pronóstico, sigue sonando tan eterna como el primer día. Poder estar allí, frente a auténticas leyendas, y tener el privilegio de contar la travesía de quienes ayudaron a escribir algunas de las páginas más importantes de nuestra música es, en sí mismo, un regalo.

By Emilio Ortega

Artículos relacionados