Festival: Rock Imperium
Lugar: Parque del Batel – Cartagena – Del 26 al 29 junio 2025
Texto: J.A.C
Fotos: Rubén Rosinos
Pliego abierto al impasible, carta cerrada para el sibarita, migas de gloria para el aparente
Menú de autor:
Cóctel de bienvenida:
Producto local con Punto & Final de guitarras y teclados frontales en buena sintonía entre rock y heavy, Acrónica cuya aura malévola forjada en el death metal, con más tintes de música extrema abrasaba mientras Vendeta Fm batiendo a tempo con un hardcore íntegro y con conciencia junto al enredo de recetario cinco estrellas de los aventajados Mind y su convicción en el desorden, removían los caldos de la tierra, salteando el sofrito que despertó glándulas y conexiones para recibir los aderezos de otras localidades de España. Inxight desde Málaga y con una prodigiosa Macarena Jerez tras los parches empujando a esta fuerza natural de metal moderno con dopaje clásico y perseverancia futurible, extiende especias de mi adorado País Vasco con Lampr3a y sus interiores de cocina de diseño proyectados desde fuera hasta má allá, evocando con la encimera austera de djent progresivo instrumental y sus iluminaciones distorsionadas, una sensación de caos emplatado para ser entregado a cada comensal con la reluciente sonrisa de los, cada vez menos melódicos madrileños Strangers. Celia Barloz y su trio de ases confirmaron el por qué el sello italiano Frontiers ha decidido a apostar por ellos y ese sigiloso desliz que los emparenta, gracias a su nuevo disco, ya cercano, “Boundless”, con sonidos más hard y heavy europeo, sin renunciar a la definición que los alumbró. La sensacional vocalista derrochó encanto y el cuarteto disfrutó de una nueva etapa a merced de su propio descubrimiento.
Degustación de variedades:

Si bien para el sábado comenzábamos a deglutir con asertividad, ya que las primeras muestras resultaban conocidas en su digestión con unos nobles FM haciendo gala del buen gusto dentro de rock melódico más elitista, después, traviesamente coqueteábamos con el picante de un Michael Monroe en estado de gracia que nos daba “vidilla” dentro de la formalidad del acto. Los de Overland nos agasajaron con todo tipo de templados manjares amasados por la voz británica del melodic, el señor Steve. Sonaron “I Belong to the Night”, “Let Love Be the Leader” y “That Girl” de “Indiscreet” (1986), “Someday (You`ll Come Running)” y “Bad Luck” junto a la propia “Thouht It Out” que denominaba a la réplica europea de la corona del A.O.R. americano en el año 1989. Sólo dejaron hueco para dos temas más recientes, el contagioso “Killed By Love” de “Atomic Generation de 2018 y “Turn This Car Around” de “Thirteen” (2022). masterclass como la que daría acto seguido el de los Hanoi Rocks, Jerusalem Slim o Demolition 23, el fiestas Monroe, siempre dicharachero y cercano con una banda que consigue seguirle el rollo hard rockanrolero que solo él posee. Sammy Yaffa al bajo (Hanoi Rocks), Rich Jones (Ginger Wildheart) y Steve Conte (New York Dolls, Eric Burdon) a las guitarras junto a Karl Rockfist (Danzing), vamos, como dicen en mi pueblo: “casi ná”… El finlandés se sentía cómodo en el foso, tenía ganas de unirse a la algarabía y erigirse como el rey del cotarro, lo hizo. Del pasado Hanoi nos regaló Motorvatin´ (1980) y Don´t You Ever Leave Me (ésta para cerrar) del disco “Don´t You Ever Leave Me” (1984), junto a una versión de Nazareth, “Not Faking It” (“Loud`N´Proud”- 1983), e incluso hizo escala en Demolition 23 (1994) con “Hammersmith Palais”. “Dead Jail or Rock And Roll” (“Not Fakin´ It”- 1989), “I Live Too Fast Too Die Young” (“I Live Too Fast To Die Young”- 2022) o “Last Train to Tokyo” (“One Man Gang”- 2019) y “´78” (“Sensory Overdrive”- 2011) son balas directas a tu corazón disparadas desde un saxo, una harmónica o sus santos huevos con precisión de francotirador. Cátedra.
Para reposar esta ingesta más consetuedinaria, el día del shabat se nos proporcionó un digestivo hipnótico con los noruegos Leprous. Son maeses en la espiritualidad y sus rupturas rítmicas que mutan en sinfonías etéreas denunciadas por las agrestes y nítidas colisiones que propina Baard Kolstad tras los timbales, máxime cuando éstas vienen acolchadas por el serafín que condena a Einar Solberg y que se carea con el ñuzco gutural que reluce a provocación instintiva. Guitarras, teclados, bajos y enseres varios se masturban para encuetar nuestra tutela con piezas de abstracto trazo y provocación inmediata. “The Price” y “Slave” (“The Congregation”- 2015), “Illuminate” (”Malina”- 2017), “Forced Entry” y sus diez minutos de teatralidad (“Bilateral”- 2011) o la más reciente “Atonement” (“Songs of Atonement”- 2024) rezumaron efluvios de incomprensión, pero elevaron el arte por encima del bien y del mal. Esta facultad se mantuvo prácticamente correlativa el día siguiente con unos Soen endiosados de sí mismos y alejando lo verosímil de lo increíble en una memorable actuación de luces de gas y amarillentos poemas en papel de adúcar. Los suecos emparentados con el ex Opeth, Martin Lopez (batería), han superado todas las barreras autoimpuestas por su propio concebimiento, nada sencillo, y han reformulado su topografía para crear una isla casi pura, de rasgos exóticos acentuados y plasticidad emocional. Joel Ekelöf además de ser un cantante fuera de lo común, también es un “gentleman” encima del escenario y deja espacio para el lucimiento individual y colectivo de Stefan Stenberg (bajo), Lars Enok Åhlund (guitarras y teclados) y Coddy Lee Ford (guitarra). Con una presencia muy determinante de su último y maravilloso disco (“Memorial”- 2023), no faltaron derivaciones a “Lotus”- 2019 (“Lascivious”, “Martyrs”, “Lotus”), “Imperium”- 2021 (“Deceiver”, “Monarch”, “Modesty” o “Illusion”). Invistieron a su santísima trinidad con harapos de satén, dejándonos a la espera del próximo evangelio y el verbo de la belleza policromática.

Estas liberaciones de espectro fueron más que obligatorias, sobre todo el día que descansó el protagonista de la biblia cristiana, porque la dieta del festivo fue mucho más contundente en peso, aunque igualitaria en calidad. Con dos moles de pulpa como son los infranqueables muros de riffs de los legendarios Death Angel y de la actitud vacilona de Municipal Waste, el thrash no se hizo bola aunque nuestra mandíbula estuviera medio desencajada luego de tres días ya de “desparrame”. Pero es que estos dos combos, cada uno en lo suyo y aunque estén unidos por la misma causa, son tan complementarios como definitivos en su unión. El lado más metalero y épico determinante de la Bay Area de California a lomos de los de Cavestany y Osegueda dejó su virtuosa impronta intacta y una sensación de atemporalidad monárquica. Como no podía acontecer de otra forma y entre hinchables de recreo acuático, los de Richmond, Virginia, más cercanos geográficamente con New York, demostraron su asimilación crossover que tanto nos recuerda a Anthrax y Nuclear Assault, aumentando los pogos, circle pits y toda la diversión “epinefrenética” (no miréis el diccionario de la RAE, me lo acabo de inventar) que destensa la voz de las calles estampadas en grafiti. Pero para confitar este mastodonte y antes del sorbete pre despedida, otra porción de hard rock, danés esta vez, se acopló al ahumado sabor que dejaron los del otro lado del Atlántico, a pesar de que su nombre se inspire en uno de los parques temáticos más celebrados de los de la Casablanca: Disneyland After Dark o D.A.D., como usías prefieran. Icónicos en los años ochenta y pertinaces desde los momentos menos fáciles y hasta el presente, la fraternidad de los “brothers” Binzer sostienen unos poco debatibles coros que no solo se encuentran en el sempiterno “Sleeping My Day Away”. “Evil Twin” y “Something Good” (“Everything Glows”- 2000), “Bad Craziness” (“Riskin´It All”- 1992), “Jihad” Y “Girl Nation” (“No Fuel Left for the Pilgrims”- 1989). No, no es una “one hit wonder”, es una gran agrupación a la que se le debe más de lo que se le ha de pedir, y encima, sonaron de muerte, allá la conciencia de los sepultadores.
Plato principal: Orgía de Babel
¿Recordáis aquella escena de Indiana Jones y el Templo Máldito en la que, nuestros queridos protagonistas, se sientan en una mesa de alta alcurnia para ser agasajados con un festín de estrafalarias vituallas supuestamente hindúes? Hilarante, surrealista, vistosa, denodada son algunos de los adjetivos que se me ocurren así, a primer bote. También encerraba cierto halo misterioso, fantástico e incluso epopéyico. Pues bien, para cerrar los portones de la mansión embrujada y dejar, para después, un parque temático por etapa, la bandeja estelar para saciar a los allí congregados se compuso de diferentes lenguajes, cruzadas acepciones y la misma esencia. Estableciendo un paralelismo con el filme de Spielberg, el sexto día se nos aglutinó como héroes no convencionales con la fogata de conciliábulo que los bardos alemanes, Blind Guardian, siempre azuzan con su Nicotiana legendaria, parapetados por el fondo de la portada de su último disco, “The God Machine” (2022) que tan bien ha sido acogido por su legión de seguidores. Con, incluso demasiada, sobriedad en su puesta en escena, los de Krefeld mantienen en una condición envidiable tanto sus malabares técnicos como su estatus masivo dentro del plató que iniciaron allá por 1988. Hansi Kürsch no palidece entre su prodigiosa garganta y el rol de maestro de ceremonias sobre el que ha de arremolinarse el vulgo junto a su mesnada carnal, los guitarristas André Olbrich y Marcus Siepen, Los nuevos salteadores de caminos Frederik Ehmke (batería) y Johan van Stratum (bajo) completan el clan acompasados por el teclista para la escaramuzas cara a cara, Michael “Mi” Schüren. Si bien nos preparamos para un recital encabezado por temas de “The God Machine”, que también los hubo como “Blood of the Elves”, la compañía del anillo nos aduló con algunos de los emblemas más álgidos de su peregrinaje como son “Majesty” (“Battalions of Fear”- 1988), “Valhalla” (“Follow the Blind”- 1989), “The Bard´s Song – The forest” (“Somewhere Far Beyond”- 1992), “A Past and Future Secret”(“Imaginations from the Other Side”- 1995) y “Nightfall” o “Mirror Mirror” (“Nightfall in Middle Earth”- 1998). Seguidamente, humeantes de ayahuasca y ceremonialmente incorpóreos, The Cult nos indujeron a su plano paralelo de guitarras ardientes y evocaciones de hard rock abisal erguidas bajo sus personales antífonas retratadas en los años más prolíficos de su carrera. Un show sobrenatural el que dieron los de Astbury (voz, pandereta, maracas y tretas varias) y Duffy, con temas tan macizos como “Spiritwalker” (“Dreamtime”- 1984), “Hollow Man”, “Rain” o la final “She Sells Sanctuary” (“Love”- 1985), “Wildflower” y “Love Removal Machine (bis) (“Electric”- 1987), “Edie (Ciao Baby)” y “Fire Woman” (bis) del antológico “Sonic Temple” (1989). También se incluyeron del apoteósico “Beyond Good and Devil”, “War (The Process)” y “Rise” que suenan atronadores con el bajo de Chris Wyse, la rítmica de Mike Dimkitch y la feroz pegada de John Tempesta (Exodus, Testament, White Zombie). A los de la secta se los vio entregados al máximo y eso se prolongó en un sentimiento de atemporalidad partidista con proclividad de neutralidad.

La sapidez del séptimo de la semana resultó ser harina de otro costal. El flambeado orgánico de uno de los máximos creadores y representantes del death metal melódico, In Flames, rozó la eminencia, no solo por su actitud de “pico y pala” y “ensayo/error”, sino por lo realmente inflamable de su argumentario, criticable o no, todo dependiendo de nuestra vanidad o ausencia de progreso, pero, a todas luces evolutivo dentro los inquietos genes que los definen. Fridén sigue partiendo la pana con sus screams y alabo su decisión de intentar recurrir a un tono melódico que, aunque no es la panacea, ha supuesto un esfuerzo masivo para alguien que no ha querido dejar escapar el barco de la transformación temporal. Björn Gellote ha encontrado en el ex Megadeth, Chris Broderick una buena sombra sobre la que prender la pirotecnia orfebre que se destila de sus melodías envolventes. Liam Wilson (The Dillinger Scape Plan) al bajo junto a Tanner Wayne a la batería (Underoath) dejan una formación sin ningún miembro original pero con toda una vida, pasado-presente-futuro, por delante, por muy artificial que resulte. Abrir con “Pinball Map” del celebradísimo “Clayman” del año 2000 es ya una canallada, es el insulto que acaba en reyerta y así de pendencieros se iban a mostrar los del sonido Gotemburgo a lo largo de su recital de bofetones. “Coerced Existence” (“Colony”- 1999) y “Cloud Connected” junto a “Trigger” (“Reroute To Remain”- 2002) rompieron la primera onda expansiva de hostias desde su perfil más cercano a la fecha, abarcando posesivamente desde “Sounds of a Playground Fading”- 2011, “I, The Mask”- 2019 y “Foregone”- 2023. Después ya se alternaron épocas, pero no equivalencias, y es que los del “Lunar Strain”- 1994, han fomentado ese mal hábito de sonar en directo fieles al reflejo de su naturaleza primigenia, compongan lo que compongan, con la imagen de un muro de adoquines dorados como referencia. Imponentes.
Como colofón a esta adquisición calórica de alto contenido adictivo y profano, llegó el cabaret de lo grotesco, de lo bizarro, la burla de la gula y el vómito acechado. Violó nuestra voluntad para forzarnos contra el inadecuado sesenta y nueve que no nos permitiría desembarcar lejos de la marisma cíclicamente orquestada para la abducción. Till Lindemann, el de Sajonia, fruto de la unión de un escritor y una periodista, nadador de océanos de sátira y actor a los pies de la infamia más absoluta, predicó con desparpajo y canibalismo su desdén por la tolerancia y nos ofreció una función tan abominable como indómita, tan sorprendente como enfermiza, tan caritativa como meticulosa. Tirando de su escaparate de lencería gótica y sadomasoquista, de su sexualidad industrial y de su corpulento torso rítmico, se llevó por delante a propios y extraños con la fuerza de un torrente de lujuriosa pasión pútrida. La versión de Héroes Del Silencio, la archiconocida “Entre Dos Tierras”, tan sólo se realza como una anécdota entre tanta inmundicia. Brillante.
Postre:

El anterior al último se nos ofertó un fármaco para facilitar la absorción de contenido con un procesado de power metal y cinematografía draconiana, un sintético que ejerce de placebo para quien se había coronado con los oros de Baco, pero para un servidor la música es ver para creer y, ante lo escuchado, ante mis ojos faltaban muchas plantas para convertir el emplazamiento en jardín. Lo siento, Rhapsody Of Fire pueden ser muy míticos y tener grandes canciones, pero si se dispara tanto al aire, posiblemente, el viento se lo lleve todo.
Manticora dieron por concluido el día con su metal progresivo que bien empareja con el power o el thrash. Los de Dinamarca llevan mucho tiempo dando cera como bien resuena “Beast of The Fall” de su nuevo disco de 2024 llamado “Mycelium” y, entre sus diez discos, bien sacaron un repertorio que nos abandonaba ese regustillo de las cosas hechas con sinceridad y como recreo permanente.
Y ya, como último bombón antes de reventar, Mind Driller, con tan mala suerte de tocar después del ciclón Till, no solo salvaron los muebles, sino que dejaron bien patente que su matrimonio con las sonoridades de nuevo cuño y su enlace de factoría, desde aquí suena tan formidable como allí, es decir, que nada tienen que envidiar al prójimo y, de contar con parecido talonario, otro gallo cantaría.
Conclusión:
Cuatro días, dos escenarios, una ola de calor y la hidratación de la ensoñada simiente convertida a realidad y sujeta a juicio por su entorno y quienes lo delimitan. Variedad y originalidad que, contando con un espacio más apropiado para este cambio climático, tendrá una descendencia venidera adaptada a un ecosistema en constante contraste, colisión y expedición. Enhorabuena una vez más.




















