Festival: Zurbarán Rock
Lugar: Parque de San Agustín – Burgos – 18 y 19 de julio de 2025
Texto: J. A. Lux
Fotos: Gabriel Pérez Hernando/Juan R. Felipe
El día anterior al presente que rápido se esfumó, se atendió como una reinvención para el festival sito en Burgos, así como para un público que nunca había visto como en una jornada inicial se había puesto casi toda la carne en el asador, desconcertando al más pintado y abandonando una pregunta en el aire, ¿Qué pasará mañana? Sí, es cierto, el sábado diecinueve todo parecía más laxo, más trajinado, pero… ¡Ay mi gente! Sorpresas te da la vida…
Sábado día 19: Memorias de un atlas impredecible

Una hora después del mediodía, bajo un sol que lejos de agobiar hacía resaltar con el fulgor del frenesí veraniego cada sonrisa, abrazo y reencuentro que se acontecieron frente al monumento gótico por excelencia, un poco más monumental que siempre se erguía la Catedral de Burgos adornada con el escenario propiciado alrededor de la Plaza del Rey San Fernando por la insigne Fundación Círculo Burgos. Es un orgullo que La Fundación Círculo Burgos apoye la cultura de la manera tan desinteresada con la que lo hace, pero a la vez, es edificante que lo colme con tanto mimo y tan pocas ganas de notoriedad, como aquel que salva vidas y no se da importancia, los héroes del día a día. Buena nota han adquirido de ello Metal Castellae desde que la Asociación Burgos Heavy Metal forjara una alianza con la entidad para poner banda sonora en los silenciosos tiempos de pandemia. El rock y metal le deben mucho al equipo que da la cara por nuestra cultura, encabezado por Juan y Silvia, dos personas adorables y comprometidas. Para dar ejemplo, y como si de un embrujo del que no quieres deshacerte se tratase, el escenario Fundación Círculo giró las tuercas del destino para que Robin McAuley volviera a adentrase en nuestro corazón, esta vez en formato acústico y con tiempo reducido, para deleitarnos con algunos de los temas expuestos el día anterior y, como colofón, regalarnos el imperecedero “Eye of the Tiger” de la apológica institución Survivor, donde militó por unos años. Los agradables Andrea Seveso y Alessandro Mammola secundaban la propuesta del vocalista tocado por el fatum y allí ya no solo se acarició gracia divina, se hizo historia tanto para los seguidores de este estandarte como para los transeúntes habituales, los visitantes a la ciudad, los amantes de la música por encima del nombre y para unos mecenas a los que no les cabía el corazón en el pecho por un orgullo más que merecido, reivindicado por muchos y muchas de nosotros y nosotras en bajas voces a veces, pero siempre en las charlas que realmente importan. No todo es poner el cazo. Robin me confesó que no pudo quitarse las gafas de sol, no ya porque sus cristalinos ojos azules no aguantaran la poderosa luz del astro rey, sino porque no se lo consintieron las lágrimas que rodaban por su curtida piel, plenas de emotividad como bien manifestó al mencionar que nunca había tenido tanta belleza tras sus espaldas en un show. Enhorabuena Fundación Círculo Burgos, no hay palabras.
Horas más tarde comenzaban los oficios, sesenta minutos antes que el viernes y, para sorpresa de Kilmara y de la gente más observadora, aquello estaba más lleno que nunca en una cita tan temprana y ardiente. Lógicamente suponía una realidad irrefutable: Zurbarán Rock había vuelto a batir marcas de asistencia tan solo un día después de pulverizar sus anteriores registros. Los catalanes ataviados en sus trajes mezcla de su odisea estelar personal, mezcla de Cazafantasmas, y con todo el sentido de la portada de su imparable nuevo disco “Journey to the Sun”, salieron a escena como si por primera vez se tratara, y parcialmente así era porque estrenaban andadura con su nuevo batería Neil Gómez, un joven portento que hizo que Didac Plá (bajo), Jon Portillo y Carles Salse (guitarras de primer nivel) junto al carismático vocalista Dani Ponce, dieran una actuación de once en una escala de diez. No solo sus grandes canciones les hicieron valedores de esta apreciación, sino también su humildad, su cariño para con el público que venía de sitios tan dispares como Sevilla o el País Vasco así como los seguidores locales que se ganaron a pulso en sus anteriores visitas a Burgos a través de la Asociación Heavy Metal de la ciudad (incluso en esos momentos de éxtasis se acordaron del gran Fernando Fernández, un monstruo de la escena) y una profesionalidad auto infligida tras su extensa gira europea junto a Nanowar of Steel y Dynazty. No pudo haber mejor apertura.

Sin movernos del escenario Diario de Burgos y con las continuas animaciones del equipo de Vive! Radio acompañado por los entrañables y divertidos Alien Rockin´ Explosion (un abrazo enorme a Red-Trysha y Van Halien), los renovados y repetidos para el festival Hell In The Club debían batirse el cobre para, al menos, igualar la tremenda actuación que nos propiciaron hace años, antes de que el festival gratuito pisara San Agustín y cuando deambulaba por el Paseo de Atapuerca, limitado por el Museo de la Evolución. Cuando tienes tan interiorizado el concepto de una banda que ha mantenido un pulso muy digno en la escena hard rock melódica europea, con sus fetiches y rasgos distintivos, cuesta digerir de primeras el cambio de vocalista, aún más radical porque también se oponía en sexo y porque los italianos venían sin un disco completo bajo el brazo, con dos singles nada más a disposición del curioso (la regrabación de “The Kid” de “F.U.B.A.R.”- 2023 y “Carolina Reaper”- 2024). Me costó meterme en la actuación ya que Davide Moras me había calado con su voz potente y melosa a la par en interpretaciones abismales como “Rock Down This Place” (“Let the Games Beguin”- 2011) o “Devil On My Shoulder” que así mismo daba título al disco de 2014, y que en botas de Tezzi Persson (Infinite & Divine) no me acabaron de convencer, pero lo que sí que es cierto es que posee una gran voz (que recuerda en muchos momentos a Janet Gardner de Vixen) y dotó de otra dinámica a los del Piamonte, a pesar de que sus compañeros me resultaron apáticos; ahora solo queda acostumbrarse y recibir nuevas canciones que le hagan justicia. Una vez aceptada esta vicisitud, ella tomó el control de los del club del infierno y se hizo soberana con “Shadow of a Monster”, “Tokyo Lights” o “A Crowded Room”, salvó el culo de una formación que antaño destilaba más glamur.

¡Quietos “paraos”! En este punto he de decir que se me heló la sangre y, aunque Evil Invaders en estudio me parecían solventes, en directo me mataron. ¡Qué nivel! ¡Qué intensidad! ¡Qué maestría! Su speed/thrash de postulación Slayer me pareció una de las actuaciones cumbres de los ocho años de este festival. Joe, su líder, vocalista y guitarrista, es un huracán impredecible de sensualidad abrupta y retorcidas gesticulaciones sin exorcizar, por no mentar que es todo un predicador del metal que atrae con solo alzar la mirada, ya no te cuento con sus “de puta madre” y otras apelaciones a los corderitos allí esperando a ser degollados. Max a la otra guitarra y Joeri al bajo realizan sus faenas con rabia (no había más que escuchar como escupían sus coros), vitalidad y sin fallo alguno, así que el del látigo era Senne Jacobs tras su batería torpedeadora, azotando el poseído cuerpo de su alma mater. Los belgas son un ciclón que ya no es que no deje prisioneros, es que se vuelve a dar un tour por encima de cualquier cuerpo yaciente para drenar la poca vida que dejan tras de sí. “Siren” destapó el bote de las delicias para dejarnos atónitos después con sus estructuras de aniquilación como resaltan “Raising Hell”, “Feed Me Violence”, “Eternal Darkness”, “Pulses of Pleasure” o “Sledgehammer Justice”. Es mi deber recalcar que, un tema como “In Deepest Black” (“Shattering Reflection”- 2022), se ajusta a ser todo un manual de como rendir tributo a la totalidad del metal de los años ochenta, joya incunable. Para mí los grandes vencedores del día.

Con los calores más relajados se abría cerca de las ocho y media el escenario Fundación Caja Rural donde los ganadores regionales del concurso de las Candelas, Blaze The Trail, desde Valladolid, se anotaron una victoria total tanto personal, como ante los ojos de la infestada zona de “zurbaraners” sobre la que descargaron su metalcore de amplitud de miras. El vocalista Diego y Carlos su bajista dejaron que sus compañeros se gustaran sobre el escenario para que ellos, con esa pasión que los caracteriza, se bajaran a caminar entre el público, practicar el stage diving, dirigir unos memorables circle pits, walls of death e incluso sentar, orientar el sentido de las olas que acariciaban el cielo con nuestras manos y finalmente hacernos botar más que Mario Bros. Todo un compendio de estilo y clase que además nos dejó un profundo deseo de acercarnos más a su música creada desde el alma. Caña, caña y más caña que los convierte en otra de las grandes revelaciones de este año. Enhorabuena.

Cambio de tercio radical en el escenario principal y cómodas aglomeraciones para crear un total absoluto, no había más que decir, Zurbarán había alcanzado su cénit, así que la fiesta la habrían de poner los suecos Crazy Lixx y su maquillaje glammie camuflado por sus recreaciones de terror de los años de la presidencia de Reagan. Si bien he de reconocer que no es la mejor ocasión en los que les he visto, más que nada porque su setlist no me pareció de los más acertados con la cantidad de llamativas estampas sonoras que poseen, saldaron las cuentas pendientes de ese día con sus coros masivos que hubieran reventado tímpanos en estadios de hace décadas, pero que en el actualidad agudizan orejas e inflaman olfato, a pesar de contar con toda una imaginería que te lleva desde Viernes 13 a Los Vigilantes de la Playa, así como a Shocker (grande la versión de “Sword And Stone” compuesta por Desmond Child y servida por Bonfire para aquella inolvidable banda sonora), por poner algún ejemplo. Su predisposición es leal y Danny Rexon canta con sospechosa perfección, pero parece ser que el público no iba a doblegarse por completo anta ellos como sí pasó con Stratovarius. “Whiskey Tango Foxtrot”, “Little Miss Dangerous”, “Silent Thunder”, “Girls of the 80´s” o “Blame It On Love” sonaron y abarcaron una época añorada que, de tanto abuso en la actualidad, parece haber entrado en un barbecho de nuevas ideas del que ansiamos que despierte, aunque, eso sí, a los incondicionales les supo a “Frigodedo”. Los suecos son referentes y buenos exponentes, esperemos una patada en el culo de su parte como hicieron en sus tres primeros lustros para que la rueda no se atasque.

En el escenario “menor”, palabra que no se cree ya nadie a tenor de lo vivido allí y de las bandas que se dejaron el culo sobre las tablas, llegó otra descarga a bocajarro del mejor thrash metal old school, la de los cada vez más necesarios murcianos Injector. Juanjo a la batería es un seguro de vida con su métrica inamovible y sus cambios de tempo necesarios para que junto a Mafy al bajo y unos brutotes coros (¡aúpa ahí con esa camiseta de mis adorados Testament del “Souls of Black”- 1990), abonen sendero por el que Dani MVN (guitarras y voz) y Danny B (guitarras) dejen claro que desde Megadeth a Overkill aquí, en España, ellos tienen mucho que decir. Si el sonido no fue el más adecuado ellos lo suplieron con cercanía y actitud, no hay quien los amilane y que sentencias como “Warning Blast”, “Oppressive Force” o “Feed The Monster” los posicionan en lo más alto de nuestro producto a exportar por doquier es poco menos que una obviedad.
El escenario Diario de Burgos recibió cinco ovaciones como cinco templos, cada una correspondiente a la salida ante las retinas de cada uno de los miembros que sustentan el nombre de la compañía Stratovarius a día de hoy. Curioso es que no haya ningún miembro original de los de Timo Tolkki, incluso tristemente ni él mismo, pero aún conserva dos pesos pesados de su pasado: el vocalista Timo Kotipelto y el seminal teclista Jens Johansson. Ya llevan años con ellos el bajista Lauri Porra (ex Sinergy), el alucinante guitarrista Matias Kupiainen y el veterano batería Rof Pilve. Aquello parecía un océano de cabezas y cuernos en alto, hasta donde la vista alcanzaba a ver porque uno ya se perdía ante la inmensidad que proyectaba esta respuesta masiva que ha obtenido el festival este año. Los finlandeses encajaron uno de los mejores espectáculos de los que llevan en su nueva tercera juventud y en gran parte de sus medianías: ejemplar selección de temas, cercanía con el público y sobrada valía escénica e interpretativa tanto en solitario como en conjunto. “Speed of Light” Y “Eagleheart” de entrada y para dejar sin aliento a una increíble masa de metalheads dados por satisfechos desde la primera nota. “Glory Days” y “The Kiss Of Judas” extendía emociones y sonrisas entre el gentío como si de una pandemia se considerase, para, súbitamente, ganarse la atención de los más avezados con una poco vista en sus conciertos, la instrumental “Holy Light” del “Visions” de 1997, otra de sus obras más queridas y que demostraba la incontestable valía del guitarrista Matias quien encara suplir a todo un visionario, nunca mejor contextualizado. “Paradise” “Eternity” “Black Diamond” o su más reciente “Survive” no dieron calma al maldito ni reposo al bendito, para, con un Timo ampliamente retratado en su don y su afable cometido de anfitrión, lograr el orgasmo colectivo con la traca final de “Forever”, “Unbreakable” y “Hunting High and Low”. La experiencia es un grado, máxime cuando abordas una nueva etapa con la ilusión del que no da su peso por metal preciado.


Clausuraban los franceses Overdrivers el segundo escenario con más brío que muchas de las estrellas más rutilantes de esto del rock and roll. Lo suyo no es más que entrega, ilusión, conducta y un buen racimo de bombas de precisión que manteniendo los preceptos básicos de los australianos más insignes del hard, no pretenden engañar a nadie, bueno al menos con la música porque lo suyo es la banda sonora ideal para poner banda sonora al pretexto de “habrá que tomar otra, ¿no? Ya que hemos salido…”. Aguardiente sonoro, vacilón y coqueto que con la voz de Adrien Desquirez y la guitarra gemela a la suya de Anthony Clay, saltando de acorde a acorde sobre la elástica base rítmica de Lion Das Neves (bajo) y del batería Florian Morgano, enlazan temáticas que de ser en nuestra lengua materna serían objeto de debate y hasta de condena, pero que en el ámbito en el que nos veíamos expuestos tan solo eran jerga concupiscente entre amistades desbocadas. “High Mountains”, “Kings of the Road”, “Guitar Playboys” o “Show Your Boobies” no pretenden sacar la túnica que hay en tu interior puritano de enfrente a la familia, pero tampoco dejarte en cueros, no os vengáis arriba. Pura fiesta a la antigua usanza, gracias, gracias, ¡gracias!





Era hora de decir adiós a la octava edición y, musicalmente, el colofón iba a venir de algunas de las señas de identidad más importantes de la idiosincrasia del Zurbarán: el apoyo a la figura femenina en el rock, la diversidad cultural y étnica, así como el mestizaje musical. Por eso el contrato rubricado con las japonesas Bridear resultó ser una declaración máxima, una apuesta muy avispada y elevada, vamos, lo que coloquialmente se conoce como “palabras mayores”. De la timidez y templanza de la tierra del sol naciente mostrada al llegar a la zona de backstage donde se las recibió con cariño e incluso ternura, a la bestia en la que se convirtieron el quinteto sobre el escenario principal que despedía la mejor edición de los burgaleses en su corta pero fulminante historia, ¡vaya transformación!. Con sus trece años de trayectoria y su amalgama de base metalera y proliferación de sonoridades contemporáneas, Haru (bajista), Kimi (voz), Natsumi (batería), Ayumi y Moe (guitarras) hicieron lo que muchos machos alfa no podrían compensar sobre un escenario, pasar por encima del sexo para ensamblarse una armadura que no tuvo rivales para “dar cera/pulir cera”. Absolutamente ceremonial y digno de celebrar.
Cuando ya todo acabó sí que reaccionamos a la otra sorpresa que nos habían ocultado los organizadores, el cambio de ubicación del Zurbarán del idolatrado y vívido parque de San Agustín a la mole de asfalto protocolario deportivo, con vistas al río, de la ciudad burgalesa. Habrá que esperar para valorar, pero lo que sí anticipo es que si este triunfo ha sido riguroso, también ha sido en buena medida por la contribución de la ubicación tan idílica de los escenarios y sus gentes, aunque como digo habrá que esperar al año que viene para ver el impacto de tanta magnitud. Por mi parte y la de mi equipo para Metal Hammer, hemos de dar las gracias por el exquisito trato dispensado y la camaradería entre medios y enlaces del festival, sin olvidar a los artistas que bajaron de su pedestal para mimetizarse con el ambientazo generado con respeto y admiración. El ocho de siempre ha sido mi número favorito, he aquí otro ejemplo que me hace ratificar mis predilecciones. Os deseamos lo mejor, hasta pronto.

















