Bandas: The Damm Truth, Europe
Lugar: Poble Espayol (Barcelona) – 8 de octubre de 2026
Texto: Òscar Saro
Fotos: Juanjo Garcia
Cuarenta años después de que The Final Countdown cambiara para siempre la historia de Europe, la banda sueca regresó a Barcelona para celebrar sobre el escenario el aniversario de un disco convertido ya en parte de la memoria colectiva del rock. Lo hizo mirando al pasado sin quedarse atrapada en él, reivindicando también su presente y demostrando que detrás de aquellos himnos ochenteros sigue habiendo una banda viva, curtida y plenamente consciente del legado que lleva entre manos.
Cuando Europe irrumpieron en escena, a comienzos de los años ochenta, yo era un heavy adolescente de barrio. De esos que, junto a los colegas de tribu, necesitábamos aparentar que lo sabíamos todo y que teníamos muy claro qué merecía nuestro respeto y qué no. No diré que teníamos la mente cerrada, porque no sería preciso. Al contrario, estábamos ávidos de todo lo nuevo que llegaba de fuera y pudiera volarnos la cabeza. Pero sí teníamos una mirada profundamente sesgada. Para que algo nos gustara tenía que ser duro, rápido, afilado o demoledor. Si no cumplía alguno de esos requisitos, simplemente no valía la pena. Si los cumplían todos, entones entraban en nuestro Olimpo. Y, peor aún, ejercíamos una militancia bastante activa contra todo aquello que considerábamos demasiado suave.

En ese contexto, resulta que Europe estaba claramente en el lado blando de nuestra historia. También diré en nuestra defensa que las pintas que lucían los suecos en aquellos años, especialmente las de Joey Tempest, no ayudaban demasiado. Tampoco sumó su éxito desmesurado y la circunstancia de que gustaran a todo el mundo.
Hoy puedo contarlo con distancia y admitir que éramos bastante talibanes con la música. Por suerte, el tiempo también sirve para poner a todo el mundo a su lugar. Ese postureo duró lo que la adolescencia y los años me han dado más perspectiva, curiosidad y, probablemente, algo más de sabiduría. La música dura continúa encendiéndome como entonces, pero hace tiempo que dejé de medir el valor de una canción por la cantidad de distorsión que contiene. Ahora me importa mucho más que este bien hecha, que haya verdad, pasión y algo capaz de removerte por dentro.
Y aquí estoy. Cuarenta años después, escribiendo una crónica sobre el aniversario de The Final Countdown y sobre el paso de Europe por mi ciudad para celebrarlo. Que estas líneas sirvan, si hace falta, como acto de contrición.
El tiempo también ha pasado para Europe y, musicalmente hablando, los ha tratado bien y también los ha puesto en su lugar. Hace mucho que demostraron no ser un fenómeno pasajero y, a estas alturas, acumulan ya doce álbumes de estudio, contando el todavía calentito Come This Madness, publicado apenas tres semanas antes de escribir estas líneas. Es cierto que hubo un momento de agotamiento de ciclo y que la banda permaneció prácticamente inactiva durante buena parte de los años noventa y los primeros compases de los 2000, pero tampoco fueron años perdidos: sus miembros aprovecharon aquel paréntesis para desarrollar carreras en solitario, explorar otros proyectos y colaborar con diferentes formaciones antes de volver a reunir fuerzas.

También es innegable que su tercer álbum de estudio, The Final Countdown (1986), alcanzó una dimensión tan enorme que hoy puede leerse casi como un compendio de himnos ochenteros. Canciones que entonces dejaron una huella imborrable en toda una generación y que, cuarenta años después, el tiempo ha terminado colocando en un lugar destacado de la historia del rock. Para Europe, aquel éxito tuvo que ser tan extraordinario como condicionante: les cambió la vida por completo y, para bien o para mal, debió proyectar una sombra larguísima sobre todo lo que hicieron después. Pero reducirlos a aquel disco sería profundamente injusto. La banda siguió avanzando, creciendo y transformándose hasta convertirse en un grupo de músicos experimentados, capaces hoy de defender ese repertorio con la soltura, el oficio y la sabiduría que solo dan décadas de escenarios.
Y quien va a negar su derecho a celebrar esos cuarenta años de The Final Countdown y continuar exprimiendo su éxito. Podrás elegir sumarte a la celebración o no, pero el mérito no se lo quita nadie. Sobre todo, si llegan a esta celebración, no como una reliquia rescatada para una efeméride, como hemos visto en muchos otros casos, sino como una banda veterana que sigue girando, grabando y encontrando razones para mantenerse en movimiento. Y la muestra está en todas las veces que han visitado nuestro país en los últimos tiempos: en 2025 pasaron por Chiclana de la Frontera, Marbella, Murcia, Valencia, Oviedo y Salamanca, siendo su vista más reciente antes de la actual gira, el 14 de septiembre del 2025 en la Plaza Mayor de Salamanca (no te pierdas nuestra crónica de ese momento). Y apenas un año antes, en 2024, ya los habíamos tenido por aquí en citas como el Festival de la Guitarra de Córdoba, el Weekend Beach Festival y el Rock Fest Barcelona.
Gracias a GetRock, la actual gira del 40º aniversario de The Final Countdown ha tenido tres únicas paradas en España: la que nos ocupa, el 8 de octubre en el Poble Espanyol de Barcelona, el 9 de octubre en el Bilbao Arena Miribilla (aquí puedes leer la excelente crónica de ese día) y el 10 de octubre en La Nueva Cubierta de Leganés, Madrid. Tres fechas consecutivas dentro de una gira europea que recorre doce países y con la que Europe están celebrando sobre el escenario las cuatro décadas del disco que cambió definitivamente su historia.

Centrándonos en nuestra cita, explicare que nos costó bastante llegar y aparcar en las cercanías del Poble Espanyol de Barcelona el día 8 de octubre, porque el fenómeno Oques Grasses tenía puesto el foco mediático en el Estadi Olimpic de Montjuic. Bienvenido y celebrado sea el éxito de cualquier grupo con arte musical, especialmente si son de casa.
Antes de Europe, The Damn Truth se encargaron de calentar el ambiente con una propuesta que mira sin complejos hacia los setenta, tanto en lo musical como en lo visual. Pantalones a cuadros, estampados, rojos intensos y una imagen que parecía salida de otra época reforzaban una estética plenamente coherente con un rock clásico, directo y muy apoyado en la actitud.
La banda sonó compacta y con bastante pegada, especialmente gracias a un bajo que llenó mucho el espacio y sostuvo buena parte del peso de las canciones. Quizá se echó en falta algo de mejor sonido para la guitarra en algunos solos, pero el conjunto funcionó con energía y una sensación constante de estar ante una formación que disfruta claramente sobre el escenario.
Esa dificultad para llegar no me permitió ver los primeros pasos de la banda en la que parece que tocaron temas de su repertorio como “Be Somebody”, “Love Outta Luck”, “The Willow” y “This Is Who We Are Now”. Mi compañero fotógrafo tampoco llegó a tiempo de hacerles fotos.
Entré en la plaza central del Poble Espanyol cuando estaban justo por la mitad y arrancaban con “All Night Long”, en la que aprovecharon para presentar a los miembros del grupo y para reconocer que para ellos era un honor abrir para Europe en esta gira. A continuación, “Lonely” les sirvió para cumplir el cometido de calentar el ambiente, y vimos palmas y coros acompañando el tema. Los ánimos continuaron encendiéndose con su penúltima canción, “Get With Yoy”, con la que pidieron que gritásemos a la cuenta de cuatro para que los suecos pudieran oírlo desde el backstage.
“Tomorrow” puso el punto final a una actuación enérgica, suficiente para dejar claro que The Damn Truth cumpliera su cometido a base de rock de raíz setentera, actitud y una presencia escénica de mucha personalidad. Anunciaron que estarían al fondo de la plaza si queríamos saludarlos. Y doy fe de que fue cierto, porque pude saludarles y felicitarles por su actuación en el momento que me acerqué a la barra del fondo a por una cerveza.

Una banda sonora de corte épico acompañó la entrada de Europe al escenario mientras las luces iban creciendo progresivamente hasta descubrir a una formación que, cuatro décadas después de su gran explosión internacional, continúa conservando prácticamente intacto su núcleo histórico. Joey Tempest ocupaba el centro; John Norum, el flanco derecho con su guitarra; John Levén, el izquierdo al bajo; Mic Michaeli, al fondo a la izquierda tras los teclados, e Ian Haugland, al fondo, centrado tras la batería.
La producción tampoco dejaba dudas de que aquello iba a ser algo más que una simple sucesión de canciones. Cinco grandes paneles instalados al fondo del escenario, intercalados entre columnas de focos, sirvieron durante toda la noche para desplegar animaciones, imágenes de archivo y diferentes juegos visuales que acompañaron cada uno de los capítulos del concierto.
Porque antes de mirar directamente hacia 1986, Europe quisieron dejar claro que siguen siendo una banda del presente. La primera parte del espectáculo combinó grandes éxitos con material reciente, empezando por una “Scandinavian Eyes” que sonó especialmente contundente para tratarse de una composición nueva. Tempest apareció desde el primer momento en su papel habitual de maestro de ceremonias, con su característico girar una y otra vez el pie de micro mientras recorría el escenario.
“Walk the Earth” rebajó ligeramente las revoluciones con su arranque más atmosférico y un interesante solo de Norum, antes de que un “Bona nit, Barcelona!” redujera la distancia entre banda y público.
No hizo falta demasiado para reconocer “Superstitious”. Sus primeras notas provocaron inmediatamente la reacción de la audiencia, que convirtió uno de los grandes clásicos de Europe en el primer canto colectivo de dimensiones considerables de la noche. “One on One”, por su parte, arrancó impulsada por la línea de bajo de Levén antes de dar paso a una de las canciones más visuales del primer bloque.

Para “Last Look at Eden”, un círculo rojo apareció en las pantallas y fue evolucionando hasta formar la imagen de un árbol, todo ello envuelto en una iluminación intensamente rojiza. El escenario pasó después al blanco para acompañar el ritmo épico y pesado de “War of Kings”, durante cuyo solo Norum se arrodilló mientras Tempest recuperaba nuevamente el pie de micro como extensión natural de sus movimientos.
Uno de los momentos más intimistas llegó con “Prisoners in Paradise”. El piano abrió la canción y el grupo detuvo por unos instantes el despliegue eléctrico para dejar solos a voz y teclados. La interpretación sirvió, también, para comprobar que, aunque la voz de Joey Tempest ya no conserva intactas las facultades de otros tiempos, el cantante mantiene una forma vocal más que notable, sabiendo además administrar sus recursos con la experiencia acumulada durante décadas sobre los escenarios. Acompañado además por un público que conocía cada palabra. Poco a poco se fueron incorporando guitarra, bajo y batería hasta alcanzar el solo, antes de regresar nuevamente a la calma con la que había comenzado.
El presente volvió a imponerse con “The Cult of Ignorance”, acompañada por imágenes de periódicos y titulares proyectados sobre las pantallas. El cantante tomó también la guitarra y la canción terminó desembocando en uno de esos momentos de palmas sincronizadas que funcionan como combustible entre escenario y pista.
Fotografías antiguas de la banda comenzaron a desfilar por las pantallas provocando gritos y aplausos, como si cada imagen activara un recuerdo diferente entre el público. Con ese telón de fondo llegó “On Broken Wings”, como último antes de empezar el segundo tramo del concierto, el de la celebración.

Con “Rock the Night” el público prácticamente se hizo cargo del estribillo mientras las pantallas mostraban imágenes de gente cantando, multiplicando todavía más la sensación de himno colectivo.
Y después llegaron las primeras notas de “Carrie”. No hizo falta nada más. Miles de voces asumieron inmediatamente una de las baladas más reconocibles de los años ochenta, en otro momento de comunión absoluta entre banda y público. Tempest aprovechó el ambiente para presentar a sus compañeros.
Especialmente peculiar resultó “Danger on the Track”, convirtiendo el escenario durante en una especie de ensayo informal. El cantante sentado primero en una silla y después de pie, interpretó parte del tema haciendo ver que tenía que leer la letra de una hoja de papel Técnicos de escenario aparecían y desaparecían, se encendían luces de pie, apareció una chica con una pizza y hasta un personaje con máscara de luchador mexicano. Una ruptura deliberadamente desenfadada del gran espectáculo.
El viaje continuó con “Ninja”, nuevamente acompañada por imágenes antiguas de la banda, especialmente de momentos en Japón, antes de que los tambores de Haugland comenzaran a retumbar para introducir “Cherokee”. Las imágenes de un territorio montañoso llenaron las pantallas mientras el estribillo volvía a convertirse en otro enorme canto coral.

Ya completamente instalados en 1986. Tempest recordó cómo, cuarenta años atrás, la banda viajó hasta San Francisco para grabar el álbum. La anécdota sirvió como introducción para “Time Has Come”, enlazada prácticamente sin pausa con “Heart of Stone”, bañada esta última por una intensa iluminación roja. Así encararon la recta final del disco con “On the Loose” y “Love Chaser”, antes de desembocar en el momento todo el mundo sabía que acabaría llegando.
Los teclados de Michaeli lanzaron las notas que posiblemente hayan definido más que ninguna otra canción el rock de los años ochenta. Y esas breves pulsaciones iniciales fueron suficientes para poner a todo el mundo en el punto donde inevitablemente desemboca toda la historia de la banda, en una “The Final Countdown” que sirvió para que todo el mundo acabara esa celebración, saltando, bailando y coreando con una alegría inesperada.
Porque esta canción y una gran parte de las que sonaron en este concierto ya no son simplemente composiciones de Europe. Son himnos de los años ochenta y pertenecen también a quienes crecieron con ellos o a quienes llevan décadas escuchándolos. El 7 de octubre del 2026, en un Poble Espanyol de Barcelona bastante lleno, vimos a los suecos defenderlos de nuevo, hacerlo con experiencia, buena forma y celebrarlo a lo grande con todos los que estábamos allí. Porque cuarenta años después, Europe siguen ahí. Siguen tocando, siguen grabando discos y siguen provocando que miles de personas levanten los brazos cuando suenan canciones que han terminado formando parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Y uno puede discutir gustos, estéticas o épocas, pero resulta mucho más difícil cuestionar el legado de una banda capaz de sostener eso cuarenta años después.
Si les hubiera dicho a mis colegas del barrio en los años ochenta que me iba a ver un concierto de Europe, probablemente hubiera aparecido al día siguiente un graffiti en las calles del barrio de Gràcia de Barcelona tachándome de blando. El tiempo ha ido limando muchas de aquellas fronteras que entonces parecían infranqueables. Algunas estaban construidas con criterio musical, otras con prejuicios y unas cuantas, simplemente, con la necesidad adolescente de pertenecer a una tribu y defenderla hasta las últimas consecuencias. El tiempo me puso en mi lugar. Y a Europe también.









