Banda: Avatar + Alien Weaponry + Witch Club Satan
Lugar: Razzmatazz 1, Barcelona – 24 de febrero de 2026
Texto: Òscar Saro
Fotos: Miquel Raga
La oscuridad provocadora de Witch Club Satan y la contundencia tribal de Alien Weaponry prepararon el terreno para que Avatar sellara un concierto monumental, rebosante de sorpresas y, sobre todo, de metal en mayúsculas.
A una hora inusualmente temprana para los estándares barceloneses, la gira IN THE AIRWAVES EU ’26 de Avatar hacía escala en la ciudad condal dentro de un recorrido de cerca de 30 fechas europeas , con tres paradas en España de la mano de Madness Live, acompañados por Alien Weaponry y Witch Club Satan en un cartel tan heterogéneo como explosivo que prometía intensidad desde el primer minuto.
Vi por primera vez a los suecos Avatar en la sala Bikini de Barcelona en 2018, y todavía recuerdo haber pensado, y escrito, que aquello era algo más que un simple concierto. Los volví a ver en directo el 2023 en la segunda sala de Razmatazz y ese concierto ya fue una experiencia más intensa y festiva, porque a esas alturas ya estaba abducido por su mundo. Y es que la verdadera inmersión en su universo me llegó, unos años antes, durante la pandemia, cuando compré entradas para sus conciertos online, bautizados como Avatar Ages – An Impossible Concert Experience (enero de 2021), una experiencia que me permitió diseccionar su música y su propuesta escénica desde el sofá de casa.

Fue a lo largo de esos cuatro pases telemáticos cuando pude fijarme con calma en cada uno de sus integrantes y terminé definitivamente cautivado, no solo por sus trucos, sino por sus maneras. Sus guitarristas, Jonas Jarlsby y Tim Öhrström, resultan fascinantes a nivel técnico; John Alfredsson es un batería poderoso y tremendamente expresivo; y Henrik Sandelin destaca como uno de los bajistas más elegantes que he visto en los últimos años.
Mención aparte merece Johannes Eckerström, poseedor de un registro vocal sorprendente y una presencia escénica arrolladora: disfrazado de forma distinta en cada canción y maquillado con una iconografía que ya forma parte inseparable de la simbología de la banda. Con aires de mimo espigado, es capaz de encender al público simplemente con gestos o de hipnotizarlo a través de discursos teatrales perfectamente medidos. Un frontman absoluto que también se sienta al piano o empuña el trombón, y que amplifica el espectáculo de Avatar hasta cotas que los acercan, cada vez más, al territorio de las grandes bandas de estadio. Como complemento perfecto a este contexto, os recomiendo la entrevista que nuestra compañera Luci Louro le realizó a Eckerström a finales de 2025.
No pude verlos como teloneros de Iron Maiden en Madrid y, quizá por eso, esta nueva visita de Avatar, presentando su décimo trabajo de estudio, Don’t Go in the Forest (octubre de 2025), se antojaba una cita ineludible. En este punto, no puedo dejar de comentar que, al ver el vídeo de “Don’t Go in the Forest”, con esa ambientación en el bosque y la aparición de ese globo rojo, mi mente viajó inevitablemente al mito de Caperucita Roja y especialmente también a la posterior obra musical Into the Woods, de Stephen Sondheim y James Lapine, inspirada en los mismos orígenes.
Así llegamos a esta nueva oportunidad de volver a ver a Avatar en directo, aunque hubo un momento de inquietud antes de su llegada a España, cuando la banda anunció el aplazamiento de varias fechas europeas debido a una “súbita enfermedad” de Johannes Eckerström que requería reposo. Por fortuna, el cantante se recuperó, la gira pudo continuar según lo previsto y los suecos recalaron finalmente en Barcelona para volver a demostrar la magnitud de su propuesta y todo su poder escénico. Pero vayamos por partes, empecemos por los teloneros.
Entre la letanía y el grito: el hechizo escénico de Witch Club Satan

En horario extraescolar, las noruegas Witch Club Satan irrumpieron en escena en clave de ritual pagano. Caracterizadas con gorros con apéndices, rostros pintados, bocas abiertas, faldas largas y pechos descubiertos, nos ofrecieron un aquelarre contemporáneo sinceramente impactante. La ceremonia arrancó con “Witchcraft Techno”, precedida por redobles de tambor y coros guturales pregrabados que envolvieron el ambiente en una atmósfera inquietante. Antes de atacar el tema, lanzaron un discurso ritual a dos voces que reforzó el carácter performativo de la propuesta. En “Hysteria”, la bajista empuñó el arco para extraer sonidos ásperos y tensos de su instrumento, subrayando la sensación de trance colectivo.
Uno de los momentos más impactantes llegó con “Fresh Blood, Fresh Pussy”, convertida en una letanía sobre brujas narrada sin instrumentos, únicamente con las tres voces entrelazadas y cargadas de intención. Abandonaron el escenario también a paso ritual para regresar con menos ropa y largas pelucas, intensificando el componente provocador del espectáculo. En “Salvation”, con la batería asumiendo el peso vocal mientras sus compañeras se arqueaban, desencajaban sus rostros y se estiraban sin dejar de tocar, la performance alcanzó un nuevo pico. Hubo espacio incluso para la reivindicación explícita: pidieron silencio y entonaron una letanía contra la guerra.
“Mother Sea” mantuvo la intensidad antes de que explicaran que era su primera vez en Barcelona, invitando al público a aprovechar “la última oportunidad para bailar con nosotras”. “I Was Made By Fire” y “Black Metal is Krig” reforzaron ese ambiente desgarrador, mientras que “Solace Sisters” terminó de sellar una actuación magnética. La ovación final, acompañada de numerosos cuernos alzados al aire, confirmó que su propuesta, atrevida, ritualista y contemporánea, no dejó indiferente a nadie.


Ritual maorí desde Nueva Zelanda: la descarga identitaria de Alien Weaponry
Desde Waipū (Nueva Zelanda), Alien Weaponry tomaron el relevo devolviendo la luz al escenario y ofreciendo un formato más directo y tribal. Con algo más de espacio, aunque sin llegar a ocupar ni la mitad del escenario, el trío neozelandés se encargó incluso de las últimas comprobaciones de sonido antes de retirarse brevemente.

Sonó “Jump” (Van Halen) por megafonía antes de que un canto ritual anunciara la entrada de los neozelandeses. Apareciendo una detrás del otro, se marcaron un inicio de haka maorí antes de que la detonación llegara con “Rū Ana Te Whenua”, una auténtica explosión de rabia alternada con pasajes más calmados y ceremoniales.
La sombra de Sepultura sobrevoló varios momentos del concierto, especialmente en el peso tribal de los ritmos y en la contundencia de los riffs. Intentaron invocar el primer circle pit de la noche, aunque el público aún no respondió con fuerza. Tras los saludos de rigor, “Te Riri o Tāwhirimātea” cayó con ritmo demoledor, voz rabiosa y un estribillo coral de líneas limpias que contrastaba con la crudeza de las estrofas.
“Mau Moko” arrancó con un riff afilado y un pulso tribal que nos obligó a saltar. “Solo tenemos cinco canciones y necesitamos vuestra energía”, advirtieron antes de pedir que se abriera espacio en el centro. Alargaron la tensión con una guitarra chirriante hasta que el círculo empezó a tomar forma. En “Taniwha”, las voces extremas regresaron con fuerza, reforzadas por coros pregrabados que ampliaban la dimensión épica del tema.
Hubo palabras de agradecimiento para sus compañeras y compañeros de gira antes del asalto final con “Kai Tangata”, precedida por el sonido de un cuerno que dio paso a un thrash rabioso, plagado de variaciones y cambios de intensidad. Esta vez sí, el circle pit explotó como debía, y Alien Weaponry cerraron su pase con contundencia y personalidad, dejando claro que lo suyo es un metal con identidad tribal.




Avatar nos atrapa con un despliegue de teatralidad y músculo sonoro
Mientras sonaba swing bailable de los años 40, el escenario se preparaba antes nuestros ojos para transformarse en una escenografía concebida para sacar sorpresas de la chistera canción tras canción. Tras las cortinas laterales emergieron las dos mitades de la batería, que terminaron ensamblándose en el centro, aunque a lo largo del show volverían a separarse varias veces para dejar paso a nuevas apariciones surgidas de las entrañas de una carpa circense, de color púrpura, que decoraba el fondo del escenario. En el centro, brillando como ojo incandescente, un rosetón de luz roja con el anagrama de la banda. Y más allá de la iluminación fija, dos torres de luces móviles se deslizaron horizontalmente a la espalda de los músicos, subrayando cada guiño teatral con vocación dramática y elevando la puesta en escena a la categoría de circo de pesadilla metalera.

En una entrada que no llegó al lleno absoluto (y, creedme, en Razz 1 se nota cuando no cabe un alma más) el público ofrecía ya su propio ambientación: caras pintadas y más de un globo rojo flotando entre la multitud.
Sonaron truenos lejanos anunciando tormenta. La sala se vio envuelta en un murmullo de lluvia y, poco a poco, la tempestad se materializó en forma de relámpagos teñidos de rojo que rasgaron la oscuridad. La batería volvió a escindirse y, bajo una penumbra cargada de expectación, la banda emergió sobre una plataforma móvil que la trasladó hasta el frontal del escenario en una aparición ceremonial. Todos ataviados con capas, con Eckerström encapuchado, retrasando el momento de revelar su icónico maquillaje, y sosteniendo un farolillo que acentuaba la la estampa de barca de Caronte. En ese contexto arrancaron con el nuevo “Captain Goat”, que comenzó en clave coral antes de desembocar en un solo con slide de Öhrström.
Se desprendieron de las capas y descargaron un “Silence in the Age of Apes” arrollador, marcado por un headbanging perfectamente acompasado y un intercambio de solos de guitarra que elevó la épica. La primera gran detonación colectiva llegó con “The Eagle Has Landed”, coreada de forma masiva y en un mar de brazos en alto. El público incluso tarareó la melodía del solo final, y Johannes, surfeando en la euforia, activó uno de esos recursos infalibles: la batalla de decibelios entre la izquierda y la derecha del recinto.

Nos saludó con un obvio pero rotundo “You are Barcelona and we are Avatar”, antes de desplegar uno de esos discursos teatrales que confirman que Eckerström no solo domina el escenario, sino también el arte de la comunicación. Llegó otra dosis de material reciente con “In the Airwaves”, de arranque demoledor y gutural, que el público ya coreó con sorprendente convicción. El ambiente volvió a crecer cuando Jarlsby dibujó los primeros arpegios de “Bloody Angel”, secundado por Öhrström en esa introducción casi de melodía infantil, mientras Eckerström reaparecía ataviado con casaca granate, bastón y sombrero, en un nuevo despliegue de su personaje. La calma duró lo justo: el clásico estalló en su parte más arrolladora y desató un nuevo episodio de locura colectiva en la sala.
El nuevo “Death and Glitz” arrancó con Tim tomando la iniciativa mientras su compañero aprovechaba para cambiar de guitarra, todo bajo movimientos perfectamente previstos. Eckerström cantó a hombro descubierto, y al término del tema, la banda quedó congelada en una estampa deliberadamente cómica que solo volvió a la vida con el certero impacto de la baqueta de Alfredsson sobre el casco con platillo incorporado del pipa encapuchado. Con “Blod” llegaron los únicos y tímidos intentos de crowdsurfing de la noche, mientras Öhrström se lucía con un solo celebrado y Johannes transformaba su ya clásico beber del bidón de gasolina en un número teatral.

El espigado vocalista volvió a quedarse solo en escena y, a base de gestos y muecas, dirigió los alaridos del público como un director de orquesta mudo. Habló de Barcelona, del calor y del sudor compartido, encajándolo con la presentación de “The Dirt I’m Buried In”, un tema de pulso bailable y estribillo coreadísimo que volvió a dejar patente la amplitud y potencia de su registro vocal. Tras abandonar el escenario, la banda regresó a paso marcial y descargó sobre nosotros todo el peso de “Colossus”. Para la ocasión, montaron una batería secundaria en el frontal del escenario, un detalle que nos permitió disfrutar de cerca de la expresividad y contundencia de Alfredsson.
Con “Torn Apart” vimos como Tim hacia acordes sobre sobre el mástil de Jonas. El tema lo cerraron de espaldas al público, mientras Johannes volvía a fardar de bidón. La batería se abrió de nuevo para dar paso a un piano que el cantante utilizó para dibujar melodías de tono íntimo, aunque la sala no llegó a concederle el silencio absoluto. Fiel a su teatralidad, agradeció nuestra presencia, elogió el fervor del público hispano y recibió como respuesta un sonoro “oeoeoeoeoe” marca de la casa. Hubo también reconocimiento explícito para las bandas teloneras antes de que, ya enfundado en su «chaqueta para el piano», iniciara la nueva “Howling at the Waves” junto a bajo y batería. Poco a poco se sumaron las guitarras, construyendo el momento más melódico de la noche, que culminó con la retirada del piano y la escena reducida a Eckerström y Öhrström mano a mano.

Llegó el momento monárquico y, entre estandartes al viento y las fanfarrias de “Glory to Our King”, vimos la entrada solemne de Jarlsby entronizado, guitarra en mano, para iniciar “Legend of the King”, mientras el resto de la banda asumía disciplinadamente su papel de lacayos, ataviados en casacas blancas. El monarca no tardó en abdicar, desprenderse del trono y la librea, y atacar el riff de “Let It Burn”, desatando otro de los grandes momentos coreados de la noche, culminado con un nuevo solo de Tim. Así encararon el final del pase principal con la reciente “Tonight We Must Be Warriors”, introducida por un flautín de aire marcial y finalizada con los gritos del público.
La banda se retiró unos minutos antes de encarar el encore con el tema que da nombre a su nuevo trabajo, “Don’t Go in the Forest”. Sonidos de aves nocturnas y tormenta, un globo rojo cruzando el escenario como guiño a la portada del álbum y al vídeo de la canción, y solos encadenados para destapar un estribillo sorprendentemente coreado para tratarse de material tan reciente.
Johannes quedó entonces solo bajo los focos para el discurso final de agradecimiento. Habló de unión, de energías compartidas y bromeó con las canciones que aún quedaban en la recámara antes de dar paso al ya imprescindible “Smells Like a Freakshow”, recibido con brazos en alto y la sala convertida en un coro multitudinario. El apocalipsis llegó, cómo no, con “Hail the Apocalypse” y con una una lluvia de confeti rojo que cayó sobre el público mientras se desataba el último estallido de la noche. Un cierre a la altura de un concierto monumental, rebosante de sorpresas y, sobre todo, de metal en mayúsculas.

