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Un Movistar Arena inmóvil e hipnotizado ante la magia de Eric Clapton

Banda: Eric Clapton
Lugar: Movistar Arena, Madrid – 7 de mayo de 2026
Texto y Fotos: Raúl Blanco

Quién lo diría: ochenta y un años contemplan al señor Eric Patrick Clapton, un tipo que ha hecho del blues rock su vida y de la Strato un apéndice más de su cuerpo. No se entiende la marca sin el artista ni el artista sin la marca; están y estarán unidos para siempre mientras esa “mano lenta” y sedosa decida acariciarla hasta llegar al orgasmo show tras show.

El concierto comenzó como solo los que ya tienen una estrella ganada en el firmamento saben hacerlo, con una multitud esperando el sonido metálico de las seis cuerdas de acero de su apéndice sonoro. Doce mil personas estrujadas en pista, más los que estábamos cómodamente aposentados en la grada, la edad es lo que tiene, latían en un solo corazón que prácticamente se podía escuchar funcionar, a la espera de que se abriera la caja fuerte secreta del oro por la que aparecería el de Ripley con el paso firme y la prisa justa.

Han pasado nada más y nada menos que veinte años desde que Clapton estuvo por última vez en nuestra ciudad y el tiempo, ese asesino silencioso, había generado un ansia por su presencia que se hacía insufrible. A las nueve en punto se apagaron las luces y comenzó la orgía musical, con la luz justa para mantener el misterio y el misticismo. Sin pantallas descomunales, sin ruido: solo un caballero de ochenta y un años vestido con un traje oscuro, una preciosa Fender Stratocaster colgada de su menudo cuerpo y esa calma y precisión de un cirujano cuando tiene en sus manos la vida de un paciente operando a corazón abierto, a vida o muerte.

Clapton tenía entre sus manos un repertorio a su gusto. Canciones tiene y le sobran para estar tocando una semana sin parar, y todas buenas, así que hiciera lo que hiciera iba a acertar. El tema era lo de menos; sabíamos que saldríamos de allí embarazados del rock. Cada acorde te llevaba a un momento, una época, un lugar de tu vida. Pero es Clapton y la cabra tira al monte: rápidamente el blues se apoderó de nuestros cuerpos, mecidos suavemente por su mano con “Key to the Highway” y “Hoochie Coochie Man”. Sus octogenarias manos pasaban la púa con una precisión desconcertante, prácticamente inalcanzable para el resto de los mortales. Y es que él se llama Eric Clapton; tú no.

El que conozca un poco al Sr. Clapton, y el que no, ya puede dejar de leer, sabe que el británico no es un hombre de muchas palabras. Prefiere que sea su Strato la que hable, por lo que un saludo breve, un “gracias” casi inaudible, fue de lo poco que escuchamos salir de su garganta sin estar musicalizado. Nada más, pero no hacía falta ninguna parrafada vacía, ni llena; no estábamos allí para escuchar ningún mitin ni monólogo. La conversación era en otro idioma: el de las guitarras.

Al llegar el momento de disparar al sheriff (“I Shot The Sheriff”), temí que en Madrid nos quedáramos de nuevo sin nuestro adorado Palacio de los Deportes por el excesivo calor. Aquello empezó a arder. Ese mítico ritmo y el clásico solo prendieron fuego a todas las almas allí presentes como si fuera un sacrificio humano. Unos cerraron los ojos para sentir más, otros levantaban los brazos para alabar al predicador allí presente, otros simplemente se quedaron petrificados por la emoción, atrapados por el espíritu de Marley sin rastas y con rollo blusero. Primer orgasmo, y no sería el último.

Una breve pausa y el escenario se convierte en el salón de la casa de Clapton: dieciocho mil invitados a tomar té mientras él nos va a contar cuentos con su acústica y susurrándonos al oído. Ya estamos listos para empezar de nuevo otro momento de pasión; hemos recuperado las fuerzas. Clapton se sentó tranquilamente, toda la luz para él, y un fondo en la pantalla que recordaba al mítico Royal Albert Hall, como si necesitáramos ponernos algún vídeo para excitarnos más. Cayeron ritmos clásicos de una forma cruda y simple, si a algo así se le puede llamar simple, ya me entendéis, ¿Os acordáis de aquella mítica película “Cruce de caminos”? Pues en un mugriento bar de carretera de la Ruta 66 es donde parecía que estábamos disfrutando.

Y entonces sucedió: tuvimos una aparición mesiánica. Con el sudor de los cuerpos ardiendo por la pasión apareció “Layla”. No la versión más salvaje y eléctrica de hace años, la que la hizo mundialmente conocida, sino una versión “lenta”, como la mano de su ejecutor jugando con tus partes íntimas y llevándote a tocar el cielo. Una enorme cantidad de móviles alumbraron el momento para inmortalizar para siempre el instante, el que seguramente será la última vez que ese tema suene en la voz de su creador en Madrid. Era muy curioso ver cómo, mientras esos aparatos del demonio inundaban el recinto, sus propietarios canturreaban en voz baja, casi con vergüenza, para no romper la magia.

Pero el llanto se hizo canción, la música oración, la guitarra un puñal y la herida un bisturí abriendo el pecho de cuello a ombligo sin anestesia ni compasión. La culpable tiene nombre y apellidos: “Tears in Heaven”. El tema surgió como el descendimiento de los cielos de un ángel llevando al límite de las emociones y las lágrimas a más de uno y más de una. Clapton la interpretó sin estridencias, y es que en lo simple está muchas veces la belleza. Quizás por eso cada estrofa dolía más y más; se clavaba en el alma como una corona de espinas, dejando brotar poco a poco un hilo de sangre por cada nota.

El Movistar Arena permanecía inmóvil, como hipnotizado, llorando figurada y literalmente por esa pérdida que todos tenemos clavada en el pecho. Nadie abría la boca, ni para beber cerveza, aunque se nos hubiera quedado la garganta como papel de lija por la emoción. Y es que quien más y quien menos sabía que estábamos asistiendo a una terapia de psicología en la que un señor de ochenta y un años nos estaba abriendo su alma de par en par para contarnos y cantarnos sus demonios más personales.

Ya nos “habíamos ido” dos veces, ya me entendéis, y si no, que Dios os conserve la inocencia por muchos años, así que era el momento de que la electricidad regresara al Movistar Arena. El tema elegido fue “Cross Road Blues”, un corte que sirvió para que la impresionante banda que acompaña al señor Clapton, yo tenía un ojo en él y otro en el maestro Nathan East en el bajo y contrabajo, lo reconozco, se viniera arriba, cada uno en su momento y lugar; bueno, en todo momento y en un solo lugar, para ser más exactos. Doyle Bramhall II fue la pareja perfecta para el maestro; Chris Stainton y Tim Carmon en los teclados daban con la tecla una vez sí y otra también; las voces femeninas en los coros otorgaban una intensidad góspel angelical. Y entonces… llegó “Little Queen of Spades”.

Pero llegaba la tercera descarga, una nueva explosión de amor: era el turno de “Cocaine”. ¿Quién demonios no conoce el tema? Canción que, por cierto, hizo mundialmente famosa Clapton sin ser el verdadero propietario de la misma. ¿Qué pensará J.J. Cale cada vez que escuche que el tema es de Eric Clapton? Bueno, seguro que se le pasa el sofoco cada vez que mire su cuenta bancaria. El tema se fue casi hasta los diez minutos; parecía como que le estaba costando llegar al culmen del placer, o quizás lo tenía tan cerca que quería estirar el momento lo máximo posible, como todos los presentes, que esta vez sí nos movíamos, gritábamos y bailábamos con un movimiento rítmico y acompasado para disfrutar más. Era el clímax perfecto, el momento culminante, un cierre lógico y orgánico para una cita histórica que quedará en la memoria de los allí presentes.

Y es que ese fue el abrupto cierre y fin de la orgía. Clapton exhibió una pequeña mueca de aprobación y enfiló sus pasos hacia la escalera lateral del escenario. Unos pocos pasos y todos vimos, como en una película o una repetición del gol de Iniesta a cámara superlenta en 8K, cómo una carpeta de un vinilo iba directamente hacia la figura del inglés. Salía una voz ahogada de las gargantas, como un grito de “¡noooooooo!”, para parar ese objeto que iba inexorablemente camino del impacto fatal. Nada pudo pararlo. El vinilo golpeó entre el pecho y la cara de Clapton, que por un segundo se paró para intentar entender qué demonios había sucedido, para reanudar de nuevo el camino hacia las escaleras totalmente incrédulo, como el resto de los asistentes, a los que se les escapó un “ohhhh” de desconsuelo.

Me gustaría saber qué pretende el mangurrián que lleva un vinilo a un concierto y tiene la intención de tirárselo al artista. Vamos a ver, pedazo de gaznápiro: ¿te crees que te lo va a firmar y te lo va a devolver? “Con cariño para el tarambana que me ha pegado un porrazo inútilmente… con cariño”. Merecemos la extinción.

Con la banda ya tras el escenario pudimos ver desde nuestra posición una breve charla que finalizó con Clapton señalando la puerta de salida, que al momento se abrió de par en par para ver desaparecer tras ella a la banda al completo, con un murmullo que se convirtió en un ligero desacuerdo sonoro por parte de un público que estaba esperando la traca final de “Before You Accuse Me”, como está sucediendo en toda la gira. Muchas gracias, pedazo de zote, por privarnos de los últimos diez minutos del máximo exponente del blues moderno en Madrid. Con cariño.

Así terminó la noche: con un inesperado gatillazo, pero después de haber disfrutado al máximo, aunque solo fuera hora y veinte. Se hizo el silencio. Desfilamos hacia la salida incrédulos, agradecidos y maldiciendo no conocer al botarate que nos deberá toda la vida diez minutos de placer.

By Raul Blanco

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