Banda: Moonspell
Lugar: Quinta de Ribafria, Sintra – 12 de septiembre de 2026
Texto y fotos: Marta Grimaldi y ThedY Benjumea
Llegamos a Portugal el viernes 11 de septiembre para acompañar a Moonspell durante todo el fin de semana alrededor de un evento muy especial para la banda. Salva nos recogió en el aeropuerto y nuestra primera parada fue el local del grupo, donde estuvimos charlando con Hugo Ribeiro, batería de Moonspell, mientras esperábamos la llegada de nuestros compañeros de Metal Hammer UK y Alemania. Así comenzaban unos días junto a Moonspell que difícilmente íbamos a olvidar.
Después de pasar por el hotel llegó el momento de sentarnos con Fernando Ribeiro para entrevistarlo y hablar con calma de este momento de Moonspell, de Far From God y de todo lo que rodeaba a una actuación concebida de una manera muy concreta (video aquí). La jornada, sin embargo, todavía guardaba otra parte. Al atardecer nos reunimos con el resto de los miembros de la banda y parte de su equipo, que nos acompañaron durante una visita guiada a la Quinta da Regaleira. Recorrer uno de los lugares más reconocibles de Sintra junto a Moonspell tenía una conexión evidente con el imaginario que ha acompañado a la banda durante buena parte de su trayectoria y también con el universo que rodea a Far From God, un disco atravesado por cuestiones como la espiritualidad, la distancia respecto a Dios y la condición humana, algo que cobraba un sentido especial mientras avanzábamos por la Quinta da Regaleira acompañados por un guía que fue descubriéndonos con detalle la historia del lugar, su arquitectura y el simbolismo que se esconde en muchos de sus rincones. Fue una tarde que nos permitió compartir tiempo con el grupo fuera del escenario y conocer de cerca un entorno profundamente ligado a la historia de Sintra, uno de los momentos de este fin de semana que abordaremos con bastante más detalle en la edición impresa de nuestra revista física.








El sábado todo conducía ya al concierto.
A las tres de la tarde llegamos a la Quinta de Ribafria, el lugar elegido para la actuación, donde pudimos seguir parte del montaje y apreciar todavía con luz de día la singularidad del recinto, con el edificio, las escalinatas, las estatuas y la vegetación rodeando un escenario perfectamente integrado en el espacio. Mientras se ultimaban los detalles, la batería, los teclados y el resto del equipo ocupaban distintos niveles sobre las escaleras que daban paso al escenario, con técnicos y miembros del equipo terminando de comprobar posiciones y luces, cuya disposición ya permitía intuir el peso que tendría la iluminación cuando desapareciera el sol, porque allí no hacía falta levantar una gran escenografía delante del edificio, buena parte de ella ya estaba allí.





Unas horas después, con la llegada de la noche, aquella disposición mostró finalmente su propósito, las estatuas y la fachada aparecían y desaparecían entre las sombras, los focos atravesaban las ramas y la neblina procedente del escenario descendía por las escaleras hasta alcanzar las primeras filas, transformando por completo la imagen que habíamos visto durante la tarde. Moonspell todavía no había salido al escenario y el público ya empezaba a hacerse notar, con cánticos de «Moonspell, Moonspell…» que surgían desde las primeras filas y encontraban respuesta en los laterales y el fondo, extendiéndose por un recinto rodeado de árboles en el que más de un millar de personas esperaban el comienzo de un concierto planteado alrededor de dos momentos muy concretos de la historia del grupo.
Irreligious y Far From God, separados por treinta años, iban a avanzar prácticamente juntos durante la noche, con Moonspell evitando dividir la actuación entre pasado y presente e intercalando ambos trabajos, una forma de entrelazar dos épocas de la banda y descubrir cómo las canciones de uno y otro se funden al compartir esa manera tan reconocible de entender la oscuridad, con los teclados y las guitarras creando buena parte de esas atmósferas, el bajo y la batería dando cuerpo a los temas y, sobre todo, la profunda voz de Fernando Ribeiro al frente.
Tras la introducción, «Cross Your Heart» fue la encargada de abrir el concierto, aunque apenas había comenzado cuando una sobrecarga en la red eléctrica obligó a interrumpir la actuación y detenerlo todo, dejando al público a la espera mientras el equipo trataba de solucionar el problema hasta que, con la incidencia resuelta, el concierto pudo comenzar de nuevo, esta vez sin interrupciones, con «Cross Your Heart» recuperando su lugar como punto de partida antes de enlazar con «Far From God» y «Biblical», completando una primera entrada centrada en el nuevo disco antes de que «Opium» hiciera entrar en escena a Irreligious con buena parte del público siguiendo sus primeros versos.






A partir de ahí empezamos a entender cómo Moonspell habían planteado la noche, casi como una película que cuenta dos historias en paralelo y va saltando de una a otra sin perder el hilo. «Awake!» y «For a Taste of Eternity» continuaron donde lo había dejado «Opium» y, cuando el repertorio regresaba a Far From God, sucedía lo mismo, las canciones retomaban el disco prácticamente en el punto en el que había quedado. Así fueron avanzando Irreligious y Far From God, alternándose durante el concierto y haciendo que 1996 y 2026 compartieran una misma historia sobre el escenario.
«The Great Wolf in the Sky» devolvió después el concierto a Far From God y dejó una de las imágenes de la noche, con los láseres cruzándose sobre nuestras cabezas hasta dibujar la silueta de un enorme lobo en el cielo. Con los jardines a oscuras y el palacio iluminado detrás de la banda, el efecto era espectacular, sobre todo porque las luces llevaban jugando con la fachada desde el comienzo y aquí encontraron uno de sus mejores momentos. La canción, dedicada a Pedro Pires, amigo y seguidor de Moonspell, sonó con Aires Pereira y Hugo Ribeiro marcando la base, mientras las guitarras de Ricardo Amorim y los teclados de Pedro Paixão llenaban el resto del espacio y aquel enorme lobo seguía sobre nuestras cabezas mientras Fernando alzaba sus brazos hacia el. Momentazo.



Después llegaron «Your Promise of Light» y «For the Love of Mortals», interpretadas en directo por primera vez, la primera con Fernando Ribeiro alternando las partes más melódicas y susurradas con una voz mucho más agresiva, mientras que en «For the Love of Mortals» fue la guitarra de Ricardo la que se llevó todo el protagonismo. Eran dos canciones que prácticamente acababan de echar a andar y eso también se notaba entre el público, mucho más pendiente de escuchar que de anticiparse a ellas, algo que cambiaba en cuanto el repertorio volvía a terreno conocido.
«Ruin & Misery» nos llevó de nuevo hasta Irreligious antes de dar paso a «A Poisoned Gift», una de las canciones menos habituales en los conciertos de Moonspell y que no aparecía en su repertorio desde 2021, fue también una de mis favoritas de la noche. La puesta en escena y el ambiente que se creó con la iluminación sobre el escenario hicieron que el tema ganara todavía más fuerza en directo, dejando uno de los momentos que más disfruté del concierto.
Con «Raven Claws» llegó Mariangela Demurtas, vocalista italiana conocida por su larga etapa al frente de Tristania y actualmente centrada en Ardours y en su carrera en solitario. Su aparición fue una de las grandes sorpresas de la noche, con una voz impresionante que encontró en la de Fernando Ribeiro un contraste perfecto para la canción y una presencia arrolladora sobre el escenario. Escuchar ambas voces juntas en «Raven Claws» fue uno de esos momentos capaces de ponerte el vello de punta.












«Mephisto» y «Herr Spiegelmann» continuaron el recorrido por Irreligious mientras la Quinta de Ribafria terminaba de introducirnos por completo en el universo de Moonspell, con la banda repartida por la escalinata de piedra y la fachada del edificio integrada en el montaje, la neblina quedándose entre los escalones, las luces apareciendo incluso desde algunas de las ventanas y los músicos recortándose a diferentes alturas a medida que cambiaba la iluminación, haciendo que por momentos fuera difícil saber dónde terminaba el escenario y dónde empezaba la propia Quinta.
Todavía quedaban dos canciones de Far From God, «Our Freedom to Fall» y «Reconquista», ambas estrenadas también aquella noche y con las que se completaban los cuatro debuts en directo del nuevo álbum, dejando así uno de los detalles más especiales de un concierto en el que estábamos viendo cómo parte de ese nuevo material cobraba vida por primera vez sobre un escenario.
Y llegó el bis.
Un auténtico regalo fue escuchar «Vampiria», con la que llegó el turno de Wolfheart y buena parte del público empezó a cantar. La respuesta continuó con «Alma Mater», con Fernando Ribeiro dejando algunas partes en manos de la gente mientras la fachada se iluminaba con los colores de la bandera portuguesa. Todavía quedaba «Full Moon Madness». Sus primeros compases bastaron para que el público supiera lo que venía y se sumara de inmediato, acompañando a Moonspell hasta el último minuto con uno de los grandes clásicos de su repertorio. La canción avanzó entre cientos de voces hasta consumir sus últimos segundos y, cuando los instrumentos callaron definitivamente, el silencio apenas tuvo tiempo de instalarse en la Quinta antes de que el nombre del grupo comenzara a subir desde el público, primero disperso y después convertido en un único grito: «Moonspell, Moonspell, Moonspell…». La banda se quedó unos instantes sobre el escenario antes de despedirse y dejar atrás una noche difícil de reducir a una simple presentación de Far From God, porque allí estuvieron también los treinta años de Irreligious, el regreso a Wolfheart en el bis y una producción que aprovechó al máximo las posibilidades de la Quinta de Ribafria, haciendo del propio recinto una parte fundamental del concierto.
De todo aquello me quedo con una imagen que pude contemplar una de las veces que me alejé para ver el concierto desde cierta distancia, con Moonspell sobre el escenario, el público reunido frente a ellos y, por encima de todos, aquel enorme lobo dibujado sobre nuestras cabezas, mientras la fachada de la Quinta cerraba la escena al fondo y los jardines de Sintra se perdían en la oscuridad, uno de esos momentos que se me han quedado grabados y que probablemente tardaré mucho tiempo en olvidar.
Un concierto irrepetible, destinado a permanecer en la memoria de este lugar y de quienes tuvieron la fortuna de presenciarlo.







