Número NO a la venta – Amplio reportaje en el n.º 425 sobre la despedida de Black Sabbath.

Se apagó la voz que nos enseñó a sobrevivir al dolor
Portada: María Arenal. Texto: Marta Grimaldi
Ayer, el mundo del rock se oscureció, y esto no es ninguna metáfora. Es la pura, jodida y triste realidad…
Ozzy Osbourne ha fallecido la mañana del 22 de julio, en paz, rodeado por su familia, envuelto en amor… y con el aire lleno de algo que no quiere irse.
Se fue el Príncipe de las Tinieblas, el niño que cantaba para espantar sus demonios, el hombre que convirtió el dolor en arte, la locura en magia y el exceso en himnos.
Y nos cuesta creerlo.
Ozzy se ha ido. Y con él, parte de nosotros también
Las palabras de su familia para comunicarlo fueron: “It is with more sadness than mere words can convey that we have to report that our beloved Ozzy Osbourne has passed away this morning. He was with his family and surrounded by love.” — Sharon, Jack, Kelly, Aimee y Louis
Black Sabbath simplemente escribió: “Ozzy Forever.” Y de verdad, que no hacía falta decir más. Porque hay adioses que no caben en la boca, que se deslizan entre los días como sombras que no terminan de irse. Y este es una de ellas.
Bandas como Metallica, con el corazón roto, publicaron una imagen junto a Ozzy y el desaparecido Cliff Burton. No añadieron más palabras…y lo entendemos.
Es imposible escribir esto sin que se te empañen los ojos, porque no hablamos sólo de un artista, hablamos de una figura mitológica, de un hombre que desafió a la muerte más veces de las que el destino permite, y aún así nos regaló décadas de música, de excesos, de carcajadas, de shows imposibles… y de humanidad.
A quienes lo vimos en su último altar, ese sueño imposible llamado «Back To The Beginning», nos queda la certeza de que le entregamos el corazón entero, y él, incluso desde el cansancio, nos lo devolvió multiplicado por mil. Lo de Villa Park fue un adiós donde Ozzy ya no saltaba, apenas se movía… Pero allí estaba, sentado en su trono de cuero, y aún así llenaba el aire con más vida que muchos, y algo dentro de todos los allí presentas, algo que no sabíamos que podía romperse, empezó a resquebrajarse.

“Six fucking years I’ve been laid up!” soltó, y se rió como si el mundo no le debiera nada. Y nosotros lo entendimos todo. Eso no era un regreso. Era una despedida con forma de milagro. El último gran abrazo.
Cada canción que interpretó con su banda, y también junto a Black Sabbath, dolía de pura belleza. Pero, sobre todo, con “Mama, I’m Coming Home”, lloramos sin parar… Él también. Se le notaba en la voz, en la mirada… Nos regaló momentos como si la alegría de tenerlo un minuto más pudiera vencerlo todo, como si no estuviéramos listos para perderlo, aunque en el fondo ya lo supiéramos.
Descansa, Ozzy.
Ahora sí.
Te lloramos y te celebramos. Porque fuiste único, porque fuiste real, y porque lograste lo imposible…
Tu hiciste que incluso la oscuridad tuviera música.
Gracias por siempre. Ozzy Forever.
Un réquiem por los imbéciles (y un adiós a Ozzy)
Texto: Ricard Altadill
Hoy todos los periódicos, radios, televisiones y redes sociales vomitan la muerte de Ozzy. Rellenan con eso la gran mierda que suelen escupir cada verano, cuando escasean las noticias de verdad. Que si todos los políticos roban (novedad…), que si la idiota de moda —ya sea tiktokers o “cantantes” prefabricados de reality— han sido vistos en un pub con otro que no es su marido, o pillados en una playa repleta de gilipollas como ellos. La nada envuelta en escándalo.
Pero hay que reconocerles algo: Ozzy les ha salvado un par de días. Dos titulares. Dos portadas. Nada más. Porque no nos engañemos: el 90% de los que hoy publican su necrológica no tienen ni puta idea de quién era Ozzy ni de lo que representó para la historia de la música. Ni lo sabrán nunca.
Se nos va un referente real. Un creador de música analógica, sentida, cruda, hecha con el alma. Y lo hace en un mundo cada vez más estúpido, donde la música viaja en un puto pen drive, comprimida, plastificada y sin alma, y donde miles de imbéciles se excitan viendo a un tipo delante de un portátil fingiendo ser artista.
Un circo de farsantes dopados de ego y likes. Arte de mentira para cerebros adormecidos.

Por suerte, Ozzy perdurará. Porque lo suyo era otra cosa. Era verdad sin disfraz. Sangre, sudor y locura. Era música hecha con cojones, no con plugins.
Yo nunca llegué a ver a Black Sabbath con la formación original.
La primera vez fue el 13 de septiembre de 1983, en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona. Curiosamente, en aquella gira no estaba Ozzy. Lo sustituía Ian Gillan (Deep Purple), en la gira de Born Again, junto a Tony Iommi, Geezer Butler, Bev Bevan y Geoff Nicholls. Buena banda, sí, pero era una época de purismos, y aunque los músicos eran brillantes, las comparaciones eran inevitables. Tocaron un setlist potente, con clásicos, pero la voz de Gillan no era la de Ozzy. Y eso pesaba.
Tuvieron que pasar seis años para verle en solitario: el 13 de abril de 1989, en Barcelona, con la gira No Rest for the Wicked Tour.
La última vez fue en el festival de Santa Coloma de Gramenet en 2018, dentro de la gira No More Tours II. Un concierto multitudinario, con él como cabeza de cartel y Zakk Wylde escupiendo riffs como un animal. Todo en orden. Todo como debía ser.
¿Recuerdos? No diré que fueron experiencias místicas, pero sí intensas, honestas, reales. He recuperado la crónica que escribí entonces en el número 369 de esta revista, cuando cubrí el festival. Decía así:

“Quien lo ha visto y quien lo ve: diría que este hombre ha rejuvenecido. La sensación que nos dio, a un Parc de Can Zam repleto a ambos lados de los escenarios, fue la de ver a un majestuoso Ozzy, acompañado por el MVP de la jornada: Mr. Zakk Wylde. Master class cum laude…”
Se nos va un gigante. Un pilar del rock. Un creador de canciones que forman parte de nuestras vidas y que seguirán ahí, sonando, cuando ya no quede ni rastro de esos artistas de cartón piedra que copan hoy los festivales y las portadas.
Ozzy ya no está, pero su sombra seguirá tapándolos a todos. Porque Ozzy no era de streaming: era de verdad.
Y los imbéciles… que se queden con sus veranos de plástico, sus realities y sus ídolos programados.
El metal los sobrevivirá. Ozzy también.


¿Por qué el mundo siente el vacío de Ozzy Osbourne?
Texto: Oscar Saro
Hoy el mundo del rock llora la muerte de Ozzy Osbourne. La noticia me golpea con una fuerza inesperada. Me entero por WhatsApp, y de inmediato se desata una tormenta de mensajes: recuerdos, despedidas, incredulidad compartida. Esa misma noche, la noticia ocupa su lugar en los telediarios, y las redes se llenan de homenajes. Fans de todas las generaciones —anónimos y celebridades— se despiden del Príncipe de las Tinieblas. Yo también lo hago, con el corazón encogido. Y entonces llegan, como siempre, los memes: Ozzy abrazando a Lemmy, o él preguntándose qué demonios hace en el cielo. Y me río, claro, pero con lágrimas en los ojos. Porque se va una leyenda, sí… pero también una parte de nuestra alma rockera.

¿Por qué? ¿Por qué impacta tanto la muerte de alguien que fue excesivo, excéntrico, inestable, y que vivió siempre al filo del desastre? Esa es la pregunta que me hago y que me impulsa a buscar una respuesta escribiendo estas líneas.
Porque Ozzy ha sido mucho más que una estrella del rock. Ha sido la voz de Black Sabbath y, con ellos, ha sido el escritor de los primeros pasos de heavy metal. Su voz aguda y fantasmagórica, su presencia desbordada, su capacidad de ser al mismo tiempo trágico y ridículo, las canciones que le ha tocado cantar, lo han convertido en un símbolo que inevitablemente asociaremos a estos orígenes del género. Hace tiempo que se lo nombró el Príncipe de las Tinieblas, sí, pero empezó siendo el niño perdido de Birmingham que lo apostó todo a la música y acabó convirtiéndose en leyenda.
Ozzy encarna muchas de las cosas que hacen del metal algo auténtico: la imperfección, la locura, la lucha interna, el vivir al máximo, la rabia y la ternura a partes iguales. No era un héroe clásico. No era virtuoso. No era un ejemplo a seguir. No era constante. Pero era real. Su muerte nos deja huérfanos no solo de una voz única, sino de una forma de entender el heavy metal como algo humano, desbordado, vivo, excesivo… No fue perfecto, pero fue único. Y eso hay muchos que lo buscan toda la vida y no lo encuentran nunca.
Creo que es por todo esto por lo que mucha gente hoy llora su marcha. Como mínimo, pienso que este es el motivo por el cual hoy yo me veo impactado por la triste noticia.
Quizás porque es el primero que me compré, el álbum que más he quemado y más he querido de los Black Sabbath es ese Sabbath Blody Sabbath (1973) con el que abrazaron caminos un poco más progresivos. En él, una de mis canciones preferidas es “A National Acrobat” que contiene esta letra que hoy se me hace relevante:
“You got believe it, I’m talking to you
Well, I know it’s hard for you to know the reason why
And I know you’ll understand when it’s time to die
Don’t believe the life you have will be the only one
You have to let your body sleep to let your soul live on”
“Tienes que creerlo, te estoy hablando
Bueno, sé que es difícil para ti saber la razón
Y sé que entenderás cuando sea hora de morir
No creas que la vida que tienes será la única.
Tienes que dejar que tu cuerpo duerma para que tu alma siga viviendo.”
¡Hasta siempre, Ozzy! Que tu alma siga viviendo eternamente.
