Banda: Radiohead
Lugar: Movistar Arena, Madrid – 4 de noviembre de 2025
Texto: Raúl Blanco
Foto de portada: Alex Lake
No era solo un concierto. Era un regreso largamente esperado, casi una ceremonia. Radiohead volvió a Madrid tras más de dos décadas de ausencia y siete años sin tocar juntos, y lo hizo inaugurando su nueva gira europea en el Movistar Arena, convertido por una noche en una especie de templo futurista. Desde fuera, el ambiente tenía algo de vigilia más que de verbena: un murmullo reverente, miradas cómplices como si acudiéramos a un reencuentro con una parte de nosotros mismos.
La estructura circular del escenario, en mitad de la pista, ya avisaba de que aquello no sería un recital convencional. Una jaula translúcida de pantallas subía y bajaba según el tema, filtrando luces rojas, verdes, sombras que hacían parecer a Thom Yorke un sacerdote en trance dentro de un cubo de espejos. A las 20:30 en punto, las primeras notas de “Let Down” suspendieron el aire como una plegaria colectiva. La multitud, 17.000 almas, apenas se movía. Solo respiraba.
De pronto, el latido cambió. “2 + 2 = 5” irrumpió con una percusión que hacía temblar el suelo. Era el viejo rugido de Phil Selway al mando de los tambores, con Jonny Greenwood y Ed O’Brien trenzando guitarras que parecían chirridos de metal celestial. El público explotó sin perder la concentración, como si la euforia tuviera también un código de silencio. “Sit Down. Stand Up”, una rareza que no sonaba en directo desde 2004, terminó de romper el hechizo: los cuerpos bailaban, las luces titilaban como una aurora boreal, y Yorke, con su melena desordenada y una camiseta oversize, giraba sobre sí mismo como un médium poseído por frecuencias invisibles. En los primeros compases de “Bloom” y “Ful Stop”, la música se volvió casi tribal. El escenario, ahora completamente abierto, parecía respirar con ellos. En “Lucky” y “No Surprises” llegó la primera oleada de nostalgia pura: un coro de miles de voces entonando letras que hace veinte años eran una advertencia y hoy suenan a diagnóstico. “Te ves tan cansado, infeliz…”.

Pero Radiohead nunca ha sido un grupo de concesiones. No buscan complacerte, te invitan a mirar adentro, aunque duela. “Videotape”, “Weird Fishes/Arpeggi” y “Everything In Its Right Place” se encadenaron como una especie de viaje astral. Los visuales hipnóticos, el bajo repetitivo de Colin Greenwood, el murmullo reverente del público… todo formaba parte de una misma coreografía de extrañeza y comunión. En ese punto del show, más que un concierto, parecía un experimento emocional compartido. Cuando sonó “Daydreaming”, Yorke se sentó al piano. Apenas pronunció las palabras, pero todos entendimos. Era una despedida y una resurrección. Su rostro proyectado sobre las pantallas se mezclaba con fogonazos verdes y destellos, como si la realidad también estuviera cansada de sí misma. Nadie respiraba. Nadie grababa. El silencio tras la última nota fue tan rotundo que dolía. Después de ese paréntesis, la energía volvió con “Bodysnatchers” y “Idioteque”, y la pista del Movistar Arena se transformó en una rave cerebral. A esas alturas, Radiohead ya no sonaban como una banda de rock: eran una máquina viva de pulsos y destellos. En “The National Anthem” el bajo se volvió protagonista, recordando que este grupo siempre supo mezclar el free jazz con la angustia digital.
Y entonces, sin aviso, llegó el bloque final: “Fake Plastic Trees”, esa herida que nunca cicatriza; “Subterranean Homesick Alien” con su melancolía cósmica; “Paranoid Android”, que sonó como una Bohemian Rhapsody para los hijos de la ansiedad; “How To Disappear Completely”, con el público entregado al vértigo de sentirse invisible; y, finalmente, “Karma Police”, el cierre inevitable. No hubo bises. No hicieron falta. El grupo saludó apenas con un “gracias” y desapareció en la penumbra, dejando atrás una sensación extraña, mitad epifanía, mitad resaca emocional.
Radiohead no regresaron para complacer ni para redimirse, lo hicieron para recordarnos que la belleza sigue siendo incómoda, que el arte puede ser una sacudida silenciosa. Su música sigue hablando de alienación, de tecnología, de la descomposición del mundo, pero también de esa mínima grieta de luz que aún se cuela entre tanto ruido. Al final, mientras la multitud se dispersaba, muchos caminaban en silencio, sin mirar el móvil, sin hablar. Quizás porque sabían que lo que acababan de ver, esa misa eléctrica, esa aurora boreal de guitarras y luces, no se repite. Porque ver a Thom Yorke cantando “Karma Police” bajo un cielo de neón es, en el fondo, un recordatorio, seguimos aquí, seguimos sintiendo, aunque el mundo a veces parezca en modo error.




