Banda: Joe Bonamassa
Lugar: Royal Albert Hall, Londres– 7 de mayo de 2026
Fotos: Laurence Harvey
El blues siempre ha tenido la capacidad de mutar sin perder su esencia. Cambian los amplificadores, cambian las luces, cambian los escenarios y hasta el público, pero hay algo en su núcleo, esa mezcla de melancolía, orgullo y electricidad emocional que permanece intacto. Por eso resulta tan simbólico que Joe Bonamassa haya convertido al Royal Albert Hall en su segunda casa artística. No es simplemente un recinto prestigioso; es el lugar donde los músicos van a medirse con la historia. Allí no basta con tocar bien. Allí hay que justificar la propia existencia musical frente a los fantasmas de quienes transformaron el rock, el blues y la cultura popular del último siglo.
La relación entre Bonamassa y el Royal Albert Hall ya pertenece al territorio de los grandes idilios musicales. Desde aquella presentación de 2009 que terminó de consagrarlo ante el gran público europeo, y en esta, su decimoquinta visita Bonamassa se ha transformado en un puente entre la vieja escuela y la modernidad. La noche comenzó mucho antes del primer acorde. Londres parecía respirar con un ritmo distinto alrededor del Royal Albert Hall. El murmullo de las filas de asistentes tenía algo de ceremonia religiosa. No era el ambiente habitual de un concierto multitudinario; se sentía más parecido a una reunión de iniciados, de creyentes. El público de Bonamassa no es indulgente. Son puristas capaces de detectar una nota desafinada o un tono incorrecto a kilómetros de distancia. Sin embargo, también son profundamente leales cuando perciben autenticidad.

Para mí, además, aquella velada poseía un significado todavía más especial. En medio de la velocidad con la que el trabajo y las obligaciones suelen devorar los días, compartir aquella noche con mi esposa, Rebecca, convirtió el concierto en algo mucho más íntimo que una simple cobertura musical. Antes incluso de que sonara la primera nota, ya existía una sensación de plenitud difícil de explicar: la de vivir un momento extraordinario junto a la persona adecuada. La ausencia de teloneros reforzaba esa sensación de ritual. Todo estaba diseñado para un solo propósito: esperar la aparición del guitarrista. La tensión previa se acumulaba lentamente mientras las luces descendían y el recinto se teñía de un rojo intenso dramático que convertía la sala en una especie de volcán eléctrico.
A las 19:35 exactas, la espera terminó.
La entrada de Bonamassa tuvo la elegancia sobria de alguien que ya no necesita demostrar nada y, al mismo tiempo, sigue obsesionado con demostrarlo todo. Traje gris perfectamente ajustado, cabello peinado hacia atrás, gafas oscuras y una calma casi intimidante. No hubo discursos ni saludos, simplemente tomó una de sus guitarras, la acomodó sobre el hombro y dejó que el amplificador hablara por él.
El primer rugido sonoro confirmó inmediatamente que aquella no sería una noche de nostalgia complaciente. Sería una exhibición de poder. Desde los primeros compases de “Breakthrough» y “ Trigger Finger», Bonamassa dejó claro por qué ocupa un lugar tan singular dentro del blues actual. A continuación, interpretó el clásico de Bobby Bland, «Twenty-Four Hour Blues», mostrando su profundo conocimiento histórico y su aprecio por el género. En general, el repertorio consistió en mitad temas propios y mitad versiones
Técnicamente, pertenece a otra galaxia. Su velocidad y precisión recuerdan a los grandes “shredders” de los años ochenta, guitarristas capaces de convertir la digitalización en un deporte extremo. Pero lo verdaderamente extraordinario es que nunca pierde el alma. Detrás de cada ráfaga de notas sigue habitando el eco de B.B. King y de todos aquellos músicos que entendían que una sola nota bien colocada puede doler más que cien escalas ejecutadas a velocidad supersónica.



“The Last Matador of Bayonne” conocida por su atmósfera emocional y el uso magistral del tono fue el punto álgido del concierto. Ese equilibrio entre virtuosismo y emoción es lo que distingue a Bonamassa de tantos guitarristas técnicamente impecables pero emocionalmente vacíos. Él comprende uno de los secretos fundamentales del blues, el silencio también forma parte de la música. Hay pausas que pesan más que los solos. Hay espacios que contienen más tensión que cualquier muro de sonido.
Ese dominio absoluto del tiempo y la dinámica alcanzó uno de sus momentos más memorables durante la interpretación de “I Want to Shout About It”, originalmente popularizada por Ronnie Earl and the Broadcasters. La escena adquirió una dimensión casi hipnótica. Mientras la banda sostenía el groove y el público acompañaba con palmas perfectamente sincronizadas, Bonamassa construía frases de guitarra que parecían conversar directamente con la audiencia.
Y fue precisamente ahí donde ocurrió uno de los detalles más hermosos de la noche. Miré a Rebecca y comprendí que la música había conseguido exactamente aquello que solo los grandes conciertos logran, borrar durante unas horas cualquier preocupación externa. Su entusiasmo ante cada solo, su sonrisa durante las improvisaciones y la forma en que se dejó arrastrar por el ritmo colectivo terminaron convirtiéndose en parte inseparable de mi recuerdo del concierto. Porque la experiencia musical, cuando es auténtica, nunca sucede únicamente en el escenario; también ocurre en las emociones compartidas con quien tienes al lado. Esa comunión emocional es una de las razones por las que Bonamassa sigue llenando recintos históricos en pleno 2026. No ofrece solamente canciones; ofrece pertenencia. Quien asiste a uno de sus conciertos siente que está defendiendo una tradición cultural que todavía resiste. Y, sin embargo, el espectáculo jamás se convierte en un ejercicio solemne o excesivamente académico. Bonamassa entiende perfectamente el valor del entretenimiento.

Cada músico de su banda desempeña un papel crucial dentro de una maquinaria diseñada para sonar enorme sin perder claridad. El momento de las presentaciones individuales permitió apreciar aún más esa dimensión. Bonamassa fue nombrando uno por uno a los integrantes de la banda, cediéndoles breves espacios para lucirse. La ovación dedicada al neófito Lachy Doley resultó especialmente emotiva. Su trabajo en los teclados aportó profundidad y sofisticación a todo el repertorio, funcionando como un puente sonoro entre el blues clásico y las atmósferas más modernas del show. La sección rítmica con Calvin Turner al bajo y Lemar Carter a la batería añadió potencia y dramatismo,al igual que el guitarrista Josh Smith, mientras las coristas Jade Macrae y Danielle Deandrea elevaron varias canciones hacia una dimensión casi espiritual, recordando por momentos la tradición góspel que siempre ha latido bajo la superficie del blues.
Fue precisamente en medio de ese clima íntimo cuando llegó uno de los instantes más humanos de la noche. Bonamassa reveló que al día siguiente cumpliría 49 años. La reacción del Royal Albert Hall fue inmediata. Más de cinco mil personas comenzaron a cantar Happy Birthday al unísono, rompiendo por completo el refinado protocolo que suele dominar el recinto. Por unos minutos desapareció la figura del virtuoso inalcanzable y apareció simplemente un hombre sonriendo frente a miles de personas que genuinamente celebraban su existencia.
Bonamassa, normalmente contenido y hasta algo reservado sobre el escenario, dejó ver una emoción sincera. Fue un instante breve, pero tremendamente poderoso. Porque el blues, en el fondo, siempre ha tratado de eso: de vulnerabilidad compartida. Hacia el tramo final del concierto, la intensidad emocional alcanzó su punto máximo. Después de la celebración del cumpleaños y de varios pasajes explosivos, Bonamassa decidió hacer exactamente lo contrario: bajar el volumen hasta casi desaparecer. La sala entera quedó suspendida en silencio.
El hilo de sonido que emergía de la guitarra parecía desafiar la lógica acústica de un recinto tan enorme. Nadie hablaba. Nadie se movía. Era como si cinco mil personas contuvieran simultáneamente la respiración. Ese momento resumió todo lo que hace especial a Bonamassa, su capacidad para dominar no solo las notas, sino también la atención emocional de una multitud.
Y entonces llegó la detonación final.



La banda entró en un crescendo monumental que levantó literalmente al público de sus asientos. El cierre con “Mountain Time” fue el broche de oro y tuvo dimensiones épicas, funcionando como una descarga brutal de adrenalina y catarsis colectiva. Hubo ausencias, por supuesto. Algunos echaron de menos a ”Sloe Gin», una de las piezas más emblemáticas de su repertorio. Pero esa es precisamente la consecuencia inevitable de una carrera tan extensa y fértil. Bonamassa ya posee demasiadas canciones importantes como para satisfacer todas las expectativas en una sola noche. Aun así, momentos como “A Million Miles Away”, su emocionante homenaje a Rory Gallagher, compensaron cualquier vacío posible.

También hubo la sorpresa con homenaje a Eric Clapton y tocó su versión “Crossroads” para el beneplácito del público británico. Cuando las luces finalmente se encendieron, Bonamassa se quitó por fin las gafas oscuras. El gesto pareció simbólico. Ya no quedaba personaje ni armadura escénica. Solo un músico agotado, sudoroso y agradecido inclinándose humildemente ante un público que lo había acompañado durante más de dos horas de viaje emocional.
Al salir del Royal Albert Hall quedaba la sensación de haber vivido algo irrepetible. No solo por la excelencia musical del concierto, sino por compartirlo con mi esposa Rebecca y ver cómo disfrutaba cada canción y cada silencio con la misma intensidad que yo. Esa felicidad compartida terminó haciendo la noche aún más especial. Y quizá ahí reside la verdadera importancia de Joe Bonamassa en la historia contemporánea del blues. Él no intenta revivir el pasado como una pieza de museo. Tampoco busca disfrazar el género para hacerlo artificialmente moderno. Su mérito consiste en demostrar que el blues todavía puede sonar gigantesco, elegante, sofisticado y emocionalmente devastador sin traicionar su esencia.
Y mientras Bonamassa que prometió volver en un par de años siga subiendo al escenario del Royal Albert Hall con una guitarra colgada al hombro, el viejo espíritu del blues seguirá encontrando nuevas formas de respirar.




