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Def Leppard: El retorno de la realeza del hard rock

Bandas: Def Leppard – Extreme
Lugar: O2 Arena, Londres – 2 de julio de 2026
Fotos: Jesús Figueirido

Hay conciertos que se viven como una regresión emocional a la juventud, a esos momentos en los que la música lo era todo. El O2 Arena de Londres volvió a convertirse en uno de esos santuarios del hard rock con el regreso de Def Leppard a su ciudad natal, acompañados por el combo americano Extreme en un estado de forma absolutamente excepcional. Una noche de virtuosismo guitarrístico, himnos generacionales y producción de gran formato que confirma que el hard rock clásico, lejos de ser una reliquia, mantiene intacta su capacidad de convocatoria y una vigencia escénica que atraviesa décadas.

Desde mi llegada a North Greenwich ya era evidente que no sería una noche cualquiera. El cálido atardecer londinense acompañaba el incesante flujo de camisetas de Pyromania, Hysteria, como la mía, y Pornograffitti que convergían hacia el gigantesco recinto. Entre la multitud convivían seguidores que han acompañado a Def Leppard desde principios de los ochenta con otros que acudían por primera vez a ver a dos bandas cuya música ha sobrevivido a modas, generaciones y cambios de era. No era solo una reunión de nostalgia: era la celebración viva de un legado que se niega a envejecer aunque el tiempo transcurra irremediablemente.

Con cerca de veinte mil personas ocupando el O2 Arena, el ambiente era el de las grandes ocasiones. Def Leppard regresaba a casa con la intención de reafirmar su estatus como una de las grandes referencias del hard rock británico, y hacerlo con Extreme como invitados elevaba el cartel a la categoría de evento imprescindible.

Extreme

A las 19:30 en punto las luces se apagaron y Extreme irrumpió en escena con “Decadence Dance”. Gary Cherone apareció desbordando carisma, recorriendo el escenario con una energía incansable y una presencia que recordaba, por momentos, al Steven Tyler más magnético. Su dominio del espacio, su conexión con el público y su entrega total convirtieron cada segundo en una declaración de intenciones. Sin apenas respiro enlazaron con “#Rebel”, demostrando que el material de Six no solo resiste el paso del tiempo, sino que se integra con naturalidad en el imaginario clásico de la banda. El sonido era sólido y nítido, el bajo musculoso de Pat Badger y la precisión de Kevin Figueiredo construían una base rítmica firme sobre la que emergía, inevitablemente, la figura central de la noche para muchos: Nuno Bettencourt.

Ver a Nuno en directo sigue siendo una experiencia que roza lo hipnótico. Su virtuosismo es incuestionable, pero lo realmente diferencial es su capacidad para convertir cada solo en una pieza con narrativa propia, cargada de intención y emoción. Con su inseparable Washburn N4 al hombro, afrontó “Play With Me” como si el escenario fuera un aula magistral. El pasaje inspirado en Paganini, ejecutado a velocidad endiablada pero con claridad absoluta, provocó una ovación inmediata de un público plenamente consciente de estar presenciando a uno de los grandes guitarristas de su generación.

Extreme supo modular perfectamente la intensidad del repertorio. Tras la descarga inicial, el ambiente se redujo a silencio con “More Than Words”. Nuno tomó asiento con una guitarra acústica de doce cuerdas mientras Cherone se situaba a su lado. En segundos, el O2 Arena se iluminó con miles de pantallas de móvil. Durante unos minutos, la inmensidad del recinto se transformó en un espacio íntimo, casi frágil, donde la multitud cantaba al unísono, diluyendo la voz del vocalista en un coro colectivo. Sin abandonar el protagonismo, Bettencourt volvió a quedar solo para interpretar “Flight of the Wounded Bumblebee”, una pieza breve pero deslumbrante que desató otra ovación cerrada antes de que la banda regresara para incendiar el recinto con la fiestera “Get the Funk Out”. El O2 estalló en movimiento: saltos y coros que convirtieron el pabellón en una auténtica celebración.

Pero el clímax absoluto llegó con “Rise”. La expectación era máxima ante uno de los solos más celebrados del rock contemporáneo, y Nuno no solo respondió: superó cualquier expectativa. Cada armónico, transición y matiz fueron ejecutados con una precisión casi irreal, como si la complejidad técnica no tuviera ningún peso. Fue una demostración de control absoluto y sensibilidad musical en igual medida.

Antes de despedirse, la banda recordó que se cumplía un año del histórico “Back to the Beginning”, el concierto de despedida de Ozzy Osbourne. Nuno dedicó unas palabras al Madman antes de enlazar un medley explosivo formado por “I Don’t Know”, “Bark at the Moon” y “Crazy Train”. El O2 Arena terminó de rendirse por completo. Extreme abandonó el escenario entre una ovación unánime tras una hora y cinco minutos que reafirmaron, sin matices, su condición de una de las mejores bandas de directo del circuito internacional.

Durante el descanso, los técnicos transformaban el escenario en una auténtica estructura de gran estadio: una gigantesca pantalla LED, una pasarela central y un despliegue de iluminación diseñado para anticipar lo inevitable, una producción de gran formato a la altura de los grandes espectáculos del rock.

Def Leppard

A las nueve en punto exactamente, las luces volvieron a apagarse cuando se anunció la presentación de la banda por megafonía. Los primeros compases de “Rejoice” sirvieron como introducción cinematográfica a un montaje audiovisual de primer nivel, mientras el rugido del público alcanzaba un volumen ensordecedor. Cuando Joe Elliott apareció sobre el escenario, quedó claro que aquello iba mucho más allá de un concierto: era una lección de oficio, control y legado.

Vestido con su elegancia habitual, Elliott, a sus 66 años, volvió a demostrar una inteligencia notable para adaptar su voz al paso del tiempo, apoyándose en unas armonías vocales que siguen siendo una de las grandes señas de identidad de Def Leppard. La explosión llegó de inmediato con “Animal”. El O2 Arena se convirtió en un único coro desde el primer riff, mientras Phil Collen recorría el escenario con una energía inagotable, pecho descubierto habitual, sonriente y completamente entregado al público. A su lado, Vivian Campbell aportaba equilibrio, precisión y una serenidad que consolida a ambos como una de las parejas de guitarras más sólidas del rock del momento. El inconfundible bajo de Rick Savage dio paso a “Let’s Get Rocked”, desatando una auténtica fiesta colectiva. La conexión entre la banda y el público británico resultaba evidente. Era el tipo de noche en la que varias generaciones cantaban las mismas canciones como si el tiempo no hubiera pasado.

La intensidad continuó con “Personal Jesus”, poderosa y contundente, antes de que el ambiente virara por completo al año 1981 con “Bringin’ On the Heartbreak”. Las primeras notas bastaron para retroceder a los orígenes de la banda. La interpretación, contenida y emocional, logró que el recinto entero guardara un respeto casi reverencial entre estrofas. Sin interrupción, enlazaron con “Switch 625”, convertida una vez más en homenaje implícito a Steve Clark. Mientras Collen y Campbell intercambiaban solos con elegancia absoluta, las pantallas proyectaban imágenes del guitarrista desaparecido. La ovación fue larga y profundamente emocional, alcanzando uno de los puntos más sensibles de la noche. En ese contexto, el solo de batería de Rick Allen adquirió un significado aún mayor, recordando una de las historias de superación más inspiradoras del rock.

La reivindicación del presente llegó con “Just Like 73”, perfectamente integrada entre clásicos, antes de que “Rocket” volviera a encender el recinto con un despliegue audiovisual impresionante, y entonces, llegó uno de los grandes momentos inesperados. Con los primeros acordes de “Rock On”, Joe Elliott desapareció del escenario para reaparecer segundos después en uno de los accesos del graderío, rodeado de un público incrédulo que tuvo la oportunidad de cantar con él a escasos metros. Un gesto sencillo, pero de esos que se convierten en recuerdos imborrables. La emoción se volvió más íntima con “White Lightning”, una de las composiciones más personales de Def Leppard, dedicada a Steve Clark. Elliott la interpretó con un respeto absoluto, mientras las imágenes del guitarrista volvían a dominar las pantallas. No fue solo un homenaje. Durante esos minutos quedó claro que Steve Clark sigue ocupando un lugar irremplazable en la banda.

Sin dar respiro, llegó “Slang”, una elección siempre discutida entre los seguidores más clásicos, pero que aquella noche adquirió un nuevo significado. La sorpresa se multiplicó con la aparición de Nuno Bettencourt, que se unió a Phil Collen y Vivian Campbell en un intercambio de guitarras sin jerarquías ni egos. Solo complicidad, escucha y disfrute. El ambiente cambió con “Promises”, interpretada con la banda reunida en el frente del escenario y el público acompañando cada estribillo. Desde la sala, la claridad del sonido resultaba sorprendente: en un recinto de estas dimensiones, cada armonía vocal y cada detalle instrumental llegaban con una nitidez casi quirúrgica, reflejo de un trabajo técnico impecable.

Rick Savage marcó el inicio de “Armageddon It”, y el O2 volvió a estallar. Phil Collen recorría la pasarela central buscando la complicidad de las primeras filas, mientras Joe Elliott reafirmaba su estatus como frontman clásico del rock británico, cercano, elegante y absolutamente dueño del escenario. El contrapunto emocional llegó con “Love Bites”. Miles de luces inundaron el recinto mientras la banda quedaba envuelta en un universo de tonos azules y constelaciones. Durante unos minutos, el O2 dejó de ser un pabellón para transformarse en un espacio suspendido donde cada espectador parecía cantar para sí mismo.

El tramo final comenzó con la mítica “Rock of Ages”. La respuesta fue inmediata y desbordante, Joe Elliott apenas necesitó iniciar el primer verso para que el público tomara el control absoluto del tema. Sin pausa, llegó “Photograph”, cerrando el set principal. Las pantallas reforzaban la iconografía clásica del grupo mientras Collen firmaba el último gran solo con una sonrisa. El grupo abandonó el escenario entre una ovación atronadora, aunque nadie en el recinto dudaba de que aquello no había terminado.

El O2 reclamó su regreso.

Cuando la banda volvió, Elliott agradeció el cariño antes de presentar “When Love and Hate Collides”. La balada bajó las revoluciones con una contención emocional perfecta, dejando que el público sostuviera suavemente cada estrofa. Pero el momento definitivo aún estaba por llegar. Los primeros compases de “Hysteria” provocaron un escalofrío a los presentes. La interpretación se extendió gracias a la complicidad constante entre banda y público, con Elliott cediendo el micrófono para que las veinte mil voces del O2 completaran las líneas más icónicas. Collen y Campbell reconstruyeron con fidelidad absoluta aquel muro de guitarras creado junto a Mutt Lange.

Las pantallas comenzaron entonces un recorrido por la historia de Def Leppard: Sheffield, los primeros pasos, el éxito global, la pérdida de Clark, la recuperación de Rick Allen y su entrada en el Rock & Roll Hall of Fame. No era nostalgia: era vida convertida en música. Y entonces llegó el desenlace inevitable. El riff de “Pour Some Sugar on Me” cayó sobre el O2 como una descarga eléctrica. El recinto entero estalló en una celebración masiva. Joe Elliott dirigía la masa con un gesto mínimo, Collen no dejaba de recorrer la pasarela, Campbell sonreía constantemente, Savage mantenía la solidez habitual y Rick Allen sostenía el pulso con la serenidad de quien ha sobrevivido a todo.

Cuando el último acorde se extinguió, los cinco se reunieron en el centro del escenario y se abrazaron mientras el O2 permanecía en pie, negándose a dejar de aplaudir.

Joe Elliott se despidió con una frase sencilla: «¡Gracias, Londres… por hacer esta noche tan mágica! ¡Volveremos pronto!»

Al salir a North Greenwich, la brisa nocturna acompañaba a miles de personas que abandonaban el recinto sin prisa. Entre conversaciones, sonrisas y estribillos improvisados, quedaba la sensación de haber vivido algo irrepetible.

Porque hay conciertos memorables y luego están noches como esta. Noches que recuerdan por qué el hard rock de la vieja escuela sigue siendo eterno y sigue latiendo con fuerza, que las grandes canciones nunca envejecen y que, durante unas pocas horas, veinte mil personas pueden sentirse unidas por una misma pasión.

Aquella noche Londres volvió a coronar a su realeza del hard rock, y yo tuve el inmenso privilegio de estar allí para vivirlo y contarlo.

By Emilio Ortega

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