Bandas: Philharmonia Orchestra y Santtu-Matias Rouvali
Lugar: Royal Festival Hall, Southbank Centre, Londres – 22 de abril de 2026
Texto: Emilio Ortega
Fotos: Pete Woodhead
El aire en el Southbank Centre siempre tiene un aroma particular, una mezcla de la brisa húmeda del Támesis, aromas de cafés variados y la sobriedad cultural que emana el complejo artístico más grande de Europa y que florece especialmente en primavera. Llegar a este centro fue caótico por el simple hecho de la huelga de cuatro días del transporte del metro londinense que empezó un día antes y provocó un tráfico infernal por toda la ciudad.
En previsión de este asunto marché de casa con mucha antelación para asistir a una gran velada, diferente, fuera de lo que estoy acostumbrado pero que realmente tenía muchas ganas de presenciar por el simple hecho de que también soy un admirador del género.

Sin embargo, este miércoles 22 de abril de 2026, el ambiente lo marcaba el negro, color de rigor tanto para el metalero como para el músico de conservatorio. Fue el uniforme de una masa heterogénea que se congregó para asistir a Philharmonia Orchestra -«Forged in Sound: Heavy Metal Orchestrated».
La propuesta no era una simple «fusión» comercial; era un choque de trenes totalmente opuestos pero a la misma vez entrelazados por la Philharmonia Orchestra bajo la batuta del magnético Santtu-Matias Rouvali. El finlandés, conocido por su energía cinematográfica y su pasado como batería de rock, prometía no sólo dirigir, sino invocar la furia del metal desde el corazón de una orquesta de cien músicos.
El Royal Festival Hall, con capacidad de más de 2500 personas, rozó el lleno en un templo de madera y sonido, posiblemente, el único lugar en Londres capaz de contener semejante explosión sin que la acústica se convierta en un lodazal. Con su diseño icónico de posguerra y su órgano de tubos masivo dominando el fondo, el escenario estaba abarrotado. A un lado, la sección de percusión de la Philharmonia, ampliada con dos kits de batería completos y un set de percusión industrial. Al otro, los amplificadores de válvulas asomando tímidamente entre los violonchelos.
El público, una mezcla fascinante de melenas canosas con parches de Motörhead y Metallica, juntos con abonados de la temporada clásica, guardó un silencio expectante cuando las luces se atenuaron a las 7:30 p.m.
Primer Acto: Caos fascinante en la tormenta
Primeramente se aproximó Mark Ball, persona encargada del buen transcurso del evento que se llevó la primera ovación por equivocación al no ser el conductor del concierto explicando la historia del recinto y celebración de su 75 aniversario apoyando la música clásica y atraer al máximo de gente para transmitir esta vocación cómo parte del festival multitudes.

El concierto no comenzó con guitarras, sino con el trueno de la tradición. Rouvali irrumpió en el podio y, sin mediar palabra, lanzó a la orquesta al abismo con «Ride The Valkyries» del compositor alemán Richard Wagner. Un tema épico y glorioso llevado al séptimo arte en multitud de películas con esta famosa sintonía. Todo un viaje sin frenos, interpretada con un tempo ligeramente más acelerado, resaltando el vínculo directo con los riffs de Iron Maiden.
De la tensión marcial de Wagner, la transición fue orgánica hacia «Orion» de Metallica. Aquí, la ausencia de voz permitió que la arquitectura de la composición brillara. El famoso solo de bajo de Cliff Burton fue interpretado por ocho contrabajos al unísono, creando una vibración subsónica que se sentía más bajo nuestros pies que en los oídos. La precisión de la Philharmonia dio a la pieza una majestuosidad gótica que la grabación original de 1986 solo podía insinuar.
La entrada de la icónica Suzi Quatro fue el primer estallido de adrenalina pura. A sus 75 años, la reina del rock demostró que el carisma no se jubila. Al atacar «Can the Can», la orquesta se transformó en una sección rítmica gigante de «boogie-metal». La mezcla de su bajo eléctrico distorsionado con los staccatos de los violines creó una textura sonora inédita que hizo que los primeros espectadores abandonaran la comodidad de sus asientos aterciopelados. A continuación tocaron “Allegro» de la Sinfonía No. 10 de Shostakovich. Aparentemente el compositor ruso escribió «el metal más extremo antes de que existieran las guitarras eléctricas». La interpretación fue frenética, violenta y técnicamente perfecta, dejando a la audiencia sin aliento antes del plato fuerte.

La aparición de Mr. Lordi fue, visualmente, el momento de la noche. Ver al monstruo de Rovaniemi, con su armadura completa pero sin sus alas mecánicas desplegadas por motivos de espacio,frente a una orquesta sinfónica de Londres, fue una imagen surrealista que capturó la esencia del evento. Más aún al interpretar el tema épico de Metallica “Enter Sandman” con un arreglo donde las trompetas reemplazaron los licks de Kirk Hammett, dándole un aire casi operístico y ejecutado en todo su esplendor pero con su sello personal, apoteósico.
Turno para el tema “Steampunk Blizzard “ del compositor sueco Daniel Nelson.
Tras ello, el ambiente se volvió denso y neblinoso para recibir a Alison Mosshart. La vocalista de The Kills aportó la cuota de modernidad industrial. Su interpretación de «Doing it to Death» fue hipnótica. La orquesta aquí no jugaba a ser una banda de rock, sino que creaba un muro de sonido atmosférico, utilizando las maderas para replicar ruidos de maquinaria y distorsión. Para acabar el primer acto del programa,la orquesta nos deleitó con “The Iron Foundry ,Op 19″ del compositor ruso Alexander Mosolov. Tiempo para un merecido descanso y refrescar la garganta.
Durante los 20 minutos de pausa, los pasillos del Southbank Centre eran un hervidero de debates por el contraste de los géneros de música y lo bien que fluyen al unísono. La sensación general era de alivio: no estábamos ante el típico concierto de «grandes éxitos con violines de fondo», sino ante una reinterpretación profunda de la agresividad sonora.
Segundo Acto: El Apocalipsis in crescendo
Si la primera mitad fue sobre las raíces y la estructura, la segunda fue sobre el espectáculo y la potencia bruta. Arrancaron con la apocalíptica “Mars,The Bringer Of War From The Planets “ del compositor Ingles Gustav Holst.

Fue una declaración de intenciones. Al escuchar los ritmos sinfónicos ejecutados por una sección de vientos metales que parecía querer derribar las paredes, quedó claro que el metal no nació en Birmingham en 1970, sino que ya latía en las partituras de principios del siglo XX.
Con la interpretación del tema de Motörhead “Ace of Spades” llevado a buen puerto por Alison Mosshart con una actuación enérgica provocó un caos controlado. Ver a la Philharmonia Orchestra «headbangueando» al ritmo del clásico de Lemmy fue el momento más catártico de la noche. Acto seguido un extracto del compositor Austriaco Gustav Mahler “Symphony No 5:IV:Adagietto” cómo antesala para el momento álgido de la noche con el regreso de la veterana rockera Suzi Quatro para interpretar el mítico tema de Bob Dylan “Knockin On Heaven’s Door”.Una versión coral y orquestal y a la vez un momento de introspección tras la tormenta, una oda a la mortalidad y a la permanencia de la música.
La complicidad con los asistentes fue digna de presenciar,todos juntos con brazos en alto cantando el coro de la canción a petición de ella. La intensidad frenética continuaba con la orquesta tocando el tema de Led Zeppelin “Kashmir” y no podía faltar una composición de Vivaldi “Summer of the four seasons: Presto” donde la orquesta y la banda demostraron su perfecta comunión.

Tiempo de involucración para la destreza del organista para deleitarnos con la partitura del compositor francés Camille Saint-Saens “Symphony No.3 2b maestoso”, majestuoso hasta el punto que enlazó con el último tema del concierto y de forma especial con una sombra gigantesca en el centro del escenario.
Mr Lordi era el jinete del apocalipsis, «Hard Rock Hallelujah» sonó colosal. El apoyo del coro y el órgano del Royal Festival Hall elevó el himno de Eurovisión a la categoría de oratorio profano. La voz de ultratumba de Lordi, respaldada por cien músicos, llenó cada rincón del auditorio. Fue en este punto donde la barrera entre «alta cultura» y «entretenimiento de masas» se disolvió por completo.
Tras una ovación de un par de minutos minutos que amenazaba con agrietar el hormigón del Southbank, los artistas nos regalaron un último acto. Una versión coral y orquestal de «She Sells Sanctuary» de los The Cult para poner patas arriba el recinto por última vez.
Una despedida de cielo e infierno
Suzi Quatro, Alison Mosshart y Mr. Lordi compartieron el escenario en una comunión extraña pero efectiva para recoger toda la reverencia y aplausos del personal. Un colofón perfecto. «Forged in Sound» no fue solo un concierto; fue una reivindicación.
El Heavy Metal, a menudo despreciado por las instituciones académicas, demostró en el Southwark Centre que posee una complejidad estructural y una potencia emocional que nada tiene que envidiar a los grandes románticos y modernistas. La Philharmonia Orchestra dirigida por Santtu-Matias Rouvali no «domesticaron» al metal; le dieron un lenguaje más amplio. Al salir al aire frío de la noche londinense, los asistentes no solo llevaban los oídos zumbando, sino la convicción de haber presenciado un hito en la historia de la música en vivo. El metal es, después de todo, la música clásica del siglo XXI: ruidosa, dramática y eterna.
Por mi parte,una satisfacción única qué apagó el dolor de cabeza de regresar a casa muy tarde por culpa de la huelga pero mereció realmente la pena.




