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Foreigner y Jefferson Starship: Una cátedra histórica de rock de la vieja escuela 

Bandas: Foreigner – Jefferson Starship
Lugar: OVO Arena Wembley, Londres – 19 de junio de 2026
Fotos: Jesús Figueirido

Hay catálogos musicales que no pertenecen únicamente a quienes los escribieron, sino que se han incrustado profundamente en el tejido de la cultura popular global. Hablar de Foreigner es hablar de la arquitectura misma del Adult Oriented Rock (AOR) y el Hard Rock melódico norteamericano, una maquinaria perfecta que durante cincuenta años ha definido cómo debe sonar un himno de estadio. La cita en el emblemático OVO Arena Wembley de Londres se presentaba como la celebración definitiva de su medio siglo de vida, una parada obligatoria en una plaza históricamente exigente que agotó hasta el último billete disponible con mucha antelación antes del evento.

El ambiente en los alrededores de Wembley respiraba una mezcla de culto a la memoria y fulgor transgeneracional pero a la vez distinto porque se celebraba en Wembley Stadium otro concierto multitudinario de Harry Styles con 80 mil personas y el contraste era evidente. Chamarras con parches gastados de los años ochenta compartían espacio con camisetas nuevas adquiridas por jóvenes que descubrieron a la banda a través de plataformas digitales o bandas sonoras de culto. La expectación era doble: por un lado, constatar cómo defendería la banda este repertorio histórico tras los recientes cambios en su alineación, destacando la incorporación del guitarrista y ahora vocalista principal Luis Maldonado, encargado de asumir la antorcha frente al micrófono. Por el otro, revivir el directo de los invitados de honor de la noche, los legendarios Jefferson Starship, quienes regresaban a suelo británico tras más de una década de ausencia. El escenario estaba listo para una noche de proporciones épicas.

Jefferson Starship: El viaje psicodélico y cósmico que envolvió la capital británica

La puntualidad británica se cumplió a rajatabla y a las 19.30  las luces del recinto de Wembley se atenuaron para recibir a Jefferson Starship. La formación actual, que mantiene vivo el espíritu contracultural de San Francisco fusionado con la potencia del rock comercial de finales de los setenta y ochenta, ofreció un setlist compacto pero absolutamente devastador en términos de calidad instrumental. Con la imponente y veterana presencia del co-fundador David Freiberg ,cuyo vigor a sus casi ochenta y ocho años desafía cualquier ley biológica y la arrolladora fuerza vocal de Cathy Richardson, la banda conectó un cable de alta tensión directo al corazón de la audiencia.

El concierto arrancó con la pesada y magnética «Find Your Way Back», un clásico indiscutible donde los teclados polifónicos y los riffs de guitarra cortantes sirvieron como carta de presentación perfecta. Richardson demostró desde el primer segundo poseer un rango vocal descomunal, emulando la mística salvaje de Grace Slick pero imprimiendo un sello propio mucho más crudo y contemporáneo. Tras una ovación cerrada, Freiberg tomó el micrófono para guiar a la masa a través de los terrenos psicodélicos de «White Rabbit», rescatada de los días gloriosos de Jefferson Airplane. El famoso crescendo militar del tema envolvió el recinto en una atmósfera hipnótica, apoyado por unas proyecciones lisérgicas en las pantallas gigantes que tiñeron Wembley de tonos carmesí y violeta.

El viaje continuó mutando hacia la década de los ochenta con los monumentales éxitos de la era Starship. Cuando sonaron los primeros acordes sintetizados de «Nothing’s Gonna Stop Us Now», el recinto entero se convirtió en un coro unificado. La química entre Richardson y el guitarrista solista Jude Gold fue palpable, especialmente durante los solos melódicos que definieron esa época dorada de la radiofórmula. Inmediatamente después, arremetieron con la contagiosa e irreverente «We Built This City», un tema que a pesar de las controversias históricas que genera entre los críticos más puristas, en directo funciona como un proyectil de pura diversión pop-rock.

La espectacular ”Jane” fue recibida con una ovación atronadora y el cierre de su presentación llegó con una interpretación incendiaria de «Somebody to Love», dejando el pabellón en lo más alto y demostrando que la psicodelia y el rock melódico pueden coexistir orgánicamente si se ejecutan con calidad y destreza técnica, simplemente a la antigua usanza.

Foreigner: Un engranaje perfecto de precisión y nostalgia rockera

Tras un breve intermedio técnico indispensable para acomodar el gigantesco despliegue escénico principal, una densa cortina de humo y un juego de luces robóticas de última generación anunciaron el desembarco del plato fuerte de la velada.

A las 21.00 horas la actual encarnación de Foreigner, un bloque granítico compuesto por los veteranos Jeff Pilson (bajo), Michael Bluestein (teclados), Bruce Watson (guitarra solista), Chris Frazier (batería) y liderado por el espectacular Luis Maldonado, saltó al escenario sin contemplaciones, después de ser presentados por megafonía.

La descarga inicial fue un auténtico doble golpe directo a la mandíbula: «Double Vision» y «Head Games». Más que un ejercicio de nostalgia estática, era una reinterpretación musculosa y vibrante de su propio mito. Luis Maldonado disipó cualquier duda flotante en el aire respecto a su capacidad para liderar la banda; su tesitura vocal es brillante, alcanzando las notas más altas con una solvencia pasmosa y manejando los tiempos escénicos con el carisma de los grandes frontman de la historia del rock. A su lado, el bajista Jeff Pilson (ex-Dokken) se confirmó como el verdadero motor energético del grupo, recorriendo el escenario de lado a lado, interactuando constantemente con las primeras filas y aportando unos coros impecables que daban un grosor tridimensional al muro de sonido.

El delirio colectivo se desató con la llegada de «Cold as Ice». El icónico patrón de piano interpretado por Michael Bluestein dio paso a una de las ejecuciones más celebradas de la noche. Para bajar las revoluciones, la banda se adentró en los terrenos más sofisticados y emocionales de la discografía del grupo. Con una finura matemática, enlazarón «Waiting for a Girl Like You» y «That Was Yesterday», dos piezas fundamentales de los discos “4” y “Agent Provocateur” respectivamente. Aquí, el protagonismo recayó en las atmósferas de sintetizador de Bluestein y en el exquisito control del tono por parte de Bruce Watson en la guitarra, cuyos arreglos melódicos replicaron con exactitud quirúrgica la producción original de estudio, pero con el calor y la pegada que solo el directo puede ofrecer.

«El AOR no es música blanda; es la destilación perfecta de la melodía pop aplicada a la fuerza del rock and roll.»  Una máxima que la banda demostró con creces durante este bloque de baladas potentes. Inmediatamente después, rompieron la solemnidad con la irreverente  “Feels Like The First Time”, extraída de su álbum debut de 1977, un corte de hard rock clásico donde Watson sacó a relucir sus riffs más emblemáticos y pesados, recordándonos que Foreigner, antes de conquistar las listas de baladas, era una banda de guitarras afiladas nacida en los clubes de Nueva York. Tras esa reivindicación de sus raíces más contundentes, llegó el turno de “Bridge Over Troubled Water”, que aportó una necesaria pincelada de sentido común en los tiempos que corren y, al mismo tiempo, un mensaje de esperanza, tal y como proclamó su cantante durante la noche. Sus pasajes vocales y su desarrollo instrumental hipnótico sirvieron para que el público tomara aire antes de la tormenta final.

Si hay un momento en cualquier concierto de Foreigner donde la banda demuestra su verdadera categoría musical, es el tramo final del set principal. El estallido de «Urgent» transformó el OVO Arena en una gigantesca discoteca de rock de los ochenta. El motor rítmico provisto por Chris Frazier en la batería y Jeff Pilson en el bajo creó un surco bailable sobre el cual se montaron las guitarras. Pero el clímax absoluto llegó con el legendario solo de “teclado-guitarra” en vez del saxofón interpretado magistralmente por Bluestein tras abandonar momentáneamente su posición, el solo sacudió al recinto de principio a fin, desatando una ovación ensordecedora que se prolongó durante varios instantes.

Tras esto, Frazier se quedó solo en el escenario para ofrecer un solo de batería monumental. Lejos de los clichés aburridos de este tipo de interludios, Frazier ofreció un espectáculo visual y rítmico demoledor, utilizando trucos clásicos de baquetas, sirviendo como el puente perfecto hacia el tema más esperado de la noche. Los primeros armónicos y el latido inicial de bajo anunciaron «Juke Box Hero». La puesta en escena alcanzó su cénit teatral: Maldonado apareció sobre una plataforma elevada en la parte posterior del escenario, bañado por un foco blanco cenital mientras desgranaba los versos iniciales de la historia del joven que compra una guitarra de segunda mano en una tienda de empeños. Cuando el riff principal estalló en el estribillo, la explosión de luces y energía fue total. Watson extendió el solo final en una batalla de guitarras improvisada que demostró que la banda mantiene intacto el colmillo rítmico, cerrando el set regular con una intensidad sencillamente inalcanzable.

El regreso para los bises estuvo cargado de una emotividad desbordante. “Long ,Long Way From Home” nos transportó de vuelta a sus raíces con la apabullante versión rockera, marca de la casa y momento que Maldonado aprovecha para comentar qué su hija de 12 años se encuentra en la audiencia y nos pidió complicidad para cantar el siguiente tema. El arranque con las notas de órgano de «I Want to Know What Love Is» generó un mar instantáneo de luces de teléfonos móviles que iluminaron la totalidad del pabellón. Siguiendo la hermosa tradición de la banda, un coro infantil local se sumó al escenario para interpretar las texturas “gospel” del estribillo. Ver a miles de personas de diferentes generaciones abrazadas, cantando al unísono junto a los niños y la banda, cristalizó el poder unificador de la música.

Para el cierre definitivo, la banda decidió que la última palabra la tuviera la canción «Hot Blooded»el rock and roll en su estado más puro.  despidió la noche en un frenesí de guitarras distorsionadas, humo y sudor. Cincuenta años de carrera resumidos en una hora y media de precisión milimétrica, ganchos inolvidables y una entrega escénica que muchas bandas con la mitad de su edad envidiarían. Foreigner pasó por Londres y dejó en claro que, aunque los tiempos cambien y las modas pasen, los verdaderos héroes del rock de estadio son eternos y ellos llevan el peso de un legado inmortal, pura leyenda viva.

El regreso a casa se me hizo interminable entre la multitud de casi noventa mil personas qué salíamos al mismo tiempo de dos conciertos simultáneos pero realmente mereció la pena la experiencia.

By Emilio Ortega

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