Festival: Mad Cool Festival 2026
Lugar: Espacio Iberdrola Music – Madrid – 8, 9 ,10 y 11 de julio de 2026
Fotos: Nicolás Sánchez
Texto: Emma C. y Sofía Bueno
Un año más, el calor de julio, las camisetas de bandas y las carreras entre escenarios anunciaron que Mad Cool estaba de vuelta. La edición de 2026 llegaba, además, con un motivo especial: el festival cumplía diez años como una de las grandes citas musicales de Madrid, con cuatro jornadas, cerca de más de 50.000 personas por día y un cartel capaz de reunir bajo un mismo recinto al público del rock, el pop, el indie y la electrónica.
Desde primera hora, Iberdrola Music recuperó ese ambiente de la música que todavía está por llegar: grupos de amigos repasando horarios, caras recién llegadas de otros países, las primeras colas en las barras y la pregunta que se repite frente a cada cartel: ¿qué concierto estamos dispuestos a perdernos? Porque en un festival de este tamaño no existe la ruta perfecta. Cada elección obliga a renunciar a algo, y no es raro salir antes de una actuación solo para llegar tarde a la siguiente.
Este año, además, organizarse fue más difícil de lo habitual, en buena parte del recinto apenas había cobertura, y enviar un mensaje o localizar al grupo se convertía en una odisea. Parece un detalle menor hasta que la gente se dispersa entre varios escenarios y el móvil deja de servir justo cuando más se necesita.
Miércoles 8
El miércoles arrancó a golpe de guitarra. Palaye Royale fueron de las primeras bandas en sacudir la tarde, mientras HotWax hacía lo propio en otro escenario. Todavía había gente entrando y buscando sitio, pero los estadounidenses no tenían intención de comportarse como una banda de primera hora. Su cóctel de teatralidad, glam rock y actitud punk sirvió de aviso para quienes aún recorrían el recinto. Los enormes balones blancos que sobrevolaron las primeras filas dejaron una de las imágenes tempranas de la jornada y acercaron a un público que empezaba a entrar en calor. Ni siquiera había caído la noche y Palaye Royale ya tocaban como si el festival estuviera en su momento álgido.

Poco después llegó la primera decisión difícil del día: The Warning o Jehnny Beth. Frente al escenario principal ya esperaba bastante gente para las hermanas Villarreal, prueba de cuánto ha crecido la banda en los últimos años. El trío mexicano sonó potente y compacto, con una base rítmica firme y guitarras contundentes que no perdían definición. Daniela Villarreal avisó de que llevaba encima una gripe, y su voz acusó algún signo de esfuerzo, pero en ningún momento la usó de excusa ni bajó el ritmo.
“Qué Más Quieres” se llevó una de las mejores respuestas de la tarde: el público respondió con fuerza en cuanto la escuchó cantar en español. El orden del repertorio resultó algo extraño, con cambios que cortaban la progresión del concierto, pero la banda compensó esa falta de continuidad con gran determinación. The Warning cumplieron incluso sin estar al cien por cien.
La tarde seguía multiplicando frentes: The Last Dinner Party ocupaban el escenario Orange, Hot Milk aparecían en Mahou Reserva y, casi al mismo tiempo, The War And Treaty y Villa Nelle sumaban dos opciones más. El festival empezaba a desbordarse por todos los costados a la vez.
Con Wolf Alice llegó el primer concierto realmente grande de la tarde del miércoles. Había bastante más público frente al escenario y el sonido acompañó desde el arranque, la banda británica mantuvo la claridad incluso en los pasajes más cargados de guitarras, alternando tramos ambientales con estallidos de distorsión sin perder nunca el control. Ellie Rowsell volvió a demostrar que puede pasar de una voz delicada a otra rota y visceral en cuestión de segundos. La banda sonó redonda y el público se volcó sin reservas. No hizo falta esconder las canciones bajo una producción excesiva, tocaron, conectaron y dejaron que el concierto creciera solo. Wolf Alice fueron de los nombres propios de la tarde.
Con el atardecer ya encima llegó, probablemente, el cruce más doloroso de la jornada. The War On Drugs empezaban en el escenario Orange al mismo tiempo que un nombre desconocido, Bigger Splash, aparecía en Mahou Reserva. Poco después se sumaría Dogstar, con Foo Fighters ya esperando en el horizonte.
La presencia de Bigger Splash llevaba días alimentando sospechas. No había banda reconocible detrás de ese nombre, y todas las pistas apuntaban a Arde Bogotá. El seudónimo no era casual: “Bigger Splash” daba título a su nuevo sencillo y formaba parte del universo que el grupo había construido alrededor de esta nueva etapa. Antes de la actuación ya circulaban rumores que terminaron de confirmar que allí se cocinaba algo más que un concierto de una formación desconocida. El secreto llegó algo desinflado, pero eso no le restó ni un gramo de emoción al momento: mucho antes de empezar, una cola enorme rodeaba el escenario y el aforo se quedó corto. Unos habían seguido las pistas; otros simplemente se acercaron atraídos por el misterio. Cuando aparecieron Arde Bogotá, la expectación estalló. La gracia de la sorpresa no estaba solo en descubrir quiénes eran. Bigger Splash funcionaba a la vez como nombre falso, pista y presentación de una canción nueva.
El concierto fue breve, directo y con esa sensación de estar viendo algo irrepetible. “Bigger Splash” sirvió para presentar la nueva etapa del grupo, mientras “La Salvación” volvió a unir las voces de los asistentes. Más que repasar un repertorio, Arde Bogotá aprovecharon la ocasión para jugar con su público y demostrar que ahora mismo les basta una pista para hacer correr a miles de personas en su dirección.
Con el recinto ya en plena noche, el movimiento hacia el escenario principal se volvió imparable. Moby, HOONINE y, más tarde, The Vaccines ofrecían rutas alternativas para quien quisiera escapar de la concentración más grande del miércoles, pero buena parte del público ya sabía dónde quería estar: frente a Foo Fighters.
La banda encabezaba el cartel dentro de su Take Cover Tour, con la que presentan Your Favorite Toy, su duodécimo álbum y sucesor de But Here We Are (2023), en su única cita en España este año. Salieron con la actitud de quien no piensa vivir solo de su nombre: pantallas y puesta en escena sin excesos al servicio de un repertorio que forma parte de la vida de varias generaciones.
La voz de Dave Grohl sonó algo castigada en ciertos pasajes, pero quedó en segundo plano casi de inmediato, recorrió el escenario, habló con el público y vivió cada canción con una intensidad que, después de tantos años, sigue pareciendo sincera. Se le veía disfrutar, y esa sensación se contagió rápido a la audiencia. “Walk” fue uno de los grandes momentos de la noche: la canción fue subiendo de intensidad hasta que todo el recinto terminó cantando con la banda, en uno de esos instantes en los que la distancia entre escenario y público desaparece. Foo Fighters dominan ese tipo de crescendo como pocos… saben cuándo contener el tema y cuándo dejarlo estallar.
El concierto se permitió salirse del guion, durante “No Son Of Mine” apareció un fragmento de “Ace Of Spades”, guiño a Motörhead que el público reconoció al instante, y la presentación de los músicos derivó en un intercambio de posiciones que devolvió a Grohl a la batería, recordando que el cantante también es un batería con una fuerza difícil de confundir. El tono cambió con “Aurora”, dedicada a Taylor Hawkins. No hizo falta ningún discurso, la canción sostuvo el recuerdo por sí sola y regaló uno de los momentos más conmovedores del concierto.
Al público todavía le quedó energía para “Best Of You” y una “Everlong” que hizo de final inevitable. Foo Fighters firmaron un conciertazo largo, generoso y cargado de momentos memorables, no se limitaron a cumplir como cabezas de cartel, sino que tocaron como una banda que todavía disfruta haciendo ruido junta y que sabe convertir una explanada llena de gente en un coro gigante.











Jueves 9
El jueves cambió el sonido y también la fisonomía del recinto. El pop ganó terreno, el público rejuveneció y, desde primera hora, se notaba que moverse iba a costar bastante más. CMAT y Renée Rapp abrían casi a la vez dos de los escenarios principales, antes de que Charlie Puth, Lorde, Son Mieux y Yung Prado multiplicaran las opciones. Reneé Rapp se encontró con un público que la esperaba con ganas. Sonó muy bien y llenó el escenario con una presencia que se imponía incluso desde lejos. Su manera de cantar mezcla vulnerabilidad y seguridad sin que ninguna de las dos suene impostada, y la conexión con buena parte del público LGTBIQ+ fue instantánea. No necesitó explicar esa relación: estaba en las letras, en su actitud y en cómo respondían las primeras filas a cada gesto. La gente se volcó con ella y su actuación se convirtió en uno de los primeros puntos fuertes del jueves.



Lorde eligió un camino radicalmente distinto para presentar Virgin, su cuarto álbum. Abrió con una introducción que desembocó en un pequeño medley y construyó una primera mitad tranquila, sin buscar el impacto inmediato. En un festival donde el público puede irse a otro escenario en cualquier momento, era una apuesta arriesgada. La cantante se apoyó en las bases, la atmósfera y una interpretación más íntima. Habló de esos momentos de tristeza profunda en los que parece imposible salir del pozo, y de cómo estar ahí arriba, frente a miles de personas, le hacía sentir que quizá las cosas no eran exactamente así. El concierto avanzó despacio y dejó fuera, durante buena parte del repertorio, los temas más populares. Aun así, fue ganando cuerpo poco a poco: Lorde se mostró cada vez más física, las bases cobraron fuerza y el público terminó rendido en cuanto llegaron las canciones más reconocibles. Lo que había empezado casi como una confesión acabó convertido en un desahogo colectivo.
El problema era que, mientras Lorde tocaba su mejor tramo, Zara Larsson ya llevaba un rato en el escenario Orange. Tocaba elegir entre perderse el final de una o llegar tarde a la otra. Ese vaivén confirmó que el jueves se estaba complicando: los caminos iban saturados, los baños acumulaban colas larguísimas y la cobertura, directamente, había desaparecido. Zara Larsson se encontró con una multitud y respondió con un concierto de pop directo, bailable y muy animado. “Midnight Sun” aportó el momento más veraniego de su set y “Symphony” se llevó una de las reacciones más fuertes de la noche. Las ganas de bailar eran evidentes, aunque en muchos puntos apenas había sitio para hacerlo. El escenario se le quedaba pequeño a su capacidad de convocatoria, entrar costaba, y salir para llegar a la siguiente cita no era mucho más fácil. El concierto funcionaba; lo que empezaba a fallar era todo lo que pasaba a su alrededor.
La noche volvió a poner a prueba a los asistentes con otro de esos inevitables solapes. Mientras Jennie, integrante de BLACKPINK y ahora también consolidada como solista, conquistaba el escenario principal, La Paloma actuaba en Mahou Reserva. Apenas unos minutos después llegaba otra difícil elección: Teddy Swims firmaba una de las mejores actuaciones de la jornada, apoyándose casi por completo en su impresionante voz, al mismo tiempo que Boys Noize hacía arrancar su sesión. Otra encrucijada en la que cualquier decisión implicaba renunciar a algo importante. Boys Noize metió músculo electrónico a la noche, una descarga de graves y ritmos duros que cambió de golpe el tono de las horas anteriores. Después de una jornada dominada por grandes voces y estribillos de pop, su sesión funcionó como un chute de energía antes de la última gran cita del jueves.


Bien entrada la madrugada, arrancaban a la vez Florence + The Machine, que presentaban Everybody Scream, su nuevo álbum, y Frost Children, mientras The Blaze preparaba su turno en el escenario Orange. La mayor parte del público volvió a concentrarse frente al principal, formando una de las multitudes más grandes de las dos primeras jornadas. Florence Welch apareció con una presencia que llenaba el escenario antes incluso de ponerse a cantar. Su actuación fundió música y movimiento desde el primer segundo: carreras, giros, una manera de interpretar cada canción con todo el cuerpo sin que nada pareciera puesto ahí solo para llamar la atención.
“Shake It Out” llegó pronto y terminó de meter al público dentro del concierto. La percusión apretaba cada vez más, la voz de Welch se alzó por encima de la banda y miles de personas se sumaron al estribillo. No hizo falta esperar al tramo final: la canción entera funciona desde el primer segundo. El sonido estuvo a la altura: la voz se escuchó limpia y potente, mientras la banda manejaba con precisión los saltos entre los tramos más contenidos y las grandes explosiones instrumentales. Florence + The Machine pasan de la intimidad a la épica en pocos compases y, en directo, esa transición sigue siendo una de sus mayores bazas.
Welch no dejó de buscar al público en ningún momento. Se acercó a las primeras filas, corrió de un lado a otro y dirigió cada subida como si oficiara una ceremonia. La gente entró al juego desde el principio, y el concierto acabó convertido en una celebración compartida, intensa y emocionante, con una Florence entregada de principio a fin.





Viernes 10
El tercer día de festival nos volvía a cambiar totalmente el sonido del recinto. Si el jueves fue la jornada de las voces pop, este día marcó un giro rotundo hacia las guitarras y el rock; una jornada de subir los decibelios, recordándonos que, en la recta final del festival, el cansancio acumulado se combate mejor con el volumen al máximo.
Halsey inauguraba el escenario principal en plena tarde y, aunque se notaba que el público estaba principalmente esperando a los cabezas de cartel que cerraban la noche, ella consiguió levantar a todo el mundo con el sol cayendo de justicia en su último concierto de su paso por Europa. Halsey llevó al escenario la estética de The Girl In The Tower Tour: una propuesta más oscura, teatral y muy cinematográfica, donde el vestuario, la escenografía y la iluminación construyeron una atmósfera envolvente, aunque el espectáculo de luces no se pudiese apreciar bien al estar tocando de día.
A pesar de venir del pop, ofreció un show digno de encabezar el festival: transformando sus canciones más conocidas como “Closer” o “Without Me”, con un enfoque mucho más rockero que dejó boquiabiertos a quienes no conocían su faceta más versátil. La conexión fue total cuando bajó hacia al público para cantar “Colors” rodeada de fans. Sin tiempo para el respiro, el relevo lo tomaron los Pixies. La banda fue la siguiente en saltar al escenario, atrayendo a los amantes del rock más clásico. La actuación destacó por su sencillez: cero artificios, un discurso mínimo y un repertorio sólido. Frank Black lideró esta puesta en escena hilando temas míticos como “Where Is My Mind?”, que cautivó a todo el público demostrando que, para retener a miles de personas, no hacen falta fuegos artificiales




El día continuaba y aparecía Sigrid en el escenario Orange justo después de terminar el concierto de Pixies. La artista noruega, que ya dejó huella en otra edición del festival, volvió a demostrar por qué es un referente del pop más auténtico. Con su personalidad tan carismática se encargó de inyectar una dosis de frescura al festival, defendiendo un repertorio lleno de melodías energéticas y letras honestas que lograron conectar con el público desde el primer momento en el que salió al escenario. Mientras sonaba Sigrid por un lado, empezaban Kings Of Leon en el escenario principal. La banda se encontró con un público eufórico y entregado que cantó desde sus temas más clásicos hasta sus composiciones más recientes.
La expectación era tal que incluso Halsey, que había actuado horas antes en el mismo escenario, confesó durante su show que no pensaba perderse el directo de esta banda, prometiendo unirse al público para darlo todo entre la multitud. Fue un concierto especialmente memorable porque coincidió con la jornada del Mundial de fútbol; justo antes de que la banda tocara su himno “Use Somebody”, las pantallas gigantes anunciaron la victoria de España, provocando una reacción masiva de alegría que recorrió todo el recinto.
Fue un directo grande y ruidoso, con un “Sex On Fire” que, aunque esperado, desató una euforia que se sintió en cada rincón del festival Kings Of Leon desataba la locura en el escenario principal mientras que el escenario Orange acogía una propuesta radicalmente distinta con A Perfect Circle. La banda liderada por el cantante de Tool, Maynard James Keenan, ofreció una actuación hipnótica que fue intensamente aclamada por su legión de fans. Fue un momento perfecto de contraste en el festival; por un lado, la energía de los Followill junto con la alegría del Mundial y, por otro, la atmósfera técnica y emocional que solo un grupo como A Perfect Circle sabe construir.







Cerramos la noche con el grupo más aclamado por los asistentes, grupo que en la edición de 2022 del festival ya nos enseñó que iba a ser difícil superar el nivel de su show. Aun así, la banda Twenty One Pilots, formada por Tyler Joseph y Josh Dun nos volvió a sorprender con una puesta en escena increíble y cargada de pirotecnia y fuego.
La conexión con sus fans fue total: nada más empezar, Tyler se subió encima del público para cantar “The Contract” atrayendo la atención de todo el mundo. Durante “Rawfear”, bajó al foso y recorrió toda la valla interactuando con el público, que le iba colocando accesorios, como gafas o gorros mientras cantaba.
Los momentos de adrenalina fueron constantes: en “Ride”, Tyler se desplazó hasta la zona VIP situada frente al escenario e incluso subió a un personal de seguridad al escenario para que le ayudara a cantar su canción más mítica, una tradición que se ha convertido en un sello distintivo de sus conciertos. Por su parte, Josh, ofreció un “Drum Show” espectacular: escaló una estructura elevada hasta llegar a la cima, donde le esperaba su batería para dejarnos a todos boquiabiertos con su percusión. Su actuación fue un despliegue en el que pasaron más tiempo fuera que dentro del escenario, demostrando el afecto a sus fans y dejando claro que su directo es una experiencia única que no debería perderse nadie.
Llegábamos a la jornada final con las fuerzas algo justas, pero con la emoción que solo tiene el último día de festival. El ambiente del recinto era diferente; se notaba esa mezcla de cansancio acumulado y las ganas de ver a los últimos artistas. La tarde arrancó con la solidez clásica de The Black Crowes en el escenario principal, confirmando que el rock and roll de la vieja escuela sigue teniendo un sitio en el festival. Chris Robinson se mostró en un estado vocal impecable, esa voz rasgada y llena de soul que parece mejorar con los años. Cuando por fin tocaron su himno “Hard To Handle”, el recinto se vino abajo; fue uno de esos momentos mágicos, llenos de nostalgia y energía.
La sorpresa saltó en el escenario Mahou Cinco Estrellas, donde The Reytons se marcaron un directo que pilló a muchos desprevenidos y que, sin duda, fue una de las revelaciones de la jornada. Pese a la capacidad limitada del recinto, consiguieron llenarlo hasta los topes, creando un ambiente eléctrico de principio a fin. El público se sabía cada letra y no dejó de cantar ni un segundo, convirtiendo el concierto en una fiesta constante de saltos, energía desbordada y hasta balones de playa volando sobre las cabezas.
Más tarde, el escenario Orange nos regaló uno de esos instantes que se quedan grabados para siempre. Durante el concierto de Matt Berninger, líder de la banda The National, el cantante decidió romper cualquier barrera física y se lanzó directamente entre la multitud. Verle cantar rodeado de fans, inmerso en la energía del público, transformó su actuación en algo profundamente íntimo, demostrando que para él no hay fronteras cuando se trata de conectar con quienes escuchan sus canciones.



Acercándose la noche nos encontramos con un dilema difícil de resolver; elegir entre la adrenalina de Kasabian en el escenario Orange o la maestría de Nick Cave and The Bad Seeds en el escenario principal. Fue uno de esos muchos momentos de división del festival, en los que, decidas lo que decidas, siempre te queda la sensación de estar perdiéndote algo grande. El directo de Kasabian fue de los más energéticos del día; su vocalista Sergio Pizzorno secomió el escenario creando una atmósfera vibrante que no decayó en ningún momento de su set, tocando canciones como “Fire”. En cuanto a Nick Cave, su teatralidad fue uno de los pilares de su directo y lo que convierte sus conciertos en experiencias casi religiosas o místicas. No es solo un músico tocando canciones, sino un performer en el sentido más completo de la palabra.
Antes de llegar al final de esta edición, salió David Bryne al escenario con todos sus compañeros, que juntos convirtieron la actuación en una auténtica obra de arte visual y musical. El momento culminante llegó, como no podía ser de otra forma, con “Psycho Killer”; escuchar ese clásico en directo fue una experiencia que nos transportó de lleno a la esencia más pura de Talking Heads.
Para cerrar esta edición por todo lo alto, el festival reservó el escenario principal para los ingleses Pulp, que desde antes de empezar nos advirtieron por las pantallas que iba a ser un concierto inolvidable. Jarvis Cocker y su banda se encargaron de bajar el telón con un directo nostálgico, elegante y vibrante desde el primer momento, terminando con “Common People” siendo coreada por todo el público.
Además, el Mundial hizo acto de presencia otra vez, ya que Cocker se puso a comentar el resultado de Inglaterra en mitad de la canción, revolucionando una vez más a los fanáticos del deporte.
Fue un cierre perfecto para celebrar los 10 años de festival y quedarnos con ganas de más para el año que viene.
¡Enhorabuena Mad Cool!


















