Bandas: Xandria, Seven Spires y Tulip
Lugar: Razzmatazz 3 (Barcelona) – 24 de septiembre de 2026
Texto: Òscar Saro
Fotos: Quico Gras
La sala Razzmatazz 3 de Barcelona acogió el pasado 24 de septiembre una intensa velada de metal sinfónico encabezada por los alemanes Xandria, inmersos en la presentación de su nuevo álbum, Eclipse. Acompañados por los estadounidenses Seven Spires y los canadienses Tulip, tres formaciones con voces femeninas al frente desplegaron sus particulares maneras de combinar melodía, contundencia y grandiosidad orquestal. Una noche de contrastes que sirvió, sobre todo, para confirmar la solidez de la nueva etapa de Xandria y el extraordinario protagonismo de su vocalista, Ambre Vourvahis.
Alejandría es el nombre de la mítica ciudad egipcia fundada por Alejandro Magno, célebre por su legendario faro y su extraordinaria biblioteca, dos de los grandes símbolos del mundo antiguo. De su denominación latina, Alexandria, nació también el nombre de la banda alemana de metal sinfónico Xandria. Según explicó en diversas entrevistas Marco Heubaum, fundador y principal compositor del grupo, alrededor de 1995 decidió prescindir de las primeras letras de aquella palabra, fascinado por la sonoridad misteriosa y enigmática del resultado.

Tres décadas más tarde de ese bautizo, Xandria atraviesan uno de los capítulos más interesantes de su trayectoria. Después de numerosos cambios de formación y de un prolongado silencio discográfico, la banda encontró en la incorporación de la cantante Ambre Vourvahis una nueva identidad sobre la que reconstruir su futuro. Su llegada, acompañada de una profunda renovación del grupo, quedó plasmada en The Wonders Still Awaiting (2023), un trabajo que supuso un celebrado regreso y que apostaba por un sonido sinfónico más ambicioso, cinematográfico y abierto a nuevas influencias.
Lejos de conformarse con aquella resurrección, Xandria continuaron ampliando horizontes con el EP Universal Tales (2024), antes de dar un nuevo paso adelante con Eclipse, su noveno álbum de estudio, publicado el pasado 7 de agosto a través de Napalm Records. Once composiciones que profundizan en esa renovada personalidad, combinando la grandiosidad orquestal característica del grupo con guitarras modernas, elementos electrónicos, influencias folk y una mayor variedad de registros vocales. Todo ello sustentado en la extraordinaria versatilidad de Ambre, capaz de transitar con naturalidad entre la delicadeza lírica, las voces rockeras y los registros más extremos.
Con este nuevo trabajo bajo el brazo y siguiendo, salvando las distancias, el espíritu conquistador de aquellos que fundaron Alejandría, los alemanes se han embarcado en el Eclipse European Tour 2026, una extensa expedición musical de 32 conciertos repartidos entre el 16 de septiembre y el 23 de octubre. El pasado 24 de septiembre, esta particular conquista europea hizo escala en la sala Razzmatazz 3 de Barcelona, acompañada por dos propuestas que completaban un cartel especialmente atractivo para los seguidores del metal sinfónico: los estadounidenses Seven Spires y los canadienses Tulip.
Tres bandas, tres mujeres al frente de sus respectivas formaciones y tres maneras de abordar el metal sinfónico. Pero, por encima de todo, una oportunidad para comprobar si esta nueva encarnación de Xandria es capaz de trasladar al escenario la ambición de sus últimas grabaciones y demostrar que su renacimiento no fue un acontecimiento pasajero, sino el comienzo de una etapa de estabilidad y con mucho recorrido por delante.
Tulip: una primera dosis de energía y melodía

Los encargados de abrir la noche fueron los canadienses Tulip, que llegaban con el EP The Depths recién publicado, el pasado 16 de septiembre. Al frente de la formación encontramos a sus dos miembros fundadores: Ashleigh Semkiw, a la voz, y Colin Parrish, a la guitarra y aportando un segundo registro vocal más gutural. Les acompañaba Cody Casillas, oficialmente bajista de la banda, pero a quien en Barcelona vimos guitarra en mano. Completaba la formación Dylan Gowan, batería de Seven Spires, la segunda banda del cartel, que asumió también las baquetas para esta actuación.
Razzmatazz 3 es una sala pequeña, con un escenario de dimensiones modestas. Si, además, buena parte de ese espacio está ocupado por la batería y los elementos escenográficos del cabeza de cartel, el margen de maniobra para las bandas teloneras queda reducido a la mínima expresión. En ese escenario prácticamente encajonado encontramos a Semkiw ocupando la posición central, frente a un micrófono cuyo pie estaba adornado con una especie de rosa negra. Desde allí mostró una voz solvente, de marcada sensibilidad lírica y con buenas maneras para desenvolverse entre las melodías del grupo.
El contrapunto vocal llegó de la mano de Parrish, cuyos registros guturales aportaron los momentos más extremos del repertorio. Junto a Casillas, se encargó de levantar un muro instrumental a base de dos guitarras de sonoridad especialmente grave, aunque no siempre suficientemente definida. A sus espaldas, Gowan tocaba descalzo y con una concentración casi imperturbable, algo comprensible tratándose de las composiciones de una banda ajena. Todo ello se completaba con unas bases pregrabadas que ayudaban a reforzar el sonido, pero que en determinados momentos adquirieron un protagonismo quizás excesivo.

La nueva “The Fall“ ofreció uno de los arranques más atractivos del concierto, con la vocalista comenzando completamente sola antes de que las guitarras irrumpieran con toda su fuerza. Tras un breve saludo, “The Witch“ volvió a enfrentar la contundencia instrumental con una interpretación vocal decididamente melódica, una de las principales señas de identidad del grupo.
El recorrido continuó con “Midnight in the Desert“ y “Ghost of Kyiv“, esta última rematada por la cantante sobre una base instrumental. Con “Lost Boy“ llegó una pequeña inyección de energía, además de un interesante pasaje de guitarras dobladas que permitió apreciar mejor las posibilidades de la formación. Semkiw decidió entonces acortar distancias con el público, arrodillándose sobre uno de los baúles situados en el escenario.
Antes de despedirse, hubo tiempo para presentar a sus compañeros y pedir al público que reservara energías y entusiasmo para las dos bandas que estaban por llegar. “Clone“, encargada de cerrar su actuación, arrancó con un poderoso grito melódico y puso punto final a un concierto que dejó buenas ideas y una personalidad reconocible, aunque también cierta sensación de habernos quedado a medio camino. Quizás por la configuración instrumental, por las limitaciones del escenario o por el excesivo peso de las bases, lo cierto es que no acabamos de escuchar su propuesta con toda la claridad que nos hubiera gustado. Las canciones estaban ahí, pero sonaban sensiblemente distintas a las versiones de estudio que habíamos escuchado mientras preparábamos esta crónica.
Seven Spires: mucho más que metal sinfónico

Los siguientes en tomar el escenario fueron los estadounidenses Seven Spires, una formación nacida en 2013 en el entorno del prestigioso Berklee College of Music de Boston, que ha ido construyendo una personalidad propia a partir de la combinación de metal sinfónico, power metal, elementos progresivos y sonoridades extremas. Con cuatro álbumes de estudio a sus espaldas, llegaban a Barcelona apenas unas semanas después de publicar la Master Key Edition de A Fortress Called Home (2024), su trabajo más reciente. Una ambiciosa reedición de tres discos que permite explorar nuevas dimensiones de sus composiciones.
Arrancaron precisamente con una grabación de “A Fortress Called Home”, para arrancar en directo con “Songs Upon Wine-Stained Tongues“, poniendo desde el primer momento las cartas sobre la mesa. Su bajista, Peter Albert de Reyna, armado con un instrumento de seis cuerdas, ofreció toda una exhibición de técnica y precisión que encontró una respuesta igualmente brillante en las manos del guitarrista y fundador Jack Kosto. Dos músicos que no solo ejecutaban sus partes con una solvencia envidiable, sino que también sabían buscarse y dialogar sobre el escenario. Tras ellos, Dylan Gowan, a quien ya habíamos visto empuñando las baquetas con Tulip, continuaba demostrando su habilidad, esta vez moviéndose por el terreno mucho más familiar de las composiciones de su propia banda.

Pero buena parte de las miradas se concentraron, inevitablemente, en la vocalista y también fundadora Adrienne Cowan. Con unas uñas casi más largas que los cuernos que adornaban la parte posterior de su cabeza, su imagen ya advertía que estábamos ante una artista poco convencional. Su participación en Avantasia nos había permitido conocer de antemano sus extraordinarias capacidades vocales, pero verla defender su propio repertorio fue toda una confirmación. Su facilidad para pasar de las melodías más delicadas a los registros más agresivos, sin perder personalidad ni un ápice de intensidad, se convirtió en uno de los grandes atractivos de la noche. Por momentos, Seven Spires nos recordaron a unos hermanos pequeños de Battle Beast que hubieran decidido adentrarse en terrenos más progresivos y extremos, conservando el gusto por las melodías pegadizas, pero añadiendo una considerable complejidad compositiva.
Kosto tomó la palabra para saludar a los asistentes y la conexión con el público terminó de consolidarse con “Almosttown“, uno de esos momentos en los que la respuesta de la sala empezó a crecer de manera evidente. Con “Succumb“, recuperada de su segundo álbum, el bajista y el guitarrista volvieron a encontrarse, compartiendo protagonismo y exhibiendo una complicidad que iba mucho más allá de la mera demostración técnica. Al terminar la canción llegó también el momento de presentar a los integrantes de la formación.

“Lightbringer“ introdujo una base rítmica de aires casi bailables y reservó una de las sorpresas de su actuación: la aparición de Ashleigh Semkiw, cantante de Tulip, que regresó al escenario para compartir voces con sus compañeros de gira. La intensidad descendió con “Love’s Souvenir“, una composición más pausada, envuelta en delicados arreglos de violín. Semkiw volvió a hacer acto de presencia, esta vez ataviada con un velo y mostrando una faceta vocal mucho más lírica, perfectamente integrada en el carácter emotivo de la pieza.
Pero la tregua tenía fecha de caducidad. Una base instrumental se encargó de reconstruir la atmósfera de “Wanderer’s Prayer“ para volver a pisar el acelerador con “Gods of Debauchery“, en la que vimos a Adrienne entregada a sus registros más extremos. Para acabar, “Through Lifetimes“ sonó en sonido ambiente mientras se despedían y, de esta manera, completaban un corto repertorio que, eso sí, fue suficiente para confirmar la amplitud de recursos musicales de la banda.
Seven Spires dejaron una excelente impresión gracias a una combinación de virtuosismo instrumental, versatilidad vocal y presencia escénica. Una formación capaz de transitar por diferentes sensibilidades del metal sin perder su identidad, y que demostró tener argumentos de sobra para defender una propuesta tan personal como inspirada. No siempre es fácil conjugar tanta técnica con la capacidad de transmitir emociones, pero los de Boston demostraron que ambas virtudes pueden convivir perfectamente sobre un escenario.
Xandria: un renacimiento con voz propia

La batería de doble bombo de Xandria llevaba toda la noche instalada al fondo del escenario, esperando pacientemente su momento. Era una declaración de intenciones sobre lo que estaba por llegar: un espectáculo de mayor envergadura, con una puesta en escena a la altura de su condición de cabezas de cartel.
Una introducción de aires épicos y las primeras columnas de humo anunciaron la aparición de los alemanes. Bastaba observar a Marco Heubaum, fundador de la banda y encargado del bajo en esta gira, para reconocer ese aire de veterano curtido en mil escenarios. A su lado, Robert Klawonn asumía las guitarras, mientras Dimitrios Gatsios ocupaba su puesto tras una batería que, por fin, podía entrar en acción.
“Eclipse“ fue el primer golpe de autoridad. La banda sonaba poderosa y Ambre Vourvahis encontró rápidamente su sitio dentro de una mezcla instrumental de considerable densidad. Tras agradecer la presencia del público, “Colours“ permitió apreciar toda la potencia vocal de la cantante franco-griega, además de un interesante solo de guitarra de Klawonn, que añadió brillo a la interpretación.
Con “Ravenheart“, Xandria recuperaron uno de esos temas que conectan inmediatamente con su historia. La composición sonó especialmente bien y el público respondió sumándose a sus característicos coros, convirtiendo por unos instantes la sala en una única voz. Una buena demostración de que las canciones pueden sobrevivir a las distintas encarnaciones de una banda y seguir conservando intacta su capacidad de emocionar.

Los músicos desaparecieron momentáneamente del escenario, dejando que una nueva introducción épica preparara el siguiente capítulo. “Universal“ encontró a guitarrista y bajista situados en un segundo plano, liberando buena parte del espacio escénico para que Ambre pudiera desplegar todo su repertorio interpretativo. Entre columnas de humo, momentos de palmas y pasajes de carácter lírico, la canción fue creciendo hasta consolidar esa atmósfera grandilocuente que Xandria saben construir tan bien.
Uno de los momentos más hermosos llegó con “The Shannon’s Home“, presentada como parte de su nuevo trabajo. La composición sonó maravillosa y permitió apreciar una faceta más emotiva de la formación, demostrando que la belleza de su propuesta no depende exclusivamente de la contundencia de las guitarras ni de la espectacularidad de los arreglos orquestales.
En “Forevermore“ se repitió esa disposición escénica con los músicos de cuerda retrasados. La banda parecía querer dirigir buena parte de la atención hacia su vocalista y hacia las atmósferas construidas por las bases orquestales, dejando que fuera la música la que marcara los movimientos sobre el escenario.
El sonido de una tormenta en alta mar introdujo “The Grand Delusion“, reforzando la vertiente más cinematográfica del concierto. Con “Two Worlds“, mantuvieron esa misma línea de espectacularidad, alternando pasajes de gran intensidad con otros donde la melodía y los arreglos reclamaban todo el protagonismo. Una sucesión de ambientes que permitía al grupo exhibir la amplitud de recursos de su propuesta sin perder la coherencia del conjunto.

La banda volvió a retirarse y unas delicadas notas de piano anunciaron “The Last Generation“. Llegó entonces el momento de la balada, de las emociones más contenidas y de los teléfonos móviles iluminando la oscuridad de la sala. Una pausa necesaria entre tanta grandiosidad, que volvió a poner de manifiesto la capacidad de Ambre para transmitir emociones sin necesidad de recurrir siempre a los registros más poderosos de su voz.
Pero la calma no duraría demasiado. “Northstar“ devolvió el músculo a la actuación con una composición extensa, de desarrollo progresivo, en la que Heubaum y Klawonn sincronizaron sus movimientos mientras nuevas columnas de humo completaban el efecto visual. Fue uno de los temas que mejor reflejaron la ambición compositiva de la banda y su habilidad para construir piezas de largo recorrido, alternando intensidad, melodía y numerosos cambios de atmósfera.
“Reborn“ adquirió un significado especial dentro del repertorio. Una canción vinculada a la idea del renacimiento y el regreso, dos conceptos que encajan como un guante con la trayectoria reciente de Xandria. Más allá de su contundencia, había algo simbólico en escucharla en una noche que combinaba distintas épocas del grupo y en la que su nueva formación parecía empeñada en demostrar que el pasado y el presente pueden convivir sin necesidad de competir entre ellos.
Los músicos abandonaron nuevamente el escenario, aunque nadie parecía dispuesto a aceptar que aquello hubiera terminado. El regreso llegó con “Valentine“, precedida de unos aires sinfónicos que fueron creciendo hasta desembocar en otra descarga de energía. Las columnas de humo volvieron a elevarse, convertidas ya en un elemento inseparable de una puesta en escena que, pese a las dimensiones de Razzmatazz 3, consiguió transmitir una notable sensación de grandiosidad.

“Nightfall“ terminó de encender a los asistentes gracias a una introducción lírica especialmente pegadiza y a una interpretación que encontró una respuesta entusiasta. Un breve solo de guitarra añadió el último destello instrumental a un cierre que ya se intuía cercano.
Finalmente, “Lore“ sonó como acompañamiento ambiental para la despedida. Los músicos saludaron, agradecieron el apoyo recibido y se reunieron para la inevitable fotografía con el público al fondo. La imagen de una formación satisfecha después de haber completado una nueva etapa de su particular expedición musical.
Xandria firmaron una actuación sólida, de intensidad lírica y visualmente atractiva, en la que las bases orquestales y los recursos escénicos acompañaron, sin taparlo, al verdadero valor de sus composiciones. Marco Heubaum sigue siendo el arquitecto de ese universo musical, acompañado ahora por unos músicos que conocen perfectamente su cometido y que aportan la solvencia necesaria para trasladar al directo unas canciones de considerable complejidad.
Pero si alguien terminó por reclamar buena parte del protagonismo fue Ambre Vourvahis. La cantante demostró que su incorporación no ha supuesto únicamente un relevo al frente del micrófono, sino una auténtica ampliación de las posibilidades expresivas de la banda. Su dominio de los registros líricos y su presencia escénica la convierten en una pieza esencial de este nuevo capítulo. El concierto de Barcelona dejó la impresión de una banda que ha recuperado la confianza, que disfruta de su nueva etapa y que todavía tiene mucho territorio musical por explorar

















