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Parkway Drive llevan el metal al siguiente nivel

Bandas: The Amity Affliction + Thy Art Is Murder + Parkway Drive
Lugar: Sant Jordi Club, Barcelona – 2 de noviembre de 2025
Texto: Òscar Saro
Fotos: Alfredo M.Geisse

Los australianos Parkway Drive muestran en Barcelona uno de los mayores espectáculos de metal que pueden verse hoy en día sobre un escenario

Lo de Parkway Drive en directo trasciende el simple concepto de concierto de metal. Lo que vivimos el pasado domingo 2 de noviembre en el Sant Jordi Club de Barcelona fue uno de los espectáculos más épicos y originales que he presenciado en años dentro de la escena metalera. No estoy seguro de ser capaz de condensar en palabras todo lo que mis ojos, mis oídos y cada fibra de mi cuerpo absorbieron durante un concierto monumental. Pero aquí va el intento.

Los australianos están celebrando sus más de veinte años de aventura en unas giras diseñadas para mostrar al mundo todo su poder. Empezaron el 2024 con una tour de arenas en Australia, su casa, y han continuado con la rama del 2025, la European 20 Year Anniversary Tour, que arrancó el 19 de septiembre en Alemania y acabará visitando veinticinco capitales del viejo continente. En España ha tenido, de la mano de Route Resurrection Fest (obviamente), dos gloriosos momentos: el 1 de noviembre en Madrid y el que nos ocupa, el 2 de noviembre en Barcelona.

Las bandas invitadas a romper el hielo de la gira han sido sus paisanos The Amity Affliction y Thy Art Is Murder, que simplemente los hemos visto cumplir correctamente con su papel de activar al público. Las fotografías de mi compañero Alfredo M.Geisse son como siempre brutales y en esta ocasión lamento más que nunca que solo den permiso para fotografiar las tres primeras canciones, porque en el caso de Parkway Drive el final es un infierno descomunal.

Parkway Drive son Winston McCall a la voz, Ben Gordon a la batería, Jeff Ling y Luke Kilpatrick a las guitarras y Jia «Pipey» O’Connor al bajo. Si uno busca en internet, verá que la mayoría de las reseñas definen al quinteto australiano como una banda de metalcore. Sin embargo, su música va mucho más allá de una etiqueta que quizás los ubica, pero no los define. Lo suyo es una personalidad propia, forjada en la fusión de estilos que beben de las raíces más clásicas del heavy metal y se adentran en territorios del metal alternativo, transitando por infinidad de rincones sonoros sorprendentes. Lo que sí puede afirmarse sin titubeos es que representan la esencia del metal moderno: una de las bandas más relevantes de la actualidad, tanto por la ambición de su propuesta musical como por la energía descomunal que desprenden en directo y el vínculo generacional que mantienen con un público mayoritariamente joven.

Un público como el que llenó el Sant Jordi Club, en el que ya no todo son greñas, chupas de cuero y parches; sino con el que se respira un estilo más moderno, variado y abierto. Una generación más preparada, que habla y entiende mejor el inglés para entrar mucho mejor en toda la lírica y captar todos los mensajes con mayor profundidad. Una generación donde los tatuajes son una parte muy importante de tu personalidad. Gente que no olvida el origen del rock y el metal, y que canta sin problemas todos los clásicos que se escucharon en las previas de cada grupo, pero que está abierta a muchas otras tendencias en las que se prioriza el disfrutar la música de muchas maneras diferentes, no solo escuchándola, sino también bailándola, surfeándola y viviéndola intensamente. Gente amante de un nuevo estilo de música representado hoy en día por multitud de bandas nuevas y donde los ritmos, las afinaciones, las estructuras, las voces… todo ha evolucionado para confundir sin piedad los oídos acostumbrados al metal del siglo XX. En definitiva, una nueva ola que nos permite asegurar que el metal ha evolucionado y eso, sin duda, es la muestra más relevante de que está más vivo que nunca.

El show de Parkway Drive, una lección de poder y emoción en la era del metal moderno

En el compás de espera sonaron clásicos del rock como “Livin’ on a Prayer” de Bon Jovi o “Bohemian Rhapsody” de Queen, que un público con ganas de fiesta cantó y celebró. Hasta que sonó entera «Back in Black», de sus paisanos AC/DC, a modo de anuncio de que la espera llegaba a su fin. Todo el mundo se giró hacia el fondo del recinto donde aparecieron dos grandes banderas que avanzaron por la derecha del recinto, en una especie de ceremonia de llegada de la banda que causó una tremenda expectación. De esta manera, el avance de la comitiva hasta las primeras filas y las luces rojas fueron tiñendo el ambiente de una emoción creciente que desembocó en una gran ovación cuando los miembros de la banda aparecieron sobre el escenario y se quedaron quietos absorbiendo con teatralidad toda la bienvenida del público.

Situándose agrupados en un extremo del escenario, moviéndose con gestualidad alrededor de la batería, arrancaron el concierto en un formato inicial más simple, como recordando cuando la banda tocaba en escenarios más pequeños. Así empezaron con una canción antigua, “Carrion”, que sirvió para activar a todo el recinto, seguida de otra más reciente, “Prey”, que ya desató una locura generalizada, con todo el público saltando y cantándola. En el desarrollo de esta segunda canción, con la batería en marcha y las palmas del público, McCall nos dio una calurosa bienvenida.

Desmontaron rápidamente la batería mientras el escenario se iluminaba para mostrarnos un decorado monumental, con estructuras en forma de grandes vigas, el monograma circular suspendido en el aire y un gran armazón diseñado para albergar el lugar en el que Gordon y su gran batería se situarían durante el resto del concierto. Ya con la banda ocupando todo el escenario, continuaron con “Glitch” mientras unos bailarines enmascarados creaban una performance con cadenas y afloraban las primeras llamas.

Un McCall iluminado por un foco blanco se mostró entusiasmado por la respuesta del público y pidió un circle para “Sacred”. Las llamas de fuego aparecieron por todo el escenario y rodearon al cantante en la plataforma central. Tras hacer gritar al público, continuaron con “Vice Grip” volviendo a poner el recinto patas arriba, con todo el mundo saltando y celebrándolo. La canción se cerró con el solo de Ling y una ovación monumental.

Esta se llama «Horizons», nos anunció McCall para retroceder hasta el 2007, arropado por unas luces lilas y un inicio más calmado que no tardó en explotar, para volver a poner el circle pit en movimiento. El final instrumental de la canción transitó por caminos más cercanos al heavy metal clásico demostrando que son una banda de múltiples registros.

Así llegamos a la introducción épica de “Cemetery Bloom”, con luces verdes y cuatro bailarines rodeando inicialmente al cantante, mientras desarrollaba esa letra recitada. El momento proporcionó unos instantes de respiro, para volver a la furia con “The Void” que arrancó con columnas de chispas y desembocó de nuevo toda la multitud botando a la vez mientras gritaba la letra “It’s alive, can you feel it taking hold again?”.

Sin alejarse de su ábum Reverence (2018), continuaron con un “Wishing Wells” que desató una lluvia real y prolongada encima de McCall, combinada con una penumbra y la fuerza de la canción, para construir un nuevo giro dramático fuera de lo común. Retrocedieron al 2012 con una “Dark Days” poderosísima con la que se generó una marea de puños alzados y donde vimos a las tres cuerdas juntarse en el medio del escenario para los pasajes de solos doblados.

Y un foco iluminó el centro del recinto para señalarnos donde se construiría el siguiente momentazo. Con “Idols and Anchors” McCall se puso su disfraz de agitador de masas para aparecer en el centro del huracán, conjurando un circle pit a su alrededor, manteniéndose permanente iluminado por el foco y filmado por la multitud. El regreso al escenario fue, como no, mediante el transporte más usado en este tipo de conciertos, un crowd surfing muy retratado. Y, sin dar tregua a los guiños dramáticos, continuaron con una “Chronos” en la que un trio femenino de arropó al cantante en la zona de la plataforma delantera. La canción culminó en un gran momento de protagonismo para Mr. Jeff Ling, que nos regaló un solo marca de la casa que culminó con la ayuda de la recién llegada violoncelista, que cambio su instrumento clásico por uno de eléctrico más minimalista.

Con los silbidos iniciales de “Darker Still” y acompañado por Luke Kilpatrick a la acústica, nos pidió acompañarlos con las luces de los móviles, creando una marea espectacular mientras todo el mundo coreaba la melodía esa melodía pegadiza. Tras el segundo solo de Ling la canción evolucionó a eléctrica y con el trio de cuerda tocando en la parte trasera y subiendo las revoluciones. La canción acabó tal como había empezado, dejando una buena sensación global en la parte instrumental pero quizás con el momento más flojo en la voz del cantante.

McCall nos preguntó si lo estamos pasando bien y se rió a carcajadas porqué la respuesta era obvia. Pidió manos arriba para empezar “Bottom Feeder” que permitió culminar el pase principal desatando nuevamente la locura colectiva.

Una breve pausa para tomar nuevamente aire y ajustar los mecanismos que articulan uno de los bises más épicos que he podido ver desde hace mucho tiempo.

Ben Gordon inició su esperado solo, con dos bailarines iniciando una coreografía a ambos lados del escenario mientras el eje circular donde estaba situada la batería empezaba a girar. Fueron ellos quienes desencadenaron un infierno de fuego que cubrió todo el escenario y que rodeó de llamas el marco cuadrado del armazón de la batería, mientras esta iba girando y el músico no cesaba de tocar, posicionado en cada uno de los 360 grados posibles.

El festival de llamas continuó con “Crushed” y ese momento tan visual en el que la plataforma se eleva y arde, enfatizando el papel de frontman mesiánico del cantante. Momento espectacular que tiene todavía más fuerza en estadios abiertos, donde la plataforma se traslada por las cabezas del público.

Así llegaron a un final de concierto con una “Wild Eyes» que en su versión de estudio ya contiene unos coros pensados para su máxima explosión en directo. Imaginaros como coreó el público a sabiendas que el espectáculo llegaba a su fin.

The Amity Affliction: Metalcore directo y sin artificios

Con una gran pancarta al fondo del escenario decorada con una especie de estandartes dibujados , los australianos The Amity Affliction fueron los encargados de romper el hielo. Desplegaron una combinación de rabia y melodía, en un set que se puede definir como una propuesta de metalcore más efectiva que sorprendente. Ocupando la parte delantera del escenario, escuhamos a Joel Birch en una voz principal permanentemente extrema, contrastando con los coros limpios del bajista Jonathan Reeves, que aportaron el punto melódico necesario para mantener el equilibrio entre la brutalidad y la emoción.

El público de Barcelona no respondió todavía con mucha energía, salvo algún moshpit tímido y algún que otro valiente que se animó a inaugurar la corriente de crowd surfing sobre la multitud. El arranque con “Pittsburgh” marcó el tono del concierto, seguido de temas como “Like Love”, “Drag the Lake” y “All That I Remember”, todos ejecutados con precisión, aunque sin grandes sorpresas.

Reeves tomó protagonismo en “All My Friends Are Dead”, iniciando la canción con su voz limpia y melódica, un recurso que volvió a repetir en “Soak Me in Bleach”, tema que introdujo el propio Joel Birch presentándola en castellano. La pieza, que comenzó contenida, acabó explotando en una catarsis de guitarras y gritos.

Cerraron con “Death’s Hand” y “It’s Hell Down Here”, confirmando que, aunque The Amity Affliction no reinventan el género, son una banda eficaz para quienes buscan una buena dosis de metalcore directo y sin artificios.

Thy Art Is Murder activan la energía del público con una embestida de deathcore

El deathcore australiano tiene una bestia alfa, y se llama Thy Art Is Murder. Desde Sídney hasta el escenario barcelonés, la banda descargó una auténtica apisonadora sónica sin dejar un solo respiro. Sin introducciones ni florituras, arrancaron directamente con “Blood Throne”, encadenándola casi sin pausa con “Fur and Claw”, una pieza de cadencia arrítmica que pedía movimiento desde el primer riff.

El escenario se iluminaba con barras de luces verticales que palpitaban al compás de una batería arrolladora a cargo de Jesse Beahler, mientras la voz infernal de Tyler Miller dominaba el ambiente con un registro extremo y constante. La mezcla fue brutal y quizás los solos de guitarra de Andy Marsh quedaron un poco sepultados bajo una marea de graves y tralla, sacrificados por el muro de sonido.

Barcelona… give me a big hell yeah!” rugió el vocalista, abriendo el primer circle pit de la noche ante un público que respondió con más energía que los antecesores. La banda soltó sin freno himnos como “Death Squad Anthem”, con algunos surfeos, y “Join Me in Armageddon”, que sonó como un manifiesto de destrucción colectiva. “It’s a fucking death metal band!”, recordó reafirmando su identidad.

El tramo final fue una avalancha: “Slaves Beyond Death” con sus guitarras chirriantes y un ritmo palpitante; “Holy War”, que convirtió el recinto en una comunión de gente saltando; y la devastadora “The Purest Strain of Hate”, puro caos desatado. Cerraron con “Keres”, haciendo que el público aplaudiera y coreara el estribillo una y otra vez, exhausto pero satisfecho.

Entre trallazos, el grupo tuvo tiempo para agradecer a las bandas anterior y posterior, y abandonó el escenario mientras sonaba de fondo “Always Look on the Bright Side of Life», como ironía postapocalíptica.

En resumen: Thy Art Is Murder no ofrecieron un concierto, sino una embestida de deathcore que cumplió con buena nota el objetivo de encender al público

By Oscar Saro

Me falta tiempo para hacer todo lo gue me gusta. Adicto al rock en directo, metalhead, enamorado de la montaña, apasionado de la ciencia ficción y con cerebro de programador desde que un Spectrum entró en casa. Fundador de Sudando Rock (@sudandorockcom)

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