Arjen Lucassen: 30 años de universos sonoros
Durante tres décadas, Arjen Lucassen ha construido uno de los universos más ambiciosos y personales del rock contemporáneo. A través de Ayreon, ha convertido la ópera rock en un territorio propio donde conviven ciencia ficción, emoción y una interminable lista de colaboradores de primer nivel. Ahora, con el lanzamiento de An Amazing Flight Through Time, repasa su trayectoria, reflexiona sobre el presente y mira hacia el futuro con la misma inquietud creativa que lo impulsó desde el principio.
Entrevista: Lorenzo
Arjen, probablemente no me recuerdes, pero nos conocimos en Madrid durante la promoción del álbum Embrace Storm de Stream of Passion… Ha pasado mucho tiempo desde entonces. En aquella época trabajaba como publicista para InsideOut, así que es un placer reencontrarte ahora, especialmente viendo que sigues creando música tan relevante. Para celebrar el 30 aniversario de tu debut, has publicado el álbum en directo An Amazing Flight Through Time. Cuando grabaste The Final Experiment, ¿imaginabas que aquel proyecto alcanzaría el nivel de reconocimiento que tiene hoy?
Para nada. De hecho, el título lo decía todo: The Final Experiment. Pensaba que sería lo último que haría. Eran los años del grunge, y nadie parecía interesado en óperas de rock progresivo. Aun así, sentía la necesidad de hacerlo. Era un gran fan de obras como Tommy, Jesus Christ Superstar, La Guerra de los Mundos o The Wall. Quería crear algo en esa línea: una ópera rock con muchos estilos mezclados —rock, progresivo, folk, música clásica—. Puse todo lo que tenía en ese disco, pero sinceramente no esperaba que conectara con nadie. Y sin embargo, había una audiencia invisible, fue como descubrir un hueco en el mercado.
Treinta años después, has construido una carrera muy particular como narrador musical. ¿Cómo percibes el paso del tiempo?
Ha pasado volando. Cuando pienso que han sido 30 años, me cuesta creerlo. También siento que he aprendido muchísimo. Si escucho The Final Experiment hoy, sigo apreciándolo, pero también noto sus imperfecciones. Era un trabajo algo torpe en ciertos aspectos: varios cantantes interpretando a los mismos personajes, decisiones que hoy haría de otra manera… Pero forma parte del proceso. Con el tiempo, todo se ha ido refinando.

Tus álbumes son profundamente conceptuales. ¿Por dónde empieza tu proceso creativo: la historia, la música o la letra?
Siempre por la música. Todo nace de pequeñas ideas, muchas veces grabadas en el móvil —antes en una grabadora de casete—. Voy acumulando decenas, incluso cientos de fragmentos. Luego, en el estudio, los desarrollo, los combino… y poco a poco empieza a surgir algo más grande. Es entonces cuando la música me sugiere una historia. Después pienso en los cantantes, incluso antes de tener la letra. Para mí es fundamental elegir las voces adecuadas, que puedan encarnar a los personajes. Cuando todo eso encaja, empiezo a escribir.
Da la sensación de que construyes tus discos como si fueran películas…
Totalmente. El cine ha sido una gran influencia desde que era niño. Ir al cine era algo especial. Me fascinan especialmente las películas de terror —The Omen sigue siendo mi favorita—, y más adelante me sumergí en la ciencia ficción con Star Trek. Esa narrativa es clave para mí. Obras como La Guerra de los Mundos o Jesus Christ Superstar te absorben completamente. Incluso si hay partes que no te gustan tanto, tienen sentido dentro del conjunto. Eso es lo que busco con Ayreon.
¿Te has planteado llevar ese universo al cine?

Sería un sueño. Pero mis historias son ambiciosas: mundos que se destruyen, otros planetas… Eso implica presupuestos enormes. Lo intenté con Transitus, llegué a hablar con cineastas importantes en Holanda, pero pronto entendí lo complicado que es. El dinero, el tiempo, la logística… Es un proceso enorme. Hoy en día sería muy difícil hacer algo como Tommy o The Wall. Incluso con más éxito, seguiría siendo un reto.
¿Y la inteligencia artificial como herramienta para abaratar costes?
Puede abaratar si, pero no mejorar. Al menos por ahora. Quizá en unos años cambie, pero entonces todo será demasiado fácil. A mí me interesa el reto, la dificultad. Ir al estudio y superarme. Si una máquina hiciera eso por mí, perdería todo el sentido.
A lo largo de tu carrera has fusionado estilos muy diversos. ¿De dónde nace esa apertura musical?
De escuchar de todo desde pequeño. Nunca me limité a un solo estilo. Es cierto que hay cosas que no me atraen tanto, como el free jazz, pero en general estoy abierto a casi todo —aunque el rap no es lo mío (risas)—. Si revisas mi biblioteca musical, verás que el prog o el metal ocupan una pequeña parte. Esa diversidad se refleja en mi música. Siempre digo que encasillarse es el peor error: si solo escuchas un estilo, acabarás sonando como los demás.
En tus discos ya abordabas temas como la inteligencia artificial mucho antes de que fueran una realidad tangible. ¿Te consideras un visionario?
No especialmente. Si imaginas lo suficiente, algo acabará coincidiendo con la realidad. En Lost in the New Real ya jugaba con esa idea, incluso con una canción que imaginaba una máquina capaz de crear música combinando a distintas bandas clásicas. En su momento era fantasía, hoy no lo es tanto. Pero mi intención nunca ha sido predecir el futuro, sino entretener. Crear escapismo.
Aun así, ¿te preocupa el impacto de la IA en la música?
Sí, y bastante. Ya está ocurriendo. Prefiero no prestarle demasiada atención y centrarme en mi trabajo. Intentar hacer algo especial, humano. Pero es inevitable pensar en ello. Si una máquina puede hacerlo mejor, es inquietante.
Vives alejado del ruido, en un entorno rural. ¿Cómo influye eso en tu proceso creativo?
Me da concentración. Y la necesito. No soy alguien que trabaje rápido. A veces se habla de mí como un genio, pero no lo soy. He trabajado con verdaderos genios. Lo mío es trabajo constante.
A pesar de esa naturaleza introspectiva, tus discos están llenos de colaboraciones. ¿Cómo logras implicar a tantos artistas?
Al principio fue complicado. Nadie me conocía. Contacté con artistas muy grandes y, como es lógico, no obtuve respuesta. Pero todo cambió cuando Barry Hay, de Golden Earring, aceptó participar. A partir de ahí, todo fue creciendo. Con el tiempo, los propios artistas empezaron a interesarse. Algunos incluso se ofrecían. También he tenido la suerte de trabajar con músicos que luego se hicieron enormes, como Floor Jansen cuando empezaba. Creo que tengo buen instinto para detectar talento.
Ayreon nació como un proyecto de estudio. Sin embargo, el directo se ha convertido en una parte clave.
Sí, y fue algo totalmente inesperado. No tenía intención de tocar en directo. Todo empezó con una adaptación teatral de The Human Equation. A partir de ahí vimos que podía funcionar en vivo. Probamos… y las entradas se agotaron en cuestión de horas. Fue sorprendente.



El último espectáculo reunió a 15.000 personas. ¿Cómo se vive algo así?
Es difícil de explicar. Siempre pensamos que esta vez no funcionará… y siempre ocurre lo contrario. Viene gente de todo el mundo. Es algo muy especial.
Treinta años después, en una industria dominada por los singles, sigues apostando por álbumes conceptuales. ¿Crees que el público sigue valorando ese formato?
Sí. Al menos en mi caso, no he notado una caída. De hecho, este último lanzamiento ha sido uno de los más exitosos. La gente sigue queriendo una experiencia completa: el disco, el arte, la historia. No sólo escuchar, sino sumergirse.
Para terminar, ¿cuándo podremos escuchar nuevo material de Ayreon?
Será lo próximo, sin duda. Después de Transitus me involucré en varios proyectos alternativos, pero ahora quiero centrarme en Ayreon. Ya estoy trabajando en nuevas ideas. No tengo prisa. Prefiero hacerlo bien.

