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«Estoy hasta los putos cojones»: El final de una era
Por desgracia, todas las cosas buenas llegan a su fin. Y esta vez, con el corazón encogido y algunas lágrimas asomando a mis ojos, lo que llega a su fin no es simplemente Ministry, sino toda la trayectoria musical de Al Jourgensen.
El último álbum de Ministry, Hate To Go (Take Out Or Delivery), llega hoy, 30 de octubre de 2026, a través de Cleopatra Records. Pero Al nunca ha sido únicamente Ministry. Detrás de ese nombre hay todo un universo de proyectos, entre ellos Lard, Revolting Cocks, Surgical Meth Machine, 1000 Homo DJs y muchos más. Después de 45 años haciendo música, su decisión de dejarlo supone que un capítulo entero de la historia de la música alternativa se acerca a su telón final.
Para mí, reseñar este álbum es una experiencia extraña y profundamente personal. Pesa saber que estas serán las últimas canciones nuevas que escucharemos de un artista cuya música ha formado parte de mi vida durante tanto tiempo. Al mismo tiempo, me siento privilegiado por tener la oportunidad de escuchar este capítulo final, explorar lo que se esconde bajo su superficie y compartir mis pensamientos con quienes han recorrido este camino junto a Ministry a lo largo de los años. Despedirte de algo que ha significado tanto para ti nunca es fácil, especialmente cuando todavía estás intentando comprender lo que esa despedida significa realmente. Y quizá sea ahí donde empieza para mí este último álbum de Ministry: no con el final en sí, sino con todo lo que nos ha llevado hasta aquí. La música, la rabia, las preguntas, el simbolismo, los recuerdos y las ideas que han acompañado a Al a lo largo de su carrera. Porque, antes de despedirnos de Ministry, todavía queda un último disco por explorar, uno que mira hacia el pasado mientras se enfrenta a un mundo que, en muchos sentidos, parece estar perdiendo el rumbo.
Así que, antes de meternos de lleno en Hate To Go (Take Out Or Delivery), hagamos un último viaje por el universo industrial de Al Jourgensen. Y quiero dejar algo claro: lo que viene a continuación es mi propia interpretación de la música, las letras, los samples y las imágenes. Así es como escucho a Ministry, como interpreto las palabras de Al y la manera en que las transforma en música, y cómo todo encaja dentro de mi propia cabeza. Puede que tú escuches algo completamente distinto. Y eso forma parte de lo que hace que la música sea tan potente.
El recorrido: de las raíces electrónicas a la guerra política

La evolución de Ministry nunca ha seguido una línea recta. Ha sido un proceso constante de transformación, experimentación, destrucción y reconstrucción. Para entender qué lugar ocupa Hate To Go (Take Out Or Delivery), tenemos que volver al principio, cuando la banda sonaba muy distinta de aquella máquina de metal industrial en la que acabaría convirtiéndose, una de las creaciones más reconocibles de Al Jourgensen.
El viaje comenzó en 1983 con With Sympathy, un debut arraigado en el synth pop, la new wave y la música dance. Construido alrededor de teclados melódicos, una producción pulida y la voz limpia de Al, suena casi irreconocible en comparación con el Ministry que aparecería más adelante. Al ha hablado de su frustración con las circunstancias que rodearon el álbum y de la sensación de haber perdido el control sobre su dirección musical. En aquel momento todavía estaba buscando su propia voz, y el sonido de Ministry estaba muy lejos de la música agresiva y distorsionada que acabaría definiendo a la banda. En 1986, Twitch empezó a llevar a Ministry hacia un territorio electrónico más oscuro, conservando elementos de su sonido anterior mientras introducía una atmósfera más inquietante. Pero la verdadera transformación llegó con The Land of Rape and Honey, de 1988. Las texturas electrónicas se volvieron más ásperas, los ritmos inspirados en el punk impulsaron la música hacia delante y empezó a aparecer el grito ya inconfundible de Al. Canciones como ¨The Missing¨ combinaban sonidos extraños, samples y gritos con eco en algo que se parecía menos a la composición convencional de canciones y más a ser arrastrado a otro mundo. Y ahí estaba aquel sonido tan característico de la caja de la batería, que ya empezaba a formar parte de la identidad de Ministry que acabaría reconociendo. Para mí, ese sonido era como el disparo de un arma de fuego. Con The Mind Is a Terrible Thing to Taste, en 1989, las guitarras pasaron todavía más al primer plano, la batería ganó peso y la música se volvió aún más agresiva físicamente. Cuando Psalm 69 llegó en 1992, Ministry había desarrollado un ataque más rápido y pesado, mientras Al seguía experimentando con la textura de su voz. La base industrial permanecía, pero la influencia del metal ya era imposible de ignorar. Así era como Ministry se convertía en una fuerza musical capaz de golpearte con el peso de ambos mundos. A mediados de los noventa llegó otro cambio. Filth Pig eliminó parte de la intensidad habitual y abrazó un sonido más áspero, impulsado por el punk. «Reload» golpeaba con una crudeza directa, mientras ¨Lava¨ avanzaba arrastrándose, con una sensación más pesada, casi reptante. En lugar de repetir la fórmula que había llevado a Ministry al éxito, Al siguió moviéndose en distintas direcciones. Dark Side of the Spoon conservó parte de ese carácter más oscuro y melancólico, mientras que ¨Bad Blood¨ recuperó una combinación más reconocible de electrónica pesada y el característico ataque vocal de Al.
Después llegó 2003 y Animositisomina, un punto de inflexión especialmente importante para mí. Fue el álbum con el que descubrí Ministry, y sigue siendo una parte importante de mi recorrido musical. La banda regresó con una actitud que me recordaba al espíritu de The Mind Is a Terrible Thing to Taste y Psalm 69: agresiva, pesada, rápida y extrañamente bailable. Era el tipo de música que podía hacerte querer luchar contra el mundo y mover el cuerpo al mismo tiempo. Cuando la escuché por primera vez, aquella extraña mezcla de sonidos me dejó preguntándome qué demonios estaba pasando. Pero, en medio de toda aquella confusión, algo hizo clic. Ministry abrió una puerta a un mundo musical que antes no había llegado a comprender del todo y, de repente, la combinación de electrónica, samples, gritos y baterías atronadoras empezó a tener sentido para mí. Era un sonido brutalmente agresivo y, al mismo tiempo, irresistiblemente físico, y me enganchó. Al año siguiente, Houses of the Molé tomó aquella agresividad y le dio un propósito político más directo. El comienzo de la trilogía de Bush marcó un giro hacia ataques explícitos contra George W. Bush y la maquinaria política que lo rodeaba. Los samples de las noticias, la batería de doble bombo a una velocidad vertiginosa, las guitarras abrasadoras y aquel inconfundible sonido de la caja seguían ahí, pero ahora todo parecía dirigirse hacia el mismo objetivo. La música se convirtió en un asalto furioso, en el que la rabia política y la agresividad sonora se alimentaban mutuamente. Rio Grande Blood llevó todavía más lejos esa fórmula en 2006. La velocidad era implacable, las guitarras sonaban feroces y, a menudo, la música daba la sensación de que toda una multitud se había unido a Al en la lucha. Temas como ¨Señor Peligro¨ y ¨Fear Is Big Business¨ mostraban a una banda que había convertido la frustración política en un arma. The Last Sucker completó la trilogía en 2007, llevando aquella rabia hasta su conclusión con un sonido más oscuro y compacto. Pero, al escuchar The Last Sucker, empecé a notar algo distinto. A mis oídos, el sonido de la caja de la batería había cambiado. Parecía más cercano, y su impacto ya no me provocaba la misma sensación que durante tantos años. Puede parecer un detalle pequeño, pero para mí aquel sonido formaba parte de lo que hacía tan distintivo a Ministry. Cuando algo a lo que estás tan acostumbrado empieza a sonar diferente, te das cuenta. La música seguía siendo Ministry, pero yo percibía un cambio en la forma en que me impactaban sus elementos más familiares.
Después, en 2008, Ministry publicó Cover Up, una maravillosa colección de versiones que tomó canciones de otros artistas y les dio el tratamiento de Ministry. Desde ¨Under My Thumb¨, de los Rolling Stones, y ¨Bang a Gong¨, de T. Rex, hasta ¨Supernaut¨, de Black Sabbath, y ¨Roadhouse Blues¨, de The Doors, el álbum mostró otra faceta del universo musical de Al. Y luego está ¨What a Wonderful World¨, una brillante versión del clásico de Louis Armstrongque lleva la canción a un lugar que quizá nunca te esperarías. No eran temas originales de Ministry, pero escuchar canciones conocidas reinterpretadas a través del sonido de la banda las convertía en algo completamente distinto. Para mí, Cover Up merece su lugar en esta historia, aunque se aparte de los álbumes de material original.
Tras cuatro años de ausencia, Relapse llegó en 2012, devolviendo a Ministry a un sonido más rápido y agresivo, al tiempo que dirigía parte de su rabia hacia la industria musical y la explotación de los artistas. Pero el año siguiente trajo una tragedia que lo cambió todo: la muerte del guitarrista Mike Scaccia. Publicado más tarde, en 2013, From Beer to Eternity se convirtió en un disco marcado por la presencia de Scaccia y las circunstancias que rodearon su creación. La música fue más allá del thrash implacable, permitiendo que las texturas electrónicas más pesadas y un peso emocional diferente volvieran a ocupar el primer plano. Por debajo de todo, había una rabia moldeada por la pérdida. Para mí, aquí cambia el carácter emocional de la música de Ministry. La rabia ya no suena siempre como una protesta o un ataque contra el mundo exterior. En cambio, escucho sufrimiento, tristeza y frustración. Parece más personal, como si la música cargara con un peso que no se pudiera quitar de encima simplemente gritando. Escucha ¨Punch in the Face¨ o ¨Side Fx Include Mikey’s Middle Finger¨ y entenderás a qué me refiero. Así es como me habla este álbum: a través de una mezcla de rabia y dolor que va más allá de la sensación habitual de contraatacar al mundo.
Aunque no sea un álbum de Ministry, siento la necesidad de incluir Surgical Meth Machine en esta historia, y entenderás por qué. En 2016, Al publicó el proyecto bajo otro nombre, tomando un camino diferente mientras seguía explorando el lado electrónico agresivo de su identidad musical. Durante nuestra entrevista, explicó que el material estaba pensado originalmente para un álbum de Ministry. Sin embargo, tras la muerte de Scaccia, no quería que nadie pensara que estaba aprovechándose de la pérdida de su amigo para sacar dinero, así que publicó la música bajo el nombre de Surgical Meth Machine. Es un detalle revelador, porque muestra cómo las circunstancias personales pueden cambiar el rumbo de un proyecto, incluso cuando la música ya está ahí. A veces, el nombre de la portada lleva un peso que va mucho más allá del sonido que sale de los altavoces.
Los álbumes posteriores de Ministry continuaron ese proceso de cambio. AmeriKKKant tomó una dirección más lenta y atmosférica, y parecía menos una pelea a puñetazos y más una advertencia sobre lo que estaba pasando a nuestro alrededor. Moral Hygiene recuperó elementos electrónicos más animados y una energía más afilada, mientras que Hopiumforthemasses volvió a impulsar la pesadez y la velocidad, con temas como ¨Aryan Embarrassment¨ y «The TV Song 1/6 Edition». Al mirar atrás a lo largo de estas décadas, escucho a una banda que nunca dejó de cambiar, aunque su rabia se mantuviera constante. Ministry pasó del deseo de luchar contra el mundo a algo cada vez más difícil de ignorar: la sensación de que el propio mundo se estaba volviendo más difícil de reconocer. La rabia nunca desapareció, pero cambió de forma. A veces era explosiva y confrontativa; otras, se volvía más oscura, más personal o estaba lastrada por la realidad a la que Al intentaba enfrentarse. Y entonces, después de Hopiumforthemasses, ocurrió algo inesperado. En 2025, Al volvió al álbum del que había pasado décadas distanciándose. Ministry revisó las canciones de With Sympathy, recuperando las chaquetas de lentejuelas, el ambiente de club de baile y una identidad musical que parecía pertenecer a otra vida. Al describió la experiencia como algo realmente divertido y como uno de los periodos más felices de su carrera. Volver a aquellas canciones le permitió apropiarse de algo que había odiado en el pasado y, por fin, abordarlo en sus propios términos. Hay algo apropiado en este giro de los acontecimientos. Después de años de transformación, rechazo y reinvención, Al encontró una manera de hacer las paces con una parte de su pasado que antes le había causado tanta frustración. La historia había completado el círculo, no porque Ministry estuviera regresando a su sonido original, sino porque su creador podía mirar finalmente hacia aquel comienzo desde otro lugar. Lo que antes representaba una pérdida de control se había convertido en algo que podía recuperar, disfrutar e interpretar sin cargar con el mismo resentimiento.
Y ahora llegamos a Hate To Go (Take Out Or Delivery)
Después de 45 años de experimentación, confrontación y reinvención, este pretende ser el último destino. El viaje ha llevado a Al del pop electrónico al metal industrial, de la frustración personal a la guerra política, y del rechazo de su pasado a hacer las paces con él. Ahora llega la pregunta final: ¿qué ha elegido dejarnos Al Jourgensen? Al ha descrito el disco como una obra que bebe de distintas etapas de su historia musical, con Ministry, Revolting Cocks y Surgical Meth Machine contribuyendo, todos ellos, a su identidad. Si realmente consigue unir esas distintas épocas es algo que tendrá que responder la propia música.
La visión: un mundo consumido, tomado y dividido
Antes de entrar en la música propiamente dicha, la identidad visual de Hate To Go (Take Out Or Delivery) nos ofrece otra mirada al mundo de Al Jourgensen y Ministry.
La portada del álbum destaca por su sencillez: un retrato en blanco y negro con un sutil acabado mate, con Al mirando directamente al objetivo y la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo. Después de décadas de ruido, provocación y caos visual, esta imagen tiene algo inusualmente silencioso. No hacen falta explosiones, eslóganes ni elaborados simbolismos. Al simplemente está ahí, mirándonos.
Los tres vídeos promocionales nos llevan a un lugar completamente distinto. ¨Burned Out¨, ¨We Hate¨ y ¨Singularity¨ utilizan inteligencia artificial para crear mundos exagerados y surrealistas en los que figuras políticas, máquinas, dibujos animados e imágenes distópicas chocan entre sí. Son grotescos, absurdos y deliberadamente excesivos, pero bajo esa locura visual se esconde un mundo reconocible: uno marcado por la división política, la codicia, la violencia, la dependencia tecnológica y la creciente sensación de que algo ha ido muy mal. Como fotógrafo y videógrafo, me acerco a las imágenes generadas por IA con cierto escepticismo. Valoro las decisiones humanas, las imperfecciones y el trabajo físico que implica crear algo. Sin embargo, también me resulta fascinante que, después de tantos años llevando los límites tecnológicos al terreno de la música, Al haya elegido explorar la IA al final de su carrera. Y, sinceramente, no me sorprende. La experimentación siempre ha formado parte de su ADN.
Durante nuestra entrevista, Al describió la experiencia de crear estos vídeos como reveladora, emocionante y aterradora. Pero esa emoción venía acompañada de serias preocupaciones. Al me habló de sus discusiones con sistemas de IA cuando estos no estaban de acuerdo con sus decisiones creativas y, en ocasiones, se negaban a seguir sus instrucciones. Estos encuentros le resultaron inquietantes y le hicieron preguntarse qué podría ocurrir cuando la tecnología empezara a dictar lo que considera aceptable o buen arte. También describió las restricciones que encontró al intentar crear imágenes políticamente provocadoras, que, según él, obligaron al equipo a buscar en otros lugares los resultados que quería conseguir. Es una contradicción interesante. Al ha pasado décadas abrazando la tecnología como herramienta de expresión musical, pero este último experimento también le ha hecho cuestionar los sistemas que hay detrás de ella. Como él mismo dijo, se alegraba de haber tenido la oportunidad de utilizarla antes de que ella nos utilizara a nosotros. Y esa preocupación resulta aún más interesante cuando observas los mundos que crean estos vídeos.
En ¨Burned Out¨, Alien Jourgensen viaja por el espacio mientras observa porno alienígena que, por desgracia, sigue censurado. ¡Vamos, Al, ahora me has dejado con la curiosidad! Quiero saber qué aspecto tiene realmente el porno alienígena, jajajaja. Pero cuando se acerca a la Tierra, la broma da paso a algo mucho más desagradable. Llega a un mundo completamente desquiciado, lleno de caos, gente hipnotizada por sus teléfonos, pobreza, codicia y violencia. Las imágenes son exageradas, pero los problemas que hay detrás no son difíciles de reconocer. Lo que más me interesa es lo que ocurre más allá de la acción principal. Mira con atención el fondo y encontrarás detalles que pueden hablar más alto que las imágenes que reclaman tu atención. La gente se vuelve contra los demás mientras una figura que representa a la Estatua de la Libertad destroza una guitarra en llamas. Piénsalo un momento. Se supone que la estatua representa la libertad, pero ¿cuánta libertad tenemos realmente hoy? Podemos creer que somos libres, pero ¿cuánto control tenemos de verdad sobre nuestras propias vidas? La mujer que protesta contra la locura que la rodea añade otra capa a la imagen: alguien que todavía intenta alzar la voz en un mundo que parece decidido a ahogarla.
¨We Hate¨ desplaza el foco hacia el poder político y la maquinaria que mantiene vivo el odio. Desde el principio, con un edificio identificado como ¨REPUBLICAN HEADQUARTERS¨ que a mí me recuerda a la casa de La familia Addams, el vídeo deja clara su dirección. Después está ¨HATE COLA¨, aparentemente elaborada con la sangre, el sudor y las lágrimas de los estadounidenses corrientes. El odio se convierte en un producto, algo que se fabrica y se vende, mientras quienes pagan el precio son precisamente las personas que mantienen el sistema en funcionamiento. Trump aparece besándose con un agente del ICE antes de que su rostro pase a formar parte de un desfile de imágenes de terror cada vez más perturbadoras. Las referencias a El exorcista y El resplandor lo muestran adoptando otras formas aterradoras, desde vomitar un líquido verde hasta recrear el destino helado de Jack Torrance. A medida que se transforma en distintos personajes y criaturas, el humor grotesco pasa a formar parte de una imagen más amplia del poder político, la destrucción, la privatización y el control. Se espera que la gente obedezca órdenes en lugar de cuestionarlas. Mi interpretación es sencilla: si no alzamos la voz ahora, ¿qué nos quedará por defender? En algún momento tenemos que dejar de observar cómo se desmorona todo y empezar a encontrar maneras de mantenernos unidos.
Después llega ¨Singularity¨, donde la amenaza humana parece adoptar una forma distinta. Los robots ya no son simples herramientas creadas por las personas: parecen estar tomando el control del mundo y funcionando sin necesitar realmente a los seres humanos. Las fábricas, las formaciones militares y los intérpretes robóticos crean un entorno cada vez más frío, mientras que los bloqueos digitales y las advertencias de fallos del sistema sugieren un mundo que se escapa del control humano. La pregunta ya no es solamente qué nos estamos haciendo unos a otros, sino qué ocurrirá cuando la tecnología que hemos creado deje de necesitarnos por completo.
Hay otro detalle que me llamó la atención en estos tres vídeos: el propio Al. No aparece exactamente de la misma manera en cada uno. En ¨Burned Out¨ vemos al Al de hoy, viajando por un mundo que parece cada vez más desquiciado. En ¨We Hate¨ aparece como una presencia más fuerte y orientadora, encabezando la carga contra la realidad política que se desarrolla a su alrededor. Y en ¨Singularity¨ se convierte él mismo en un robot. Esta última imagen plantea una pregunta interesante. ¿Nos está mostrando Al lo fácil que resulta convertirnos en parte del mismo sistema contra el que luchamos? ¿Está sugiriendo que la tecnología puede transformar a sus creadores en extensiones de la máquina? ¿O es otra manera de preguntarse si ya estamos perdiendo algo humano en el mundo que estamos construyendo? No creo que tenga que existir una única respuesta definitiva. Lo que importa es el contraste entre las tres versiones de Al, que pasa de observador a aparente líder y, finalmente, a formar parte de la propia maquinaria.
El contraste con la portada completa el recorrido visual. Por un lado, tenemos mundos artificiales, personajes grotescos, caricaturas políticas y una estimulación visual incesante. Por otro, un sencillo retrato en blanco y negro de un hombre que nos mira directamente. Quizá sea esa la imagen más adecuada con la que dejarnos: la de un artista que sigue teniendo curiosidad suficiente para explorar algo nuevo, que todavía está dispuesto a desafiar el mundo que lo rodea, pero que cada vez está más preparado para apartarse de él. Después de todos estos años, Al sigue planteando preguntas incómodas. La diferencia es que esta vez quizá se esté preparando para dejarnos encontrar nuestras propias respuestas.
La música y la propaganda
Antes de entrar en los mensajes que hay detrás de la música, echemos un vistazo a quién toca en el último álbum de Ministry y a lo que nos encontramos musicalmente.
Hate To Go (Take Out Or Delivery) reúne caras conocidas para este último capítulo. Junto a Al Jourgensen, tenemos a Monte Pittman y Cesar Soto a las guitarras, Paul D’Amour al bajo, John Bechdel a los samplers y sintetizadores, y Pepe Clarke Magaña a la batería. Al los ha descrito personalmente a todos como grandes almas, y parece sinceramente contento con cómo han salido las cosas y con el funcionamiento de esta formación como equipo. También hay una última colaboración con un nombre familiar del pasado de Ministry: Paul Barker, que regresa en ¨We’re Still Here¨, el tema que cierra el álbum. Tenerlo de vuelta para este último capítulo le da al disco otra conexión con la historia de la banda.
Musicalmente, esto es Ministry haciendo lo que mejor sabe hacer: metal industrial pesado, guitarras distorsionadas, baterías contundentes, electrónica y la inconfundible voz de Al atravesando el caos. Pero, para mí, la música nunca ha sido solamente cuestión de guitarras, velocidad o pura agresividad. Siempre ha habido algo más bajo la superficie, y ahí es donde entran los samples. Como de costumbre, Hate To Go (Take Out Or Delivery) está lleno de ellos. Voces procedentes de la política, los medios de comunicación y el mundo en general se entrelazan con la música, a veces apareciendo durante apenas unos segundos antes de que la siguiente explosión sonora se imponga. Pero esos momentos importan. Dan contexto a las canciones, conectan la música con la realidad ante la que reacciona Al y añaden capas de significado que hacen más potente la experiencia en su conjunto. A veces un sample refuerza lo que dicen las letras; otras, introduce otra idea, crea una contradicción o te deja preguntándote qué se esconde detrás de las palabras. La música te golpea primero, pero los samples te dan más cosas en las que pensar cuando empiezas a profundizar. Y esa es una de las cosas que siempre me han gustado de Ministry. Puedes escuchar su música por la pura energía y agresividad, pero también puedes seguir las voces, las letras y las referencias, buscando las conexiones entre ellas. A menudo ocurren muchas más cosas de las que puedes captar en la primera escucha. Así que vamos con la propaganda.
Crickets:
Hate To Go no pierde el tiempo y va directo al grano. ¨Crickets¨ sale disparada de los altavoces con un sonido que me transporta directamente a The Land of Rape and Honey: ritmos industriales inquietos, un ritmo acelerado y los gritos psicóticos de Al atravesando el ruido. No hay una introducción suave ni tiempo para acomodarse. Ministry ha vuelto a la sala y alguien tiene algo que decir. También hay un invitado muy especial en la forma de Barack Obama, cuyo discurso sampleado refuerza el mensaje de la canción sobre la responsabilidad que conlleva la libertad. Pero el detalle que realmente me llama la atención está escondido debajo del estribillo. Oímos ¨We said we’d change, we never change¨, pero escucha con atención y parece emerger otra frase por debajo: ¨We never retreat¨. Para mí, ahí es donde la canción se vuelve especialmente interesante. Nunca cambiamos porque nos negamos a admitir cuándo nos equivocamos; nunca retrocedemos porque admitir la derrota significaría enfrentarnos a nuestros propios errores. Seguimos repitiendo las mismas promesas, poniendo las mismas excusas y siguiendo los mismos patrones destructivos, mientras nos convencemos de que, de alguna manera, esta vez las cosas serán diferentes. Los grillos se convierten en un símbolo de ese silencio: el sonido que llena el espacio cuando alguien debería alzar la voz, pero nadie lo hace. Y cuando la voz sampleada advierte que no habrá nadie a quien culpar salvo a nosotros mismos si se impone una dictadura, el mensaje se vuelve imposible de ignorar. No podemos dar por hecho que la libertad siempre estará ahí. Exige participación, responsabilidad y, a veces, la voluntad de levantarse del sofá y hacer oír nuestra voz.
¨Crickets¨ marca el tono de lo que viene después. La rabia ya está ahí, pero debajo se esconde una frustración con nosotros mismos. ¿Cuántas veces podemos ver cómo se repiten los mismos errores antes de decidir, por fin, que ya basta?
Voices of Hate:
El ritmo continúa y Ministry empieza a subir el volumen de la confrontación política. ¨Voices of Hate¨ es directa, agresiva y no pide disculpas. Se abre con un ¨FUCK OFF¨ deletreado, dejando claras sus intenciones antes incluso de que la canción haya tenido tiempo de arrancar de verdad. Las voces en cuestión están por todas partes: radio, televisión, periódicos, políticos y gobiernos que siembran el miedo mientras se presentan como la solución al mismo caos que contribuyen a crear. La canción ataca la maquinaria que mantiene en marcha este ciclo, en el que la intimidación se convierte en una herramienta política y la agresividad se disfraza de fortaleza. Una de sus declaraciones más directas es que la única manera de derrotar a los matones fascistas es plantarles cara y decirles que se vayan a la mierda. Aquí no hay ninguna metáfora elaborada que descifrar. A veces, Ministry quiere sacar una idea a la luz, señalarla directamente y decirle exactamente adónde puede irse. Lo que escucho debajo de todo esto es una obsesión muy propia de Ministry: la lucha contra las fuerzas que quieren controlarnos y la necesidad de dejar de permitir que esas fuerzas dicten las condiciones de nuestras vidas. Las voces repetidas se vuelven casi imposibles de evitar, como si el ruido llegara desde todas las direcciones al mismo tiempo. La respuesta, al menos en el universo de esta canción, consiste en cortar los cables y dejar de permitir que el odio domine la conversación.
Es una declaración directa de resistencia, pronunciada con la clase de agresividad que Ministry lleva décadas perfeccionando. Ya se trate de propaganda política o de otra forma de control, el mensaje sigue siendo el mismo: el silencio y la obediencia no harán que el problema desaparezca.
Clown Car:
Después llega ¨Clown Car¨, y esta es una auténtica locura.
La sensación es la de estar atrapado dentro de un coche que circula demasiado rápido, sin ningún control sobre adónde se dirige. Hay algo casi cinematográfico en ello, como una película de terror en la que se supone que los payasos deben hacerte reír, pero terminan aterrorizándote. La imagen es ridícula, pero la realidad que hay debajo no tiene ninguna gracia. ¿Cuántos payasos puedes meter en un solo coche? Al parecer, los suficientes para llevarlo directo a un accidente espectacular. La música le da impulso a la metáfora. Casi puedo sentir cómo acelera el vehículo, cómo la carretera desaparece bajo sus ruedas y cómo se vuelve cada vez más evidente que algo va terriblemente mal. Los samples relacionados con figuras históricas como Franklin Delano Roosevelt, JFK y Martin Luther King Jr. añaden otra capa a esta locura, introduciendo el peso de la historia política en una canción que, por lo demás, parece una caricatura especialmente desquiciada. Lo que hace funcionar la idea es el contraste entre lo absurdo de la imagen y las consecuencias de quienes están al volante. Los payasos pueden parecer ridículos, pero siguen conduciendo el coche. Y el resto de nosotros viajamos con ellos. La escritura política de Ministry siempre ha tenido un sentido del humor oscuro, y ¨Clown Car¨ le da mucho espacio para desmadrarse. La canción convierte el caos político en un viaje fuera de control, haciéndote reír ante tanta estupidez antes de recordarte que el accidente podría ser real. La broma es que los payasos están al mando. Lo aterrador es que todos estamos dentro del coche. Pero quizá exista otra posibilidad: que algún día el coche deje de estar conducido por estos payasos. Y creo que eso es exactamente lo que espera Al, junto con muchas otras personas que comparten su frustración. Porque la cuestión no es simplemente ver cómo el mundo se estrella y arde. Se trata de recuperar el control antes de que eso ocurra.
We Hate:
“Let’s keep it simple.”. Esa es, más o menos, la actitud de ¨We Hate¨, que toma la frustración política presente en todo el álbum y la convierte en un cántico en toda regla. El tema apunta a Donald Trump sin molestarse en ocultar su desprecio. Los insultos llegan uno tras otro, y el repetido ¨We hate¨ se convierte en un grito de guerra, con esa energía colectiva que te hace imaginar a una multitud coreándolo frente al escenario. Los pasajes en alemán del estribillo me parecen hilarantes y acertados al detalle. Y las despedidas multilingües refuerzan la sensación de un rechazo teatral, como si la canción intentara poner de patitas en la calle a su objetivo en tantos idiomas como fuera posible. Pero debajo de los insultos hay una preocupación más seria. El contraste entre democracia y autocracia es fundamental en la canción, y uno de los pasajes sampleados lanza un mensaje amargo a quienes ignoraron las advertencias sobre lo que podía suceder. La rabia no se dirige únicamente contra quien está en el poder, sino también contra una sociedad capaz de ver cómo se acerca el peligro y aun así permitir que ocurra. Musicalmente, ese aire más lento, casi de canción protesta, le da un carácter distinto al asalto inicial del álbum. Deja espacio para que las palabras calen, mientras el estribillo repetido convierte la frustración individual en algo colectivo. Por supuesto, el odio es un instrumento contundente, y la canción no intenta ocultarlo. No es un argumento político cuidadosamente equilibrado. Es una explosión de repugnancia dirigida contra una figura que se ha convertido en símbolo de todo lo que el tema quiere rechazar. Y después está esa sensación final de despedida. Se dice a todo el mundo que mantenga la calma; al parecer, todo habrá terminado pronto. Que eso suene tranquilizador o profundamente inquietante probablemente dependa de cuánta fe te quede en quienes hacen las promesas.
Delete:
Si ¨We Hate¨ trata sobre la rabia política, con samples que funcionan como advertencias dramáticas, ¨Delete¨ dirige su atención hacia algo que muchos llevamos todos los días en el bolsillo: el smartphone. La canción apunta contra las redes sociales y la manera en que se han infiltrado en nuestras vidas, devorando nuestra atención mientras nos convencen de que estamos más conectados que nunca. TikTok, Facebook, YouTube, Instagram, Snapchat, Twitter… Las plataformas van siendo señaladas una tras otra, creando la sensación de un flujo interminable de ruido que nunca nos deja respirar. La pregunta es: ¿nos están volviendo más tontos las redes sociales? La frase ¨You’re not paying for the product, you are the product¨ va directamente al corazón del problema. Entregamos nuestro tiempo, nuestra atención y nuestra información personal, mientras otra persona averigua cómo convertirlos en dinero. Mientras tanto, la gente persigue likes, seguidores y la promesa de convertirse en la próxima gran sensación, a menudo sin detenerse a preguntarse cuánto vale realmente todo eso. Hay algo en la canción que también me recuerda al trabajo de Al con Surgical Meth Machine. Esa misma sensación de observar cómo un sistema nos vende otro milagro, otra solución rápida, otra estafa disfrazada de oportunidad. Llega la próxima gran novedad, caemos en ella y, antes de que hayamos entendido siquiera qué ha pasado, ya hay otra esperando a la vuelta de la esquina. La orden repetida de ¨DELETE¨ suena como un intento de romper el ciclo. Borra la aplicación, elimina la cuenta, borra la basura que te llena la cabeza. Pero entonces llega la respuesta: ¨I’m sorry, we cannot delete¨. De repente, la vía de escape ya no parece tan sencilla. Puede que queramos apagarlo todo, pero los hábitos y los sistemas que hemos construido alrededor de estas plataformas no se borran tan fácilmente. Lo que me parece especialmente eficaz es cómo la repetición empieza a parecerse a aquello mismo que critica la canción. El ruido se acumula, las exigencias no cesan y el tema se vuelve casi tan abrumador como el desplazamiento infinito por la pantalla.
Es rabiosa, sarcástica y deliberadamente excesiva. Pero debajo de todos los insultos hay una pregunta real: ¿qué parte de nuestras vidas estamos dispuestos a entregar a una máquina diseñada para mantenernos mirando su pantalla?
Grifter:
Con ¨Grifter¨, el ritmo cambia y la rabia adopta un rostro más personal. La propia palabra ya nos dice de qué estamos hablando: alguien que se gana la vida engañando a los demás. Aquí, el estafador es un personaje que utiliza el miedo, la venganza y el odio para conseguir lo que quiere, mientras se las arregla para presentarse como la víctima durante toda la función. La perspectiva en primera persona de la canción la hace especialmente desagradable. No estamos escuchando a alguien que describe a un manipulador desde una distancia segura. Estamos oyendo hablar al propio manipulador, presumiendo de cómo actúa y dejando al descubierto la fealdad que se esconde detrás de su papel. Hay referencias al privilegio, al resentimiento y a una infancia en la que, al parecer, el protagonista no recibió suficiente cariño. Después llega la excusa de siempre: ¨Mommy and Daddy didn’t hug me enough¨. Es un intento casi patético de explicar su comportamiento, pero en este contexto suena menos a una confesión de vulnerabilidad que a otra trampa para eludir la responsabilidad. Y eso es lo que hace tan inquietante al personaje. Cada agravio se convierte en una excusa. Cada herida se convierte en un arma. El protagonista quiere obediencia mediante el miedo, se alimenta de la venganza y parece incapaz de reconocer un límite a su propio apetito.
«I GET MY OBEDIENCE THROUGH FEAR… RETRIBUTION, REVENGE, AND HATE,
THIS IS MY WORLD, THIS IS MY FATE.»
Para mí, la canción describe a Trump al detalle. El retrato es exagerado y teatral, pero la palabra grifter capta algo muy concreto de ese tipo de figura política que convierte la manipulación en un negocio y la victimización en una excusa permanente. No hay redención al final de esta historia. La necesidad de admiración sigue ahí, el hambre sigue ahí y el pozo sin fondo continúa sin tener fondo. Ministry siempre ha entendido el poder de hacer que un personaje se revele a través de sus propias palabras. Aquí, el resultado es el retrato de alguien que quiere que el mundo lo ame mientras hace todo lo posible para que ese amor resulte imposible.
The White Man Lied:
Después de todo el ruido, las acusaciones y el teatro político, ¨The White Man Lied¨ nos lleva a una clase diferente de rabia. Una arraigada en la historia, la tierra y la supervivencia de un pueblo. La canción se centra en los osage, fundamentando su mensaje en la identidad indígena antes de volver una y otra vez a su acusación directa: ¨The white man lied¨. No hay ningún intento de suavizar las palabras ni de revestir la historia con un lenguaje educado. La acusación es precisamente el objetivo. Lo que más me llama la atención es el contraste entre la profanación que describe la canción y la negativa a renunciar al orgullo. La letra pregunta qué podría haber justificado la destrucción de las comunidades indígenas y sus formas de vida. ¿Qué tenían de malo estas personas para que hubiera que atacar sus tierras, su cultura y su identidad? La respuesta que ofrece la canción es devastadoramente sencilla: ¨Evil does not follow a prayer / Evil follows greed¨. Despoja la historia de sus justificaciones y deja al descubierto el ansia de riqueza y poder. Detrás del lenguaje de la rectitud, la canción ve algo mucho más corriente y mucho más destructivo: la codicia. Sin embargo, ¨The White Man Lied¨ no trata únicamente de lo que se ha arrebatado. La afirmación reiterada de la identidad osage y la insistencia en que el orgullo sigue ahí le dan otra dimensión. Se reconoce el daño, pero este no ha borrado al pueblo que ocupa el centro de la historia. Musicalmente, me resulta especialmente llamativa la manera en que va creciendo el ritmo. Tiene una cualidad casi enfermiza, bailable, una sensación de movimiento que contrasta incómodamente con el tema tratado. Y después hay algo en el fondo que me llama la atención: un sonido detrás de las voces que casi parece un grupo de personas respirando al unísono.
Breathe. Escucha el fondo: Breathe.
Es un detalle pequeño, pero añade otra presencia física al tema. La canción no se limita a formular una acusación; da la sensación de que algo sigue vivo detrás de ella, que continúa respirando después de todo lo ocurrido. La mentira permanece en la memoria, el daño no se olvida, pero el pueblo sigue aquí.
Singularity:
Cuando llegamos a ¨Singularity¨, Ministry se vuelve hacia otra clase de amenaza: la tecnología que estamos construyendo, el poder que le estamos entregando y la posibilidad de que, llegado el momento, seamos incapaces de recuperarlo. La canción parece una advertencia sobre el futuro, pero lo inquietante es hasta qué punto sus temores están conectados con el presente. Ya estamos atrapados en rutinas que dejan poco espacio para pensar, trabajando y repitiendo las mismas acciones simplemente para sobrevivir. La idea de que las máquinas puedan acabar decidiendo que ya no somos útiles parece menos una pesadilla completamente ajena y más una prolongación extrema de un mundo que ya mide a las personas por su utilidad. La declaración repetida ¨We are in control¨ se vuelve cada vez más inquietante a medida que avanza el tema. ¿Quién está hablando? ¿Quién tiene realmente el control? ¿Y cuánto tiempo puede alguien seguir repitiendo que todo va bien antes de que las palabras pierdan todo su significado? Las voces se vuelven más amenazantes y avanzan hacia la idea de que las máquinas podrían controlar nuestros pensamientos y decidir que la humanidad estaría mejor muerta. La respuesta de Al al principio parece casi absurdamente contenida: ¨That’s problematic¨. Es el tipo de reacción seca que podría resultar graciosa en otro contexto. Aquí, el humor se vuelve más difícil de mantener a medida que las implicaciones se oscurecen. Después, la respuesta cambia a ¨That’s fucking tragic¨. Para mí, ese cambio es el corazón de la canción. Lo que empieza como una observación aparentemente distante se convierte en algo más parecido al duelo. La posibilidad de perder el control deja de ser un problema técnico abstracto. Se convierte en una tragedia para las personas que crearon el sistema, confiaron en él y acabaron descubriendo que quizá ya no tienen cabida en él. Cuando Al habla de la IA en nuestra entrevista, expresa tanto fascinación como miedo. ¨Singularity¨ lleva esas preocupaciones a la música y las conduce hasta su conclusión más oscura. Aquí percibo algo muy cercano a Terminator: el temor a crear algo que no podamos controlar y descubrir las consecuencias cuando ya sea demasiado tarde. Que el futuro vaya a desarrollarse así es otra cuestión. Pero el miedo que hay detrás de la canción es muy real, y la advertencia final sobre un acontecimiento de nivel de extinción deja poco espacio para el consuelo. La posibilidad más inquietante no es simplemente que las máquinas puedan adquirir poder. Es que sigamos cediendo el control hasta dejar de reconocer cuánto hemos entregado.
Burned Out:
¨Burned Out¨ parece el momento en que todo lo que se ha ido acumulando a lo largo del álbum finalmente se vuelve demasiado. El título lo dice todo. Mira el mundo que nos rodea: guerras, crisis humanitarias, corrupción política, destrucción medioambiental, violencia doméstica, propaganda y un flujo interminable de información que nos habla del próximo desastre antes incluso de que hayamos tenido tiempo de procesar el anterior. Es difícil no sentirse agotado por todo ello. La canción captura esa sensación de vivir en un mundo donde cada vez resulta más difícil distinguir la verdad de las mentiras, donde cada nuevo titular parece traer otra razón para desesperarse. El pasaje hablado se convierte en una avalancha de crisis que pasa rápidamente de un país y un problema a otro. Apenas hay tiempo para asimilar uno antes de que llegue el siguiente. Eso es precisamente lo que hace eficaz el pasaje. Recrea la sensación de estar desbordado por las noticias, pasando de una catástrofe a otra hasta que la magnitud de todo resulta casi imposible de comprender. Y, aun así, la canción se niega a permitir que el agotamiento se convierta en una excusa para no hacer nada. Bajo la frustración hay un mensaje más directo: da igual que nos identifiquemos con la izquierda o con la derecha si somos incapaces de reconocer los peligros que nos afectan a todos. Las divisiones políticas pueden ser reales, pero no hacen desaparecer los problemas del mundo. La rabia acaba desbordándose. Al suena harto de vivir en un mundo tan lleno de mierda, y la descripción de los responsables como parásitos deja claro su desprecio. Son fuerzas que se alimentan del sistema y nunca parecen satisfechas, por mucho daño que causen. Lo que escucho en «Burned Out» no es simple pesimismo. Es el agotamiento de alguien a quien todavía le importa lo suficiente como para enfadarse. Si Al hubiera dejado de preocuparse, habría pocas razones para gritar sobre todo esto. La canción no pretende ofrecer una solución fácil. Mira el caos, reconoce lo difícil que es escapar de él e insiste en que el aislamiento no nos salvará. Su llamada a la unidad es casi desesperada, como si la única forma de avanzar fuera reconocer que todos nos enfrentamos a la misma tormenta.
El mundo nos está consumiendo, pero rendirse es precisamente lo que la canción se niega a hacer. Y estamos todos muertos a menos que nos unamos. Se te niega la cordura y pronto no habrá libertad de expresión.
We’re Still Here:
Y entonces, después de toda la rabia, el ruido y la confrontación, el álbum se cierra con ¨We’re Still Here¨. El cambio de ritmo es inmediato. Es una canción más lenta y reflexiva, y el regreso de Paul Barker añade otra capa de significado a este capítulo final. Después de un álbum que dedica tanto tiempo a enfrentarse al mundo exterior, el tema de cierre parece mirar hacia lo que queda cuando los gritos se han apagado. Incluso el sonido de ¨We’re Still Here¨ me llamó la atención. El bajo parece tener más protagonismo en este tema en particular, casi como si le hubieran dado más espacio para respirar. Puede que sea un detalle pequeño, pero me fijé en él y, en una canción que vuelve a incorporar a Barker, me parece especialmente apropiado. Las letras están fragmentadas y a veces resulta difícil precisar su significado. Las imágenes de corrupción, rabia, un sonido de algo que se resquebraja y un núcleo expuesto crean la impresión de un mundo que se desmorona por las costuras. Hay belleza en algunas de las palabras, pero nunca resulta reconfortante. Incluso la luz parece llegar en pedazos rotos, en lugar de hacerlo como un glorioso amanecer que prometa que todo irá bien. Y entonces llega el estribillo: ¨We’re still here¨. Tres palabras que, después de todo lo anterior, tienen un peso considerable. El álbum nos ha llevado por el silencio político, el odio, la manipulación, la codicia, el miedo tecnológico y el agotamiento de vivir en un mundo que parece empeñado en poner a prueba nuestros límites. Ahora, en lugar de lanzar otra acusación, Ministry hace una sencilla declaración de supervivencia. El pasaje posterior lo deja más claro: ¨Through the rage a light cracks open¨ y ¨through the ages, we still exist¨. El coro italiano añade otro detalle hermoso con ¨Non ho perso speranza¨ (no he perdido la esperanza). Y con Al gritando que seguimos aquí, ese potente bajo por debajo y los fragmentos de samples, el tema gana muchísima fuerza. Hay algo profundamente conmovedor en escuchar esas palabras aquí. La esperanza no se presenta como una respuesta sencilla a los problemas planteados a lo largo del álbum. No borra el daño, no promete justicia ni garantiza que las cosas vayan a mejorar. Es simplemente la negativa a aceptar que todo está perdido. Pero el repetido ¨Too long¨ complica esa esperanza. ¿Demasiado tiempo esperando? ¿Demasiado tiempo soportando las mismas injusticias? ¿Demasiado tiempo oyendo que el cambio está a punto de llegar? La frase queda suspendida sobre los últimos momentos como un recordatorio de que sobrevivir no basta. La gente puede seguir en pie y, aun así, estar agotada de llevar tanto tiempo luchando. Esa tensión es lo que hace que el final funcione para mí. ¨We’re Still Here¨ no convierte de repente a Ministry en una banda que cree que todo saldrá bien. La rabia sigue ahí, y también el cansancio. Pero debajo de ambos hay algo que se niega a desaparecer. Y quizá esa sea la forma más adecuada de cerrar este capítulo de Ministry. No con un desfile de victoria, ni con una resolución perfecta, y desde luego tampoco insinuando que el mundo ha aprendido la lección.
La evolución de la rabia y la curación de viejas heridas
Una de las cosas que más me gustan es cómo ha evolucionado la forma de expresarse de Al a lo largo de los años. Durante la trilogía de Bush, llamó a George W. Bush cabrón, terrorista, malvado, dictador brutal y un largo etcétera. Ahora, con Trump, se las tiene que ver con un estafador y un hombre delirante. ¡Jajajaja! Pero esa no es la única forma en la que describe a Trump: también lo llama puto, imbécil, ladrón y muchas otras cosas. Me encanta cómo Al sigue encontrando nuevas formas de describir a las personas contra las que lleva tanto tiempo luchando. Los objetivos pueden cambiar, pero la rabia y esa forma tan colorida de expresarse no han desaparecido.
Y luego está Paul Barker. Tenerlo de vuelta en Hate To Go (Take Out Or Delivery) parece algo más que otra colaboración. Estos dos tienen muchísima historia juntos, y volver a escucharlos compartir una canción tiene un significado especial. Para mí, sugiere que el tiempo puede curar heridas y que incluso las personas con un pasado complicado pueden acabar afrontando sus diferencias y seguir adelante. ¿Qué mejor manera de cerrar este viaje que con una última canción juntos?
La declaración personal definitiva
Mi conclusión?
Este es un puto discazo, y no exagero cuando digo que probablemente sea el mejor álbum de Ministry de todos los tiempos. Tiene significado, energía, agresividad; a veces es rápido, otras lento, y está lleno de sonidos tan intensos que te lleva de viaje desde la primera escucha, dejándote con ganas de más en cuanto termina. La voz de Al pasa de gritos desesperados, casi psicopáticos, a gritos más controlados, hasta adquirir el tono de una advertencia antes de dar paso al agotamiento, con una sensación de optimismo que sigue latente bajo todo ello. La batería golpea con fuerza, con el doble bombo aportando un apoyo fundamental, mientras que el bajo refuerza la música y añade dramatismo. Hay momentos en los que lo único que quieres es saltar, mover la cabeza al ritmo de la música y gritar a pleno pulmón, mientras que la atmósfera, los samples, los cambios en los ritmos de guitarra y esos solos captan toda tu atención, te sumergen aún más en la música y, a veces, te hacen parar un momento y reflexionar. Y escuchar cómo ese sonido de caja tan familiar vuelve a estar casi por completo ahí es la guinda del pastel.
Lo que siempre me ha encantado de Ministry es que cada álbum tiene su propia identidad. Cada vez que salía uno nuevo, era una sorpresa. Y cada vez que se anunciaba un nuevo lanzamiento, empezaban a rondarme las mismas preguntas por la cabeza. ¿Qué samples utilizará Al esta vez? ¿A quién atacará? ¿Qué le estará haciendo sufrir? ¿Qué simbolismo introducirá? ¿Y qué demonios se le ocurrirá después? Al había hablado de cerrar este viaje con Hopiumforthemasses, y lo describió como un álbum muy bueno. Estoy de acuerdo con esa valoración. Pero, para mí, Hate To Go (Take Out Or Delivery) va más allá. Esto es mucho más que un disco final: trae al presente gran parte de la historia musical de Al y despide a Ministry por todo lo alto, sin restarle valor al legado de la banda ni a todo lo demás que ha creado por el camino. Desde Ministry hasta Revolting Cocks, Surgical Meth Machine y todos los demás proyectos que llevan su sello, hay un universo musical enorme detrás del hombre al que conocemos y queremos como Uncle Al Jourgensen.
Con Hate To Go (Take Out Or Delivery), el álbum está repleto de huevos de Pascua, fantasmas del pasado de Ministry y referencias a los otros proyectos de Al. Los samples y los detalles ocultos dan a la música y a las letras una dimensión casi cinematográfica, haciendo que este capítulo final se sienta como un viaje por el mundo que Al lleva décadas creando. ¨The Last Sucker¨, “New World Order”, “End of Days”, “So What”… y muchos, muchísimos más. Las referencias están repartidas por todo el álbum, a veces son evidentes y otras quedan escondidas en la música, los samples o las letras. Reconocer un sonido familiar o descubrir una conexión hace que, de repente, un pequeño pedazo del pasado de Ministry vuelva al presente. Es casi como si Al hubiera abierto por última vez las puertas de todo su universo musical. La cantidad de huevos de Pascua repartidos por este álbum también me hace preguntarme por qué Al no lo publicó en Pascua en lugar de hacerlo el día antes de Halloween. ¡Jajajaja! Bromas aparte, estoy seguro de que los oyentes seguirán descubriendo cosas mucho después de las primeras escuchas. No voy a explicar todas las referencias en esta reseña. Prefiero dejar que cada uno haga su propio viaje por el álbum, establezca sus propias conexiones y descubra esos pequeños detalles por su cuenta. Hay algo especial en reconocer un sonido o un sample familiar sin que nadie tenga que señalártelo. Así que ponte los auriculares, sube el volumen y deja que la música haga su trabajo dentro de tu cerebro. Porque ahí dentro hay más joyas ocultas que, si escuchas con atención, te volarán la cabeza.
Cuando las letras te llegan de lleno: “Burned Out” y “Delete”
Este álbum me ha llegado muy hondo a nivel personal porque sus temas no son para mí simples conceptos políticos abstractos. Reflejan batallas reales que he librado en mi propia vida.
Cuando escucho ¨Burned Out”, no oigo una ficción. Yo lo he vivido. Mi mujer y yo llevamos un pequeño restaurante durante tres años. Me dejé la espalda trabajando solo en la cocina: cocinando, haciendo la compra y limpiando, mientras ella se encargaba de la sala y de todas las tareas que conlleva. Teníamos una pasión inagotable y un oficio auténtico, pero en el sistema actual la pasión no basta. Entre los impuestos gubernamentales asfixiantes, los costes laborales y la inflación provocada por las grandes empresas, el sistema está diseñado para que los pequeños trabajadores independientes fracasen. Lo das todo, te dejas la piel intentando mantenerte a flote y, al final, la presión te quema hasta llevarte a una depresión grave. Ahí es donde entra “Delete”. Expone una realidad fría: vivimos en un mundo corporativo donde la sustancia, el trabajo duro y el corazón de verdad quedan relegados en favor de los bolsillos llenos, el bombo artificial y las apariencias llamativas. Las grandes corporaciones, con un capital inagotable, compran visibilidad, mientras que las personas reales que dedican su vida a su oficio se vuelven invisibles y quedan eliminadas del juego. Al no se limita a gritar al vacío en estos temas; está describiendo la trituradora exacta que aplasta a la gente corriente que intenta sobrevivir fuera de la maquinaria corporativa. No escucho estas canciones desde fuera: reconozco en ellas mis propias cicatrices.
La despedida definitiva
No puedo hablar en nombre de todos los metaleros ni de todos los fans del industrial del planeta, pero sé que hablo por millones cuando digo esto:
Gracias, Al. Gracias, Ministry.
Gracias por cuarenta y cinco años de ruido sin filtros, rabia política, humor negro, locura absoluta y rebelión incansable. Gracias por abrirnos los ojos, por obligarnos a cuestionar el mundo que nos rodea y por darnos una banda sonora con la que sobrevivir a nuestros propios tiempos oscuros. Eres un artista de nacimiento.
Disfruta ahora de la tranquilidad, de la privacidad y de la vida en paz que te has ganado. Vete a cuidar de tus cabras, Uncle Al. Nos has hecho vivir un viaje de la hostia, y ahora ha llegado el momento de que disfrutes del tuyo.
FIN.
English
Ministry – Hate To Go (Take Out Or Delivery): The Final Chapter of an Industrial Empire
“I’m Fucking Done”: The End of an Era
All good things, unfortunately, come to an end. And this time, with a heavy heart and a few tears welling up in my eyes, what is coming to an end is not simply Ministry, but Al Jourgensen’s entire musical journey.
Ministry’s final album, Hate To Go (Take Out Or Delivery), arrives today, October 30, 2026, via Cleopatra Records. But Al has never been solely about Ministry. Behind the name stands an entire universe of projects, including Lard, Revolting Cocks, Surgical Meth Machine, 1000 Homo DJs and many more. After 45 years of making music, his decision to walk away brings an entire chapter of alternative music history towards its final curtain.
For me, reviewing this album is a strange and deeply personal experience. There is a weight to knowing that these are going to be the last new songs we ever hear from an artist whose music has been part of my life for so long. At the same time, I feel privileged to have the opportunity to listen to this final chapter, explore what lies beneath its surface and share my thoughts with those who have travelled alongside Ministry over the years. Saying goodbye to something that has meant so much to you is never easy, especially when you’re still trying to understand what that goodbye really means. And perhaps that is where this final Ministry album begins for me: not with the end itself, but with everything that has led us here. The music, the anger, the questions, the symbolism, the memories and the ideas that have followed Al throughout his career. Because before we say goodbye to Ministry, there is still one final record to explore, one that looks back at the past while confronting a world that, in many ways, seems to be losing its way.
So, before we jump into Hate To Go (Take Out Or Delivery), let’s take one last trip through the industrial universe of Al Jourgensen. And let me make one thing clear: what follows is my own interpretation of the music, the lyrics, the samples and the imagery. This is how I hear Ministry, how I interpret Al’s words and how he transforms them into music, and how it all comes together inside my own head. You might hear something completely different. And that’s part of what makes music so powerful.
The Journey: From Electronic Roots to Political Warfare

Ministry’s evolution has never followed a straight line. It has been a constant process of transformation, experimentation, destruction and reconstruction. To understand where Hate To Go (Take Out Or Delivery) belongs, we need to go back to the beginning, when the band sounded nothing like the industrial metal machine that would eventually become one of Al Jourgensen’s most recognisable creations.
The journey began in 1983 with With Sympathy, a debut rooted in synth pop, new wave and dance music. Built around melodic keyboards, polished production and Al’s clean vocals, it sounds almost unrecognisable compared with the Ministry that would emerge later. Al has spoken about his frustration with the circumstances surrounding the album and his feeling that he had lost control over its musical direction. At that point, he was still searching for his own voice, and the sound of Ministry was a long way from the aggressive, distorted music that would eventually define the band. In 1986, Twitch began moving Ministry towards darker electronic territory, retaining elements of its earlier sound while introducing a more unsettling atmosphere. But the real transformation came with 1988’s The Land of Rape and Honey. Electronic textures became harsher, punk-inspired rhythms pushed the music forward, and Al’s now unmistakable scream started to emerge. Songs such as “The Missing” combined strange sounds, samples and echoed screams into something that felt less like conventional songwriting and more like being dragged into another world. And there was that distinctive snare drum sound, already becoming part of the Ministry identity I would come to recognise. That sound, to me, felt like a firearm going off. With The Mind Is a Terrible Thing to Taste in 1989, the guitars moved further into the foreground, the drums gained weight, and the music became even more physically aggressive. By the time Psalm 69 arrived in 1992, Ministry had developed a faster, heavier attack, while Al continued experimenting with the texture of his voice. The industrial foundation remained, but the metal influence had become impossible to ignore. This was Ministry becoming a musical force that could hit you with the weight of both worlds. The mid nineties brought another change. Filth Pig stripped away some of the familiar intensity and embraced a rougher, more punk-driven sound. “Reload” hit with raw directness, while “Lava” dragged its way forward with a heavier, almost crawling feel. Rather than repeating the formula that had brought Ministry success, Al continued moving in different directions. Dark Side of the Spoon retained some of that darker, melancholic character, while “Bad Blood” brought back a more recognisable combination of heavy electronics and Al’s signature vocal attack.
Then came 2003 and Animositisomina, a particularly important turning point for me. This was the album through which I discovered Ministry, and it remains a significant part of my musical journey. The band returned with an attitude that felt close to the spirit of The Mind Is a Terrible Thing to Taste and Psalm 69: aggressive, heavy, fast and strangely danceable. It was the kind of music that could make you want to fight the world and move your body at the same time. When I first heard it, the strange mixture of sounds left me wondering what the hell was going on. But somewhere in the middle of that confusion, something clicked. Ministry opened a door to a musical world I hadn’t fully understood before, and suddenly the combination of electronics, samples, screaming and pounding drums made sense to me. It was a sound that could be both brutally aggressive and irresistibly physical, and I was hooked. The following year, Houses of the Molé took that aggression and gave it a more direct political purpose. The beginning of the Bush trilogy marked a shift towards explicit attacks on George W. Bush and the political machinery surrounding him. The news samples, lightning-fast double-kick drumming, shredding guitars and that unmistakable snare sound were still there, but now everything seemed to be moving towards the same target. The music became a furious assault, with the political anger and the sonic aggression feeding each other. Rio Grande Blood pushed the formula even further in 2006. The speed was relentless, the guitars sounded vicious, and the music often felt as though an entire crowd had joined Al in the fight. Tracks such as “Señor Peligro” and “Fear Is Big Business” captured a band that had turned political frustration into a weapon. The Last Sucker completed the trilogy in 2007, carrying that anger towards its conclusion with a darker, tighter sound. But listening to The Last Sucker, I began noticing something different. To my ears, the snare drum sound had changed. It seemed closer, and its impact no longer gave me the same feeling it had for so many years. It might seem like a small detail, but for me, that sound was part of what made Ministry so distinctive. When something you’ve become so familiar with starts to feel different, you notice it. The music was still Ministry, but I heard a change in the way its familiar elements hit me.
Then, in 2008, Ministry released Cover Up. A wonderful collection of cover versions that took songs by other artists and gave them the Ministry treatment. From the Rolling Stones’ “Under My Thumb” and T. Rex’s “Bang a Gong” to Black Sabbath’s “Supernaut” and The Doors’ “Roadhouse Blues,” the album showed another side of Al’s musical world. And then there’s “What a Wonderful World,” a brilliant version of the Louis Armstrong classic that takes the song somewhere you might never expect. These weren’t Ministry originals, but hearing familiar songs reworked through the band’s sound made them feel like something else entirely. For me, Cover Up deserves its place in the story, even if it stands apart from the albums of original material.
After a four year absence, Relapse arrived in 2012, bringing Ministry back to a faster, more aggressive sound while directing some of its anger towards the music industry and the exploitation of artists. But the following year brought a tragedy that changed everything: the death of guitarist Mike Scaccia. Released later in 2013, From Beer to Eternity became a record marked by Scaccia’s presence and the circumstances surrounding its creation. The music moved beyond relentless thrash, allowing heavier electronic textures and a different emotional weight to return to the foreground. Beneath it all, there was an anger shaped by loss. For me, something changes in the emotional character of Ministry’s music here. The anger doesn’t always sound like a protest or an attack on the outside world. Instead, I hear suffering, sadness and frustration. It feels more personal, as though the music is carrying a weight that cannot simply be screamed away. Listen to “Punch in the Face” or “Side Fx Include Mikey’s Middle Finger”, and you’ll understand what I mean. That’s how this album speaks to me: through a mixture of anger and pain that goes beyond the usual feeling of fighting back against the world.
Although it isn’t a Ministry album, I feel the need to include Surgical Meth Machine in this story, and you’ll understand why. In 2016, Al released the project under a different name, taking another route while continuing to explore the aggressive electronic side of his musical identity. During our interview, he explained that the material had originally been intended for a Ministry album. Following Scaccia’s death, however, he didn’t want anyone to think he was exploiting the loss of his friend to cash in, so he released the music under the Surgical Meth Machine name instead. It’s a revealing detail because it shows how personal circumstances can change the course of a project, even when the music itself is already there. Sometimes, the name on the cover carries a weight that goes far beyond the sound coming out of the speakers.
The later Ministry albums continued that process of change. AmeriKKKant took a slower, more atmospheric direction, feeling less like a direct fist fight and more like a warning about what was happening around us. Moral Hygiene brought back more upbeat electronic elements and sharper energy, while Hopiumforthemasses pushed the heaviness and speed forward again, with tracks such as “Aryan Embarrassment” and “The TV Song 1/6 Edition”. Looking back across these decades, I hear a band that never stopped changing, even when its anger remained a constant. Ministry moved from the desire to fight against the world towards something increasingly difficult to ignore: the feeling that the world itself was becoming harder to recognise. The anger never disappeared, but its shape changed. Sometimes it was explosive and confrontational; at other times, it became darker, more personal or weighed down by the reality Al was trying to confront. And then, after Hopiumforthemasses, something unexpected happened. In 2025 Al returned to the album he had spent decades distancing himself from. Ministry revisited the songs of With Sympathy, bringing back the sequined jackets, the dance club atmosphere and a musical identity that seemed to belong to another lifetime. Al described the experience as genuinely fun and one of the happiest periods of his career. Revisiting those songs allowed him to take ownership of something he had hated in the past and finally approach it on his own terms. There is something fitting about this turn of events. After years of transformation, rejection and reinvention, Al found a way to make peace with a part of his past that had once caused him so much frustration. The story had come full circle, not because Ministry was returning to its original sound, but because its creator could finally look back at that beginning from a different place. What once represented a loss of control had become something he could reclaim, enjoy and perform without carrying the same resentment.
And now we arrive at Hate To Go (Take Out Or Delivery)
After 45 years of experimentation, confrontation and reinvention, this is intended to be the final stop. The journey has taken Al from electronic pop to industrial metal, from personal frustration to political warfare, and from rejecting his past to making peace with it. Now comes the final question: what has Al Jourgensen chosen to leave us with? Al has described the record as drawing on different parts of his musical history, with Ministry, Revolting Cocks and Surgical Meth Machine all contributing to its identity. Whether it truly brings those different eras together is something the music itself must answer.
The Vision: A World Burned Out, Taken Over and Divided
Before getting into the music itself, the visual identity of Hate To Go (Take Out Or Delivery) offers another glimpse into Al Jourgensen’s and Ministry world.
The album cover is striking in its simplicity: a black and white portrait with a subtle matte finish, Al looking directly into the lens with his head slightly lowered. After decades of noise, provocation and visual chaos, there is something unusually quiet about this image. No explosions, slogans or elaborate symbolism are needed. Al is simply there, looking back at us.
The three promotional videos take us somewhere entirely different. “Burned Out”, “We Hate” and “Singularity” use artificial intelligence to create ¨ exaggerated, surreal ¨ worlds where political figures, machines, cartoons and dystopian imagery collide. They are grotesque, absurd and deliberately over the top, but beneath the visual madness lies a recognisable world: one marked by political division, greed, violence, technological dependence and a growing sense that something has gone seriously wrong. As a photographer and videographer, I approach AI generated imagery with a degree of scepticism. I value the human decisions, imperfections and physical work that go into creating something. Yet I also find it fascinating that, after so many years of pushing technological boundaries through his music, Al has chosen to explore AI at the end of his career. And honestly, I’m not surprised. Experimentation has always been part of his DNA.
During our interview, Al described the experience of making these videos as eye opening, exciting and terrifying. But the excitement came with serious concerns. Al told me about arguments with AI systems when they disagreed with his creative decisions, sometimes refusing to follow his instructions. He found these encounters unsettling, questioning what might happen when the technology begins to dictate what it considers acceptable or good art. He also described restrictions he encountered while trying to create politically provocative imagery, which, according to him, forced the team to look elsewhere for the results they wanted. It is an interesting contradiction. Al has spent decades embracing technology as a tool for musical expression, yet this latest experiment has also made him question the systems behind it. As he put it, he was glad he had the chance to use it before it used us. And that concern becomes even more interesting when you look at the worlds these videos create.
In “Burned Out”, Alien Jourgensen´s travels through space, watching alien porn that, unfortunately, remains censored. Come on, Al, now you’ve made me curious! I want to know what alien porn actually looks like hahaha. But when he approaches Earth, the joke gives way to something much uglier. He arrives in a batshit crazy world filled with chaos, people hypnotised by their phones, poverty, greed and violence. The imagery is exaggerated, but the problems behind it are not difficult to recognise. What interests me most is what happens beyond the main action. Look deeper into the background and there are details that can speak louder than the images demanding your attention. People turn against one another, while a burning guitar is shredded by a figure representing the Statue of Liberty. Think about that for a moment. The statue is supposed to represent liberty, but how much freedom do we really have today? We might believe we’re free, yet how much control do we actually have over our own lives? The woman protesting against the madness around her adds another layer to the picture: someone still trying to raise her voice in a world that seems determined to drown it out.
“We Hate” Moves the focus towards political power and the machinery that keeps hatred alive. Starting inside a building marked “REPUBLICAN HEADQUARTERS”, which to me looks like the Addams Family home, the video makes its direction clear from the outset. Then there’s “HATE COLA”, apparently produced through the blood, sweat and tears of ordinary Americans. Hatred becomes a product, something manufactured and sold, while the people paying the price are the very people who keep the system running. Trump is shown making out with an ICE officer before his face becomes part of the video’s increasingly disturbing parade of horror imagery. References to The Exorcist and The Shining see him take on other terrifying forms, from vomiting green fluid to recreating the frozen fate of Jack Torrance. As he transforms into different characters and creatures, the grotesque humour becomes part of the video’s wider picture of political power, destruction, privatisation and control. People are expected to follow orders rather than question them. My reading is straightforward: if we don’t raise our voices now, what will be left to defend? At some point, we have to stop watching everything fall apart and start finding ways to stand together.
Then comes “Singularity”, where the human threat seems to take a different form. The robots are no longer simply tools created by people; they appear to be taking control of the world, operating without any real need for human beings. Factories, military formations and robotic performers create an increasingly cold environment, while digital locks and warnings of system failure suggest a world slipping beyond human control. The question is no longer only what we are doing to one another, but what happens when the technology we have created no longer needs us at all.
There is another detail that caught my attention across these three videos: Al himself. He doesn’t appear in quite the same way each time. In “Burned Out”, we see the Al of today, travelling through a world that looks increasingly unhinged. In “We Hate”, he appears as a stronger, guiding presence, leading the charge against the political reality unfolding around him. And in “Singularity”, he becomes a robot himself. That last image raises an interesting question. Is Al showing us how easily we can become part of the very system we’re fighting against? Is he suggesting that technology can turn its creators into extensions of the machine? Or is it another way of asking whether we are already losing something human in the world we’re building? I don’t think there needs to be one definitive answer. What matters is the contrast between the three versions of Al, moving from observer, to apparent leader, to part of the machinery itself.
The contrast with the album cover brings the visual journey full circle. On one side, we have artificial worlds, grotesque characters, political caricatures and relentless visual stimulation. On the other, we have a simple black and white portrait of a man looking straight at us. Perhaps that is the most fitting image to leave us with: an artist still curious enough to explore something new, still willing to challenge the world around him, but increasingly ready to step away from it. After all these years, Al is still asking uncomfortable questions. The difference is that this time, he may be preparing to leave us to find our own answers.
The Music and the Propaganda
Before getting into the messages behind the music, let’s have a look at who’s playing on Ministry’s final album and what we’re dealing with musically.
Hate To Go (Take Out Or Delivery) brings together familiar faces for one last chapter. Alongside Al Jourgensen, we have Monte Pittman and Cesar Soto on guitars, Paul D’Amour on bass, John Bechdel on samplers and synthesizers, and Pepe Clarke Magaña on drums. Al has personally described them all as great souls, and he seems genuinely happy with how things have gone and how this lineup has worked together. There’s also one final collaboration with a familiar name from Ministry’s past: Paul Barker, who returns for “We’re Still Here”, the track that closes the album. Having him back for this last chapter gives the record another connection to the band’s history.
Musically, this is Ministry doing what Ministry does best: heavy industrial metal, distorted guitars, pounding drums, electronics and Al’s unmistakable voice cutting through the chaos. But for me, the music has never been just about the guitars, the speed or the sheer aggression. There’s always been something else going on beneath the surface, and that’s where the samples come in. As usual, Hate To Go (Take Out Or Delivery) is full of them. Voices from politics, the media and the wider world are woven into the music, sometimes appearing for just a few seconds before the next explosion of sound takes over. But those moments matter. They give the songs context, connect the music to the reality Al is reacting to, and add layers of meaning that make the whole experience stronger. Sometimes a sample reinforces what the lyrics are saying; sometimes it introduces another idea, creates a contradiction or leaves you wondering what lies behind the words. The music hits you first, but the samples give you more to think about when you start digging deeper. And that’s one of the things I’ve always loved about Ministry. You can listen to the music for its sheer energy and aggression, but you can also follow the voices, the lyrics and the references, looking for the connections between them. There is often more going on than you might catch on the first listen. So, let’s get into the propaganda.
Crickets:
Hate To Go wastes no time getting down to business. “Crickets” comes charging out of the speakers with a sound that takes me straight back to The Land of Rape and Honey: restless industrial rhythms, a fast pace and Al’s psychotic screams cutting through the noise. There is no gentle introduction, no time to settle in. Ministry is back in the room, and somebody has something to say. There is also a very special guest in the form of Barack Obama, whose sampled speech reinforces the song’s message about the responsibility that comes with freedom. But the detail that really catches my attention is hiding underneath the chorus. We hear “We said we’d change, we never change”, but listen carefully and another phrase seems to emerge beneath it: “We never retreat.” For me, that is where the song becomes particularly interesting. We never change because we refuse to admit when we are wrong; we never retreat because admitting defeat would mean confronting our own mistakes. We keep repeating the same promises, making the same excuses and following the same destructive patterns, while convincing ourselves that things will somehow be different this time. The crickets become a symbol of that silence: the sound that fills the space when somebody should be speaking up but nobody does. And when the sampled voice warns that there is nobody to blame but ourselves if dictatorship takes hold, the message becomes impossible to ignore. Freedom is not something we can simply assume will always be there. It requires participation, responsibility and, sometimes, the willingness to get off the sofa and make our voices heard.
“Crickets” sets the tone for what follows. The anger is already there, but underneath it lies a frustration with ourselves. How many times can we watch the same mistakes happen before we finally decide that enough is enough?
Voices of Hate:
The pace continues, and Ministry starts turning the volume up on the political confrontation. “Voices of Hate” is blunt, aggressive and unapologetic. It opens with a spelled out “FUCK OFF”, making its intentions clear before the song has even had time to get properly underway. The voices in question are everywhere: radio, television, newspapers, politicians and governments that spread fear while presenting themselves as the solution to the very chaos they help create. The song attacks the machinery that keeps this cycle turning, where intimidation becomes a political tool and aggression is dressed up as strength. One of its most direct statements is that the only way to defeat fascist bullies is to stand up to them and tell them to go fuck themselves. There is no elaborate metaphor to decipher here. Sometimes Ministry wants to drag an idea into the light, point directly at it and tell it exactly where to go. What I hear underneath all this is a familiar Ministry fixation: the struggle against forces that want to control us, and the need to stop allowing those forces to dictate the terms of our lives. The repeated voices become almost impossible to escape, as if the noise is coming from every direction at once. The answer, at least in the world of this song, is to cut the wires and stop letting hatred dominate the conversation.
It is a straightforward declaration of resistance, delivered with the sort of aggression that Ministry has spent decades refining. Whether the subject is political propaganda or another form of control, the message remains the same: silence and obedience will not make the problem disappear.
Clown Car:
Then comes “Clown Car”, and this one is a mind-blower.
The feeling is that of being trapped inside a car travelling far too fast, with absolutely no control over where it is going. There is something almost cinematic about it, like a horror film in which the clowns are supposed to make you laugh but instead leave you terrified. The image is ridiculous, yet the reality underneath it is anything but funny. How many clowns can you possibly fit inside one car? Apparently, enough to take the whole thing towards a spectacular crash. The music gives the metaphor its momentum. I can almost feel the vehicle accelerating, the road disappearing beneath it and the certainty that something is going terribly wrong. The samples involving historical figures such as Franklin Delano Roosevelt, JFK and Martin Luther King Jr. add another layer to the madness, bringing the weight of political history into a song that otherwise feels like a particularly deranged cartoon. What makes the idea work is the contrast between the absurdity of the image and the consequences of the people behind the wheel. The clowns may look ridiculous, but they are still driving the car. And the rest of us are travelling with them. There is a dark sense of humour running through Ministry’s political writing, and “Clown Car” gives it plenty of room to run wild. The song turns political chaos into an out of control ride, making you laugh at the sheer stupidity of it all before reminding you that the crash might be real. The joke is that the clowns are in charge. The terrifying part is that we are all in the car. But perhaps there is another possibility: that one day, the car will no longer be driven by these clowns. And I think that is exactly what Al is hoping for, along with many others who share his frustration. Because the point isn’t simply to watch the world crash and burn. It’s to take back control before it does.
We Hate:
“Let’s keep it simple.” That is more or less the attitude of “We Hate”, which takes the political frustration running through the album and turns it into a full blown chant. The song targets Donald Trump without bothering to hide its contempt. The insults come thick and fast, and the repeated “We hate” becomes a rallying cry, with the kind of collective energy that makes you imagine a crowd shouting it back at the stage. The German passages in the chorus are hilarious to me and accurate to the dot. And the multilingual farewells add to the feeling of a theatrical dismissal, as if the song is trying to send its target packing in as many languages as possible. But beneath the insults lies a more serious concern. The contrast between democracy and autocracy is central to the song, and one of its sampled passages delivers a bitter message to those who ignored warnings about what might happen. There is anger not only towards the person in power, but also towards a society that can see the danger approaching and still allow it to happen. Musically, the slower, almost protest like feel gives the song a different character from the opening assault of the album. It leaves space for the words to land, while the repeated chorus turns individual frustration into something communal. Of course, hatred is a blunt instrument, and the song makes no attempt to disguise that. It is not a carefully balanced political argument. It is an explosion of disgust, aimed at a figure who has become a symbol of everything the song wants to reject. And then there is that final sense of farewell. Everybody is told to remain calm; apparently, it will all be over soon. Whether that sounds reassuring or deeply unsettling probably depends on how much faith you have left in the people making the promises.
Delete:
If “We Hate” is about political anger, with dramatic warning like samples, “Delete” turns its attention towards something many of us carry around in our pockets every day: the smartphone. The song takes aim at social media and the way it has infiltrated our lives, eating away at our attention while persuading us that we are more connected than ever. TikTok, Facebook, YouTube, Instagram, Snapchat, Twitter…. The platforms are called out one after another, creating the feeling of an endless stream of noise that never gives us a moment to breathe. The question is: Is social media making us dumber? The line “You’re not paying for the product, you are the product” gets straight to the heart of the problem. We hand over our time, attention and personal information, while somebody else works out how to turn them into money. Meanwhile, people chase likes, followers and the promise of becoming the next big thing, often without stopping to ask what any of it is actually worth. There is something in the song that also takes me back to Al’s work with Surgical Meth Machine. That same feeling of watching a system sell us one more miracle, one more quick fix, one more scam dressed up as an opportunity. The next big thing arrives, we fall for it, and before we have even worked out what happened, another one is waiting around the corner. The repeated command to “DELETE” sounds like an attempt to break the cycle. Delete the app, delete the account, delete the rubbish filling your head. But then comes the response: “I’m sorry, we cannot delete.” The escape route suddenly looks less straightforward. We may want to switch everything off, but the habits and systems we have built around these platforms are not so easily erased. What I find particularly effective is how the repetition starts to resemble the very thing the song criticises. The noise piles up, the demands keep coming, and the track becomes almost as overwhelming as the endless scroll itself.
It is angry, sarcastic and deliberately ¨excessive ¨. But beneath all the insults is a genuine question: how much of our lives are we willing to hand over to a machine designed to keep us looking at it?
Grifter:
With “Grifter”, the pace changes, and the anger takes on a more personal face. The word itself tells us what we are dealing with: somebody who makes a living by deceiving others. Here, the grifter is a character who uses fear, revenge and hatred to get what he wants, while somehow managing to present himself as the victim throughout the whole performance. The song’s first person perspective makes it particularly unpleasant. We are not listening to somebody describing a manipulator from a safe distance. We are hearing the manipulator speak for himself, boasting about the way he operates and revealing the ugliness underneath the act. There are references to privilege, resentment and a childhood in which the speaker apparently did not receive enough affection. Then comes the familiar excuse: “Mommy and Daddy didn’t hug me enough.” It is an almost pathetic attempt to explain the behaviour, but in this context it sounds less like an admission of vulnerability than another trick to avoid responsibility. And that is what makes the character so disturbing. Every grievance becomes an excuse. Every wound becomes a weapon. The speaker wants obedience through fear, feeds on revenge and seems incapable of recognising a limit to his own appetite.
“I GET MY OBEDIENCE THROUGH FEAR… RETRIBUTION, REVENGE, AND HATE,
THIS IS MY WORLD, THIS IS MY FATE.”
For me, the song describes Trump to the dot. The portrait is exaggerated and theatrical, but the word grifter captures something very specific about the kind of political figure who turns manipulation into a business and victimhood into a permanent excuse. There is no redemption waiting at the end of this story. The need for admiration remains, the hunger remains, and the bottomless pit remains bottomless. Ministry has always understood the power of making a character reveal himself through his own words. Here, the result is a portrait of somebody who wants the world to love him while doing everything in his power to make that love impossible.
The White Man Lied:
After all the noise, accusations and political theatre, “The White Man Lied” brings us to a different kind of anger. One rooted in history, land and the survival of a people. The song centres on the Osage, grounding its message in Indigenous identity before returning again and again to its blunt accusation: “The white man lied.” There is no attempt to soften the words or dress the history up in polite language. The accusation is the point. What stands out to me is the contrast between the desecration described in the song and the refusal to surrender pride. The lyrics ask what could possibly have justified the destruction of Indigenous communities and their ways of life. What was so wrong with these people that their land, culture and identity had to be attacked? The answer offered by the song is devastatingly simple: “Evil does not follow a prayer / Evil follows greed.” It strips away the justifications and leaves the appetite for wealth and power exposed. Behind the language of righteousness, the song sees something far more ordinary and far more destructive: greed. Yet “The White Man Lied” is not simply a song about what has been taken away. The repeated assertion of Osage identity, and the insistence that pride remains, give it another dimension. The damage is acknowledged, but it has not erased the people at the centre of the story. Musically, I find the way the rhythm rises particularly striking. There is an almost sick, dance like quality to it, a sense of movement that sits uneasily beside the subject matter. And then there is something in the background that catches my ear: a sound behind the vocals that feels almost like a group of voices breathing together.
Breathe. Listen to the background, breathe.
It is a small detail, but it adds another physical presence to the track. The song is not only making an accusation; it feels as though something is still alive behind it, still breathing after everything that has happened. The lie is remembered, the damage is not forgotten, but the people are still here.
Singularity:
By the time we reach “Singularity”, Ministry turns towards a different kind of threat: the technology we are building, the power we are handing over to it, and the possibility that we may eventually find ourselves unable to take that power back. The song feels like a warning about the future, but what makes it unsettling is how much of its fear is connected to the present. We are already caught in routines that leave little room to think, working and repeating the same actions simply to survive. The idea that machines might eventually decide we are no longer useful feels less like a completely separate nightmare and more like an extreme extension of a world that already measures people by their usefulness. The repeated declaration “We are in control” becomes increasingly disturbing as the track unfolds. Who is speaking? Who actually has control? And how long can somebody keep repeating that everything is fine before the words lose all meaning? The voices grow more threatening, moving towards the idea that machines could control our thoughts and decide that humanity is better off dead. Al’s response initially sounds almost absurdly understated: “That’s problematic.” It is the kind of dry reaction that might be funny in another context. Here, the humour becomes harder to maintain as the implications grow darker. Then the response changes to “That’s fucking tragic.” For me, that shift is the heart of the song. What begins as a seemingly detached observation turns into something closer to grief. The possibility of losing control is no longer an abstract technical problem. It is a tragedy for the people who created the system, trusted it and eventually discovered that they might no longer have a place within it. When Al talks about AI in our interview, he expresses both fascination and fear. “Singularity” brings those concerns into the music, taking them to their darkest possible conclusion. I hear something very close to The Terminator here: the fear that we may create something we cannot control, then discover the consequences when it is already too late. Whether the future will unfold that way is another question. But the fear behind the song is very real, and the final warning about an extinction level event leaves little room for comfort. The most disturbing possibility is not simply that machines could become powerful. It is that we might keep surrendering control until we no longer recognise how much we have given away.
Burned Out:
“Burned Out” feels like the moment when everything that has been building throughout the album finally becomes too much. The title says it all. Look at the world around us: wars, humanitarian crises, political corruption, environmental destruction, domestic violence, propaganda and an endless stream of information telling us about the next disaster before we have even had time to process the previous one. It is difficult not to feel exhausted by it all. The song captures that sensation of living in a world where truth and lies have become increasingly difficult to separate, where every new headline seems to bring another reason to despair. The spoken passage becomes an avalanche of crises, moving rapidly from one country and one problem to another. There is barely time to absorb one before the next arrives. That is precisely what makes the passage effective. It recreates the feeling of being overwhelmed by the news, scrolling through one catastrophe after another until the scale of it all becomes almost impossible to comprehend. And yet the song refuses to let exhaustion become an excuse for doing nothing. Beneath the frustration is a more direct message: it does not matter whether we identify with the left or the right if we cannot recognise the dangers affecting all of us. Political divisions may be real, but they do not make the world’s problems disappear. The anger eventually boils over. Al sounds sick and tired of living in a world so full of shit, and the description of those responsible as parasites makes his contempt unmistakable. These are forces that feed on the system and never seem satisfied, no matter how much damage they cause. What I hear in “Burned Out” is not simply pessimism. It is the exhaustion of somebody who still cares enough to be angry. If Al had stopped caring, there would be little point in shouting about any of this. The song does not pretend to offer an easy solution. It looks at the chaos, acknowledges how difficult it is to escape, and insists that isolation will not save us. Its call for unity is almost desperate, as though the only way forward is to recognise that we are facing the same storm.
The world is burning us out, but giving up is exactly what the song refuses to do. And we’re all dead unless we all unite. Your sanity is denied, and soon to be no freedom of speech.
We’re Still Here:
And then, after all the anger, noise and confrontation, the album closes with “We’re Still Here”. The change in pace is immediate. This is a slower, more reflective song, with Paul Barker’s return adding another layer of significance to the final chapter. After an album that spends so much time confronting the world outside, the closing track feels as though it is looking at what remains after the shouting has stopped. Even the sound of “We’re Still Here” caught my attention. The bass feels more prominent in this particular track, almost as if it has been given extra room to breathe. Maybe it’s a small detail, but I noticed it, and in a song that brings Barker back into the picture, it feels particularly fitting. The lyrics are fragmented and sometimes difficult to pin down. Images of corruption, rage, a cracking sound and an exposed core create the impression of a world coming apart at the seams. There is beauty in some of the language, but it is never comfortable. Even the light seems to arrive in broken pieces rather than as some glorious sunrise that promises everything will be fine. And then comes the refrain: “We’re still here.” Three words, but after everything that has come before them, they carry considerable weight. The album has taken us through political silence, hatred, manipulation, greed, technological fear and the exhaustion of living in a world that seems determined to test our limits. Now, instead of offering another accusation, Ministry makes a simple statement of survival. The later passage makes the feeling clearer: “Through the rage a light cracks open” and “through the ages, we still exist.” The Italian choir adds another beautiful detail with “Non ho perso speranza” ( I haven’t lost hope ). And with Al screaming We’re Still Here, that powerful bass underneath and the samples bits make it way more powerful. There is something deeply moving about hearing those words here. Hope is not presented as a clean answer to the problems raised throughout the album. It does not erase the damage, promise justice or guarantee that things will improve. It is simply the refusal to accept that everything is lost. But the repeated “Too long” complicates that hope. Too long waiting? Too long enduring the same injustice? Too long being told that change is coming? The phrase hangs over the closing moments like a reminder that survival alone is not enough. People can remain standing and still be exhausted by how long they have had to fight. That tension is what makes the ending work for me. “We’re Still Here” does not suddenly turn Ministry into a band that believes everything will be all right. The anger is still there, and so is the fatigue. But beneath both, something refuses to disappear. And perhaps that is the most fitting way for Ministry to close this chapter. Not with a victory parade, not with a neat resolution, and certainly not with the suggestion that the world has learned its lesson.
Evolving Rage & Healing Old Wounds
One thing I particularly love is how Al’s choice of words has evolved over the years. During the Bush trilogy, he called George W. Bush an asshole, a terrorist, evil, a brutal dictator, and so on. Now, with Trump, he’s dealing with a grifter and a delirious man. Hahahaha! But that’s not the only way he describes Trump: he’s also a whore, a moron, a thief, and many other things. I love how Al keeps finding new ways to describe the people he’s been fighting against for so long. The targets may change, but the anger and the colourful choice of words haven’t gone anywhere.
And then there’s Paul Barker. Having him back for Hate To Go (Take Out Or Delivery) feels like more than just another collaboration. These two have so much history together, and hearing them share a song again feels meaningful. To me, it suggests that time can heal wounds, and that even people with a complicated past can eventually confront their differences and move on. What better way to close this journey than with one last song together?
The Ultimate Personal Statement
My conclusion?
This is a fucking banging album, and I’m not even joking when I say this is probably the best Ministry album ever made. It’s meaningful, energetic, aggressive, sometimes fast, sometimes slow, and full of such intense sounds that it takes you on a fucking trip from the very first listen, leaving you craving more as soon as it’s over. Al’s voice moves from desperate, almost psychopathic screams to more controlled shouting, eventually taking on the feeling of a warning before giving way to exhaustion, with a sense of optimism still lingering beneath it all. The drums hit hard, with the double kick providing important support, while the bass reinforces the music and adds to its dramatic feel. There are moments when all you want to do is jump around, bang your head and scream along, while the atmosphere, the samples, the shifts in guitar rhythms and those guitar solos grab your full attention, pulling you deeper into the music and sometimes making you stop for a moment and think. And hearing that familiar snare drum sound almost fully back again is just the icing on the cake.
What I’ve always loved about Ministry is that every album has its own identity. Every time a new album came out, it was a surprise. And with every new release announcement, the same questions would start popping into my head. Which samples will Al use this time? Who will he attack? What will he be suffering from? What symbolism will he introduce? And what the hell is he going to come up with next? Al had spoken about closing this journey with Hopiumforthemasses, and he described it as a very good album. I agree with that assessment. But for me, Hate To Go (Take Out Or Delivery) goes beyond it. This is more than a final record: it brings so much of Al’s musical history into the present and sends Ministry out with a true bang, without diminishing the band’s legacy or everything else he has created along the way. From Ministry to Revolting Cocks, Surgical Meth Machine and all the other projects that carry his fingerprints, there’s an enormous musical world behind the man we know and love as Uncle Al Jourgensen.
With Hate To Go (Take Out Or Delivery), the album is packed with Easter eggs, ghosts from Ministry’s past and references to Al’s other projects. The samples and hidden details give the music and lyrics an almost cinematic dimension, making this final chapter feel like a journey through the world Al has spent decades creating. The Last Sucker, “New World Order”, “End of Days”, “So What”… and many, many more. The references are scattered throughout the album, sometimes obvious, sometimes hidden in the music, the samples or the lyrics. Recognising a familiar sound or discovering a connection suddenly brings a little piece of Ministry’s past into the present. It’s almost as if Al has opened the doors to his entire musical universe one last time. The number of Easter eggs scattered throughout this album also makes me wonder why Al didn’t release it at Easter instead of the day before Halloween. Hahahaha! Jokes aside, I’m sure listeners will keep discovering things long after their first few spins. I’m not going to explain every reference in this review. I’d rather let each of you take your own journey through the album, make your own connections and discover those little details for yourselves. There’s something special about recognising a familiar sound or sample without someone having to point it out to you. So put your headphones on, crank the volume, and let the music do its work inside your brain. Because there are more hidden gems in there that, if you listen carefully, will blow your mind.
When the Lyrics Hit Home: “Burned Out” & “Delete”
This album hit me on a deeply personal level because its themes aren’t just abstract political concepts to me. They mirror real battles I’ve fought in my own life.
When I listen to “Burned Out”, I don’t hear a fiction. I lived it. My wife and I ran a small restaurant for three years. I broke my back alone in the kitchen: cooking, shopping, cleaning, while she handled the floor and the duties that comes with it. We had endless passion and genuine craft, but in today’s system, passion isn’t enough. Between crushing government taxes, labor costs, and corporate inflation, small independent workers are rigged to fail. You give everything you have, work yourself into the ground trying to stay afloat, and the pressure eventually burns you out into a severe depression. That is where “Delete” takes over. It exposes a cold reality: we live in a corporate world where substance, hard work, and genuine heart are pushed aside for deep pockets, artificial hype, and flashy appearances. Big corporations with endless capital buy up visibility, while the real people who dedicate their lives to their craft are rendered invisible and deleted from the game. Al isn’t just screaming into the void on these tracks, he’s describing the exact meat grinder that crushes everyday people who try to survive outside the corporate machine. I don’t hear these songs as an outsider; I recognise my own scars in them.
The Final Goodbye
I can’t speak for every metalhead or industrial fan on the planet, but I know I speak for millions when I say this:
Thank you, Al. Thank you, Ministry.
Thank you for forty five years of unfiltered noise, political rage, dark humour, absolute madness, and relentless rebellion. Thank you for opening our eyes, for forcing us to question the world around us, and for giving us a soundtrack to survive our own dark times. You are a natural born artist.
Enjoy the quiet now, the privacy, and the peaceful life you’ve earned. Go herd your goats, Uncle Al. You’ve given us one hell of a ride, and now it’s time to enjoy yours.
FIN.
Italiano
Ministry – Hate To Go (Take Out Or Delivery): Il capitolo finale di un impero industriale
¨Sono fottutamente stufo¨: La fine di un’era
Purtroppo, tutte le cose belle arrivano alla fine. E questa volta, con il cuore pesante e qualche lacrima che mi affiora agli occhi, a giungere al termine non è semplicemente Ministry, ma l’intero percorso musicale di Al Jourgensen.
L’ultimo album dei Ministry, Hate To Go (Take Out Or Delivery), esce oggi, 30 ottobre 2026, per Cleopatra Records. Ma Al non è mai stato soltanto Ministry. Dietro quel nome c’è un intero universo di progetti, tra cui Lard, Revolting Cocks, Surgical Meth Machine, 1000 Homo DJs e molti altri. Dopo 45 anni passati a fare musica, la sua decisione di farsi da parte porta un intero capitolo della storia della musica alternativa verso il suo sipario finale.
Per me, recensire questo album è un’esperienza strana e profondamente personale. Sapere che queste saranno le ultime nuove canzoni che ascolteremo da un artista la cui musica fa parte della mia vita da così tanto tempo ha un peso tutto suo. Allo stesso tempo, mi sento privilegiato ad avere l’opportunità di ascoltare questo capitolo finale, esplorare ciò che si nasconde sotto la sua superficie e condividere i miei pensieri con chi ha percorso questa strada insieme ai Ministry nel corso degli anni. Dire addio a qualcosa che ha significato così tanto per te non è mai facile, soprattutto quando stai ancora cercando di capire cosa significhi davvero quell’addio. E forse è proprio da qui che comincia per me quest’ultimo album dei Ministry: non dalla fine in sé, ma da tutto ciò che ci ha portati fin qui. La musica, la rabbia, le domande, il simbolismo, i ricordi e le idee che hanno accompagnato Al durante la sua carriera. Perché, prima di dire addio ai Ministry, c’è ancora un ultimo disco da esplorare, un disco che guarda al passato mentre affronta un mondo che, sotto molti aspetti, sembra stare perdendo la propria direzione.
Quindi, prima di tuffarci in Hate To Go (Take Out Or Delivery), facciamo un ultimo viaggio nell’universo industriale di Al Jourgensen. E lasciatemi chiarire una cosa: quello che segue è il mio modo personale di interpretare la musica, i testi, i sample e le immagini. È così che ascolto i Ministry, che interpreto le parole di Al e il modo in cui le trasforma in musica, ed è così che tutto prende forma nella mia testa. Potreste sentire qualcosa di completamente diverso. Ed è proprio questo che rende la musica così potente.
Il percorso: dalle radici elettroniche alla guerra politica

L’evoluzione dei Ministry non ha mai seguito una linea retta. È stato un processo costante di trasformazione, sperimentazione, distruzione e ricostruzione. Per capire dove si colloca Hate To Go (Take Out Or Delivery), dobbiamo tornare all’inizio, quando la band aveva un suono molto diverso da quello della macchina industrial metal che sarebbe poi diventata una delle creazioni più riconoscibili di Al Jourgensen.
Il viaggio comincia nel 1983 con With Sympathy, un album d’esordio radicato nel synth pop, nella new wave e nella musica dance. Costruito attorno a tastiere melodiche, una produzione levigata e la voce pulita di Al, suona quasi irriconoscibile rispetto ai Ministry che sarebbero emersi in seguito. Al ha parlato della sua frustrazione per le circostanze che circondarono l’album e della sensazione di aver perso il controllo sulla sua direzione musicale. All’epoca stava ancora cercando la propria voce e il suono dei Ministry era ben lontano dalla musica aggressiva e distorta che avrebbe finito per definire la band. Nel 1986, Twitch cominciò a spingere i Ministry verso territori elettronici più oscuri, conservando elementi del suono precedente ma introducendo un’atmosfera più inquietante. La vera trasformazione, però, arrivò con The Land of Rape and Honey del 1988. Le trame elettroniche divennero più ruvide, i ritmi ispirati al punk spinsero la musica in avanti e cominciò a emergere l’urlo ormai inconfondibile di Al. Brani come “The Missing” combinavano suoni strani, sample e urla con eco in qualcosa che sembrava meno una composizione tradizionale e più un trascinamento forzato in un altro mondo. E c’era quel caratteristico suono del rullante, che stava già diventando parte dell’identità dei Ministry che avrei imparato a riconoscere. Per me, quel suono era come uno sparo. Con The Mind Is a Terrible Thing to Taste del 1989, le chitarre passarono ancora più in primo piano, la batteria acquistò peso e la musica divenne fisicamente ancora più aggressiva. Quando nel 1992 arrivò Psalm 69, i Ministry avevano sviluppato un attacco più veloce e pesante, mentre Al continuava a sperimentare con la consistenza della propria voce. Le fondamenta industriali erano ancora lì, ma l’influenza del metal era ormai impossibile da ignorare. Erano i Ministry che diventavano una forza musicale capace di colpirti con il peso di entrambi i mondi. La metà degli anni Novanta portò un altro cambiamento. Filth Pig eliminò parte della consueta intensità e abbracciò un suono più ruvido e guidato dal punk. “Reload” colpiva con una crudezza diretta, mentre “Lava” avanzava trascinandosi, con una sensazione più pesante, quasi strisciante. Invece di ripetere la formula che aveva portato i Ministry al successo, Al continuò a muoversi in direzioni diverse. Dark Side of the Spoon mantenne parte di quel carattere più oscuro e malinconico, mentre “Bad Blood” riportò in scena una combinazione più riconoscibile di elettronica pesante e del caratteristico attacco vocale di Al.
Poi arrivò il 2003 con Animositisomina, un punto di svolta particolarmente importante per me. È stato l’album attraverso il quale ho scoperto i Ministry, e rimane una parte significativa del mio percorso musicale. La band tornò con un’attitudine che sembrava vicina allo spirito di The Mind Is a Terrible Thing to Taste e Psalm 69: aggressiva, pesante, veloce e stranamente ballabile. Era il tipo di musica che poteva farti venire voglia di combattere il mondo e muovere il corpo allo stesso tempo. Quando la ascoltai per la prima volta, quella strana miscela di suoni mi lasciò a chiedermi che diavolo stesse succedendo. Ma, nel mezzo di quella confusione, qualcosa scattò. I Ministry aprirono una porta su un mondo musicale che prima non avevo compreso fino in fondo e, all’improvviso, la combinazione di elettronica, sample, urla e batteria martellante cominciò ad avere senso per me. Era un suono brutalmente aggressivo e, allo stesso tempo, irresistibilmente fisico, e mi conquistò. L’anno successivo, Houses of the Molé prese quell’aggressività e le diede uno scopo politico più diretto. L’inizio della trilogia su Bush segnò una svolta verso attacchi espliciti a George W. Bush e alla macchina politica che lo circondava. I sample dei notiziari, la doppia cassa a velocità vertiginosa, le chitarre taglienti e quell’inconfondibile suono del rullante erano ancora lì, ma adesso tutto sembrava puntare verso lo stesso bersaglio. La musica diventò un assalto furioso, con la rabbia politica e l’aggressività sonora che si alimentavano a vicenda. Nel 2006, Rio Grande Blood spinse la formula ancora più avanti. La velocità era implacabile, le chitarre suonavano feroci e spesso la musica dava l’impressione che un’intera folla si fosse unita ad Al nella lotta. Brani come “Señor Peligro” e “Fear Is Big Business” raccontavano di una band che aveva trasformato la frustrazione politica in un’arma. The Last Sucker completò la trilogia nel 2007, portando quella rabbia alla conclusione con un suono più oscuro e compatto. Ma ascoltando The Last Sucker cominciai a notare qualcosa di diverso. Alle mie orecchie, il suono del rullante era cambiato. Sembrava più vicino e il suo impatto non mi dava più la stessa sensazione che mi aveva accompagnato per tanti anni. Può sembrare un dettaglio da poco, ma per me quel suono era parte di ciò che rendeva i Ministry così distintivi. Quando qualcosa a cui sei abituato da tanto tempo comincia a sembrarti diverso, te ne accorgi. La musica era ancora Ministry, ma percepivo un cambiamento nel modo in cui i suoi elementi familiari mi colpivano.
Poi, nel 2008, i Ministry pubblicarono Cover Up, una splendida raccolta di cover che prendeva brani di altri artisti e li reinterpretava alla maniera dei Ministry. Da “Under My Thumb” dei Rolling Stones e “Bang a Gong” dei T. Rex a “Supernaut” dei Black Sabbath e “Roadhouse Blues” dei The Doors, l’album mostrava un altro lato dell’universo musicale di Al. E poi c’è “What a Wonderful World”, una brillante versione del classico di Louis Armstrong che porta il brano in un posto che forse non ti aspetteresti mai. Non erano pezzi originali dei Ministry, ma ascoltare canzoni familiari rielaborate attraverso il suono della band le faceva sembrare qualcosa di completamente diverso. Per me, Cover Up merita il suo posto in questa storia, anche se si distingue dagli album di materiale originale.
Dopo quattro anni di assenza, nel 2012 arrivò Relapse, che riportò i Ministry verso un suono più veloce e aggressivo, indirizzando parte della rabbia contro l’industria musicale e lo sfruttamento degli artisti. Ma l’anno seguente portò una tragedia che cambiò tutto: la morte del chitarrista Mike Scaccia. Pubblicato più tardi, nel 2013, From Beer to Eternitydiventò un disco segnato dalla presenza di Scaccia e dalle circostanze che ne accompagnarono la creazione. La musica andò oltre il thrash incessante, lasciando tornare in primo piano trame elettroniche più pesanti e un diverso peso emotivo. Sotto tutto questo c’era una rabbia plasmata dalla perdita. Per me, qui cambia il carattere emotivo della musica dei Ministry. La rabbia non suona sempre come una protesta o un attacco al mondo esterno. Al contrario, sento sofferenza, tristezza e frustrazione. Sembra più personale, come se la musica portasse un peso che non può essere semplicemente urlato via. Ascolta “Punch in the Face” o “Side Fx Include Mikey’s Middle Finger” e capirai cosa intendo. È così che questo album mi parla: attraverso una miscela di rabbia e dolore che va oltre la consueta sensazione di reagire e contrattaccare il mondo.
Anche se non è un album dei Ministry, sento il bisogno di includere Surgical Meth Machine in questa storia, e capirai perché. Nel 2016, Al pubblicò il progetto sotto un nome diverso, seguendo un’altra strada e continuando a esplorare il lato elettronico aggressivo della propria identità musicale. Durante la nostra intervista, spiegò che il materiale era stato inizialmente pensato per un album dei Ministry. Dopo la morte di Scaccia, però, non voleva che qualcuno pensasse che stesse sfruttando la perdita dell’amico per guadagnarci, quindi pubblicò la musica sotto il nome Surgical Meth Machine. È un dettaglio rivelatore, perché mostra come le circostanze personali possano cambiare il corso di un progetto, anche quando la musica è già pronta. A volte, il nome sulla copertina porta con sé un peso che va ben oltre il suono che esce dagli altoparlanti.
Gli album successivi dei Ministry continuarono questo processo di cambiamento. AmeriKKKant prese una direzione più lenta e atmosferica, sembrando meno un combattimento a pugni e più un avvertimento su ciò che stava accadendo intorno a noi. Moral Hygiene riportò in primo piano elementi elettronici più vivaci e un’energia più tagliente, mentre Hopiumforthemasses spinse nuovamente in avanti pesantezza e velocità, con brani come “Aryan Embarrassment” e “The TV Song 1/6 Edition”. Ripercorrendo questi decenni, sento una band che non ha mai smesso di cambiare, anche quando la sua rabbia è rimasta una costante. I Ministry sono passati dal desiderio di combattere il mondo a qualcosa di sempre più difficile da ignorare: la sensazione che fosse il mondo stesso a diventare sempre più difficile da riconoscere. La rabbia non è mai scomparsa, ma ha cambiato forma. A volte era esplosiva e combattiva; altre volte diventava più oscura, più personale o appesantita dalla realtà che Al cercava di affrontare. E poi, dopo Hopiumforthemasses, è successo qualcosa di inaspettato. Nel 2025 Al è tornato all’album da cui aveva cercato di prendere le distanze per decenni. I Ministry hanno ripreso in mano i brani di With Sympathy, riportando in scena le giacche di paillettes, l’atmosfera dei club da ballo e un’identità musicale che sembrava appartenere a un’altra vita. Al ha descritto l’esperienza come davvero divertente e come uno dei periodi più felici della sua carriera. Tornare a quei brani gli ha permesso di riappropriarsi di qualcosa che in passato aveva odiato e, finalmente, di affrontarlo alle proprie condizioni. C’è qualcosa di appropriato in questa svolta. Dopo anni di trasformazioni, rifiuti e reinvenzioni, Al ha trovato un modo per fare pace con una parte del suo passato che un tempo gli aveva causato tanta frustrazione. La storia si era chiusa in un cerchio, non perché i Ministry stessero tornando al loro suono originale, ma perché il loro creatore poteva finalmente guardare a quell’inizio da una prospettiva diversa. Ciò che un tempo rappresentava una perdita di controllo era diventato qualcosa che poteva riprendersi, godersi e portare sul palco senza provare lo stesso risentimento.
E ora arriviamo a Hate To Go (Take Out Or Delivery)
Dopo 45 anni di sperimentazione, scontro e reinvenzione, questa dovrebbe essere l’ultima tappa. Il viaggio ha portato Al dal pop elettronico all’industrial metal, dalla frustrazione personale alla guerra politica, e dal rifiuto del proprio passato alla riconciliazione con esso. Ora arriva la domanda finale: cosa ha scelto di lasciarci Al Jourgensen? Al ha descritto il disco come un lavoro che attinge a diverse fasi della sua storia musicale, con Ministry, Revolting Cocks e Surgical Meth Machine che contribuiscono tutti alla sua identità. Se riesca davvero a riunire queste diverse epoche è qualcosa a cui dovrà rispondere la musica stessa.
La visione: un mondo esaurito, conquistato e diviso
Prima di entrare nella musica vera e propria, l’identità visiva di Hate To Go (Take Out Or Delivery) ci offre un altro scorcio sul mondo di Al Jourgensen e Ministry.
La copertina dell’album colpisce per la sua semplicità: un ritratto in bianco e nero con una sottile finitura opaca, Al che guarda direttamente nell’obiettivo con la testa leggermente abbassata. Dopo decenni di rumore, provocazione e caos visivo, questa immagine ha qualcosa di insolitamente silenzioso. Non servono esplosioni, slogan o elaborati simbolismi. Al è semplicemente lì, che ci guarda.
I tre video promozionali ci portano in tutt’altra direzione. “Burned Out”, “We Hate” e “Singularity” utilizzano l’intelligenza artificiale per creare mondi esagerati e surreali, in cui personaggi politici, macchine, cartoni animati e immagini distopiche si scontrano. Sono grotteschi, assurdi e volutamente sopra le righe, ma sotto la follia visiva si nasconde un mondo riconoscibile: segnato dalla divisione politica, dall’avidità, dalla violenza, dalla dipendenza tecnologica e dalla crescente sensazione che qualcosa sia andato seriamente storto. Da fotografo e videomaker, guardo alle immagini generate dall’IA con un certo scetticismo. Do valore alle decisioni umane, alle imperfezioni e al lavoro fisico che servono per creare qualcosa. Eppure trovo anche affascinante che, dopo tanti anni passati a spingere i confini tecnologici attraverso la musica, Al abbia scelto di esplorare l’IA alla fine della sua carriera. E, sinceramente, non mi sorprende. La sperimentazione ha sempre fatto parte del suo DNA.
Durante la nostra intervista, Al ha descritto l’esperienza di realizzare questi video come illuminante, entusiasmante e terrificante. Ma all’entusiasmo si accompagnavano preoccupazioni serie. Al mi ha raccontato delle discussioni avute con i sistemi di IA quando questi non erano d’accordo con le sue decisioni creative e, a volte, si rifiutavano di seguire le sue istruzioni. Questi incontri lo hanno inquietato, portandolo a chiedersi cosa potrebbe succedere quando la tecnologia comincerà a decidere che cosa considera accettabile o buona arte. Ha anche descritto le restrizioni incontrate nel tentativo di creare immagini politicamente provocatorie, che, a suo dire, hanno costretto il team a rivolgersi altrove per ottenere i risultati desiderati. È una contraddizione interessante. Al ha passato decenni ad abbracciare la tecnologia come strumento di espressione musicale, eppure quest’ultimo esperimento lo ha anche spinto a mettere in discussione i sistemi che ci sono dietro. Come ha detto lui stesso, era contento di aver avuto la possibilità di usarla prima che fosse lei a usare noi. E questa preoccupazione diventa ancora più interessante quando si osservano i mondi creati da questi video.
In “Burned Out”, Alien Jourgensen viaggia nello spazio guardando porno alieno che, purtroppo, rimane censurato. Dai, Al, adesso mi hai incuriosito! Voglio sapere che aspetto abbia davvero il porno alieno, ahahah! Ma quando si avvicina alla Terra, la battuta lascia il posto a qualcosa di molto più brutto. Arriva in un mondo completamente fuori di testa, pieno di caos, persone ipnotizzate dai telefoni, povertà, avidità e violenza. Le immagini sono esagerate, ma i problemi che ci sono dietro non sono difficili da riconoscere. Quello che mi interessa di più è ciò che accade oltre l’azione principale. Guarda più attentamente lo sfondo e troverai dettagli capaci di parlare più forte delle immagini che reclamano la tua attenzione. Le persone si rivoltano le une contro le altre, mentre una figura che rappresenta la Statua della Libertà distrugge una chitarra in fiamme. Pensaci un momento. La statua dovrebbe rappresentare la libertà, ma quanta libertà abbiamo davvero oggi? Possiamo credere di essere liberi, ma quanto controllo abbiamo realmente sulle nostre vite? La donna che protesta contro la follia che la circonda aggiunge un altro livello all’immagine: qualcuno che cerca ancora di far sentire la propria voce in un mondo che sembra deciso a soffocarla.
“We Hate” sposta l’attenzione sul potere politico e sulla macchina che mantiene vivo l’odio. Fin dall’inizio, all’interno di un edificio contrassegnato dalla scritta “REPUBLICAN HEADQUARTERS”, che a me sembra la casa della Famiglia Addams, il video chiarisce la propria direzione. Poi c’è “HATE COLA”, apparentemente prodotta con il sangue, il sudore e le lacrime degli americani comuni. L’odio diventa un prodotto, qualcosa che viene fabbricato e venduto, mentre a pagarne il prezzo sono proprio le persone che tengono in funzione il sistema. Trump viene mostrato mentre si bacia con un agente dell’ICE, prima che il suo volto diventi parte di una parata di immagini horror sempre più inquietanti. I riferimenti a L’esorcista e Shining lo mostrano mentre assume altre forme terrificanti, dal vomitare un liquido verde al ricreare il destino congelato di Jack Torrance. Mentre si trasforma in personaggi e creature diverse, l’umorismo grottesco diventa parte di un quadro più ampio del potere politico, della distruzione, della privatizzazione e del controllo. Ci si aspetta che le persone eseguano gli ordini invece di metterli in discussione. La mia interpretazione è semplice: se non alziamo la voce adesso, cosa ci resterà da difendere? A un certo punto dobbiamo smettere di guardare tutto andare in pezzi e cominciare a trovare il modo di restare uniti.
Poi arriva “Singularity”, dove la minaccia umana sembra assumere una forma diversa. I robot non sono più semplicemente strumenti creati dalle persone: sembrano prendere il controllo del mondo, funzionando senza alcun reale bisogno degli esseri umani. Fabbriche, formazioni militari e performer robotici creano un ambiente sempre più freddo, mentre blocchi digitali e avvisi di guasti al sistema suggeriscono un mondo che sta sfuggendo al controllo umano. La domanda non è più soltanto che cosa stiamo facendo gli uni agli altri, ma che cosa succederà quando la tecnologia che abbiamo creato non avrà più alcun bisogno di noi.
C’è un altro dettaglio che ha attirato la mia attenzione in questi tre video: Al stesso. Non compare esattamente nello stesso modo ogni volta. In “Burned Out” vediamo l’Al di oggi, che attraversa un mondo sempre più fuori di testa. In “We Hate” appare come una presenza più forte e guida, alla testa della carica contro la realtà politica che si sviluppa intorno a lui. E in “Singularity” diventa lui stesso un robot. Quest’ultima immagine solleva una domanda interessante. Al ci sta mostrando quanto sia facile diventare parte dello stesso sistema contro cui stiamo combattendo? Sta suggerendo che la tecnologia possa trasformare i suoi creatori in estensioni della macchina? Oppure è un altro modo per chiedersi se stiamo già perdendo qualcosa di umano nel mondo che stiamo costruendo? Non credo che debba esserci un’unica risposta definitiva. Ciò che conta è il contrasto tra le tre versioni di Al, che passa da osservatore a presunto leader e infine a parte della macchina stessa.
Il contrasto con la copertina completa il percorso visivo. Da una parte abbiamo mondi artificiali, personaggi grotteschi, caricature politiche e stimoli visivi incessanti. Dall’altra, un semplice ritratto in bianco e nero di un uomo che ci guarda dritto negli occhi. Forse è questa l’immagine più adatta con cui lasciarci: quella di un artista ancora abbastanza curioso da esplorare qualcosa di nuovo, ancora disposto a sfidare il mondo che lo circonda, ma sempre più pronto ad allontanarsene. Dopo tutti questi anni, Al continua a porre domande scomode. La differenza è che questa volta potrebbe prepararsi a lasciarci trovare le nostre risposte.
La musica e la propaganda
Prima di entrare nei messaggi che si nascondono dietro la musica, diamo un’occhiata a chi suona nell’ultimo album dei Ministry e a quello che ci aspetta dal punto di vista musicale.
Hate To Go (Take Out Or Delivery) riunisce volti familiari per un ultimo capitolo. Accanto ad Al Jourgensen troviamo Monte Pittman e Cesar Soto alle chitarre, Paul D’Amour al basso, John Bechdel ai sampler e ai sintetizzatori e Pepe Clarke Magaña alla batteria. Al li ha definiti personalmente tutti delle grandi anime e sembra sinceramente contento di come sono andate le cose e di come questa formazione abbia lavorato insieme. C’è anche un’ultima collaborazione con un nome familiare del passato dei Ministry: Paul Barker, che torna in “We’re Still Here”, il brano che chiude l’album. Riaverlo in questo capitolo finale aggiunge al disco un altro legame con la storia della band.
Musicalmente, sono i Ministry che fanno quello che sanno fare meglio: industrial metal pesante, chitarre distorte, batteria martellante, elettronica e la voce inconfondibile di Al che si fa strada attraverso il caos. Ma per me la musica non è mai stata soltanto una questione di chitarre, velocità o pura aggressività. Sotto la superficie c’è sempre stato qualcos’altro, ed è qui che entrano in gioco i sample. Come al solito, Hate To Go (Take Out Or Delivery) ne è pieno. Voci provenienti dalla politica, dai media e dal mondo in generale si intrecciano con la musica, a volte comparendo per pochi secondi prima che la successiva esplosione sonora prenda il sopravvento. Ma quei momenti contano. Danno un contesto ai brani, collegano la musica alla realtà a cui Al sta reagendo e aggiungono livelli di significato che rendono più forte l’esperienza nel suo complesso. A volte un sample rafforza ciò che dicono i testi; altre volte introduce un’altra idea, crea una contraddizione o ti lascia a chiederti cosa si nasconda dietro le parole. La musica ti colpisce per prima, ma i sample ti danno altro su cui riflettere quando cominci ad andare più a fondo. Ed è una delle cose che ho sempre amato dei Ministry. Puoi ascoltare la musica per la sua pura energia e aggressività, ma puoi anche seguire le voci, i testi e i riferimenti, cercando i collegamenti tra loro. Spesso succede molto più di quanto si riesca a cogliere al primo ascolto. Quindi, passiamo alla propaganda.
Crickets:
Hate To Go non perde tempo e va subito al sodo. “Crickets” esce dagli altoparlanti come una carica, con un suono che mi riporta dritto a The Land of Rape and Honey: ritmi industriali inquieti, un andamento veloce e le urla psicotiche di Al che tagliano il rumore. Non c’è un’introduzione delicata, né il tempo di ambientarsi. I Ministry sono tornati nella stanza e qualcuno ha qualcosa da dire. C’è anche un ospite davvero speciale: Barack Obama, il cui discorso campionato rafforza il messaggio del brano sulla responsabilità che accompagna la libertà. Ma il dettaglio che cattura davvero la mia attenzione è nascosto sotto il ritornello. Sentiamo “We said we’d change, we never change”, ma ascoltando attentamente sembra emergere sotto un’altra frase: “We never retreat”. Per me è qui che il brano diventa particolarmente interessante. Non cambiamo mai perché ci rifiutiamo di ammettere quando abbiamo torto; non arretriamo mai perché ammettere la sconfitta significherebbe affrontare i nostri errori. Continuiamo a ripetere le stesse promesse, a trovare le stesse scuse e a seguire gli stessi schemi distruttivi, convincendoci che in qualche modo questa volta le cose saranno diverse. I grilli diventano il simbolo di quel silenzio: il suono che riempie lo spazio quando qualcuno dovrebbe parlare, ma nessuno lo fa. E quando la voce campionata avverte che, se la dittatura dovesse prendere piede, non ci sarebbe nessuno da incolpare se non noi stessi, il messaggio diventa impossibile da ignorare. Non possiamo dare per scontato che la libertà sarà sempre lì. Richiede partecipazione, responsabilità e, a volte, la volontà di alzarsi dal divano e far sentire la propria voce.
“Crickets” stabilisce il tono di ciò che segue. La rabbia è già presente, ma sotto c’è una frustrazione rivolta contro noi stessi. Quante volte possiamo assistere agli stessi errori prima di decidere finalmente che ne abbiamo abbastanza?
Voices of Hate:
Il ritmo continua e i Ministry alzano il volume dello scontro politico. “Voices of Hate” è diretta, aggressiva e senza scuse. Si apre con un “FUCK OFF” scandito lettera per lettera, chiarendo le proprie intenzioni prima ancora che il brano abbia il tempo di partire davvero. Le voci in questione sono ovunque: radio, televisione, giornali, politici e governi che diffondono paura presentandosi come la soluzione al caos che loro stessi contribuiscono a creare. Il brano attacca la macchina che mantiene in moto questo ciclo, in cui l’intimidazione diventa uno strumento politico e l’aggressività viene spacciata per forza. Una delle sue affermazioni più dirette è che l’unico modo per sconfiggere i bulli fascisti è affrontarli e mandarli affanculo. Qui non c’è nessuna metafora elaborata da decifrare. A volte i Ministry vogliono trascinare un’idea alla luce, indicarla direttamente e dirle esattamente dove può andare. Quello che sento sotto tutto questo è una fissazione tipica dei Ministry: la lotta contro le forze che vogliono controllarci e la necessità di smettere di permettere loro di dettare le condizioni delle nostre vite. Le voci ripetute diventano quasi impossibili da evitare, come se il rumore arrivasse contemporaneamente da ogni direzione. La risposta, almeno nel mondo di questo brano, è tagliare i fili e smettere di lasciare che l’odio domini la conversazione.
È una dichiarazione di resistenza diretta, pronunciata con quel tipo di aggressività che i Ministry affinano da decenni. Che si tratti di propaganda politica o di un’altra forma di controllo, il messaggio rimane lo stesso: il silenzio e l’obbedienza non faranno sparire il problema.
Clown Car:
Poi arriva “Clown Car”, e questo brano ti fa esplodere la testa.
La sensazione è quella di essere intrappolati in un’auto che corre troppo veloce, senza alcun controllo su dove stia andando. C’è qualcosa di quasi cinematografico, come in un film horror in cui i clown dovrebbero farti ridere ma finiscono per terrorizzarti. L’immagine è ridicola, ma la realtà che nasconde non ha niente di divertente. Quanti clown puoi mettere in una sola auto? A quanto pare, abbastanza da portarla verso uno schianto spettacolare. La musica dà slancio alla metafora. Riesco quasi a sentire il veicolo che accelera, la strada che scompare sotto di lui e la certezza che qualcosa stia andando terribilmente storto. I sample che coinvolgono figure storiche come Franklin Delano Roosevelt, JFK e Martin Luther King Jr. aggiungono un altro livello a questa follia, portando il peso della storia politica in un brano che altrimenti sembra un cartone animato particolarmente delirante. Ciò che fa funzionare l’idea è il contrasto tra l’assurdità dell’immagine e le conseguenze di chi è al volante. I clown possono sembrare ridicoli, ma sono comunque loro a guidare l’auto. E tutti noi siamo a bordo con loro. Nella scrittura politica dei Ministry c’è sempre stato un senso dell’umorismo nero, e “Clown Car” gli lascia molto spazio per scatenarsi. Il brano trasforma il caos politico in una corsa fuori controllo, facendoti ridere della pura stupidità di tutto questo prima di ricordarti che lo schianto potrebbe essere reale. La battuta è che al comando ci sono i clown. La parte terrificante è che siamo tutti in macchina. Ma forse esiste un’altra possibilità: che un giorno l’auto non sia più guidata da questi clown. E credo sia proprio questo che Al spera, insieme a molti altri che condividono la sua frustrazione. Perché il punto non è semplicemente guardare il mondo schiantarsi e andare a fuoco. È riprendere il controllo prima che accada.
We Hate:
“Let’s keep it simple.” Questo è più o meno l’atteggiamento di “We Hate”, che prende la frustrazione politica che attraversa l’album e la trasforma in un vero e proprio coro collettivo. Il brano prende di mira Donald Trump senza preoccuparsi di nascondere il proprio disprezzo. Gli insulti arrivano uno dopo l’altro e il ripetuto “We hate” diventa un grido di battaglia, con quell’energia collettiva che ti fa immaginare una folla che lo urla di rimando dal palco. I passaggi in tedesco nel ritornello sono esilaranti per me e precisi al dettaglio. E gli addii in più lingue contribuiscono alla sensazione di un congedo teatrale, come se il brano volesse rispedire al mittente il proprio bersaglio nel maggior numero possibile di lingue. Ma sotto gli insulti c’è una preoccupazione più seria. Il contrasto tra democrazia e autocrazia è centrale nel brano, e uno dei passaggi campionati lancia un messaggio amaro a chi ha ignorato gli avvertimenti su ciò che sarebbe potuto accadere. La rabbia non è diretta soltanto contro chi detiene il potere, ma anche contro una società capace di vedere il pericolo avvicinarsi e permettere comunque che accada. Musicalmente, il tono più lento, quasi da canzone di protesta, conferisce al brano un carattere diverso rispetto all’assalto iniziale dell’album. Lascia spazio alle parole per arrivare a destinazione, mentre il ritornello ripetuto trasforma la frustrazione individuale in qualcosa di collettivo. Naturalmente, l’odio è uno strumento rozzo, e il brano non cerca di nasconderlo. Non è un’argomentazione politica attentamente equilibrata. È un’esplosione di disgusto diretta contro una figura diventata simbolo di tutto ciò che il brano vuole respingere. E poi c’è quel senso finale di congedo. A tutti viene detto di mantenere la calma; a quanto pare, sarà tutto finito presto. Che questo suoni rassicurante o profondamente inquietante probabilmente dipende da quanta fiducia è rimasta in chi fa queste promesse.
Delete:
Se “We Hate” parla di rabbia politica, con sample che suonano come avvertimenti drammatici, “Delete” sposta l’attenzione su qualcosa che molti di noi portano in tasca ogni giorno: lo smartphone. Il brano prende di mira i social media e il modo in cui si sono infiltrati nelle nostre vite, divorando la nostra attenzione mentre ci convincono di essere più connessi che mai. TikTok, Facebook, YouTube, Instagram, Snapchat, Twitter… Le piattaforme vengono nominate una dopo l’altra, creando la sensazione di un flusso interminabile di rumore che non ci concede mai un momento per respirare. La domanda è: i social media ci stanno rendendo più stupidi? La frase “You’re not paying for the product, you are the product” arriva dritta al cuore del problema. Cediamo il nostro tempo, la nostra attenzione e le nostre informazioni personali, mentre qualcun altro studia il modo di trasformarli in denaro. Nel frattempo, le persone inseguono like, follower e la promessa di diventare la prossima grande star, spesso senza fermarsi a chiedersi quanto valga davvero tutto questo. C’è qualcosa nel brano che mi riporta anche al lavoro di Al con Surgical Meth Machine. La stessa sensazione di osservare un sistema che ci vende un altro miracolo, un’altra soluzione rapida, un’altra truffa mascherata da opportunità. Arriva la prossima grande novità, ci caschiamo e, prima ancora di aver capito cosa sia successo, ce n’è già un’altra dietro l’angolo. Il comando ripetuto “DELETE” sembra un tentativo di spezzare il ciclo. Cancella l’app, elimina l’account, cancella la spazzatura che ti riempie la testa. Ma poi arriva la risposta: “I’m sorry, we cannot delete.” La via d’uscita, all’improvviso, sembra meno semplice. Possiamo voler spegnere tutto, ma le abitudini e i sistemi che abbiamo costruito attorno a queste piattaforme non si cancellano così facilmente. Quello che trovo particolarmente efficace è il modo in cui la ripetizione comincia ad assomigliare proprio alla cosa che il brano critica. Il rumore si accumula, le richieste continuano ad arrivare e la traccia diventa quasi opprimente quanto lo scorrimento infinito dello schermo.
È rabbiosa, sarcastica e volutamente eccessiva. Ma sotto tutti gli insulti c’è una domanda autentica: quanta parte delle nostre vite siamo disposti a consegnare a una macchina progettata per tenerci con gli occhi incollati a essa?
Grifter:
Con “Grifter” il ritmo cambia e la rabbia assume un volto più personale. La parola stessa ci dice con chi abbiamo a che fare: qualcuno che si guadagna da vivere ingannando gli altri. Qui il truffatore è un personaggio che usa la paura, la vendetta e l’odio per ottenere ciò che vuole, riuscendo in qualche modo a presentarsi come la vittima per tutta la durata della sua messinscena. La prospettiva in prima persona rende il brano particolarmente sgradevole. Non stiamo ascoltando qualcuno che descrive un manipolatore da una distanza di sicurezza. Stiamo sentendo il manipolatore parlare in prima persona, vantarsi del proprio modo di agire e rivelare la bruttura che si nasconde dietro la recita. Ci sono riferimenti al privilegio, al risentimento e a un’infanzia in cui il protagonista, a quanto pare, non ha ricevuto abbastanza affetto. Poi arriva la solita scusa: “Mommy and Daddy didn’t hug me enough.” È un tentativo quasi patetico di spiegare il comportamento, ma in questo contesto sembra meno una confessione di vulnerabilità che un altro trucco per evitare di assumersi le proprie responsabilità. Ed è questo a rendere il personaggio così inquietante. Ogni torto subito diventa una scusa. Ogni ferita diventa un’arma. Il protagonista vuole obbedienza attraverso la paura, si nutre di vendetta e sembra incapace di riconoscere un limite al proprio appetito.
“I GET MY OBEDIENCE THROUGH FEAR… RETRIBUTION, REVENGE, AND HATE,
THIS IS MY WORLD, THIS IS MY FATE.”
Per me, il brano descrive Trump alla perfezione. Il ritratto è esagerato e teatrale, ma la parola grifter coglie qualcosa di molto specifico nel tipo di figura politica che trasforma la manipolazione in un’attività commerciale e il vittimismo in una scusa permanente. Alla fine di questa storia non c’è alcuna redenzione ad aspettare. Il bisogno di ammirazione rimane, la fame rimane e il pozzo senza fondo continua a essere senza fondo. I Ministry hanno sempre capito il potere di lasciare che un personaggio si riveli attraverso le proprie parole. Qui, il risultato è il ritratto di qualcuno che vuole essere amato dal mondo mentre fa tutto ciò che è in suo potere per rendere impossibile quell’amore.
The White Man Lied:
Dopo tutto il rumore, le accuse e il teatro politico, “The White Man Lied” ci porta verso un tipo diverso di rabbia. Una rabbia radicata nella storia, nella terra e nella sopravvivenza di un popolo. Il brano si concentra sugli Osage, fondando il proprio messaggio sull’identità indigena prima di tornare più volte alla sua accusa diretta: “The white man lied.”Non c’è alcun tentativo di addolcire le parole o rivestire la storia con un linguaggio educato. L’accusa è il punto centrale. Quello che mi colpisce è il contrasto tra la profanazione descritta nel brano e il rifiuto di rinunciare all’orgoglio. Il testo chiede che cosa possa mai aver giustificato la distruzione delle comunità indigene e dei loro modi di vivere. Che cosa c’era di così sbagliato in queste persone da rendere necessario attaccarne la terra, la cultura e l’identità? La risposta offerta dal brano è devastantemente semplice: “Evil does not follow a prayer / Evil follows greed.” Elimina ogni giustificazione e mette a nudo la brama di ricchezza e potere. Dietro il linguaggio della rettitudine, il brano vede qualcosa di molto più comune e molto più distruttivo: l’avidità. Eppure “The White Man Lied” non è soltanto una canzone su ciò che è stato portato via. La ripetuta affermazione dell’identità Osage e l’insistenza sul fatto che l’orgoglio rimane le conferiscono un’altra dimensione. Il danno viene riconosciuto, ma non ha cancellato il popolo al centro della storia. Musicalmente, trovo particolarmente sorprendente il modo in cui il ritmo cresce. C’è una qualità quasi malata, danzante, una sensazione di movimento che si scontra in modo inquietante con l’argomento trattato. E poi c’è qualcosa sullo sfondo che cattura il mio orecchio: un suono dietro le voci che sembra quasi un gruppo di persone che respira all’unisono.
Breathe. Ascolta lo sfondo: Breathe.
È un piccolo dettaglio, ma aggiunge alla traccia un’altra presenza fisica. Il brano non si limita a lanciare un’accusa; sembra che qualcosa sia ancora vivo dietro di essa, ancora capace di respirare dopo tutto quello che è successo. La menzogna viene ricordata, il danno non viene dimenticato, ma il popolo è ancora qui.
Singularity:
Quando arriviamo a “Singularity”, i Ministry si rivolgono a un’altra forma di minaccia: la tecnologia che stiamo costruendo, il potere che le stiamo cedendo e la possibilità che, alla fine, potremmo non riuscire più a riprendercelo. Il brano sembra un avvertimento sul futuro, ma ciò che lo rende inquietante è quanto le sue paure siano legate al presente. Siamo già intrappolati in routine che lasciano poco spazio al pensiero, lavorando e ripetendo le stesse azioni semplicemente per sopravvivere. L’idea che le macchine possano arrivare a decidere che non siamo più utili sembra meno un incubo del tutto separato dalla realtà e più un’estensione estrema di un mondo che già misura le persone in base alla loro utilità. La dichiarazione ripetuta “We are in control” diventa sempre più inquietante man mano che la traccia procede. Chi sta parlando? Chi ha davvero il controllo? E per quanto tempo si può continuare a ripetere che va tutto bene prima che le parole perdano ogni significato? Le voci diventano più minacciose e si spingono verso l’idea che le macchine possano controllare i nostri pensieri e decidere che l’umanità starebbe meglio da morta. Inizialmente, la risposta di Al sembra quasi assurdamente contenuta: “That’s problematic.” È il tipo di reazione asciutta che in un altro contesto potrebbe far ridere. Qui, però, diventa sempre più difficile mantenere l’umorismo man mano che le implicazioni si fanno più cupe. Poi la risposta cambia in “That’s fucking tragic.” Per me, questo passaggio è il cuore del brano. Quella che comincia come un’osservazione apparentemente distaccata si trasforma in qualcosa di più vicino al dolore. La possibilità di perdere il controllo non è più un problema tecnico astratto. È una tragedia per le persone che hanno creato il sistema, si sono fidate di esso e alla fine hanno scoperto che forse non c’è più posto per loro al suo interno. Quando Al parla di IA nella nostra intervista, esprime sia fascino sia paura. “Singularity” porta queste preoccupazioni nella musica, spingendole fino alla loro conclusione più oscura. Qui sento qualcosa di molto vicino a Terminator: la paura di creare qualcosa che non siamo in grado di controllare e di scoprirne le conseguenze quando ormai è troppo tardi. Se il futuro si svolgerà davvero così è un’altra questione. Ma la paura che anima il brano è molto reale, e l’avvertimento finale su un evento capace di provocare l’estinzione lascia poco spazio al conforto. La possibilità più inquietante non è semplicemente che le macchine possano diventare potenti. È che continuiamo a cedere il controllo finché non riconosciamo più quanto abbiamo rinunciato.
Burned Out:
“Burned Out” sembra il momento in cui tutto ciò che si è accumulato nel corso dell’album diventa finalmente troppo. Il titolo dice tutto. Guardati intorno: guerre, crisi umanitarie, corruzione politica, distruzione ambientale, violenza domestica, propaganda e un flusso infinito di informazioni che ci parla del prossimo disastro prima ancora che abbiamo avuto il tempo di elaborare quello precedente. È difficile non sentirsi esausti davanti a tutto questo. Il brano cattura la sensazione di vivere in un mondo in cui verità e menzogne sono diventate sempre più difficili da distinguere, dove ogni nuova notizia sembra offrire un altro motivo per disperarsi. Il passaggio parlato diventa una valanga di crisi, passando rapidamente da un paese e da un problema all’altro. Non c’è quasi il tempo di assimilare una cosa prima che ne arrivi un’altra. Ed è proprio questo a rendere efficace il passaggio. Ricrea la sensazione di essere sopraffatti dalle notizie, scorrendo una catastrofe dopo l’altra finché la portata di tutto diventa quasi impossibile da comprendere. Eppure il brano si rifiuta di permettere che l’esaurimento diventi una scusa per non fare nulla. Sotto la frustrazione c’è un messaggio più diretto: non importa se ci identifichiamo con la sinistra o con la destra, se non siamo in grado di riconoscere i pericoli che riguardano tutti noi. Le divisioni politiche possono essere reali, ma non fanno sparire i problemi del mondo. Alla fine la rabbia esplode. Al sembra stufo marcio di vivere in un mondo pieno di merda, e la descrizione dei responsabili come parassiti rende inequivocabile il suo disprezzo. Sono forze che si nutrono del sistema e non sembrano mai soddisfatte, per quanto danno provochino. Quello che sento in “Burned Out” non è semplice pessimismo. È l’esaurimento di qualcuno a cui importa ancora abbastanza da arrabbiarsi. Se Al avesse smesso di preoccuparsene, avrebbe ben poco senso urlare su tutto questo. Il brano non finge di offrire una soluzione facile. Guarda il caos, riconosce quanto sia difficile sfuggirgli e insiste sul fatto che l’isolamento non ci salverà. Il suo appello all’unità è quasi disperato, come se l’unico modo per andare avanti fosse riconoscere che stiamo affrontando tutti la stessa tempesta.
Il mondo ci sta esaurendo, ma arrendersi è proprio ciò che il brano si rifiuta di fare. E siamo tutti morti se non ci uniamo tutti. La tua sanità mentale viene negata e presto non ci sarà più libertà di parola.
We’re Still Here:
E poi, dopo tutta la rabbia, il rumore e lo scontro, l’album si chiude con “We’re Still Here”. Il cambio di ritmo è immediato. È un brano più lento e riflessivo, e il ritorno di Paul Barker aggiunge un altro livello di significato a questo capitolo finale. Dopo un album che passa tanto tempo a confrontarsi con il mondo esterno, la traccia conclusiva sembra guardare a ciò che resta quando le urla si sono spente. Anche il suono di “We’re Still Here” ha attirato la mia attenzione. In questo brano il basso sembra più in primo piano, quasi come se gli fosse stato concesso più spazio per respirare. Forse è un piccolo dettaglio, ma l’ho notato e, in una canzone che riporta Barker nella storia, mi sembra particolarmente azzeccato. I testi sono frammentati e a volte difficili da interpretare con precisione. Le immagini di corruzione, rabbia, un suono di qualcosa che si spacca e un nucleo esposto danno l’impressione di un mondo che si sta disfacendo. In alcune parole c’è bellezza, ma non è mai una bellezza rassicurante. Anche la luce sembra arrivare in frammenti spezzati, anziché presentarsi come un’alba gloriosa che promette che andrà tutto bene. E poi arriva il ritornello: “We’re still here.” Tre parole che, dopo tutto ciò che le precede, hanno un peso considerevole. L’album ci ha portati attraverso il silenzio politico, l’odio, la manipolazione, l’avidità, la paura tecnologica e l’esaurimento di vivere in un mondo che sembra deciso a mettere alla prova i nostri limiti. Ora, invece di lanciare un’altra accusa, i Ministry fanno una semplice dichiarazione di sopravvivenza. Il passaggio successivo rende più chiara questa sensazione: “Through the rage a light cracks open” e “through the ages, we still exist.” Il coro italiano aggiunge un altro dettaglio bellissimo con “Non ho perso speranza” (non ho perso la speranza). E con Al che urla che siamo ancora qui, quel basso potente sotto e i frammenti di sample, il brano diventa molto più potente. C’è qualcosa di profondamente commovente nell’ascoltare queste parole proprio qui. La speranza non viene presentata come una risposta semplice ai problemi sollevati nel corso dell’album. Non cancella il danno, non promette giustizia e non garantisce che le cose miglioreranno. È semplicemente il rifiuto di accettare che tutto sia perduto. Ma il ripetuto “Too long” complica questa speranza. Troppo tempo ad aspettare? Troppo tempo a sopportare le stesse ingiustizie? Troppo tempo a sentirsi dire che il cambiamento sta arrivando? La frase resta sospesa sugli ultimi momenti come un promemoria del fatto che sopravvivere, da solo, non basta. Le persone possono restare in piedi ed essere comunque esauste per quanto a lungo hanno dovuto lottare. È questa tensione a far funzionare il finale, per me. “We’re Still Here” non trasforma improvvisamente i Ministry in una band convinta che tutto andrà bene. La rabbia è ancora lì, e così la stanchezza. Ma sotto entrambe c’è qualcosa che si rifiuta di scomparire. E forse è questo il modo più adatto per i Ministry di chiudere questo capitolo. Non con una parata della vittoria, non con una soluzione ordinata e certamente non suggerendo che il mondo abbia imparato la lezione.
L’evoluzione della rabbia e la guarigione delle vecchie ferite
Una cosa che amo particolarmente è come sia cambiato nel corso degli anni il modo in cui Al sceglie le parole. Durante la trilogia di Bush, definiva George W. Bush un pezzo di merda, un terrorista, malvagio, un brutale dittatore e così via. Ora, con Trump, ha a che fare con un truffatore e un uomo delirante. Ahahahah! Ma non è l’unico modo in cui descrive Trump: lo chiama anche puttana, idiota, ladro e in tanti altri modi. Mi piace come Al continui a trovare nuovi modi per descrivere le persone contro cui combatte da così tanto tempo. I bersagli possono cambiare, ma la rabbia e la sua scelta di parole così colorita non sono scomparse.
E poi c’è Paul Barker. Averlo di nuovo in Hate To Go (Take Out Or Delivery) sembra significare molto più di un’altra collaborazione. Questi due hanno una storia enorme alle spalle, e sentirli condividere di nuovo una canzone ha un significato speciale. Per me, suggerisce che il tempo possa guarire le ferite e che anche le persone con un passato complicato possano, alla fine, affrontare le proprie differenze e andare avanti. Quale modo migliore per concludere questo viaggio se non con un’ultima canzone insieme?
La dichiarazione personale definitiva
La mia conclusione?
Questo è un album della madonna, e non sto scherzando quando dico che probabilmente è il miglior album dei Ministry di sempre. È ricco di significato, energico, aggressivo, a volte veloce, a volte lento, e pieno di suoni così intensi da trascinarti in un fottuto viaggio fin dal primo ascolto, lasciandoti con la voglia di riascoltarlo non appena finisce. La voce di Al passa da urla disperate, quasi psicopatiche, a uno shouting più controllato, fino ad assumere il tono di un avvertimento prima di lasciare spazio alla stanchezza, con un senso di ottimismo che continua a restare sotto traccia. La batteria picchia duro, con la doppia cassa che offre un supporto fondamentale, mentre il basso rafforza la musica e ne accentua il carattere drammatico. Ci sono momenti in cui vuoi solo saltare, scuotere la testa e urlare insieme alla musica, e altri in cui l’atmosfera, i campionamenti, i cambi nei ritmi delle chitarre e quegli assoli catturano tutta la tua attenzione, trascinandoti più a fondo nella musica e facendoti, a volte, fermare un momento a riflettere. E sentire quel suono familiare del rullante tornare quasi del tutto è davvero la ciliegina sulla torta.
Quello che ho sempre amato dei Ministry è che ogni album ha una propria identità. Ogni volta che usciva un nuovo disco, era una sorpresa. E a ogni annuncio di una nuova uscita cominciavano a frullarmi in testa sempre le stesse domande. Quali sample userà Al questa volta? Chi attaccherà? Che cosa lo farà soffrire? Quale simbolismo introdurrà? E che cazzo si inventerà la prossima volta? Al aveva parlato di concludere questo viaggio con Hopiumforthemasses, descrivendolo come un album molto valido. Sono d’accordo con questa valutazione. Ma per me Hate To Go (Take Out Or Delivery) va oltre. È molto più di un disco finale: porta nel presente una parte enorme della storia musicale di Al e accompagna i Ministry verso l’uscita con un vero botto, senza sminuire l’eredità della band né tutto ciò che lui ha creato lungo il percorso. Dai Ministry ai Revolting Cocks, ai Surgical Meth Machine e a tutti gli altri progetti che portano la sua impronta, dietro l’uomo che conosciamo e amiamo come Uncle Al Jourgensen c’è un universo musicale immenso.
Con Hate To Go (Take Out Or Delivery), l’album è pieno di easter egg, fantasmi del passato dei Ministry e riferimenti agli altri progetti di Al. I sample e i dettagli nascosti conferiscono alla musica e ai testi una dimensione quasi cinematografica, facendo sembrare questo capitolo finale un viaggio attraverso il mondo che Al ha trascorso decenni a creare. ¨The Last Sucker¨, “New World Order”, “End of Days”, “So What”… e tanti, tantissimi altri. I riferimenti sono disseminati in tutto l’album: a volte sono evidenti, altre volte nascosti nella musica, nei sample o nei testi. Riconoscere un suono familiare o scoprire un collegamento riporta improvvisamente un piccolo pezzo del passato dei Ministry nel presente. È quasi come se Al avesse aperto ancora una volta, per l’ultima volta, le porte del suo intero universo musicale. Il numero di easter egg sparsi per questo album mi fa anche chiedere perché Al non lo abbia pubblicato a Pasqua invece che il giorno prima di Halloween. Hahahaha! Scherzi a parte, sono sicuro che gli ascoltatori continueranno a scoprire cose anche molto tempo dopo i primi ascolti. Non ho intenzione di spiegare ogni riferimento in questa recensione. Preferisco lasciare che ognuno si faccia il proprio viaggio attraverso l’album, crei i propri collegamenti e scopra quei piccoli dettagli da solo. C’è qualcosa di speciale nel riconoscere un suono o un sample familiare senza che qualcuno debba fartelo notare. Quindi mettiti le cuffie, alza il volume e lascia che la musica faccia il suo lavoro dentro il tuo cervello. Perché lì dentro ci sono altre gemme nascoste che, se ascolti attentamente, ti faranno esplodere la testa.
Quando i testi colpiscono nel segno: “Burned Out” e “Delete”
Questo album mi ha colpito a un livello profondamente personale perché, per me, i suoi temi non sono soltanto concetti politici astratti. Rispecchiano battaglie reali che ho combattuto nella mia vita.
Quando ascolto “Burned Out”, non sento una storia inventata. L’ho vissuta. Io e mia moglie abbiamo gestito un piccolo ristorante per tre anni. Mi sono fatto un mazzo così da solo in cucina: cucinando, facendo la spesa e pulendo, mentre lei si occupava della sala e di tutte le responsabilità che ne derivano. Avevamo una passione inesauribile e una vera competenza nel nostro mestiere, ma nel sistema di oggi la passione non basta. Tra tasse governative soffocanti, costi del lavoro e inflazione alimentata dalle grandi aziende, il sistema è strutturato per far fallire i piccoli lavoratori indipendenti. Dai tutto quello che hai, ti ammazzi di lavoro cercando di restare a galla e, alla fine, la pressione ti porta al limite, fino a una grave depressione. È qui che entra in gioco “Delete”. La canzone mette a nudo una realtà fredda: viviamo in un mondo dominato dalle aziende, dove la sostanza, il duro lavoro e il cuore autentico vengono messi da parte in favore di tasche profonde, hype artificiale e apparenze appariscenti. Le grandi corporation, con capitali illimitati, comprano visibilità, mentre le persone vere che dedicano la propria vita al mestiere vengono rese invisibili e cancellate dal gioco. In questi brani Al non si limita a urlare nel vuoto: descrive esattamente il tritacarne che schiaccia le persone comuni che cercano di sopravvivere al di fuori della macchina aziendale. Non ascolto queste canzoni da estraneo: ci riconosco le cicatrici della mia stessa vita.
L’addio finale
Non posso parlare a nome di ogni metallaro o fan dell’industrial del pianeta, ma so di parlare a nome di milioni di persone quando dico questo:
Grazie, Al. Grazie, Ministry.
Grazie per quarantacinque anni di rumore senza filtri, rabbia politica, umorismo nero, follia assoluta e ribellione incessante. Grazie per averci aperto gli occhi, per averci costretto a mettere in discussione il mondo che ci circonda e per averci dato una colonna sonora con cui sopravvivere ai nostri momenti più bui. Sei un artista nato.
Goditi adesso la tranquillità, la privacy e la vita pacifica che ti sei guadagnato. Vai a radunare le tue capre, Uncle Al. Ci hai regalato un viaggio della madonna, e ora è arrivato il momento di goderti il tuo.
FIN.
Portugués
Ministry – Hate To Go (Take Out Or Delivery): O capítulo final de um império industrial
“Estou de saco cheio pra caralho”: O fim de uma era
Infelizmente, todas as coisas boas chegam ao fim. E desta vez, com o coração apertado e algumas lágrimas começando a brotar nos meus olhos, o que está chegando ao fim não é simplesmente o Ministry, mas toda a trajetória musical de Al Jourgensen.
O último álbum do Ministry, Hate To Go (Take Out Or Delivery), chega hoje, 30 de outubro de 2026, pela Cleopatra Records. Mas Al nunca foi apenas Ministry. Por trás desse nome existe todo um universo de projetos, incluindo Lard, Revolting Cocks, Surgical Meth Machine, 1000 Homo DJs e muitos outros. Depois de 45 anos fazendo música, sua decisão de parar encerra um capítulo inteiro da história da música alternativa, que agora se aproxima de seu ato final.
Para mim, resenhar este álbum é uma experiência estranha e profundamente pessoal. Existe um peso em saber que estas serão as últimas músicas inéditas que ouviremos de um artista cuja música faz parte da minha vida há tanto tempo. Ao mesmo tempo, sinto-me privilegiado por ter a oportunidade de ouvir este capítulo final, explorar o que existe por baixo de sua superfície e compartilhar meus pensamentos com aqueles que acompanharam o Ministry ao longo dos anos. Dizer adeus a algo que significou tanto para você nunca é fácil, especialmente quando você ainda está tentando entender o que essa despedida realmente significa. E talvez seja aí que este último álbum do Ministry começa para mim: não com o fim em si, mas com tudo o que nos trouxe até aqui. A música, a raiva, as perguntas, o simbolismo, as lembranças e as ideias que acompanharam Al ao longo de sua carreira. Porque, antes de nos despedirmos do Ministry, ainda há um último disco para explorar, um que olha para o passado enquanto encara um mundo que, em muitos aspectos, parece estar perdendo o rumo.
Então, antes de mergulharmos em Hate To Go (Take Out Or Delivery), vamos fazer uma última viagem pelo universo industrial de Al Jourgensen. E quero deixar uma coisa bem clara: o que vem a seguir é a minha própria interpretação da música, das letras, dos samples e das imagens. É assim que eu ouço o Ministry, como interpreto as palavras de Al e a maneira como ele as transforma em música, e como tudo isso se encaixa dentro da minha própria cabeça. Você pode ouvir algo completamente diferente. E isso faz parte do que torna a música tão poderosa.
A jornada: das raízes eletrônicas à guerra política

A evolução do Ministry nunca seguiu uma linha reta. Foi um processo constante de transformação, experimentação, destruição e reconstrução. Para entender onde Hate To Go (Take Out Or Delivery) se encaixa, precisamos voltar ao começo, quando a banda soava muito diferente daquela máquina de metal industrial que acabaria se tornando uma das criações mais reconhecíveis de Al Jourgensen.
A jornada começou em 1983 com With Sympathy, um álbum de estreia enraizado no synth pop, na new wave e na música dance. Construído em torno de teclados melódicos, uma produção refinada e os vocais limpos de Al, ele soa quase irreconhecível quando comparado ao Ministry que surgiria mais tarde. Al já falou sobre sua frustração com as circunstâncias que envolveram o álbum e com a sensação de ter perdido o controle sobre sua direção musical. Naquela época, ele ainda estava procurando a própria voz, e o som do Ministry estava muito longe da música agressiva e distorcida que acabaria definindo a banda. Em 1986, Twitch começou a levar o Ministry para um território eletrônico mais sombrio, mantendo elementos do som anterior enquanto introduzia uma atmosfera mais perturbadora. Mas a verdadeira transformação veio com The Land of Rape and Honey, de 1988. As texturas eletrônicas ficaram mais ásperas, os ritmos inspirados no punk impulsionaram a música para a frente e o grito inconfundível de Al começou a surgir. Músicas como “The Missing” combinavam sons estranhos, samples e gritos com eco em algo que parecia menos uma composição musical convencional e mais como ser arrastado para outro mundo. E havia aquele som característico da caixa da bateria, que já começava a se tornar parte da identidade do Ministry que eu viria a reconhecer. Para mim, aquele som parecia o disparo de uma arma de fogo. Com The Mind Is a Terrible Thing to Taste, em 1989, as guitarras ganharam ainda mais destaque, a bateria ficou mais pesada e a música se tornou fisicamente ainda mais agressiva. Quando Psalm 69 chegou em 1992, o Ministry havia desenvolvido um ataque mais rápido e pesado, enquanto Al continuava experimentando com a textura da própria voz. A base industrial continuava lá, mas a influência do metal já era impossível de ignorar. Era o Ministry se tornando uma força musical capaz de atingir você com o peso dos dois mundos. A metade dos anos noventa trouxe outra mudança. Filth Pig deixou de lado parte da intensidade habitual e abraçou um som mais cru, guiado pelo punk. “Reload” atingia com uma franqueza brutal, enquanto “Lava” avançava se arrastando, com uma sensação mais pesada, quase rastejante. Em vez de repetir a fórmula que havia levado o Ministryao sucesso, Al continuou seguindo direções diferentes. Dark Side of the Spoon manteve parte daquele caráter mais sombrio e melancólico, enquanto “Bad Blood” trouxe de volta uma combinação mais reconhecível de eletrônica pesada e o ataque vocal característico de Al.
Então veio 2003 e Animositisomina, um ponto de virada especialmente importante para mim. Foi por meio desse álbum que descobri o Ministry, e ele continua sendo uma parte importante da minha trajetória musical. A banda voltou com uma atitude que parecia próxima do espírito de The Mind Is a Terrible Thing to Taste e Psalm 69: agressiva, pesada, rápida e estranhamente dançante. Era o tipo de música que podia fazer você querer lutar contra o mundo e mexer o corpo ao mesmo tempo. Quando ouvi aquilo pela primeira vez, aquela mistura estranha de sons me deixou pensando no que diabos estava acontecendo. Mas, em algum momento no meio daquela confusão, algo se encaixou. O Ministry abriu uma porta para um mundo musical que eu ainda não havia compreendido por completo e, de repente, a combinação de eletrônica, samples, gritos e bateria estrondosa começou a fazer sentido para mim. Era um som brutalmente agressivo e, ao mesmo tempo, irresistivelmente físico, e eu fiquei fisgado. No ano seguinte, Houses of the Molé pegou aquela agressividade e deu a ela um propósito político mais direto. O início da trilogia de Bush marcou uma mudança em direção a ataques explícitos contra George W. Bush e a máquina política ao redor dele. Os samples de notícias, a bateria de bumbo duplo em velocidade alucinante, as guitarras cortantes e aquele som inconfundível da caixa continuavam ali, mas agora tudo parecia estar mirando o mesmo alvo. A música se tornou um ataque furioso, com a raiva política e a agressividade sonora alimentando uma à outra. Rio Grande Blood levou essa fórmula ainda mais longe em 2006. A velocidade era implacável, as guitarras soavam ferozes e, muitas vezes, a música parecia como se uma multidão inteira tivesse se juntado a Al na luta. Faixas como “Señor Peligro” e “Fear Is Big Business” mostravam uma banda que havia transformado a frustração política em arma. The Last Sucker completou a trilogia em 2007, levando aquela raiva até sua conclusão com um som mais sombrio e compacto. Mas, ao ouvir The Last Sucker, comecei a perceber algo diferente. Para os meus ouvidos, o som da caixa da bateria havia mudado. Parecia mais próximo, e seu impacto já não me provocava a mesma sensação que havia provocado durante tantos anos. Pode parecer um detalhe pequeno, mas, para mim, aquele som fazia parte do que tornava o Ministry tão distinto. Quando algo com que você está tão acostumado começa a soar diferente, você percebe. A música ainda era Ministry, mas eu ouvia uma mudança na maneira como seus elementos familiares me atingiam.
Depois, em 2008, o Ministry lançou Cover Up, uma coleção maravilhosa de versões que pegava músicas de outros artistas e dava a elas o tratamento do Ministry. De “Under My Thumb”, dos Rolling Stones, e “Bang a Gong”, do T. Rex, a “Supernaut”, do Black Sabbath, e “Roadhouse Blues”, do The Doors, o álbum mostrou outro lado do universo musical de Al. E há também “What a Wonderful World”, uma versão brilhante do clássico de Louis Armstrong que leva a música para um lugar que você talvez nunca esperasse. Não eram composições originais do Ministry, mas ouvir músicas conhecidas retrabalhadas por meio do som da banda fazia com que parecessem algo completamente diferente. Para mim, Cover Up merece seu lugar nesta história, mesmo que seja diferente dos álbuns de material original.
Depois de quatro anos de ausência, Relapse chegou em 2012, trazendo o Ministry de volta a um som mais rápido e agressivo, enquanto direcionava parte de sua raiva à indústria musical e à exploração dos artistas. Mas o ano seguinte trouxe uma tragédia que mudou tudo: a morte do guitarrista Mike Scaccia. Lançado mais tarde, em 2013, From Beer to Eternity se tornou um disco marcado pela presença de Scaccia e pelas circunstâncias que envolveram sua criação. A música foi além do thrash implacável, permitindo que texturas eletrônicas mais pesadas e um peso emocional diferente voltassem ao primeiro plano. Por baixo de tudo, havia uma raiva moldada pela perda. Para mim, o caráter emocional da música do Ministry muda aqui. A raiva nem sempre soa como um protesto ou um ataque ao mundo exterior. Em vez disso, ouço sofrimento, tristeza e frustração. Parece mais pessoal, como se a música carregasse um peso que não pode simplesmente ser gritado para longe. Ouça “Punch in the Face” ou “Side Fx Include Mikey’s Middle Finger”, e você vai entender o que quero dizer. É assim que esse álbum fala comigo: por meio de uma mistura de raiva e dor que vai além da sensação habitual de revidar contra o mundo.
Embora não seja um álbum do Ministry, sinto que preciso incluir Surgical Meth Machine nesta história, e você vai entender por quê. Em 2016, Al lançou o projeto sob outro nome, seguindo um caminho diferente enquanto continuava explorando o lado eletrônico agressivo de sua identidade musical. Durante nossa entrevista, ele explicou que o material havia sido originalmente pensado para um álbum do Ministry. No entanto, depois da morte de Scaccia, ele não queria que ninguém pensasse que estava explorando a perda do amigo para ganhar dinheiro, então lançou a música sob o nome Surgical Meth Machine. É um detalhe revelador porque mostra como as circunstâncias pessoais podem mudar o rumo de um projeto, mesmo quando a música já está pronta. Às vezes, o nome na capa carrega um peso que vai muito além do som que sai dos alto-falantes.
Os álbuns posteriores do Ministry continuaram esse processo de mudança. AmeriKKKant seguiu uma direção mais lenta e atmosférica, parecendo menos uma briga direta e mais um aviso sobre o que estava acontecendo ao nosso redor. Moral Hygiene trouxe de volta elementos eletrônicos mais animados e uma energia mais afiada, enquanto Hopiumforthemasses voltou a aumentar o peso e a velocidade, com faixas como “Aryan Embarrassment” e “The TV Song 1/6 Edition”. Olhando para essas décadas, ouço uma banda que nunca parou de mudar, mesmo quando sua raiva permaneceu constante. O Ministry passou do desejo de lutar contra o mundo para algo cada vez mais difícil de ignorar: a sensação de que o próprio mundo estava ficando mais difícil de reconhecer. A raiva nunca desapareceu, mas mudou de forma. Às vezes era explosiva e confrontadora; em outras, tornava-se mais sombria, mais pessoal ou carregada pelo peso da realidade que Al tentava enfrentar. E então, depois de Hopiumforthemasses, aconteceu algo inesperado. Em 2025, Al voltou ao álbum do qual havia passado décadas tentando se distanciar. O Ministry revisitou as músicas de With Sympathy, trazendo de volta as jaquetas de lantejoulas, a atmosfera das pistas de dança e uma identidade musical que parecia pertencer a outra vida. Al descreveu a experiência como genuinamente divertida e como um dos períodos mais felizes de sua carreira. Revisitar aquelas músicas permitiu que ele retomasse algo que havia odiado no passado e finalmente se aproximasse daquilo nos próprios termos. Há algo apropriado nessa reviravolta. Depois de anos de transformação, rejeição e reinvenção, Al encontrou uma maneira de fazer as pazes com uma parte de seu passado que antes havia lhe causado tanta frustração. A história havia completado um círculo, não porque o Ministry estivesse voltando ao seu som original, mas porque seu criador finalmente podia olhar para aquele começo a partir de outro lugar. O que antes representava uma perda de controle havia se tornado algo que ele podia recuperar, apreciar e tocar sem carregar o mesmo ressentimento.
E agora chegamos a Hate To Go (Take Out Or Delivery)
Depois de 45 anos de experimentação, confronto e reinvenção, esta pretende ser a última parada. A jornada levou Al do pop eletrônico ao metal industrial, da frustração pessoal à guerra política, e da rejeição do próprio passado à reconciliação com ele. Agora vem a pergunta final: o que Al Jourgensen escolheu deixar para nós? Al descreveu o disco como uma obra que reúne diferentes partes de sua história musical, com Ministry, Revolting Cocks e Surgical Meth Machine contribuindo, todos eles, para sua identidade. Se o álbum realmente consegue unir essas diferentes eras, é algo que a própria música terá de responder.
A visão: um mundo esgotado, tomado e dividido
Antes de entrar na música propriamente dita, a identidade visual de Hate To Go (Take Out Or Delivery) oferece outro vislumbre do mundo de Al Jourgensen e Ministry.
A capa do álbum chama a atenção pela simplicidade: um retrato em preto e branco com um acabamento fosco sutil, Al olhando diretamente para a lente, com a cabeça ligeiramente inclinada para baixo. Depois de décadas de barulho, provocação e caos visual, há algo incomumente silencioso nessa imagem. Não são necessárias explosões, slogans ou simbologias elaboradas. Al simplesmente está ali, olhando de volta para nós.
Os três vídeos promocionais nos levam a um lugar completamente diferente. “Burned Out”, “We Hate” e “Singularity” usam inteligência artificial para criar mundos exagerados e surreais, nos quais figuras políticas, máquinas, desenhos animados e imagens distópicas colidem. Eles são grotescos, absurdos e deliberadamente exagerados, mas, por baixo da loucura visual, existe um mundo reconhecível: marcado pela divisão política, pela ganância, pela violência, pela dependência tecnológica e pela sensação crescente de que alguma coisa deu muito errado. Como fotógrafo e videomaker, encaro imagens geradas por IA com certo ceticismo. Valorizo as decisões humanas, as imperfeições e o trabalho físico envolvidos na criação de algo. Ainda assim, acho fascinante que, depois de tantos anos levando os limites tecnológicos adiante por meio da música, Al tenha escolhido explorar a IA no fim de sua carreira. E, sinceramente, não estou surpreso. A experimentação sempre fez parte do seu DNA.
Durante nossa entrevista, Al descreveu a experiência de produzir esses vídeos como reveladora, empolgante e assustadora. Mas a empolgação veio acompanhada de preocupações sérias. Al me contou sobre discussões com sistemas de IA quando eles discordavam de suas decisões criativas e, às vezes, se recusavam a seguir suas instruções. Esses encontros o deixaram inquieto, levando-o a questionar o que poderia acontecer quando a tecnologia começasse a ditar o que considera aceitável ou boa arte. Ele também descreveu as restrições que encontrou ao tentar criar imagens politicamente provocativas, que, segundo ele, obrigaram a equipe a procurar em outros lugares os resultados que queria. É uma contradição interessante. Al passou décadas abraçando a tecnologia como ferramenta de expressão musical, mas essa experiência mais recente também o fez questionar os sistemas por trás dela. Como ele mesmo disse, ficou feliz por ter tido a chance de usá-la antes que ela nos usasse. E essa preocupação fica ainda mais interessante quando olhamos para os mundos que esses vídeos criam.
Em “Burned Out”, Alien Jourgensen viaja pelo espaço, assistindo a pornografia alienígena que, infelizmente, continua censurada. Vamos lá, Al, agora você me deixou curioso! Quero saber como é a pornografia alienígena de verdade, hahaha. Mas, quando ele se aproxima da Terra, a piada dá lugar a algo muito mais sombrio. Ele chega a um mundo completamente maluco, cheio de caos, pessoas hipnotizadas pelos celulares, pobreza, ganância e violência. As imagens são exageradas, mas não é difícil reconhecer os problemas por trás delas. O que mais me interessa é o que acontece além da ação principal. Olhe com mais atenção para o fundo e você encontrará detalhes que podem falar mais alto do que as imagens que disputam sua atenção. As pessoas se voltam umas contra as outras, enquanto uma figura que representa a Estátua da Liberdade destrói uma guitarra em chamas. Pense nisso por um momento. A estátua deveria representar a liberdade, mas quanta liberdade realmente temos hoje? Podemos acreditar que somos livres, mas quanto controle temos de fato sobre nossas próprias vidas? A mulher que protesta contra a loucura ao seu redor acrescenta outra camada à imagem: alguém que ainda tenta levantar a voz em um mundo que parece determinado a abafá-la.
“We Hate” desloca o foco para o poder político e a maquinaria que mantém o ódio vivo. Começando dentro de um prédio identificado como “REPUBLICAN HEADQUARTERS”, que para mim parece a casa da Família Addams, o vídeo deixa clara sua direção desde o início. Depois temos “HATE COLA”, aparentemente produzida com o sangue, o suor e as lágrimas dos americanos comuns. O ódio se transforma em produto, algo fabricado e vendido, enquanto quem paga o preço são justamente as pessoas que mantêm o sistema funcionando. Trump aparece aos beijos com um agente do ICE antes de seu rosto se tornar parte de um desfile cada vez mais perturbador de imagens de terror. As referências a O Exorcista e O Iluminado mostram Trump assumindo outras formas aterrorizantes, desde vomitar um líquido verde até recriar o destino congelado de Jack Torrance. À medida que se transforma em diferentes personagens e criaturas, o humor grotesco passa a fazer parte de uma visão mais ampla do poder político, da destruição, da privatização e do controle. Espera-se que as pessoas sigam ordens em vez de questioná-las. Minha interpretação é simples: se não levantarmos a voz agora, o que ainda teremos para defender? Em algum momento, precisamos parar de assistir a tudo desmoronar e começar a encontrar maneiras de permanecer unidos.
Então vem “Singularity”, em que a ameaça humana parece assumir outra forma. Os robôs já não são apenas ferramentas criadas pelas pessoas; parecem estar tomando o controle do mundo, operando sem qualquer necessidade real dos seres humanos. Fábricas, formações militares e artistas robóticos criam um ambiente cada vez mais frio, enquanto bloqueios digitais e avisos de falha do sistema sugerem um mundo escapando do controle humano. A questão já não é apenas o que estamos fazendo uns aos outros, mas o que acontece quando a tecnologia que criamos deixa de precisar de nós por completo.
Há outro detalhe que chamou minha atenção nesses três vídeos: o próprio Al. Ele não aparece exatamente da mesma maneira em cada um. Em “Burned Out”, vemos o Al de hoje, viajando por um mundo que parece cada vez mais fora de controle. Em “We Hate”, ele surge como uma presença mais forte e orientadora, liderando o ataque contra a realidade política que se desenrola ao seu redor. E, em “Singularity”, ele próprio se torna um robô. Essa última imagem levanta uma pergunta interessante. Será que Al está nos mostrando como é fácil nos tornarmos parte do próprio sistema contra o qual lutamos? Será que está sugerindo que a tecnologia pode transformar seus criadores em extensões da máquina? Ou será outra maneira de perguntar se já estamos perdendo algo de humano no mundo que estamos construindo? Não acho que precise existir uma única resposta definitiva. O que importa é o contraste entre as três versões de Al, que passa de observador a aparente líder e, por fim, a parte da própria maquinaria.
O contraste com a capa do álbum completa o percurso visual. De um lado, temos mundos artificiais, personagens grotescos, caricaturas políticas e estímulos visuais incessantes. Do outro, um simples retrato em preto e branco de um homem olhando diretamente para nós. Talvez essa seja a imagem mais adequada para nos deixar: a de um artista que ainda tem curiosidade suficiente para explorar algo novo, que continua disposto a desafiar o mundo ao seu redor, mas que está cada vez mais preparado para se afastar dele. Depois de todos esses anos, Al continua fazendo perguntas desconfortáveis. A diferença é que, desta vez, talvez esteja se preparando para nos deixar encontrar nossas próprias respostas.
A música e a propaganda
Antes de entrar nas mensagens por trás da música, vamos dar uma olhada em quem está tocando no último álbum do Ministry e no que temos musicalmente.
Hate To Go (Take Out Or Delivery) reúne rostos conhecidos para um último capítulo. Ao lado de Al Jourgensen, temos Monte Pittman e Cesar Soto nas guitarras, Paul D’Amour no baixo, John Bechdel nos samplers e sintetizadores e Pepe Clarke Magaña na bateria. Al descreveu pessoalmente todos eles como almas incríveis e parece genuinamente feliz com o resultado e com a maneira como essa formação trabalhou em conjunto. Há também uma última colaboração com um nome conhecido do passado do Ministry: Paul Barker, que retorna em “We’re Still Here”, a faixa que encerra o álbum. Tê-lo de volta neste capítulo final dá ao disco mais uma conexão com a história da banda.
Musicalmente, é o Ministry fazendo o que o Ministry faz de melhor: metal industrial pesado, guitarras distorcidas, bateria potente, eletrônica e a voz inconfundível de Al cortando o caos. Mas, para mim, a música nunca foi apenas sobre guitarras, velocidade ou pura agressividade. Sempre houve algo mais acontecendo por baixo da superfície, e é aí que entram os samples. Como de costume, Hate To Go (Take Out Or Delivery) está cheio deles. Vozes da política, da mídia e do mundo em geral se entrelaçam com a música, às vezes aparecendo por apenas alguns segundos antes de serem engolidas pela próxima explosão sonora. Mas esses momentos importam. Eles dão contexto às músicas, conectam a música à realidade à qual Al está reagindo e acrescentam camadas de significado que tornam a experiência toda mais forte. Às vezes, um sample reforça o que a letra está dizendo; outras vezes, introduz outra ideia, cria uma contradição ou deixa você se perguntando o que existe por trás das palavras. A música atinge você primeiro, mas os samples dão mais coisas em que pensar quando você começa a investigar mais a fundo. E essa é uma das coisas de que sempre gostei no Ministry. Você pode ouvir a música pela pura energia e agressividade, mas também pode acompanhar as vozes, as letras e as referências, procurando as conexões entre elas. Muitas vezes, há muito mais acontecendo do que você percebe na primeira audição. Então, vamos à propaganda.
Crickets:
Hate To Go não perde tempo e já vai direto ao assunto. “Crickets” sai disparada dos alto-falantes com um som que me leva direto de volta a The Land of Rape and Honey: ritmos industriais inquietos, andamento acelerado e os gritos psicóticos de Al cortando o ruído. Não há introdução suave nem tempo para se acomodar. O Ministry está de volta à sala, e alguém tem algo a dizer. Há também um convidado muito especial na forma de Barack Obama, cujo discurso sampleado reforça a mensagem da música sobre a responsabilidade que acompanha a liberdade. Mas o detalhe que realmente chama minha atenção está escondido por baixo do refrão. Ouvimos “We said we’d change, we never change”, mas escute com atenção e outra frase parece surgir por baixo: “We never retreat”. Para mim, é aí que a música fica particularmente interessante. Nunca mudamos porque nos recusamos a admitir quando estamos errados; nunca recuamos porque admitir a derrota significaria encarar nossos próprios erros. Continuamos repetindo as mesmas promessas, dando as mesmas desculpas e seguindo os mesmos padrões destrutivos, enquanto nos convencemos de que, de alguma forma, desta vez as coisas serão diferentes. Os grilos se tornam um símbolo desse silêncio: o som que preenche o espaço quando alguém deveria se manifestar, mas ninguém o faz. E quando a voz sampleada alerta que não haverá ninguém para culpar além de nós mesmos se a ditadura se instalar, a mensagem se torna impossível de ignorar. Não podemos simplesmente presumir que a liberdade estará sempre ali. Ela exige participação, responsabilidade e, às vezes, a disposição de sair do sofá e fazer nossas vozes serem ouvidas.
“Crickets” define o tom do que vem a seguir. A raiva já está presente, mas por baixo dela existe uma frustração conosco mesmos. Quantas vezes podemos assistir aos mesmos erros se repetirem antes de finalmente decidir que chega?
Voices of Hate:
O ritmo continua, e o Ministry começa a aumentar o volume do confronto político. “Voices of Hate” é direta, agressiva e não pede desculpas. A música começa com um “FUCK OFF” soletrado, deixando suas intenções claras antes mesmo de ter tempo de engrenar de verdade. As vozes em questão estão por toda parte: rádio, televisão, jornais, políticos e governos que espalham o medo enquanto se apresentam como a solução para o próprio caos que ajudam a criar. A música ataca a maquinaria que mantém esse ciclo girando, em que a intimidação se torna uma ferramenta política e a agressividade é disfarçada de força. Uma de suas declarações mais diretas é que a única maneira de derrotar os valentões fascistas é enfrentá-los e mandá-los tomar no cu. Não há nenhuma metáfora elaborada para decifrar aqui. Às vezes, o Ministry quer arrastar uma ideia para a luz, apontar diretamente para ela e dizer exatamente para onde ela pode ir. O que ouço por baixo de tudo isso é uma obsessão familiar do Ministry: a luta contra as forças que querem nos controlar e a necessidade de parar de permitir que elas ditem as regras das nossas vidas. As vozes repetidas se tornam quase impossíveis de evitar, como se o ruído viesse de todas as direções ao mesmo tempo. A resposta, pelo menos no universo desta música, é cortar os fios e parar de deixar que o ódio domine a conversa.
É uma declaração direta de resistência, transmitida com o tipo de agressividade que o Ministry vem aperfeiçoando há décadas. Seja propaganda política ou outra forma de controle, a mensagem continua a mesma: o silêncio e a obediência não farão o problema desaparecer.
Clown Car:
Então vem “Clown Car”, e essa é de explodir a cabeça.
A sensação é a de estar preso dentro de um carro viajando rápido demais, sem absolutamente nenhum controle sobre para onde ele está indo. Há algo quase cinematográfico nisso, como um filme de terror em que os palhaços deveriam fazer você rir, mas acabam deixando você apavorado. A imagem é ridícula, mas a realidade por trás dela não tem graça nenhuma. Quantos palhaços cabem em um único carro? Pelo visto, o suficiente para levar tudo a um acidente espetacular. A música dá impulso à metáfora. Quase consigo sentir o veículo acelerando, a estrada desaparecendo sob ele e a certeza de que alguma coisa está dando terrivelmente errado. Os samples envolvendo figuras históricas como Franklin Delano Roosevelt, JFK e Martin Luther King Jr. acrescentam outra camada à loucura, trazendo o peso da história política para uma música que, de resto, parece um desenho animado particularmente desvairado. O que faz a ideia funcionar é o contraste entre o absurdo da imagem e as consequências de quem está ao volante. Os palhaços podem parecer ridículos, mas continuam dirigindo o carro. E o resto de nós está viajando com eles. A escrita política do Ministry sempre teve um senso de humor sombrio, e “Clown Car” dá bastante espaço para ele correr solto. A música transforma o caos político em uma viagem fora de controle, fazendo você rir da pura estupidez de tudo isso antes de lembrar que o acidente pode ser real. A piada é que os palhaços estão no comando. A parte assustadora é que estamos todos dentro do carro. Mas talvez exista outra possibilidade: que um dia o carro deixe de ser dirigido por esses palhaços. E acho que é exatamente isso que Al espera, junto com muitas outras pessoas que compartilham sua frustração. Porque o objetivo não é simplesmente assistir ao mundo bater e pegar fogo. É retomar o controle antes que isso aconteça.
We Hate:
“Let’s keep it simple.” Essa é mais ou menos a atitude de “We Hate”, que pega a frustração política que percorre o álbum e a transforma em um verdadeiro grito coletivo. A música mira Donald Trump sem tentar esconder seu desprezo. Os insultos vêm em sequência, e o repetido “We hate” se transforma em um grito de guerra, com aquela energia coletiva que faz você imaginar uma multidão gritando de volta para o palco. Os trechos em alemão no refrão são hilários para mim e certeiros nos mínimos detalhes. E as despedidas em vários idiomas reforçam a sensação de uma rejeição teatral, como se a música tentasse despachar seu alvo no maior número de línguas possível. Mas por baixo dos insultos existe uma preocupação mais séria. O contraste entre democracia e autocracia é central para a música, e um dos trechos sampleados transmite uma mensagem amarga para aqueles que ignoraram os alertas sobre o que poderia acontecer. A raiva não se dirige apenas à pessoa no poder, mas também a uma sociedade capaz de ver o perigo se aproximando e ainda assim permitir que ele aconteça. Musicalmente, o clima mais lento, quase de canção de protesto, dá à faixa um caráter diferente do ataque inicial do álbum. Ele deixa espaço para as palavras atingirem o ouvinte, enquanto o refrão repetido transforma a frustração individual em algo coletivo. É claro que o ódio é um instrumento bruto, e a música não tenta disfarçar isso. Não é um argumento político cuidadosamente equilibrado. É uma explosão de repulsa direcionada a uma figura que se tornou símbolo de tudo o que a música quer rejeitar. E então há aquela sensação final de despedida. Dizem a todos para manter a calma; aparentemente, tudo vai acabar em breve. Se isso soa tranquilizador ou profundamente inquietante provavelmente depende de quanta fé ainda resta em quem faz essas promessas.
Delete:
Se “We Hate” fala sobre raiva política, com samples que soam como alertas dramáticos, “Delete” volta sua atenção para algo que muitos de nós carregamos no bolso todos os dias: o smartphone. A música ataca as redes sociais e a maneira como elas se infiltraram em nossas vidas, consumindo nossa atenção enquanto nos convencem de que estamos mais conectados do que nunca. TikTok, Facebook, YouTube, Instagram, Snapchat, Twitter… As plataformas são chamadas uma após a outra, criando a sensação de um fluxo interminável de ruído que nunca nos dá um momento para respirar. A pergunta é: as redes sociais estão nos deixando mais burros? A frase “You’re not paying for the product, you are the product” vai direto ao coração do problema. Entregamos nosso tempo, nossa atenção e nossas informações pessoais, enquanto outra pessoa descobre como transformá-los em dinheiro. Enquanto isso, as pessoas correm atrás de curtidas, seguidores e da promessa de se tornarem a próxima grande sensação, muitas vezes sem parar para perguntar quanto tudo isso realmente vale. Há algo na música que também me faz lembrar do trabalho de Al com Surgical Meth Machine. Aquela mesma sensação de observar um sistema nos vender mais um milagre, mais uma solução rápida, mais um golpe disfarçado de oportunidade. A próxima grande novidade chega, caímos nela e, antes mesmo de entendermos o que aconteceu, já há outra esperando logo ali na frente. A ordem repetida de “DELETE” soa como uma tentativa de quebrar o ciclo. Apague o aplicativo, apague a conta, apague o lixo que está enchendo sua cabeça. Mas então vem a resposta: “I’m sorry, we cannot delete.” De repente, a saída já não parece tão simples. Podemos querer desligar tudo, mas os hábitos e sistemas que construímos em torno dessas plataformas não são tão fáceis de apagar. O que considero particularmente eficaz é como a repetição começa a se parecer com aquilo que a própria música critica. O ruído se acumula, as exigências não param e a faixa se torna quase tão sufocante quanto a rolagem infinita da tela.
É raivosa, sarcástica e deliberadamente excessiva. Mas, por baixo de todos os insultos, há uma pergunta genuína: quanto das nossas vidas estamos dispostos a entregar a uma máquina projetada para nos manter olhando para ela?
Grifter:
Em “Grifter”, o ritmo muda, e a raiva ganha um rosto mais pessoal. A própria palavra já nos diz com o que estamos lidando: alguém que ganha a vida enganando os outros. Aqui, o golpista é um personagem que usa o medo, a vingança e o ódio para conseguir o que quer, enquanto consegue se apresentar como vítima durante toda a encenação. A perspectiva em primeira pessoa da música a torna particularmente desagradável. Não estamos ouvindo alguém descrever um manipulador a uma distância segura. Estamos ouvindo o próprio manipulador falar, se gabando de como age e revelando a feiura por trás da atuação. Há referências a privilégios, ressentimento e uma infância em que, aparentemente, o personagem não recebeu afeto suficiente. Então vem a desculpa conhecida: “Mommy and Daddy didn’t hug me enough.” É uma tentativa quase patética de explicar o comportamento, mas, nesse contexto, soa menos como uma confissão de vulnerabilidade e mais como outro truque para fugir da responsabilidade. E é isso que torna o personagem tão perturbador. Cada queixa vira uma desculpa. Cada ferida vira uma arma. O narrador quer obediência por meio do medo, se alimenta de vingança e parece incapaz de reconhecer qualquer limite para o próprio apetite.
“I GET MY OBEDIENCE THROUGH FEAR… RETRIBUTION, REVENGE, AND HATE,
THIS IS MY WORLD, THIS IS MY FATE.”
Para mim, a música descreve Trump com precisão absoluta. O retrato é exagerado e teatral, mas a palavra grifter captura algo muito específico sobre o tipo de figura política que transforma manipulação em negócio e a vitimização em uma desculpa permanente. Não há redenção esperando no fim desta história. A necessidade de admiração continua, a fome continua e o poço sem fundo continua sem fundo. O Ministry sempre entendeu o poder de fazer um personagem se revelar por meio das próprias palavras. Aqui, o resultado é o retrato de alguém que quer que o mundo o ame enquanto faz tudo o que está ao seu alcance para tornar esse amor impossível.
The White Man Lied:
Depois de todo o barulho, das acusações e do teatro político, “The White Man Lied” nos leva a um tipo diferente de raiva. Uma raiva enraizada na história, na terra e na sobrevivência de um povo. A música se concentra nos osage, fundamentando sua mensagem na identidade indígena antes de voltar repetidamente à sua acusação direta: “The white man lied.” Não há nenhuma tentativa de suavizar as palavras ou vestir a história com uma linguagem educada. A acusação é o ponto central. O que mais me chama a atenção é o contraste entre a profanação descrita na música e a recusa em abrir mão do orgulho. A letra pergunta o que poderia justificar a destruição das comunidades indígenas e de seus modos de vida. O que havia de tão errado com essas pessoas para que suas terras, sua cultura e sua identidade precisassem ser atacadas? A resposta apresentada pela música é devastadoramente simples: “Evil does not follow a prayer / Evil follows greed.” Ela elimina as justificativas e deixa exposta a busca por riqueza e poder. Por trás da linguagem da retidão, a música enxerga algo muito mais comum e muito mais destrutivo: a ganância. Ainda assim, “The White Man Lied” não é apenas uma música sobre aquilo que foi tirado. A afirmação repetida da identidade osagee a insistência de que o orgulho permanece dão a ela outra dimensão. O dano é reconhecido, mas não apagou o povo que está no centro da história. Musicalmente, considero particularmente marcante a maneira como o ritmo cresce. Há nele uma qualidade quase doentia, dançante, uma sensação de movimento que contrasta de forma incômoda com o tema. E então há algo ao fundo que chama minha atenção: um som por trás dos vocais que quase parece um grupo de vozes respirando junto.
Breathe. Ouça o fundo, Breathe.
É um pequeno detalhe, mas acrescenta outra presença física à faixa. A música não está apenas fazendo uma acusação; parece que algo continua vivo por trás dela, ainda respirando depois de tudo o que aconteceu. A mentira é lembrada, o dano não é esquecido, mas o povo continua aqui.
Singularity:
Quando chegamos a “Singularity”, o Ministry se volta para outro tipo de ameaça: a tecnologia que estamos construindo, o poder que estamos entregando a ela e a possibilidade de que, no fim, talvez não consigamos recuperar esse poder. A música parece um alerta sobre o futuro, mas o que a torna inquietante é o quanto seus temores estão ligados ao presente. Já estamos presos em rotinas que deixam pouco espaço para pensar, trabalhando e repetindo as mesmas ações simplesmente para sobreviver. A ideia de que as máquinas possam acabar decidindo que não somos mais úteis parece menos um pesadelo completamente separado da realidade e mais uma extensão extrema de um mundo que já mede as pessoas pela sua utilidade. A declaração repetida “We are in control” se torna cada vez mais perturbadora à medida que a faixa avança. Quem está falando? Quem realmente está no controle? E por quanto tempo alguém pode continuar repetindo que está tudo bem antes que as palavras percam todo o sentido? As vozes se tornam mais ameaçadoras, avançando para a ideia de que as máquinas poderiam controlar nossos pensamentos e decidir que a humanidade estaria melhor morta. A resposta de Al, inicialmente, parece quase absurdamente contida: “That’s problematic.” É o tipo de reação seca que poderia ser engraçada em outro contexto. Aqui, o humor fica mais difícil de sustentar à medida que as implicações se tornam mais sombrias. Então a resposta muda para “That’s fucking tragic.”Para mim, essa mudança é o coração da música. O que começa como uma observação aparentemente distante se transforma em algo mais próximo do luto. A possibilidade de perder o controle deixa de ser um problema técnico abstrato. Torna-se uma tragédia para as pessoas que criaram o sistema, confiaram nele e acabaram descobrindo que talvez já não tenham lugar dentro dele. Quando Al fala sobre IA em nossa entrevista, ele expressa tanto fascínio quanto medo. “Singularity” leva essas preocupações para a música, conduzindo-as à sua conclusão mais sombria possível. Ouço algo muito próximo de O Exterminador do Futuro aqui: o medo de criarmos algo que não conseguimos controlar e só descobrirmos as consequências quando já for tarde demais. Se o futuro realmente vai se desenrolar dessa maneira é outra questão. Mas o medo por trás da música é muito real, e o alerta final sobre um evento de nível de extinção deixa pouco espaço para conforto. A possibilidade mais perturbadora não é simplesmente a de as máquinas se tornarem poderosas. É a de continuarmos abrindo mão do controle até já não reconhecermos quanto entregamos.
Burned Out:
“Burned Out” parece o momento em que tudo o que vem se acumulando ao longo do álbum finalmente se torna demais. O título diz tudo. Olhe para o mundo ao nosso redor: guerras, crises humanitárias, corrupção política, destruição ambiental, violência doméstica, propaganda e um fluxo interminável de informações que nos fala sobre o próximo desastre antes mesmo de termos tempo para processar o anterior. É difícil não se sentir exausto com tudo isso. A música captura a sensação de viver em um mundo no qual a verdade e a mentira estão cada vez mais difíceis de distinguir, onde cada nova manchete parece trazer mais um motivo para o desespero. O trecho falado se transforma em uma avalanche de crises, passando rapidamente de um país e de um problema para outro. Mal temos tempo para absorver um antes que o próximo apareça. É exatamente isso que torna o trecho tão eficaz. Ele recria a sensação de sermos soterrados pelas notícias, passando de uma catástrofe para outra até que a dimensão de tudo se torne quase impossível de compreender. E, ainda assim, a música se recusa a deixar que a exaustão se transforme em desculpa para não fazer nada. Por baixo da frustração há uma mensagem mais direta: não importa se nos identificamos com a esquerda ou com a direita se não conseguimos reconhecer os perigos que afetam todos nós. As divisões políticas podem ser reais, mas não fazem os problemas do mundo desaparecerem. A raiva acaba transbordando. Al soa farto de viver em um mundo tão cheio de merda, e a descrição dos responsáveis como parasitas deixa seu desprezo bem claro. São forças que se alimentam do sistema e nunca parecem satisfeitas, não importa quanto dano causem. O que ouço em “Burned Out” não é simplesmente pessimismo. É a exaustão de alguém que ainda se importa o suficiente para sentir raiva. Se Al tivesse deixado de se importar, haveria pouco sentido em gritar sobre tudo isso. A música não finge oferecer uma solução fácil. Ela olha para o caos, reconhece como é difícil escapar dele e insiste que o isolamento não vai nos salvar. Seu apelo à união é quase desesperado, como se a única maneira de seguir em frente fosse reconhecer que estamos enfrentando a mesma tempestade.
O mundo está nos esgotando, mas desistir é justamente o que a música se recusa a fazer. E estamos todos mortos se não nos unirmos. Sua sanidade é negada, e em breve não haverá liberdade de expressão.
We’re Still Here:
E então, depois de toda a raiva, do barulho e do confronto, o álbum termina com “We’re Still Here”. A mudança de ritmo é imediata. Esta é uma música mais lenta e reflexiva, e o retorno de Paul Barker acrescenta outra camada de significado a este capítulo final. Depois de um álbum que passa tanto tempo confrontando o mundo exterior, a faixa de encerramento parece olhar para o que resta depois que os gritos cessam. Até o som de “We’re Still Here” chamou minha atenção. O baixo parece mais presente nesta faixa em particular, quase como se tivesse recebido mais espaço para respirar. Talvez seja um pequeno detalhe, mas eu o percebi e, em uma música que traz Barker de volta à história, isso me parece particularmente apropriado. As letras são fragmentadas e, às vezes, difíceis de definir. Imagens de corrupção, raiva, um som de algo rachando e um núcleo exposto criam a impressão de um mundo se desfazendo pelas costuras. Há beleza em algumas das palavras, mas ela nunca é confortável. Até a luz parece chegar em pedaços quebrados, em vez de surgir como um nascer do sol glorioso que promete que tudo ficará bem. E então vem o refrão: “We’re still here.”Três palavras que, depois de tudo o que veio antes, carregam um peso considerável. O álbum nos levou pelo silêncio político, pelo ódio, pela manipulação, pela ganância, pelo medo tecnológico e pela exaustão de viver em um mundo que parece determinado a testar nossos limites. Agora, em vez de apresentar outra acusação, o Ministry faz uma declaração simples de sobrevivência. O trecho seguinte deixa esse sentimento mais claro: “Through the rage a light cracks open”e “through the ages, we still exist.” O coral italiano acrescenta outro detalhe bonito com “Non ho perso speranza” (não perdi a esperança). E, com Al gritando que ainda estamos aqui, aquele baixo poderoso por baixo e os fragmentos de samples, a música ganha muito mais força. Há algo profundamente comovente em ouvir essas palavras aqui. A esperança não é apresentada como uma resposta simples aos problemas levantados ao longo do álbum. Ela não apaga o dano, não promete justiça nem garante que as coisas vão melhorar. É simplesmente a recusa em aceitar que tudo está perdido. Mas o repetido “Too long” complica essa esperança. Tempo demais esperando? Tempo demais suportando as mesmas injustiças? Tempo demais ouvindo que a mudança está chegando? A frase paira sobre os momentos finais como um lembrete de que sobreviver, por si só, não basta. As pessoas podem continuar de pé e ainda assim estar exaustas de lutar por tanto tempo. É essa tensão que faz o final funcionar para mim. “We’re Still Here” não transforma de repente o Ministry em uma banda que acredita que tudo vai ficar bem. A raiva continua ali, assim como o cansaço. Mas, por baixo de ambos, há algo que se recusa a desaparecer. E talvez essa seja a maneira mais adequada de o Ministry encerrar este capítulo. Não com um desfile da vitória, não com uma resolução arrumadinha e certamente não sugerindo que o mundo aprendeu a lição.
A evolução da raiva e a cura de feridas antigas
Uma coisa que eu gosto muito é de como a escolha de palavras do Al evoluiu ao longo dos anos. Durante a trilogia de Bush, ele chamou George W. Bush de babaca, terrorista, maligno, ditador brutal e por aí vai. Agora, com Trump, ele está lidando com um vigarista e um homem delirante. Hahahaha! Mas essa não é a única maneira como ele descreve Trump: também o chama de puta, idiota, ladrão e muitas outras coisas. Adoro como Al continua encontrando novas maneiras de descrever as pessoas contra as quais vem lutando há tanto tempo. Os alvos podem mudar, mas a raiva e essa escolha tão colorida de palavras continuam firmes.
E tem também Paul Barker. Tê-lo de volta em Hate To Go (Take Out Or Delivery) parece significar mais do que apenas outra colaboração. Esses dois têm uma história enorme juntos, e ouvi-los dividindo uma música novamente tem um significado especial. Para mim, isso sugere que o tempo pode curar feridas e que até pessoas com um passado complicado podem, eventualmente, enfrentar suas diferenças e seguir em frente. Que maneira melhor de encerrar essa jornada do que com mais uma última música juntos?
A declaração pessoal definitiva
Minha conclusão?
Este é um álbum do caralho, e não estou nem brincando quando digo que provavelmente é o melhor álbum do Ministry de todos os tempos. É cheio de significado, energia e agressividade; às vezes é rápido, às vezes lento, e está repleto de sons tão intensos que te levam a uma porra de viagem desde a primeira audição, deixando você com vontade de ouvir mais assim que acaba. A voz do Al vai de gritos desesperados, quase psicopáticos, a gritos mais controlados, até assumir o tom de um aviso antes de dar lugar à exaustão, com uma sensação de otimismo que continua ali, por baixo de tudo. A bateria bate forte, com o bumbo duplo dando um apoio fundamental, enquanto o baixo reforça a música e acrescenta um clima dramático. Há momentos em que tudo o que você quer é pular, bater cabeça e gritar junto, enquanto a atmosfera, os samples, as mudanças nos ritmos das guitarras e aqueles solos prendem totalmente sua atenção, levando você ainda mais fundo na música e, às vezes, fazendo você parar por um instante para pensar. E ouvir aquele som familiar da caixa da bateria voltando quase por completo é a cereja do bolo.
O que sempre amei no Ministry é que cada álbum tem sua própria identidade. Sempre que um novo álbum era lançado, era uma surpresa. E, a cada anúncio de um novo lançamento, as mesmas perguntas começavam a passar pela minha cabeça. Que samples Al vai usar desta vez? Quem ele vai atacar? O que estará fazendo ele sofrer? Que simbolismo vai introduzir? E que porra ele vai inventar a seguir? Al já tinha falado sobre encerrar essa jornada com Hopiumforthemasses, e descreveu o disco como um álbum muito bom. Concordo com essa avaliação. Mas, para mim, Hate To Go (Take Out Or Delivery) vai além. É mais do que um disco final: traz muito da história musical de Al para o presente e manda o Ministry embora em grande estilo, sem diminuir o legado da banda nem tudo o mais que ele criou ao longo do caminho. Do Ministry ao Revolting Cocks, ao Surgical Meth Machine e a todos os outros projetos que carregam sua marca, existe um universo musical imenso por trás do homem que conhecemos e amamos como Uncle Al Jourgensen.
Com Hate To Go (Take Out Or Delivery), o álbum está cheio de easter eggs, fantasmas do passado do Ministry e referências aos outros projetos de Al. Os samples e os detalhes escondidos dão à música e às letras uma dimensão quase cinematográfica, fazendo deste capítulo final uma viagem pelo mundo que Al vem criando há décadas. ¨The Last Sucker¨, “New World Order”, “End of Days”, “So What”… e muitos, muitos outros. As referências estão espalhadas pelo álbum inteiro, às vezes são óbvias, às vezes ficam escondidas na música, nos samples ou nas letras. Reconhecer um som familiar ou descobrir uma conexão traz, de repente, um pequeno pedaço do passado do Ministry para o presente. É quase como se Al tivesse aberto as portas de todo o seu universo musical uma última vez. A quantidade de easter eggs espalhados por esse álbum também me faz pensar por que Al não o lançou na Páscoa, em vez de no dia anterior ao Halloween. Hahahaha! Brincadeiras à parte, tenho certeza de que os ouvintes continuarão descobrindo coisas muito depois das primeiras audições. Não vou explicar todas as referências nesta resenha. Prefiro deixar que cada um faça sua própria viagem pelo álbum, estabeleça suas próprias conexões e descubra esses pequenos detalhes por conta própria. Existe algo especial em reconhecer um som ou sample familiar sem que alguém precise apontá-lo para você. Então coloque os fones de ouvido, aumente o volume e deixe a música fazer seu trabalho dentro do seu cérebro. Porque há mais joias escondidas ali que, se você ouvir com atenção, vão explodir a sua cabeça.
Quando as letras acertam em cheio: “Burned Out” e “Delete”
Este álbum me atingiu em um nível profundamente pessoal porque seus temas não são apenas conceitos políticos abstratos para mim. Eles refletem batalhas reais que enfrentei na minha própria vida.
Quando escuto “Burned Out”, não ouço uma ficção. Eu vivi isso. Minha esposa e eu tocamos um pequeno restaurante durante três anos. Dei meu sangue sozinho na cozinha: cozinhando, fazendo compras e limpando, enquanto ela cuidava do salão e das responsabilidades que vêm junto com isso. Tínhamos uma paixão sem fim e um verdadeiro domínio do nosso ofício, mas, no sistema de hoje, paixão não basta. Entre os impostos governamentais sufocantes, os custos de mão de obra e a inflação provocada pelas grandes corporações, o sistema é montado para fazer os pequenos trabalhadores independentes fracassarem. Você dá tudo o que tem, se acaba de tanto trabalhar tentando se manter à tona e, no fim, a pressão leva você ao esgotamento e a uma depressão severa. É aí que “Delete” entra em cena. A música expõe uma realidade fria: vivemos em um mundo corporativo onde conteúdo, trabalho duro e coração de verdade são deixados de lado em favor de bolsos cheios, hype artificial e aparências chamativas. Grandes corporações com capital ilimitado compram visibilidade, enquanto as pessoas de verdade que dedicam a vida ao próprio ofício são tornadas invisíveis e apagadas do jogo. Al não está apenas gritando no vazio nessas faixas; ele está descrevendo exatamente a máquina de moer gente que esmaga pessoas comuns tentando sobreviver fora da engrenagem corporativa. Não escuto essas músicas como alguém de fora; reconheço nelas as cicatrizes que carrego.
A despedida final
Não posso falar por todos os metaleiros ou fãs de industrial do planeta, mas sei que falo por milhões quando digo isto:
Obrigado, Al. Obrigado, Ministry.
Obrigado por quarenta e cinco anos de ruído sem filtros, raiva política, humor sombrio, loucura absoluta e rebeldia incansável. Obrigado por abrir nossos olhos, por nos obrigar a questionar o mundo ao nosso redor e por nos dar uma trilha sonora para sobreviver aos nossos próprios tempos sombrios. Você é um artista nato.
Aproveite agora o silêncio, a privacidade e a vida tranquila que conquistou. Vá cuidar das suas cabras, Uncle Al. Você nos proporcionou uma jornada do caralho, e agora chegou a hora de aproveitar a sua.
FIM.
