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Cavalera revive Chaos A.D. en Londres

Bandas: Cavalera – Slay Squad
Lugar: Electric Ballroom (Londres) – 11 de junio de 2026
Fotos: Jesús Figueirido

Apocalipsis Industrial y Atavismo Tribal en el Corazón de Camden

Londres tiene la extraña virtud de absorber cualquier corriente cultural hasta mimetizarla con su propia historia, pero esta noche Camden latía a un ritmo puramente pesado. Ni siquiera la coincidencia con el partido inaugural del Mundial pudo restarle fuerza a lo que se vivió en el Electric Ballroom. No fue una parada más en un tour nostálgico: fue una exhumación histórica, un acto de justicia poética y la demolición controlada de las barreras generacionales del metal extremo. La marea humana reflejaba ese impacto: veteranos de los noventa que, como yo, guardamos el recuerdo de la época dorada de Sepultura; chavales demasiado jóvenes para haberla experimentado, y un bastión de metalheads hispanoamericanos entregados, con devoción casi religiosa, al legado de los hermanos Cavalera.

En este 2026, mientras la encarnación oficial de Sepultura quema sus últimos cartuchos en una pulcra y técnica gira de despedida, los hermanos Max e Iggor Cavalera decidieron bajar al barro, regresar a las salas sudorosas y reclamar la legitimidad de su era más revolucionaria.

Treinta y tres años han pasado desde que Chaos A.D. (1993) cambió el rumbo del metal mundial. Tras tocar techo con el thrash técnico de “Beneath the Remains» y “Arise”, los Cavalera entendieron que la evolución consistía en golpear más pesado, no en correr más rápido. Miraron hacia las raíces de la percusión brasileña, asimilaron la crudeza del hardcore punk neoyorquino y el groove metal, y envolvieron todo en una lírica de combate contra la opresión estatal. Los arquitectos originales regresaban para interpretar el monolito íntegramente y el cartel de «No hay billetes» colgado semanas atrás en el Ballroom vaticinaba una noche histórica.Y eso fue exactamente lo que ocurrió aquella noche y cómo antesala de su concierto programado para el día siguiente en el Download Festival.

Slay Squad: La colisión generacional del Heavy Trap

Puntuales, a las 19:45, una densa bruma de humo azul cubrió el escenario. La elección de los teloneros ya advertía que no iba a ser una noche cómoda para los puristas. Desde Los Ángeles, Slay Squad irrumpió con la misión suicida de ganarse a los “old metalheads» británicos, tipos duros armados con chalecos de parches y escepticismo.

Autodefinidos como los pioneros del «Heavy Trap«, su propuesta sónica es un choque cultural en toda regla. Fusionan los bombos de 808 hiper-saturados y las secuencias digitales del hip-hop oscuro con riffs de guitarra y desgloses (breakdowns) de corte deathcore y hardcore uptempo. El impacto fue inmediato: mientras el DJ lanzaba frecuencias que hacían temblar los cimientos de la sala, los músicos se contorsionaban en espasmos rítmicos propios de Suicidal Tendencies. Al frente del asalto, el frontman Keanu «Goon» Slay  destacaba con su presencia escénica y rango vocal. A mitad de su set de 35 minutos, el escepticismo se disolvió en un mosh pit respetable. Su baterista mantuvo una precisión milimétrica para encajar con las pistas electrónicas sin perder la pegada orgánica del hardcore punk. Slay Squad demostró que la agresividad callejera no entiende de purismos tecnológicos ni de brechas generacionales. Dejaron la lona ardiendo.

El intermedio transformó el recinto en una distopía industrial. El telón de fondo revelaba una reinterpretación de la mítica portada de Michael Whelan para el álbum de 1993: ese cuerpo biomecánico suspendido en una cápsula que sintetizaba el pánico tecnológico del fin del siglo XX. Las luces de la sala se tiñeron de un verde tóxico y fosforescente, recreando la atmósfera claustrofóbica de una fábrica abandonada o un búnker de la Guerra Fría.

Cavalera: La mutación del Ballroom y locura  total

Cuando las luces finalmente cayeron cerca de las nueve de la noche, la temperatura emocional dentro del Electric Ballroom cambió de inmediato. No hubo necesidad de grandes introducciones ni teatralidades innecesarias. La banda apareció entre una ovación reverencial y ensordecedora, y bastó ver a Max e Iggor ocupar sus posiciones para comprender que aquello iba a ser profundamente físico y apoteósico . Había algo simbólicamente poderoso en observar a los dos hermanos otra vez juntos sobre un escenario reinterpretando el disco que redefinió el metal sudamericano y alteró permanentemente el ADN del metal mundial.

Entonces llegó el golpe y atronó por los altavoces “Refuse/Resist” y el Ballroom explotó. No existe forma elegante de describirlo. Fue violencia organizada. El icónico redoble marcial de Iggor cayó como un martillazo sobre el pecho de la sala y, cuando el riff irrumpió finalmente, el recinto entero se convirtió en una masa compacta de cuerpos chocando sin misericordia.Yo apenas tuve tiempo de reaccionar. La primera embestida del pit fue inmediata, brutal y absolutamente catártica. La gente no estaba simplemente escuchando el álbum, lo estaba viviendo.

Max, con esa presencia mitad chamán callejero, mitad profeta del ruido, escupía cada línea vocal con una autoridad que el tiempo parece haber endurecido aún más. Su voz ya no posee exactamente la misma elasticidad juvenil de los noventa, pero ha ganado algo quizá más valioso: peso,experiencia y cicatrices. Cuando gritó “Chaos A.D., tanks on the streets…”, no sonó como nostalgia, al revés, sonó como advertencia. La ejecución del álbum fue prácticamente íntegra, pero lo verdaderamente fascinante no fue la fidelidad al material original, sino la urgencia con la que estaba siendo interpretado. Nada parecía automático ni rutinario. La condensación caía literalmente del techo y aún así nadie parecía querer escapar de aquella olla de presión. Había una sensación constante de estar participando en algo que trascendía el simple espectáculo.

“Slave New World” llegó con una agresividad quirúrgica. “Propaganda” sonó tan amenazante y mecánica como siempre.”Nomad” adquirió un carácter casi hipnótico gracias al componente tribal de la percusión. Y fue precisamente ahí donde Iggor recordó por qué sigue siendo una figura tan fundamental dentro de esta historia. Muchos han intentado replicar el sonido clásico de Sepultura pero pocos comprenden realmente su arquitectura rítmica. El verdadero corazón de Chaos A.D. nunca estuvo únicamente en las guitarras; residía también en la manera en que Iggor transformaba patrones aparentemente simples en pulsaciones casi tribales, profundamente físicas, casi rituales. Cada golpe parecía cargado de memoria muscular, de historia.

Uno de los momentos más emotivos llegó con la reinterpretación de “Kaiowas”. Pero si hubo un instante especialmente revelador durante la noche fue observar la dinámica emocional entre los hermanos Cavalera, dos músicos que parecían plenamente conscientes de estar custodiando algo que el público considera sagrado. A estas alturas, hablar de los Cavalera como “ex miembros de Sepultura” resulta incluso extraño.

Conceptualmente, esta gira Chaos A.D. MMXXVI confirma algo evidente: Max e Iggor han sabido capitalizar su posición como los auténticos guardianes del legado emocional de la época dorada de la banda. Mientras la marca oficial apuesta por una despedida técnicamente brillante y perfectamente profesional, los Cavalera ofrecen en contraposición la parte visceral. La imperfección humana sobre la cual nació el mito. La interpretación de “Biotech Is Godzilla”, aquella colaboración originalmente escrita junto a Jello Biafra, sonó rabiosa, frenética y absurdamente vigente.

El comentario político inherente al material jamás pareció envejecido, más bien al contrario. Escuchar esas canciones en pleno 2026 generaba una sensación incómoda: quizá el mundo sigue necesitando desesperadamente discos como Chaos A.D. Durante unos minutos el Electric Ballroom dejó de parecer una sala de conciertos y la sala quedó en silencio, completamente pendiente de lo que ocurría sobre el escenario. Fue un recordatorio poderoso de que el metal extremo también puede contener belleza. Hubo también espacio para conexiones históricas más profundas. La inclusión de “Troops of Doom” fue recibida con absoluta euforia, como si el pasado más primitivo de la banda irrumpiera para recordar de dónde venía toda aquella violencia sonora. El suelo parecía temblar bajo cada impacto del bajo y aún así nadie daba un paso atrás. Dentro del recinto sólo existía una locura caótica. Y entonces llegó el final. O mejor dicho: el falso final.

Tras una brevísima retirada de las tablas, la banda regresó al escenario sin dar un solo segundo de tregua. “Territory” provocó uno de los momentos más devastadores de la noche. La interpretación de “Symptom of the Universe” funcionó como homenaje y recordatorio genealógico: sin Black Sabbath probablemente nada de esto habría existido.

Pero el auténtico cierre llegó con “Chaos B.C.”, el colofón  perfecto. Cuando las luces finalmente se encendieron, el Electric Ballroom parecía el escenario posterior a una pequeña guerra cultural. Gente exhausta y camisetas empapadas. Al salir el aire fresco golpeó como una medicina inmediata. Las canciones de Chaos A.D. no pertenecen únicamente al pasado. Siguen uniendo a generaciones enteras bajo un lenguaje común de distorsión, resistencia y comunidad.

Treinta y tres años después de haber sido escrito en habitaciones de Belo Horizonte y consolidado en estudios estadounidenses, aquel manifiesto de furia seguía teniendo algo urgente que proclamar. No se trata simplemente de nostalgia o una reivindicación sino de memoria viva, de custodiar un legado sin embalsamarlo, de devolverle barro, sudor y peligro. El caos nunca terminó… Solo había estado esperando pacientemente a regresar a manos de sus legítimos dueños.

By Emilio Ortega

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