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El Despertar de los Gigantes: Lorna Shore conquista el Alexandra Palace

Bandas: Humanity’s Last Breath – Shadow of Intent – Whitechapel – Lorna Shore
Lugar: Alexandra Palace (Londres) – 8 de febrero de 2026
Fotos: Jesús Figueirido

Histórico paso de Lorna Shore por el Alexandra Palace de Londres, un evento que marca un antes y un después para el deathcore moderno

Hay lugares que imponen por su historia, y luego está el Alexandra Palace. «Ally Pally», como lo llaman los locales, se erige sobre la colina del norte de Londres como un faro de la cultura victoriana. Sin embargo, esta noche, el palacio no albergó una gala de la BBC (el ente televisivo) ni una exposición de arte; se convirtió en el epicentro de un cataclismo sónico. Con la gira de presentación de su esperado álbum I Feel The Everblack Festering Within Me de 2025, Lorna Shore ha logrado lo impensable: llevar el género más extremo del metal a un recinto de casi 10.000 personas totalmente agotado.

Desde las cinco de la tarde, la procesión de camisetas negras serpenteaba la colina desde la estación de Wood Green. La atmósfera parecía un ritual de sombras descendiendo por los alrededores. No era solo un concierto, era la validación de un movimiento.

El cartel de apoyo era, por sí solo, un festival de ensueño: Humanity ‘s Last Breath, Shadow of Intent y Whitechapel.

Pero vayamos por partes, ya que no podemos ignorar el incendio forestal que preparó el terreno. El Alexandra Palace no solo fue testigo del ascenso de Lorna Shore y el golpe de gracia, sino de un despliegue de poder por parte de tres bandas que, en cualquier otro contexto, podrían haber encabezado su propio recinto masivo. Los teloneros fueron los encargados de demoler los cimientos del palacio piedra por piedra. Pocas veces se ve una alineación tan coherente y destructiva, un «line-up» que recorre desde el minimalismo opresivo hasta la épica técnica.

Humanity’s Last Breath: El sonido del apocalipsis

A las 18:30, con el sol ya oculto tras la colina de Muswell Hill, Humanity’s Last Breath tomó el escenario. Si el infierno tuviera una banda sonora industrial y rítmicamente imposible, sería esta. Los suecos, liderados por la visión de Buster Odeholm y Filip Danielsson ofrecieron un set corto pero sísmico.

Su sonido, a menudo descrito como tal, no busca la velocidad, sino el peso absoluto. Temas como «Abbysal Mouth» y «Labyrinthian» sonaron como si las placas tectónicas bajo el Alexandra Palace estuvieran chocando. La producción visual fue mínima: luces estroboscópicas blancas y una oscuridad densa que envolvía a la banda, obligando al público a centrarse únicamente en la disonancia de las guitarras. Fue una apertura fría, mecánica y aterradora que dejó a los asistentes con la sensación de estar siendo aplastados por una prensa hidráulica. Finalizaron con “Instill” en un set que, con tan solo media hora, fue suficiente para calentar el ambiente..

Shadow of Intent: El virtuosismo en el centro del escenario

El contraste llegó con Shadow of Intent. Si la banda anterior fue oscuridad pura, los americanos trajeron una luz cegadora de técnica y orquestación. Ben Duerr, considerado por muchos el único rival real de Will Ramos en cuanto a registro y control, dominó el escenario con una presencia imponente.

Interpretando piezas maestras como «The Murdered Sleep» y “Flying The Black Flag”, básicamente material de su reciente trabajo de 2025 Imperium Delirium.

Con “Mechanical Chaos” y “Vehement Draconian Vengeance”, la banda demostró por qué son los abanderados del deathcore sinfónico y melódico. La precisión de Chris Wiseman en la guitarra fue impresionante; cada solo cortaba el aire con una claridad que pocos logran en recintos tan grandes, sobretodo con temas como ”Infinity Of Horrors” y «Feeding The MeatGrinder”. El momento álgido fue el cierre con «The Heretic Prevails» de su disco de 2017 Reclaimer, donde los coros épicos y las guitarras afiladas se mezclaron con el rugido de un público que ya llenaba tres cuartas partes del recinto. Shadow of Intent no solo calentó el ambiente, sino que elevó el nivel técnico de la noche a cotas estratosféricas.

Aunque su paso por el escenario duró apenas treinta minutos, me sorprendió para bien y logró prepararme para el resto de la velada.

Whitechapel: El regreso de los reyes

A las 20:10, el ambiente cambió. Ya no estábamos ante «promesas» o bandas de culto; estábamos ante leyendas. Whitechapel salió a escena con la confianza de quien ha definido el género durante dos décadas. Phil Bozeman, con su característica voz grave y profunda, no necesitó artificios para controlar a las 10.000 personas congregadas.

El setlist fue una clase magistral de evolución. Abrieron con la agresividad de “Prisoner 666” y la homónima “Hymns In Dissonance“ de su último trabajo de 2025. “A Visceral Retch”, “Bedlam” y “Hate Cult Ritual“ continuaron con la intensidad de su excelente repertorio.

Fue en este instante cuando el vocalista se dirige al público para comprobar sí estábamos disfrutando el espectáculo y agradecer las bandas anteriores para dar paso a la apoteósica ejecución de su brutalidad clásica en «The Somatic Defilement», de su disco debut homónimo de 2007, recordando a todos de dónde proviene este sonido, para luego transicionar hacia la melancólica “Devirgination Studies”.

El punto álgido fue cuando sonó los primeros acordes de «Prostatic Fluid Asphyxiation». El contraste entre las voces limpias y los guturales sísmicos de Bozeman, capaces de sacudir las columnas del recinto, reafirmó el liderazgo de Whitechapel en la escena y definió el instante más contundente del concierto.

Se despidieron con el cierre de su canción célebre y homónima «This Is Exile», de su segundo disco de 2008, un himno que fue coreado con tal fuerza que por un momento eclipsó al sistema de sonido. Dejaron el escenario en llamas, física y metafóricamente, listos para que Lorna Shore diera la estocada final.

Lorna Shore:Una inmersión en el abismo

El ambiente ardía, desbordado, y al sonar por los altavoces la icónica intro de “Total Eclipse of the Heart” de Bonnie Tyler, la sala contuvo el aliento: el caos estaba a punto de caer sobre el escenario.

A las 21:20, las luces se apagaron. Un silencio sepulcral, casi antinatural para una multitud de diez mil personas allí presentes, precedió a las primeras notas ambientales. El escenario estaba cubierto con una gran lona blanca con el logo central de la banda y la producción de esta gira es, sencillamente, de otro planeta. Lejos de los telones de tela de sus inicios, la banda se presentó ante una estructura de acero frío, pantallas LED de alta definición que proyectaban paisajes desoladores y una plataforma de batería que parecía un altar mecánico.

Tras la bajada de la lona, la detonación llegó con «Oblivion», el tema de apertura de su nuevo trabajo y la aparición del combo americano en escena. El sonido en el Alexandra Palace, a menudo criticado por su acústica con eco cavernoso por el vetusto recinto, fue domado por el equipo de la banda y el uso del fuego y pirotecnia calentó rápidamente el frió reinante en el pabellón.

Cada golpe de bombo de Austin Archey se sentía como un martillazo en el esternón. Will Ramos, envuelto en una luz blanca cegadora, emergió como una fuerza desbocada de la naturaleza. Su capacidad para pasar de un fry scream agudo y rasgado a esos guturales inhumanos que lo hicieron viral resulta, en directo, aún más aterradora y, por ende, estremecedora; provoca un auténtico tumulto de emociones internas, desgarradoras y, al mismo tiempo, profundamente gratificantes.

Desde el primer instante el cantante buscó la complicidad del público para cantar al unísono y poner el listón bien alto. Gran puesta en escena de la banda que continúa inquebrantablemente con la poderosa “Unbreakable”, toda una apología a su reputación y dedicada a todos los asistentes según nos cuenta su vocalista, provocando un estallido bestial en la parroquia. Llanamente majestuoso qué junto los fogones de cortinas de humo convierten el tema brutalmente arrollador e impactante.

El setlist fue básicamente de sus dos últimos discos. Simplemente una sinfonía del caos brutal cómo santo y seña.

Uno de los momentos cumbres llegó con el estreno en suelo británico de «War Machine», cómo anunció el cantante avisando de la grabación en vídeo del directo. La canción en sí, es una oda al caos rítmico, y el mosh pit resultante fue uno de los más grandes jamás vistos en este recinto, ver para creer. Desde la mesa de mezclas hasta el escenario, el suelo del Alexandra Palace vibraba literalmente bajo los pies y nuevamente el uso de lanzallamas de fuego complementan a la perfección la aplastante canción.

Tiempo para que Will Ramos agradeciera al público su asistencia en un lugar tan icónico, algo que calificó como un honor y casi como una “redención” personal, tras admitir que la última vez que estuvieron en Londres sufrió una gastroenteritis y que ahora arrastraba los efectos de un resfriado. Aun así, sentenció: “The show must go on”, antes de continuar con el espectáculo y presentar “Sun//Eater”.

Es en este punto donde la banda demuestra por qué ostenta el trono actual del género: la capacidad de Andrew O’Connor y Adam De Micco para entrelazar solos de guitarra casi neoclásicos y melódicos con breakdowns que parecen detener el tiempo. Por su parte, Michael Yager al bajo y Austin Archey a la batería conformaron una sección rítmica implacable, sin un solo desajuste pese a las velocidades de vértigo.

«Londres, esto es lo más grande que hemos hecho nunca. Gracias por creer en lo extremo y quiero ver un circle pit enorme», sentenció Ramos antes de sumergirse en «In Darkness», último video recién salido del horno y otra de las joyas del nuevo disco que confirma que la banda no ha perdido ni un ápice de agresividad a pesar de su éxito comercial. Durante el tema Ramos alecciona a las huestes a mover los brazos de lado a lado y surge una total comunión entre todos. Continuaron sin respiro alguno con la impresionante “Glenwood”, tiñendo de rojo completamente el escenario y nos pidió que nos despertaramos para que nos comportemos desenfrenadamente con el siguiente tema, “Prison Of Flesh”. De nuevo la locura infernal desatada en su máximo esplendor, con una ejecución magnífica, pirotecnia, cortinas de humo y lanzallamas por doquier plasmando su impronta una vez más y sin dejar títeres con cabeza.

El clímax se estaba acercando y cómo bien explicó el cantante Will Ramos había dos noticias, una buena y otra mala, la primera que era la última canción pero la buena que era una trilogía y la gente estalló en júbilo inmediatamente. Si algo esperaban los asistentes, era la interpretación íntegra de la trilogía «Pain Remains» de más de 20 minutos de duración. Tras una breve pausa, las luces se tiñeron de un rojo melancólico.

Con “I: Dancing Like Flames” el público cantó cada palabra. Ver a miles de metaleros gritando «A world without you is a world I don’t want to know», “un mundo sin tí es un mundo que no quiero conocer“ creó una conexión emocional que rara vez se ve en el deathcore. La intensidad subió un peldaño más con “II: After All I’ve Done, I’ll Disappear” y las ráfagas de fuego (pyro) que iluminaban los rostros exhaustos de la primera fila. Y llego el final con “III: In a Sea of Fire”, una exhibición de poder absoluto. El final orquestal, unido a la pirotecnia estroboscópica y las llamaradas, cerró el set principal de forma cinematográfica.

Tras unos breves segundos de oscuridad y el ruego unánime de «one more song», la banda regresó para dar el golpe de gracia. No podía ser otra «To the Hellfire» de su EP de 2021 ….And I Return To Nothingness, para certificar el cierre del espectacular concierto, trayendo literalmente el infierno a la tierra cómo broche final de una apoteósica noche de metal extremo en su máxima expresión.

A estas alturas, la canción es un himno del género. El famoso desglose final, donde Ramos emite esos ruidos porcinos y chasquidos que desafían la anatomía humana, fue ejecutado con una precisión quirúrgica. El Alexandra Palace estalló por última vez en un Wall of Death que dividió el gran Salón de lado a lado.

Se despidieron a lo grande cómo ellos son, unos verdaderos titanes, agradeciendo todo el apoyo contagiado de la multitud de sus fieles seguidores y prometiendo un pronto regreso por estos lares, por mi parte que vuelvan de nuevo lo antes posible. Todos estamos ansiosos de que así sea y por lo que pude notar a la salida, las 10 mil personas se fueron contentos a casa .

Lorna Shore en el Alexandra Palace fue la prueba de que el metal extremo ha roto el techo de cristal y se ha establecido en su trono correspondiente y bien merecido. Ha dejado de ser «la banda del tipo de los ruidos raros» para convertirse en una institución del metal moderno. Su capacidad para llenar un palacio y someterlo a su voluntad es la prueba de que el futuro del género está en muy buenas (y sangrientas) manos.

Me quedo sin palabras para describir el apoteósico espectáculo que acabo de presenciar. Tengo que admitir que me ha tocado la fibra como pocas bandas lo han logrado en más de 43 años, desde que me inocularon el dulce y glorioso veneno del Heavy Metal. El impacto que he sentido esta noche es, sencillamente, sublime; por ello, me declaro confeso y fiel seguidor de Lorna Shore para siempre. Y, como se dice por aquí: “I’ve been blown away, literally”.

Ni que decir tiene que, si tengo que recomendar un concierto, aunque a veces me repita con otras bandas brillante, si hay uno que realmente sobresale en cuanto a experiencia en directo, es, sin el menor atisbo de duda, Lorna Shore.

By Emilio Ortega

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