Kamelot, Exit Eden y Temperance: una noche apoteósica de metal sinfónico y grandeza cinematográfica

Bandas: Kamelot – Exit Eden – Temperance
Lugar: O2 Shepherd’s Bush Empire, Londres — 1 de noviembre de 2026
Texto: Emilio Ortega
Fotos: Jesús Figueirido

La gira europea Dark Asylum World Tour de Kamelot aterrizó en Londres con Temperance y Exit Eden como invitados, dentro de un recorrido que culminará el próximo 22 de noviembre en Madrid. El O2 Shepherd’s Bush Empire acogió una velada en la que tres propuestas no tan diferentes, estaban unidas por su afinidad con el metal melódico y sinfónico, dónde construyeron un espectáculo de intensidad creciente y apoteósica.

En una fría noche londinense, la majestuosidad del power metal sinfónico se apoderó del recinto desde los primeros sonidos de los amplificadores.

Kamelot eran el principal reclamo, pero sus acompañantes demostraron que llegar temprano también tenía recompensa. Tanto Temperance como Exit Eden ofrecieron actuaciones con personalidad propia, capaces de conectar con una audiencia que fue creciendo en entusiasmo a medida que avanzaba la noche.

Temperance: energía italiana desde el primer acorde

A las seis y media de la tarde, los italianos Temperance fueron los encargados de romper el hielo. Su aparición supuso una inmediata inyección de energía, con una actitud dinámica que encontró rápidamente respuesta entre los asistentes.

«The Magician: Into the Fire» abrió el repertorio presentando las características esenciales de una propuesta que combina la potencia del metal con una marcada orientación melódica. Uno de sus principales atractivos reside en la utilización de las voces como parte fundamental de su identidad.

Kristin Starkey, Michele Guaitoli y el guitarrista Marco Pastorino aportaron diferentes registros vocales que se alternaban y complementaban, construyendo una interpretación dinámica y variada. La contundencia instrumental del bajista Luca Negro y el batería Marco Sachetto proporcionó el sólido respaldo necesario para mantener la intensidad.

«Of Jupiter and Moons» prolongó el impulso inicial, mientras que «The Devil: Sin, Sin, Sin» volvió a demostrar la capacidad de la banda para combinar melodía y contundencia. La respuesta del público fue entusiasta, acompañando los momentos de mayor intensidad y participando activamente en las invitaciones de los músicos.

«Death: Right Before We Die» y «The Fool» mantuvieron el recorrido musical antes de que «The Tower: Lean Into Fear» devolviera el protagonismo a la combinación de voces y guitarras. Temperance demostraron una notable capacidad para sostener el ritmo sin relegar a un segundo plano la comunicación con la audiencia. «The Last Hope in a World of Hopes» fue otro de los momentos destacados de un repertorio que permitió mostrar diferentes facetas de su propuesta. El cierre con «Daruma» puso el broche a una actuación especialmente enérgica.

Los italianos cumplieron con creces su cometido. La frescura de su interpretación, la combinación de voces y la complicidad establecida con los asistentes dejaron el ambiente preparado para lo que vendría después.

Exit Eden: tres voces, una conexión eléctrica

A las siete y veinte llegó el turno de Exit Eden. La formación internacional afrontaba su primera visita a Londres, una circunstancia que otorgaba un significado especial a su actuación.

Clémentine Delauney y Anna Brunner aparecieron junto a Chiara Tricarico, vocalista de Moonlight Haze, que sustituye temporalmente a Marina La Torraca durante esta gira. Desde los primeros compases quedó claro que las voces femeninas ocuparían el centro absoluto de la experiencia.

Exit Eden han construido una identidad propia a partir de la combinación de metal, melodía y reinterpretaciones de canciones procedentes de diferentes universos musicales. Su actuación londinense permitió comprobar la efectividad de esa fórmula y la personalidad de sus vocalistas.

«Femme Fatale» abrió el repertorio estableciendo inmediatamente el tono de la actuación. La energía fue creciendo con «Separate Ways», la conocida composición de Journey, que encontró en el tratamiento de Exit Eden una nueva dimensión sin perder su esencia melódica. La respuesta del público fue eléctrica. «Dying in My Dreams» mantuvo el impulso antes de que «Désenchantée», popularizada por Mylène Farmer, demostrara la capacidad de la banda para trasladar al metal una composición procedente de otro contexto musical. La interpretación en francés de Clémentine Delauney destacó por su expresividad y por el contraste entre la familiaridad de la melodía y la energía de su ejecución.

El repertorio continuó con «Paparazzi», de Lady Gaga, una elección que volvió a poner de manifiesto la versatilidad de Exit Eden. La banda no se limita a reproducir canciones conocidas bajo una instrumentación más contundente, sino que utiliza sus recursos vocales para construir interpretaciones con personalidad propia.

Uno de los momentos más destacados llegó con «Run!», en la que participó Michele Guaitoli, de Temperance. Su intervención añadió una nueva dimensión a una actuación ya marcada por el protagonismo de las voces. «Buried in the Past» y «It’s a Sin», de Pet Shop Boys, mantuvieron la intensidad antes de que «Impossible», versión de Shontelle, pusiera el punto final a su concierto.

La primera visita londinense de Exit Eden se convirtió en una carta de presentación convincente. La formación consiguió transformar la curiosidad inicial en entusiasmo y dejó claro que su propuesta posee suficiente personalidad para sostener una actuación propia.

Kamelot: la majestuosidad del metal sinfónico

Después del último cambio de escenario, llegó el momento de recibir a Kamelot, una de esas formaciones que han sabido construir un universo musical reconocible, en el que el power metal converge con la teatralidad, las atmósferas oscuras y una marcada sensibilidad melódica.

En mi caso, además, existía una relación especial con su música. Kamelot ocupa un lugar privilegiado entre mis bandas favoritas del power metal sinfónico, una formación cuya capacidad para combinar contundencia, elegancia y emoción siempre ha tenido un atractivo particular. La expectativa era especialmente elevada desde la última vez que pude presenciar su directo, durante la gira de presentación de The Shadow Theory, allá por 2018.

Cuando las luces se apagaron y comenzaron a retumbar los primeros compases de la introducción, la ovación fue atronadora. La banda irrumpió en escena con «Ashen World», pieza de su más reciente trabajo discográfico, que estableció desde el primer segundo el tono oscuro, moderno y cinematográfico de su etapa actual.

Sin dar respiro al público, enlazaron con «The Great Pandemonium», una composición que desató la locura en la pista y permitió apreciar el formidable estado de forma del grupo liderado por Thomas Youngblood,el guitarrista, fundador, cerebro compositivo y alma mater de Kamelot, Youngblood ofreció una lección de cómo liderar una banda sin acaparar innecesariamente los focos. Su guitarra alternó riffs pesados, cortantes y llenos de groove con solos de una elegancia melódica cristalina. Su presencia irradiaba una autoridad natural que constituye uno de los pilares de la identidad del grupo.

El vocalista sueco Tommy Karevik volvió a demostrar por qué es una de las voces más versátiles del metal internacional. Su capacidad para pasar de pasajes íntimos y aterciopelados a registros agudos y potentes resulta deslumbrante. A ello se suma su magnetismo escénico, que le permite dominar el escenario y transmitir una expresividad teatral que enriquece cada interpretación. La base rítmica formada por Sean Tibbetts al bajo y Alex Landenburg a la batería aportó una contundencia formidable. El bajista, con sus características rastas en constante movimiento, fue pura energía, mientras que Landenburg destacó por su potencia, precisión y variedad de ritmos.

Oliver Palotai, por su parte, volvió a demostrar la importancia de los teclados en el sonido de Kamelot, tejiendo esa compleja combinación de cuerdas, sintetizadores, pianos y arreglos corales que otorga a la banda su inconfundible aura cinematográfica. El conjunto funcionó como una máquina perfectamente engrasada.

«Rule the World» mantuvo la intensidad antes de que «Liar Liar (Wasteland Monarchy)» hiciera retumbar los cimientos del recinto. «Godlike Alchemy» permitió apreciar la versatilidad de la formación, mientras que la famosa canción rescatada de su catálogo «Karma», una de las canciones más queridas de su discografía, volvió a poner de manifiesto la importancia de la melodía dentro de su repertorio. El propio Karevik confesó que se encuentra entre sus favoritas para interpretar en directo.

En ese punto, un incidente ajeno a la música empañó momentáneamente mi experiencia. Una persona de la organización se acercó hasta mi posición para exigirme que dejara de grabar imágenes del concierto con mi teléfono móvil. El requerimiento, aparentemente por indicación de la banda y sin señalización previa que hubiera advertido de esa restricción, resultó especialmente desagradable. Una nota discordante que, aunque no resta mérito a lo musical, merece quedar reflejada en esta crónica.

Superado el contratiempo, la música volvió a reclamar el protagonismo con «Revolution». La dupla formada por «New Babylon» y la canción homónima «Dark Asylum» devolvió el protagonismo a las atmósferas más sombrías de la noche, con arreglos de corte operístico y una contundencia instrumental sin concesiones. Kamelot poseen una capacidad extraordinaria para construir canciones que parecen concebidas como pequeñas historias. La banda no necesita renunciar a la fuerza del metal para introducir elementos dramáticos o cinematográficos; al contrario, es precisamente esa combinación la que ha terminado por definir su identidad.

La delicada «Ivy, My Dear» permitió rebajar las pulsaciones y disfrutar de la faceta más expresiva de Karevik. A continuación, el escenario quedó a oscuras para que Alex Landenburg ejecutara un brillante solo de batería, una pausa instrumental que puso de relieve su depurada técnica. Con las energías renovadas,la marcial «One More Flag in the Ground» devolvió la actuación a un terreno de gran intensidad, seguida de «Sanctuary», donde comenzaron a brillar especialmente las vocalistas invitadas.

La aportación melódica y elegante de Clémentine Delauney enriqueció los duetos, pero el verdadero impacto llegó de la mano de la cantante chilena Ignacia Fernández. Sus guturales, profundos y ejecutados con una técnica sobrecogedora, generaron un contraste fascinante con los registros limpios de Karevik y Delauney.

La irrupción de Ignacia Fernández insufló una ferocidad y una oscuridad adicionales a las composiciones, demostrando la amplitud de registros expresivos de los que goza Kamelot en la actualidad. La banda encaró entonces el tramo final del repertorio principal con «Veil of Elysium», uno de los temas más veloces, melódicos y coreados de su etapa reciente. Sin embargo, cuando la canción alcanzaba su desarrollo central, ocurrió algo completamente inesperado. Alex Landenburg detuvo repentinamente el patrón rítmico de su batería y el resto de los músicos dejaron de tocar de forma coordinada. La expresión de Karevik reflejaba un desconcierto absoluto. El vocalista permaneció inmóvil en el centro del escenario, mirando hacia atrás en busca de una explicación a lo que parecía un fallo técnico.

La incertidumbre duró apenas unos segundos, los necesarios para que la sonrisa de Youngblood y el resto de la banda desvelaran la sorpresa: no había ningún problema técnico. Se trataba de una celebración por el cumpleaños de Tommy Karevik, minuciosamente preparada a sus espaldas por sus compañeros y el equipo de producción. La complicidad del público londinense fue inmediata. Los asistentes comenzaron a cantar «Happy Birthday» a pleno pulmón, transformando el recinto en una celebración colectiva.

La frialdad de un gran espectáculo internacional se disolvió para dar paso a un momento de tremenda cercanía. Karevik, visiblemente emocionado y entre risas, agradeció el gesto a sus compañeros y a una audiencia entregada.

La sorpresa resultó entrañable precisamente por el momento en que se produjo, justo antes del bis. Un instante que humanizó a los músicos y creó un recuerdo imborrable, trascendiendo lo puramente musical.

Tras una breve retirada, Kamelot regresaron para afrontar el tramo definitivo de la noche. «March of Mephisto» retumbó en la sala con toda su carga de teatralidad, pesadez y grandilocuencia operística, con los teclados de Palotai marcando el paso marcial. El verdadero fin de fiesta llegó con «Sacrimony (Angel of Afterlife)» donde Tommy Karevic proclamó su predilección por ser la primera que interpretó cuando se unió a la banda. Para esta última embestida, la banda reunió todo su arsenal: la potencia instrumental, la pegada de Tibbetts y Landenburg, el liderazgo de Youngblood y la combinación coral entre Karevik, Delauney y los feroces guturales de Ignacia Fernández.

La sala se vino abajo literalmente en un estallido de energía final, coronando una actuación memorable con una lluvia de ovaciones. El único punto agridulce fue la ausencia de «Forever». Si bien la banda está introduciendo ligeras variaciones en el setlist según la ciudad ,como pudimos ver en Tilburg (Países Bajos), un tema de este calibre, el auténtico himno y estandarte de Kamelot, debería ser innegociable en su repertorio, pero aún así, la velada vivida en el O2 Shepherd’s Bush Empire fue espectacular y mucho más que una sucesión de tres conciertos dentro de una gira. Fue una demostración de las múltiples posibilidades que ofrece el metal melódico y sinfónico cuando se combina con personalidad, calidad interpretativa y una puesta en escena a la altura.

Temperance dejaron una impresión especialmente positiva gracias a su energía y a la capacidad de sus integrantes para conectar con el público. Exit Eden, en su debut londinense, demostraron la fuerza de una propuesta construida alrededor de las voces y la reinterpretación de canciones conocidas.

Kamelot, por su parte, reafirmaron su posición como una de las formaciones más atractivas del power metal sinfónico. Su repertorio, la producción escénica y la participación de las vocalistas invitadas contribuyeron a crear un espectáculo de enorme riqueza musical. La intervención de Ignacia Fernández, con sus guturales, y la aportación melódica de Clémentine Delauney añadieron un contraste especialmente interesante. La colaboración entre ambas formaciones permitió que la noche adquiriera una dimensión compartida, más allá de la sucesión de tres actuaciones independientes. Y, por supuesto, la celebración sorpresa del cumpleaños de Tommy Karevik quedará guardada como la anécdota dorada de la velada.

Londres fue testigo de una noche en la que la oscuridad, la melodía y la grandeza cinematográfica del metal sinfónico se dieron la mano. Una celebración musical que comenzó con la energía de Temperance, creció con la fuerza vocal de Exit Eden y alcanzó su apoteosis con Kamelot. Una de esas citas que recuerdan por qué seguimos cruzando las puertas de los recintos para asistir a conciertos en directo: por la pasión de la música, por la catarsis compartida y por esos instantes irrepetibles que terminan formando parte de nuestra propia biografía melómana.

A pesar de un par de detalles negativos en lo personal y musicalmente, el concierto constituyó el gran colofón a una noche gélida que logró calentar por completo nuestro espíritu metálico.

By Emilio Ortega

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