Bandas: Paradise Lost + Tiamat + Evoken + Hela + Sotabosc
Lugar: Carpa del Poble Espanyol – Barcelona – 27 de septiembre de 2026
Fotos: Jaime V. «Jaimax»
Si alguna cosa estamos padeciendo los amantes de la música en directo desde hace ya años es el hecho que muchas giras de bandas que solían visitar España con cada nueva referencia discográfica ya no lo hacen. Sería largo intentar desgranar las razones, que las hay, lo cierto es que solo queda como consuelo que dichas bandas, sean del estilo que sean, acaben en el cartel de algún otro tipo de evento en forma de festival de mayor o menor envergadura.
Éste es el caso que nos ocupa con Paradise Lost. Su último disco, Ascension, deja claro que la banda aún tiene mucho por ofrecer a la escena. Charlamos en su momento con Nick Holmes y nos manifestó con seguridad que vendrían a España en algún momento en su gira. Lo han hecho pero tiene pinta que quedará en fecha única, y lo dicho, en el marco de un evento como Okkult Session.

Sea como fuere nos daba la oportunidad de disfrutar de un buen puñado de bandas en estilos que van desde el post-black metal, gothic, funeral doom y, por decirlo así, los padres de la criatura. El marco ya no es desconocido para cualquier seguidor de la escena rock-metal en cualquiera de sus vertientes ya que la Carpa del Poble Espanyol viene acogiendo éste entre otros eventos metaleros. Un marco cómodo, con sombras si pega el sol, suficientemente amplio que a la mínima, como así fue, que el tiempo acompañe resulta muy agradable. Además la asistencia fue muy buena y poco se faltó si no se vendió todo el aforo.
La puntualidad fue escrupulosa y Sotabosc abrieron a las 16.00 con un sol que calentaba excesivamente en esta época del año y con el personal aún accediendo. Editaron su primer trabajo hace unos meses, El Batec dels Maquis, Black Metal Atmosférico se encuentra con la militancia política y la raíz identitaria. Saltaron a escena sin complejos y con ferocidad. El eje fue precisamente el citado trabajo y en 40 minutos pudieron demostrar la valía de una propuesta quizá minoritaria dentro del metal pero totalmente necesaria. Buena representación de lo que se cuece en buena parte de la escena catalana aunque mejoraría la propuesta en un contexto más adecuado que no a pleno sol.
Los siguientes fueron los ilicitanos Hela. Aterrizaron en el festival con A Reign To Conquer (2026) bajo el brazo, su cuarto álbum de estudio. Este nuevo trabajo refleja a una formación en pleno estado de madurez: más reposada, emocional y profunda, capaz de transformar la fuerza bruta de sus primeros años en un doom envolvente de cadencia pausada y matices hipnóticos. Piezas como “Vessel to Nowhere” o “Crystal Bridge” fueron buena muestra.
Sobre el escenario, Hela construyó un templo sonoro. Las guitarras, gruesas y graves, trenzaron riffs plomizos con pasajes melódicos de una belleza melancólica. Doom y gothic se mezclaban de buena manera. Buena labor vocal a la hora de transmitir la carga dramática de sus canciones, alternando momentos de recogimiento íntimo con estallidos de intensidad en el marco de una propuesta más pausada con un sonido que me sorprendió desde mi posición por nítido y distinguiendo cada instrumento perfectamente.

Su paso por el Okkult Session demostró que el grupo no solo domina la arquitectura del género, sino que quizá sea el momento más sólido y reflexivo de su trayectoria. Una buena descarga que debería darles un buen puesto en el underground estatal.
La presencia de Evoken dobló la apuesta. Los pioneros del funeral doom estadounidense desembarcaron en Barcelona para dar cuenta de la pesadez, lentitud y desolación absoluta que pueden tener las notas musicales. Sin ser un absoluto conocedor de su trayectoria resultaba un concierto apetecible ya que dudo que hayan hecho en Europa muchos conciertos durante su ya extensa carrera.
Dejaron una sensación más tibia de la esperada. Ofrecieron una descarga correcta y solvente, aunque lastrada por una puesta en escena excesivamente estática que terminó por aplanar la respuesta del personal quizá más pendiente de buscar una sombra.
A nivel técnico y de sonido, la banda no dejó fisuras: la muralla de frecuencias graves sonó compacta, la voz cavernosa mantuvo el tipo y la densidad característica de sus composiciones estuvo presente en todo momento. Sin embargo, el desarrollo del show pecó de monótono. Entre el estatismo casi total de los músicos sobre las tablas y tempos que raras veces rompían la inercia, la atmósfera trágica que buscan construir se percibió más como una rutina bien ejecutada que como una experiencia absorbente.
Evoken cumplió con el expediente y entregó una lección de peso sonoro irreprochable, aunque faltó esa chispa de intensidad o drama que convierte una masa de distorsión en un concierto memorable.
Luces y sombras en un hito a medio gas: Tiamat cumple sin la magia esperada
Uno de los reclamos del Okkult 2026 era Tiamat. La cita venía envuelta y presupuestada como una velada de homenaje y celebración de su obra Wildhoney. Sin embargo, lo que se vivió sobre el escenario dejó un sabor agridulce entre los fieles.

Con Johan Edlund flanqueado por una alineación renovada —tres de los músicos en escena no pertenecían a la formación clásica del grupo—, la banda ofreció una actuación técnicamente correcta y bien sonada, pero a la que le faltó el duende y la cohesión de las grandes noches. El mismo Edlund emanaba un aire entre desgarbado y despreocupado. El principal punto de fricción radicó en la propia concepción del repertorio: vender la descarga como un tributo a ‘Wildhoney’ para terminar incluyendo apenas cuatro pinceladas del citado álbum («Whatever That Hurts», *»The Ar», «Visionaire» y la final «Gaia») descolocó.
Aun así, el viaje cronológico tuvo pasajes rescatables. El arranque rescató la vertiente más primaria y rugosa de los suecos con perlas tempranas como «In a Dream», «Clouds» y «The Sleeping Beauty», marcando un contraste evidente con el viraje hacia el gothic rock más accesible de su etapa posterior, representado por cortes como «Brighter Than the Sun», «Cain» o «Vote for Love».
Edlund ejerció de maestro de ceremonias distante, respaldado por una banda competente que ejecutó el libreto con precisión pero sin terminar de prender la mecha emocional. Cumplieron con creces en la pegada sonora, pero la desconexión entre la promesa del cartel y lo que realmente sonó en la carpa impidió que el ritual alcanzara la categoría de hito memorable.
Cátedra de majestuosidad sombría: los reyes reclaman su corona
Paradise Lost saltaron a escena con el público ganado. Cabía ver si lo merecían. Si la jornada en la Carpa del Poble Espanyol había tenido altibajos, Paradise Lost se encargó de barrer cualquier duda de un plumazo. Los británicos ejercieron de indiscutibles cabezas de cartel del Okkult Session ofreciendo una actuación soberbia, un concierto con mayúsculas que recordó por qué son los arquitectos fundamentales del gothic doom europeo.

Desde el arranque con «Serpent on the Cross», mostrando que su material reciente está a la altura de lo mejor que hayan editado, la banda salió a por todas con un sonido que tardó unos cuantos temas a mostrarse más nítido. Nick Holmes demostró un estado de forma sensacional, alternando sus registros guturales más cavernosos con una voz limpia solvente, mientras que la dupla de guitarras de Greg Mackintosh y Aaron Aedy destiló esa melancolía pesada e inconfundible que ha marcado a generaciones enteras. De hecho, lo de Mackintosh es de escándalo. Los sonidos que saca son la esencia y virtud de ésta banda dando una personalidad pasmosa y los sigue ejecutando de forma maestra.
El repertorio fue una lección magistral de historia y equilibrio. Clásicos imperecederos del calibre de «As I Die», «The Last Time» o «One Second» convivieron a la perfección con la contundencia de etapas más oscuras representadas por «Faith Divides Us – Death Unites Us», «The Enemy» o «Requiem» por no citar obras maestras como la reciente “Tyrants Serenade”. Mención especial merece la desacomplejada y, ¿festiva? versión de «Smalltown Boy» (Bronski Beat), adaptada a su terreno con una maestría que puso a toda la carpa a bailar bajo la penumbra y la luna llena.
El tramo final fue sencillamente antológico: el gancho imbatible de «Say Just Words», la épica atemporal de «Embers Fire» y el broche melancólico con «Ghosts» y «Silence Like the Grave» dejaron a todos satisfechos. Paradise Lost ofreció una lección de autoridad, clase y vigencia, firmando el triunfo rotundo y el gran hito de esta edición del festival.





















