Bandas: Deep Purple y Jayler
Lugar: Sant Jordi Club (Barcelona) – 19 de octubre de 2026
Texto: Òscar Saro
Fotos: Quico Gras
Cuarenta y un años después de su primera visita a Barcelona, Deep Purple regresaron a la ciudad para demostrar que su legendaria maquinaria todavía echa humo. Con casi seis décadas de historia a sus espaldas, la banda británica ofreció en el Sant Jordi Club un concierto que combinó clásicos inmortales y nuevas composiciones, dejando patente que el tiempo pasa factura, pero que la llama del hard rock sigue encendida.

Deep Purple es, sin duda, una de las bandas que más profundamente marcaron mi vínculo primigenio con el hard rock. Recuerdo absorber con fascinación aquella música desbordante de energía, talento y magia, mientras alimentaba el sueño de poder verlos algún día. Objetivo que tenía como inconveniente básico el hecho de que la banda llevaba tiempo disuelta.
Sin embargo, los astros se alinearon y, cuando yo tenía catorce años, Deep Purple resucitaron y rompieron ocho años de inactividad (de 1976 al 1984). Y no de cualquier manera, sino recuperando su formación más legendaria, la conocida como Mark II, una de las alineaciones más trascendentales de la historia del hard rock: Ian Gillan, Ritchie Blackmore, Roger Glover, Jon Lord e Ian Paice. ¡Insuperable!
Recibí con un entusiasmo difícil de describir la publicación de Perfect Strangers (1984). Pero lo mejor todavía estaba por llegar. El 16 de julio de 1985, la gira de reunión aterrizó en Barcelona y Deep Purple actuaron en el Narcís Sala, el campo de fútbol de la UE Sant Andreu. Aquello fue un auténtico presente de los dioses del rock y de Gay Mercader. También fue un regalo inolvidable aquella cinta (headband) de la gira que mis amigos, perfectamente conscientes de mi devoción por la púrpura profunda, me regalaron después de hacer una colecta entre todos.

No es la original, que no la he encontrado, pero sí es exactamente la misma. Localizada en eBay
Han pasado más de cuatro décadas de ese momento y cada nueva oportunidad de volver a verlos siempre me ha servido para saborear de nuevo aquella monumental ilusión que me hizo vivirlos por primera vez en directo.
Exactamente así lo he vuelto a sentir el pasado 19 de octubre, cuando volvieron a pisar la bella Barcino con su nueva gira internacional, SPLAT! Europe Winter 2026, presentando su calentito último trabajo SPLAT! (3 de julio de 2026). Un álbum que es necesario entender desde la distancia sideral con sus grandes clásicos, pero que suena realmente interesante y, sobre todo, que los mantiene vigentes en pleno siglo XXI. Recomiendo leer la crítica de SPLAT! que mi compañero Xavier Martínez escribió recientemente. Con él y con mi inseparable pareja de baile Quico Gras acudimos a un Sant Jordi Club, que no presentaba un aforo tan completo como hemos visto en otros conciertos recientes, pero que sí que tenía una entrada digna para la ocasión. Remarcar que al día siguiente tocaron en el Movistar Arena de Madrid, y que ambas citas fueron posibles gracias a la promotora Get Rock. Podéis leer también la crónica de este segundo día con la pluma y las fotografías de de Carmen Molina.

La responsabilidad de abrir la velada recayó en Jayler, un joven cuarteto británico procedente de las Midlands que ha irrumpido en la escena del hard rock con la mirada puesta en los grandes referentes de los años setenta. Curiosamente estaban dentro de nuestro radar, porque fue precisamente mi compañero Quico Gras quien los conoció por primera vez como teloneros del malogrado Phil Campbell y sus Bastard Sons, en la O2 Academy2 de Leicester en marzo de 2025. En la intimidad de ese concierto Quico explica que llegó a saludarlos e incluso conoció a sus familias, entre el público. La frase de mi compañero fue, «Estos acabarán siendo importantes«.
Y, premonitoriamente, aquí los teníamos. Abriendo las puertas de una extensa gira europea acompañando a Deep Purple, y con su primer álbum bajo el brazo, Voices Unheard, publicado el pasado 29 de mayo de 2026. Un debut que recoge el testigo de su EP A Piece in Our Time (2023).
Pero que su juventud no os engañe, porque el cuarteto James Bartholomew (voz y guitarra), Tyler Arrowsmith (guitarra), Ricky Hodgkiss (bajo y teclados) y Ed Evans (batería) parecen empeñados en resucitar hasta el último detalle de una época que ni siquiera llegaron a vivir. Porque la influencia de Led Zeppelin en Jayler resulta tan evidente que, por momentos, cuesta distinguir dónde termina el homenaje y empieza la imitación. No hablamos únicamente de su música, sino también de la estética y la actitud sobre el escenario: camisas abiertas, pechos descubiertos, largas melenas y una gestualidad que remite directamente a Robert Plant y compañía. Todo un viaje en el tiempo que, inevitablemente, plantea la cuestión de hasta qué punto una banda puede construir su propia identidad cuando su modelo de referencia está tan presente.

Y precisamente ahí encontramos una de las grandes paradojas de la noche. Mientras los veteranos Deep Purple siguen defendiendo su vigencia casi seis décadas después de su nacimiento, sus jóvenes teloneros se trasladan a un momento cercano a esos mismos orígenes.
Pero una cosa es cuestionar su originalidad y otra muy distinta negarles sus cualidades musicales. Jayler salieron dispuestos a demostrar que, más allá de las comparaciones, tienen energía y recursos suficientes para defender su propuesta. “Down Below” abrió fuego con un riff contundente, de esos que obligan a prestar atención desde los primeros compases. Bartholomew, convertido en el principal foco de atención, alternó su labor vocal con la armónica, otro de esos elementos que reforzaban las inevitables referencias setenteras. El cantante se mostró activo, recorriendo todo el escenario innumerables veces.
La continuación con “The Getaway” permitió a Arrowsmith desplegar su habilidad con las seis cuerdas en un solo de guitarra desbordante. Con “No Woman”, recuperada de su primer EP, el cantante tomó también la guitarra, mientras que “Alectrona” introdujo un pequeño cambio de dinámica, con Hodgkiss arrancando la composición sentado antes de incorporarse al desarrollo del tema.
El repertorio siguió avanzando con “Riverboat Queen”, “Need Your Love” y “Over the Mountain”, tres piezas de su reciente debut que confirmaron la apuesta del cuarteto por un hard rock de raíces clásicas, construido sobre riffs robustos, melodías directas y una marcada querencia por el blues. La despedida llegó con “The Rinsk”, en la que vimos un guiño a “War Pigs” de Black Sabbath y con la que pusieron punto final a una actuación de ocho canciones que cumplió sobradamente con su cometido de calentar el ambiente antes de la aparición de los protagonistas de la noche.
Jayler dejaron la impresión de ser una formación joven, técnicamente solvente y con una notable capacidad para desenvolverse sobre el escenario. Talento y actitud no les faltan; ahora solo necesitan demostrar que también tienen algo propio que contar.

A las nueve de la noche, las pantallas del Sant Jordi Club tomaron vida para comenzar a proyectar una sucesión de imágenes que nos recordaba la extraordinaria dimensión de una trayectoria iniciada en 1968.
Pocas canciones pueden resultar más adecuadas para arrancar un concierto que “Highway Star”, con ese crescendo inicial que escupe fervor nada más empezar. Acompañada en esta ocasión con imágenes proyectadas, en lo que se convertiría en una constante interesante de todo el espectáculo, es cierto que es un tema con momentos de exigencia vocal con los que Ian Gillan y su voz de plata escribió momentos míticos. Pero a sus 81 años, el cantante ya no está en condiciones de reproducir aquellas interpretaciones extraordinarias que lo convirtieron en una referencia del rock. Los registros más agudos han ido desapareciendo de su repertorio y las melodías necesitan adaptarse a sus posibilidades actuales. La primera canción nos proporcionó emoción, pero también evidencias de lo que nos esperaba.
La primera incursión en su producción más reciente llegó con “A Bit on the Side”, extraída de =1 (2024), una composición que no pareció despertar demasiado reconocimiento entre el público. Fue el primer indicio de que, por mucho que Deep Purple sigan publicando discos, buena parte de sus seguidores continúan acudiendo a los conciertos para reencontrarse con las canciones que marcaron varias generaciones. La respuesta fue muy distinta cuando recuperaron “Into the Fire”, procedente del imprescindible Deep Purple in Rock (1970), trasladándonos de golpe a una de las etapas más creativas y contundentes de su carrera.

Llegados a este punto, Simon McBride se quedó solo ante el público para desarrollar un extenso solo de guitarra. El músico norirlandés, incorporado oficialmente en 2022 para ocupar el puesto que dejó Steve Morse, aprovechó la ocasión para exhibir un estilo poderoso, de una contundencia y una agresividad que poco tienen que ver con la elegancia neoclásica de Ritchie Blackmore o con las construcciones melódicas de su antecesor. McBride no pretende ser una copia de ninguno de ellos y esa personalidad propia es, precisamente, uno de sus grandes argumentos. El solo también cumplió una función bastante más práctica: conceder unos minutos de descanso al resto de los músicos.
La banda retomó el protagonismo colectivo con “Arrogant Boy”, una de las composiciones del nuevo álbum, acompañada por una realización visual que combinaba imágenes del videoclip con planos de los músicos sobre el escenario. La apuesta por el material nuevo continuó con “Diablo”, durante la cual Gillan recuperó la armónica, aportando ese sabor bluesero que siempre ha formado parte del ADN de Deep Purple.

Fue entonces el turno de Don Airey, que tomó las riendas con un solo de teclado acompañado de proyecciones psicodélicas. El veterano músico, que lleva más de dos décadas ocupando el puesto que dejó Jon Lord, demostró una vez más que su enorme experiencia y virtuosismo resultan fundamentales para mantener vivo uno de los rasgos más característicos del sonido de Deep Purple: ese protagonismo de los teclados que los distingue de tantas otras formaciones de hard rock. Todo ello, a pesar de sus diferencias. Lord hacía rugir y temblar el Hammond y Airey tiene un estilo claramente más calmado, que lo acerca a grandes tecladistas como Keith Emerson. Entre los detalles curiosos de su intervención, alguien de su equipo se acercó para dejarle una copa de vino.
El desarrollo del solo desembocó en “Lazy”, otra de las joyas de Machine Head (1972), cuyo característico comienzo instrumental permitió recuperar la vertiente más bluesera e improvisada de la formación. Gillan se incorporó posteriormente con una interpretación vocal notablemente transformada respecto a la original, adaptando las líneas a sus posibilidades actuales, antes de volver a empuñar la armónica. La canción volvió a confirmar que, incluso cuando la voz ya no puede responder como antaño, el talento instrumental del conjunto continúa ofreciendo momentos de enorme calidad.

Con “Sometimes I Feel Like Screaming”, recuperada de Purpendicular (1996), la interpretación tuvo un momento de reunión vocal para cantar el estribillo entre Glover, Gillan y McBride. Sin apenas interrupción, la enlazaron con “Sacred Land”, otra de las nuevas piezas de SPLAT!. Aquí Gillan asumió nuevamente todo el protagonismo vocal, aunque lo hizo de una forma mucho más estática. “Lazy Sod”, procedente de =1 (2024), volvió a introducir material reciente en el repertorio, esta vez acompañado por su videoclip original.
La segunda intervención en solitario de Airey nos trasladó a la introducción de “Mr. Crowley”, para recordarnos que él estuvo con Ozzy Osbourne en ese momento. Pero el guiño más celebrado por el público barcelonés fueron las notas del himno del FC Barcelona, que no es la primera vez que le escuchamos y que nuevamente provocaron la reacción inmediata de buena parte de la sala.
Y esta vez el solo desembocó directamente en “Perfect Strangers”, la canción que daba título a aquel álbum de 1984 con el que Deep Purple regresaron de entre los muertos y que acabó convirtiéndose en una pieza fundamental de mi propia historia musical. Cuarenta y dos años después, volver a escucharla en directo seguía teniendo algo especial. La iluminación adquirió tonalidades verdes durante sus pasajes de inspiración oriental, reforzando esa atmósfera misteriosa que siempre ha distinguido a la composición. Resulta difícil escucharla sin pensar en Ritchie Blackmore y en su particular fascinación por las sonoridades orientales, que también había explorado en composiciones como “Gates of Babylon”, de Rainbow.

La recta final nos devolvió a Machine Head con “Space Truckin’”, para volver a comprobar hasta qué punto el paso del tiempo ha obligado a modificar también este gran clásico. Las notas más agudas de Gillan han desaparecido prácticamente por completo, y la canción se presentó en una versión más contenida y breve de lo que muchos recordamos.
Y hablando de clásicos, no hay ninguno tan grande como “Smoke on the Water”. Obviamente, McBride es el encargado de arrancarlo, quien comenzó a dibujar su celebérrimo riff, casi por sorpresa, antes de que el resto de la formación fuera incorporándose para dibujar la historia del rock. Las pantallas se llenaron de referencias visuales a la historia que dio origen a la canción, con fichas de casino y cartas con sus rostros, incluida la imagen de Frank Zappa, protagonista involuntario de aquel incendio en el Casino de Montreux que acabó inspirando una de las composiciones más famosas de la historia del rock. Con la pisada de nuestros tiempos, el Sant Jordi Club se convirtió en un mar de teléfonos móviles, mientras el público respondía a las invitaciones de Gillan para cantar.
Tras abandonar brevemente el escenario, Deep Purple regresaron para afrontar los bises con “Guinnesis”, una de sus composiciones más recientes, incluida como tema adicional en la edición especial de SPLAT!, para hacer un salto de casi sesenta años y recuperar “Hush”, la composición de Joe South que Deep Purple incluyó en su primer álbum, Shades of Deep Purple (1968). La pieza más antigua del repertorio vino acompañada de una estética visual de aire inequívocamente sesentero, como si las pantallas quisieran transportarnos a los orígenes del grupo. Fue también uno de los momentos más agradecidos desde el punto de vista instrumental, gracias al diálogo que establecieron McBride y Airey, intercambiando frases de guitarra y teclado con una complicidad que recordaba la importancia histórica de esta combinación en la identidad musical de Deep Purple.
Para cerrar, “Black Night”, el sencillo publicado en 1970, mantuvo aquella ambientación visual de inspiración sesentera mientras el público coreaba con entusiasmo su inconfundible riff. Un final participativo que puso punto y final a una actuación de aproximadamente hora y media, durante la cual la banda había recorrido casi seis décadas de historia sin renunciar a presentar buena parte de su producción más reciente.

Mención especial merece Ian Paice, único miembro que ha formado parte de todas las etapas de Deep Purple y un auténtico jefazo en todos los sentidos. Su pegada continúa siendo inconfundible, con una solidez y una precisión sobre las que se construyen tanto los grandes clásicos como las composiciones más recientes. Algo parecido puede decirse de Roger Glover, con su inseparable pañuelo en la cabeza y un bajo que parece acumular décadas de experiencia e historia en cada nota. Ambos demostraron encontrarse en un estado de forma envidiable.
El caso de Ian Gillan es distinto. El tiempo ha impuesto sus condiciones, especialmente sobre una voz que ya no puede alcanzar aquellas cotas extraordinarias que lo convirtieron en leyenda. Pero allí está y tiene nuestra más profundo respeto por todo su legado. Por su parte, Simon McBride y Don Airey atesoran talento y recursos más que suficientes para completar la formación actual y mantener viva la maquinaria de Deep Purple. Aunque, en mi caso, debo reconocer que la manera de tocar del guitarrista norirlandés, por más solvencia y virtuosismo que exhiba, me aleja por momentos de aquellos Purple que me cautivaron en mi adolescencia. No es una cuestión de calidad, sino de sensibilidad, de personalidad y, seguramente, también de memoria emocional. Porque hay algo que, por mucho que pasen los años y se sucedan los guitarristas, continúa siendo irreemplazable: donde otros tocan la guitarra, Ritchie Blackmore hacía magia.
Verlos en 2026 no es lo mismo que verlos en 1985. Sería absurdo pretender lo contrario. Pero quizá esa sea precisamente la grandeza de seguir encontrándonos con ellos: comprobar cómo unas canciones que nos acompañan desde la adolescencia continúan sonando sobre un escenario, interpretadas por algunos de los músicos que las hicieron posibles. Aunque ahora las notas sean menos agudas, los movimientos más pausados y las pausas más necesarias, la emoción que despiertan sigue siendo extraordinariamente difícil de reemplazar.





























