Bandas: Europe – Gun – The Damn Truth
Lugar: Eventim Apollo, Londres – 3 de octubre de 2026
Texto: Emilio Ortega
Fotos: Jesús Figueirido
Europe — 40 años de «The Final Countdown»: cuando el tiempo se detiene en Hammersmith
Tenía especial interés en comprobar en primera persona el excelente estado de forma de la banda escandinava Europe, una de esas formaciones que han conseguido trascender generaciones y convertir algunas de sus canciones en auténticos himnos universales. A ello se sumaba un aliciente añadido: la presencia de Gun, en una de esas exclusivas ocasiones en las que el grupo escocés se deja ver por tierras británicas.
El resultado era, sobre el papel, un concierto simplemente imperdible. De esos que no solo se escuchan y se disfrutan, sino que, por una extraña y fascinante combinación de repertorio, escenario y memoria colectiva, terminan transformándose en algo mucho más profundo: un auténtico viaje en el tiempo. Y lo ocurrido éste sábado 3 de octubre en el Eventim Apollo de Londres pertenece, sin ninguna duda, a esa categoría de noches inolvidables. Una de esas veladas capaces de activar recuerdos que parecían dormidos y devolvernos, aunque solo sea durante unas horas, a una época en la que la música era mucho más que música: era parte inseparable de nuestra adolescencia, de nuestros sueños y de quienes fuimos.
Cuarenta años después de que cinco músicos suecos cambiaran para siempre su destino con The Final Countdown, Europe regresaban a Londres para celebrar cuatro décadas de uno de los discos más reconocibles de la historia del hard rock. Pero lo verdaderamente especial de esta gira no era simplemente escuchar otra vez el célebre tema que da título al álbum. Joey Tempest, John Norum, John Levén, Mic Michaeli e Ian Haugland se habían propuesto algo mucho más ambicioso: recorrer su trayectoria, reivindicar también al Europe posterior a 1986 y, finalmente, abrir de par en par las puertas de aquel disco que convirtió a la banda en un fenómeno global.
Desde mucho antes de la apertura de las puertas, los alrededores del Eventim Apollo eran ya una auténtica peregrinación al hard rock de los ochenta. Pero lo verdaderamente revelador fue comprobar que entre el público no solo abundaba una multitud madura y tremendamente variopinta, sino que también había numerosos jóvenes e incluso niños. Varias generaciones compartiendo un mismo espacio, unidas por unas canciones que, lejos de pertenecer únicamente al pasado, siguen encontrando nuevos oídos y nuevos seguidores. Una imagen especialmente poderosa que demuestra que el legado de Europe permanece plenamente vigente y que el rock no entiende de edades.
The Damn Truth: electricidad canadiense
Los encargados de abrir la noche fueron The Damn Truth, y desde el primer instante quedó claro que su presencia en este cartel no era la de una banda colocada allí simplemente para cumplir el expediente. El cuarteto canadiense de Montreal salió al escenario con una energía que contrastaba con la elegancia clásica que posteriormente desplegarían Europe. Su propuesta hunde las raíces en el rock de los setenta, el blues, la psicodelia y ese hard rock de vieja escuela que necesita poco más que buenos riffs, actitud y una cantante capaz de dominar un escenario.
Lee-la Baum posee precisamente eso. Su presencia escénica resulta magnética, pero lo verdaderamente importante es que detrás de la imagen existe una voz con personalidad y una banda capaz de convertir cada canción en una descarga de electricidad.”White Rabbit”, el clásico de Jefferson Airplane, funcionó como una magnífica puerta de entrada a su universo antes de que “Be Somebody” terminara de despertar a un público que todavía estaba tomando posiciones.
A partir de ahí llegaron “Love Outta Luck”, “This Is Who We Are Now”, la pegadiza “All Night Long” y “Tomorrow”, un recorrido breve pero suficientemente contundente para demostrar que The Damn Truth tienen argumentos propios para jugar en ligas cada vez mayores. Especialmente interesante y demoledora resultó “The Willow”, una canción que resume perfectamente esa mezcla entre psicodelia, rock clásico y músculo contemporáneo que define al grupo. El sonido del Eventim Apollo permitió además apreciar el peso de las guitarras y una sección rítmica que no necesita adornos innecesarios.
Treinta minutos pueden parecer demasiado poco para una banda con semejante personalidad, pero The Damn Truth hicieron lo correcto: salir, golpear fuerte y marcharse dejando ganas de más. Y eso, en un cartel de estas dimensiones, ya es una victoria.






Gun: la experiencia de quien sabe cómo funciona un escenario
Si The Damn Truth representaban el presente y el futuro del rock clásico, GUN llegaron como una demostración de experiencia acumulada. La banda escocesa sabe perfectamente cómo construir un concierto de Rock. No necesita grandes discursos ni artificios. Sus canciones están diseñadas para funcionar frente a un público amplio y, especialmente, para provocar ese movimiento colectivo que transforma un recinto en una celebración.
El repertorio comenzó a tomar forma con “Delilah” y “Lucky Guy”, antes de que “Don’t Say It’s Over” y “All Fired Up” elevaran definitivamente la temperatura. “Falling”,l a canción favorita según exclamó su cantante Dante Gizzi, añadió otra dosis de dinamismo y contundencia, pero si hubo una canción capaz de convertir el Eventim Apollo en un enorme coro fue, inevitablemente, “Better Days».
GUN tienen esa virtud tan difícil de encontrar: conocen el equilibrio entre contundencia y melodía. No necesitan convertirse en una banda de heavy metal para sonar poderosos. Su fortaleza está precisamente en esa frontera donde el hard rock, el rock alternativo y el espíritu de los grandes himnos británicos se dan la mano, convirtiéndose en una fórmula exitosa.
Con “Take Me Back Home» nos recordaba que detrás de las guitarras existe también una banda con un enorme sentido melódico. Y entonces llegó “Word Up!”. La versión de Cameo continúa siendo una de las grandes armas de GUN en directo. Lo que sobre el papel podría parecer una elección inesperada funciona como un auténtico mecanismo de combustión colectiva. El público respondió inmediatamente, y durante unos minutos el Eventim Apollo dejó de parecer una sala esperando a Europe para convertirse en una fiesta en sí misma.
“Shame on You» y “Steal Your Fire» cerraron una actuación que dejó claro por qué GUN eran los acompañantes perfectos para las fechas británicas de esta gira. Después de dos teloneros tan diferentes, llegaba el momento de la verdad.






Europe: cuando la cuenta atrás sigue latente
A medida que se acercaba la hora de Europe, el ambiente comenzó a transformarse. Las conversaciones fueron desapareciendo progresivamente. El público empezó a concentrarse en el escenario. Y cuando finalmente las luces del Eventim Apollo se apagaron, una ovación recorrió la sala de arriba abajo. No era una ovación cualquiera. Era el reconocimiento inmediato a una banda que forma parte de la banda sonora vital de varias generaciones.
El primer golpe llegó con “Scandinavian Eyes”, una elección extraordinariamente significativa. No estamos ante uno de los clásicos más reconocibles del repertorio de Europe, sino ante una declaración de intenciones: abrir esta nueva etapa mirando directamente al presente, tomando como punto de partida Come This Madness, su último trabajo, recién salido del horno. Al mismo tiempo, la elección encerraba un evidente guiño a las raíces escandinavas de una banda que, cuatro décadas después, sigue llevando el ADN del norte de Europa grabado a fuego.
La sensación fue la de estar ante una banda que no quería limitar esta celebración a reproducir el pasado.
“Walk the Earth» confirmó esa intención. Los actuales Europe aparecieron poderosos, compactos y mucho más duros de lo que algunos podrían recordar de sus años de mayor exposición comercial. Y entonces sonó “Superstitious”. Aquí ya no hubo dudas. El Eventim Apollo se convirtió en una gigantesca máquina de cantar. Joey Tempest continúa poseyendo una de esas voces inmediatamente reconocibles. Puede que hayan pasado cuatro décadas desde que muchos de nosotros escuchamos por primera vez su voz, pero su timbre sigue teniendo la capacidad de activar recuerdos prácticamente instantáneos.

Durante las canciones, Tempest fue presentando a los miembros de la banda y, en uno de esos momentos de conexión con el público, mencionó que aquella era la séptima vez que Europe tocaba en Hammersmith. El dato añadió una capa más de significado a una noche que ya estaba cargada de historia.
“One on One” mantuvo esa conexión entre pasado y presente antes de que las primeras notas de “Prelude” comenzaran a dibujar en el aire la tensión de lo que estaba por llegar, todo parecía quedar suspendido durante unos instantes. Y entonces irrumpió “Last Look at Eden”, poderosa, majestuosa y absolutamente apoteósica. Una de esas canciones que adquieren una dimensión especial cuando se viven en directo y que, por motivos personales, ocupa además un lugar privilegiado entre mis favoritas del repertorio de Europe.
Y aquí apareció una de las grandes virtudes de la noche: Europe no se comportaron como una banda atrapada en 1986. “War of Kings”, “Prisoners in Paradise”, “The Cult of Ignorance» y “On Broken Wings” demostraron que existe una segunda vida de Europe que merece exactamente el mismo respeto por el grado de madurez de sus composiciones. John Norum estuvo sencillamente espectacular. Su guitarra no necesita artificios. Su sonido tiene ese carácter áspero, elegante y reconocible que ha sido parte fundamental de la identidad de Europe desde los primeros tiempos. Cada riff parece tener peso propio y cada solo está ejecutado con una precisión nítida que nunca sacrifica emoción. A su lado, Mic Michaeli volvió a demostrar que las teclas pueden ser tan protagonistas dentro del hard rock como las guitarras.
Y resulta imposible hablar de Europe sin mencionar la maquinaria rítmica formada por John Levén e Ian Haugland que continúan funcionando como una unidad perfectamente sincronizada. Pero todo aquello no era más que el prólogo. Porque sabíamos perfectamente lo que estaba a punto de ocurrir.
Las luces cambiaron. La atmósfera se hizo diferente. Y cuando comenzó “Rock the Night”, comprendimos que habíamos entrado oficialmente en 1986. El riff de John Norum volvió a sonar con una naturalidad casi insultante. Pero había algo más poderoso que la propia canción: mirar alrededor y comprobar cómo personas de distintas generaciones estaban cantando cada palabra. Cuarenta años. Cuatro décadas. Y aquellas canciones seguían funcionando.
“Carrie” aportó el momento más emotivo de la primera parte del álbum y del bolo. Joey Tempest la interpretó con una sensibilidad que evitó convertirla en una simple recreación nostálgica. La canción sigue funcionando porque su melodía continúa siendo extraordinaria. Después llegó “Danger on the Track”, una de las grandes recuperaciones de la noche y homenaje a su crew ,equipo de trabajo qué saltaron a las tablas mezclados con los integrantes de la banda.una demostración de que The Final Countdown es mucho más que su canción titular. “Danger on the Track» conserva una energía genuinamente rockera que adquiere todavía más fuerza en directo. Y llegó “Ninja”,que nos transportó al mundo nipón. Una auténtica joya para los seguidores más fieles.
“Cherokee» fue otro de esos momentos inevitables. El riff comenzó a extenderse por el recinto y el Eventim Apollo volvió a convertirse en una gigantesca garganta colectiva. Joey Tempest sabía perfectamente cómo manejar la situación y dejó que el público hiciera buena parte del trabajo. Continuaron con “Time Has Come”. Una canción que, recuperada después de tanto tiempo, adquiere una dimensión completamente diferente. Porque ahora somos nosotros los que hemos cambiado. Las canciones permanecen, pero nosotros llegamos a ellas con cuatro décadas más de experiencias, pérdidas, alegrías y recuerdos. Y ahí está la verdadera magia de la música.

“Heart of Stone” mantuvo el pulso antes de que “On the Loose» nos devolviera a los primeros Europe, aquellos que todavía no habían imaginado hasta dónde podía llegar su carrera. “Love Chaser» fue otro regalo para los seguidores más veteranos.
Y entonces solo quedaba una canción. La canción por antonomasia,la última y el momento que todos estábamos esperando. Durante unos segundos, el escenario quedó sumido en la oscuridad. No hacía falta que nadie explicara nada. Todos sabíamos lo que venía.
El primer sonido de los teclados de «The Final Countdown» provocó una explosión emocional que difícilmente puede describirse con palabras. Hay canciones que son famosas y canciones que son himnos, y después está «The Final Countdown». Una composición que ha trascendido completamente a su propia banda, a su género y a su época. Una melodía que forma parte de la cultura popular mundial y que, cuarenta años después, continúa teniendo la capacidad de levantar un recinto entero. Pero escuchada dentro de este contexto, después de haber recorrido toda la trayectoria de Europe, la canción adquirió una dimensión todavía mayor. Ya no era simplemente el tema que cerraba un concierto. Era el punto final de un viaje.
Joey Tempest se situó frente al público y dejó que las primeras palabras fueran recibidas como una confesión colectiva para desatar la locura y pedirnos qué saltemos al ritmo del tema. John Norum volvió a poner su sello en cada acorde, mientras Mic Michaeli se convertía en el arquitecto de aquella melodía inmortal. Miles de voces acompañaron el estribillo. Y durante unos minutos dejaron de existir 1986 y 2026. Solo existía aquella canción.
Miré alrededor y pensé en todo lo que ha ocurrido desde que The Final Countdown apareció en nuestras vidas. Las modas han cambiado. Los formatos musicales han desaparecido. Los discos han pasado del vinilo al CD, del CD al MP3 y del MP3 al streaming. Hemos visto nacer y morir géneros, bandas y carreras. Pero aquellas notas siguen ahí. Quizá esa sea la mejor manera de medir la grandeza de una canción. No por las cifras, ni por los premios, sino por su capacidad para sobrevivirnos.
Salir del Eventim Apollo después de una noche así produce una sensación extraña. Por un lado, está la inevitable nostalgia. Porque escuchar The Final Countdown completo significa enfrentarse directamente a nuestra propia historia. A los discos que compramos, a las cintas que grabamos, a las habitaciones donde escuchábamos música durante horas y a aquellos años en los que todavía no sabíamos lo rápido que iba a pasar el tiempo.
Pero existe otra sensación mucho más poderosa. La gratitud. Gratitud por poder contemplar a Europe en 2026 interpretando un disco que marcó una época y comprobar que la banda no vive exclusivamente de su pasado. Joey Tempest, John Norum, John Levén, Mic Michaeli e Ian Haugland continúan siendo Europe. Y eso es quizá lo más importante de todo. La formación clásica permanece intacta. La química sigue funcionando. Las canciones siguen teniendo fuerza. Y, sobre todo, existe una voluntad evidente de seguir mirando hacia delante.
La celebración del 40 aniversario de The Final Countdown fue un ejercicio de reivindicación musical simplemente monumental. Una declaración de principios. Una forma de decir que el hard rock puede envejecer sin perder su identidad.
Europe demostraron que cuarenta años pueden pasar en un abrir y cerrar de ojos cuando la música consigue convertirse en memoria colectiva. Durante unas horas, el Eventim Apollo se convirtió en una máquina del tiempo y cuando sonó aquella última nota de «The Final Countdown», todos regresamos al presente pero lo hicimos con la certeza de que algunas canciones no envejecen jamás. Solo nosotros. Y quizá por eso anoche no estábamos celebrando únicamente los cuarenta años de The Final Countdown. Estábamos celebrando cuarenta años de nuestras propias vidas acompañados por su música o al menos ése es mi caso.













