Bandas: Linkin Park, Clipse y Phantogram
Lugar: Auditorio Miguel Ríos, Rivas (Madrid) – 23 de junio de 2026
Texto: Òscar Saro
Fotos: Raúl Blanco
Linkin Park regresaron a Madrid nueve años después convertidos en una banda distinta, pero no menor. Con Emily Armstrong al frente, los californianos nos obsequiaron con una celebración masiva de legado y renacimiento.
En la noche de San Juan de este caluroso 2026, cuando las hogueras prometen quemar lo viejo para dejar sitio a lo que viene, Linkin Park regresaron a Madrid envueltos en esa misma mezcla de purga y renacimiento: la emoción de volver a verlos después de nueve años y, al mismo tiempo, el aire de examen colectivo que suponía enfrentarse a su nueva identidad.

Cuando los californianos anunciaron a Emily Armstrong el 5 de septiembre de 2024, la pregunta que muchos nos hicimos fue si el mundo aceptaría escuchar esas canciones con otra voz. Aquel día, Linkin Park oficializaron su regreso, presentaron también a Colin Brittain como nuevo batería, tocaron en directo por primera vez en siete años en un show íntimo en Los Ángeles emitido por livestream, lanzaron “The Emptiness Machine”, anunciaron el álbum From Zero y pusieron en marcha una gira mundial. Casi dos años después, la respuesta parece ampliamente contestada por la infinidad de vídeos en directo que circulan por las redes: sus conciertos actuales se han convertido en rituales colectivos de tributo al legado de la banda y, al mismo tiempo, en una celebración de su nueva andadura.
Sin embargo, con la música soy de los que necesitan la ciencia empírica de vivir la experiencia en mis propias carnes. Por eso, esta nueva oportunidad de verlos en el Auditorio Miguel Ríos de Rivas me acercaba el día del concierto cargado de emociones y expectativas, con el radar activado para captar cada gesto del escenario y cada reacción del público. Llegados a este punto, ya puedo anticipar mi conclusión: Armstrong brilla con una luz propia deslumbrante y el regreso de Linkin Park es una gran noticia para la escena. A partir de aquí, sirva el resto de la crónica para defender mi tesis.

Mi compañero fotógrafo Raúl Blanco y yo llegamos pronto a las inmediaciones del auditorio con la intención de tomarle el pulso al ambiente y charlar con la gente antes de la explosión. Y, únicamente por lo que pudimos captar haciendo algunas preguntas a gente variada, ya quedaba claro que no estábamos ante una cita cualquiera. So olía a esa mezcla tan particular de ilusión y expectativa que solo aparece cuando una banda importante vuelve cargada de historia. El diagnóstico fue claro: mucha ilusión y altas expectativas ante una nueva etapa que todos queríamos ver con nuestros propios ojos. Parte de ese clima previo quedó recogido en el montaje que hemos publicado en Instagram (ver vínculo al final de la crónica).
En las horas previas al inicio del concierto, el calor fue bastante aplastante e invitaba a buscar sombras y refrescarse a conciencia. En ese contexto, destaco la capacidad de algunas personas para ser solidarias en mitad de la incomodidad: quienes rociaban con sus aspersores de mano a la gente de alrededor o la chica que, durante un rato, estuvo a mi derecha abanicando a todos los que teníamos cerca.
Como explico durante el desarrollo del concierto, el sonido no fue lo excelente que se necesita para un concierto como el que nos ocupaba. En varios momentos escuchamos al público quejarse de no poder oír con corrección. Y esta no es una queja menor, porque en un concierto siempre deseas escuchar bien todos los detalles y Linkin Park tiene muchas capas, bases, guitarras, voces compartidas y rincones muy concretos, que hubiera sido deseable apreciar con mayor claridad sonora.

La existencia de zonas VIP en los conciertos, y esa lógica según la cual quien más paga más cerca puede estar del escenario, no encaja ni con mi manera de ver la vida ni con mi experiencia histórica de una época en la que este tipo de divisiones no existían. Asumiendo que forma parte del enfoque mercantilista de los tiempos que nos toca vivir, sí conviene remarcar que el sistema de separación de pistas de este concierto estaba especialmente mal diseñado. Desconozco si es propio del recinto o particular del concierto. Pero me pareció incómodo, no solo por la distancia a la que situaba a buena parte del público respecto al escenario, sino también por una frontera irregular que dejaba pocos lugares con una visibilidad realmente buena. Como redactor al que le gusta estar atento a todo lo que sucede dentro y fuera del escenario, tuve la sensación de estar perdiéndome una parte importante de lo ocurrido.
Dicho todo esto, también conviene destacar que el nivel de espectáculo que pudimos disfrutar estuvo a la altura de la entidad de Linkin Park. La banda contó con una gran pantalla de fondo dedicada a vídeos, animaciones y efectos muy variados, además de dos pantallas laterales centradas en la realización del concierto, capaces de acercar los detalles sin renunciar a una factura visual muy trabajada. A ello se sumó una iluminación monumental, con dos grandes cubos suspendidos sobre el escenario y un despliegue de luces que contribuyó decisivamente a crear una sensación de show mayúsculo. También me gustaría remarcar el acierto de un setlist muy bien diseñado, capaz de encontrar un equilibrio convincente entre los grandes clásicos que todo el mundo esperaba y los temas actuales que sostienen la nueva etapa de la banda. Un material reciente que, a juzgar por la reacción del público en cada canción, ya ha calado claramente entre sus seguidores. Hemos creado una lista abierta del concierto que os compartimos al final de la crónica.
Calentamiento tibio para una noche memorable
Antes de los protagonistas de la noche, la tarde quedó en manos de dos propuestas muy distintas entre sí, aunque ninguna terminó de funcionar como una apuesta de peso capaz de justificar por sí sola las horas previas en el recinto bajo un calor aplastante. Para mi no fue tanto una cuestión de falta de oficio como de encaje en el papel de encender el ambiente.

Los estadounidenses Phantogram arrancaron puntuales y sin demasiados preámbulos, con Sarah Barthel y Josh Carter situados uno frente al otro y el nombre del grupo presidiendo el fondo del escenario, con las aes invertidas como seña visual. La realización en las pantallas laterales permitió seguir todos sus movimientos, algo necesario en un recinto que todavía estaba lejos de llenarse. “You Don’t Get Me High Anymore” y “Fall in Love” dejaron el protagonismo vocal en manos de Barthel, que, para el segundo tema, se movió por el escenario micro en mano. Para “Feedback Invisible” el recitado de Carter se alternó con la voz melódica de ella. Y “Bad Dreams” empezó machacona, pero encontró cierto equilibrio gracias a esa capacidad de Barthel para suavizar las aristas electrónicas del dúo.
El concierto ganó algo de cercanía cuando explicaron que era su primera vez en España. A partir de ahí, “Cruel World” empezó en tono de balada al piano antes de abrirse hacia un formato más electrónico, “Black Out Days” aportó uno momento de gancho vocal procesado, y “When I’m Small” arrancó con suspiros sugerentes. Su propuesta fue elegante, correctamente ejecutada y con una atmósfera propia, pero también algo fría para el contexto. No me pareció que sirviera para calentar el ambiente. A medida que avanzaban los temas, el recinto se fue llenando poco a poco, aunque la sensación seguía siendo la de un público en tránsito, más pendiente de llegar y ubicarse que de entregarse del todo.

Después llegó el turno de los compatriotas Clipse, con una puesta en escena más directa y un arranque en modo fiesta, saludando al público e intentando levantar la temperatura desde el primer minuto. La formación se apoyó en este músico tras la mesa, con camiseta de la selección española, dejando el protagonismo para los hermanos Malice que, micro en mano, rapearon y declamaron situándose en ambos extremos del escenario. “Chains & Whips” arrancó con la mesa como protagonista, antes de que “P.O.V.” arrancara el formato rap. En “Popular Demand (Popeyes)” aparecieron grandes letras rojas, “Inglorious Bastards” llegó acompañado de brazo alzado y discurso grabado, y “M.T.B.T.T.F.” tiró de imágenes de boxeo.
Visualmente, el concierto fue acumulando estampas: violencia callejera en “Momma I’m So Sorry”, llaves en “Keys Open Doors”, números rojos al estilo Matrix en “F.I.C.O.”, guantes en “So Be It”, imaginería religiosa mezclada con elementos desconcertantes en “Ace Trumpets” y mensajes de tono espiritual en “So Far Ahead”. Musicalmente, sin embargo, el bloque tuvo un desarrollo bastante lineal. “Grindin’” fue uno de los momentos más reconocibles y “The Birds Don’t Sing” consiguió que se vieran por primera vez algunos brazos moviéndose entre el público, pero la conexión general nunca terminó de prender del todo.
En conjunto, los dos conciertos cumplieron con corrección, pero dejaron una sensación algo tibia. Ninguno de los dos logró transformar la espera en una experiencia mínimamente poderosa. En una noche en la que todo parecía girar alrededor de la carga simbólica del regreso de Linkin Park, los teloneros quedaron como una antesala correcta, pero no como un argumento de peso para estar allí.
Y llegó el momento de la gran hoguera
Así nos acercamos al momento esperado. La luna creciente era visible sobre el escenario, el calor había remitido levemente y el Auditorio Miguel Ríos presentaba ese aspecto de gran acontecimiento que mezcla emoción la sensación de estar antes de empezar, como mínimo en la pista general, especialmente apretados.

A las diez de la noche, el escenario cobró vida con un breve fragmento de UNSHATTER, la pieza audiovisual que narra la nueva etapa de la banda. Hubo recuerdos para Chester y, sobreimpreso en la pantalla central, apareció un mensaje que resumía la hazaña del revivir de la banda:
“The hardest part of ending is starting again”.
Pero cuando parecía que todo iba a arrancar, tuvimos un momento anticlímax cuando en las pantallas laterales apareció un cronómetro que indicaba que todavía quedaban diez minutos de espera. No hubo más remedio que asumirlo y, por eso, cuando faltaban un par de minutos y sonó “SUPERESTRELLA”, de Aitana, el público la cantó con una entrega propia de las ganas de empezar a darlo todo.
Los últimos segundos del cronómetro fueron coreados por todo el recinto y las pantallas se encendieron para anunciar, ahora sí, el primer acto del concierto. La banda ocupó el escenario entre una enorme aclamación general y arrancó con “The Emptiness Machine”, uno de los grandes temas de esta nueva etapa. La canción sonó como una pieza plenamente integrada en el imaginario actual de Linkin Park. El público la cantó con fuerza y Emily Armstrong mostró sus primeras maneras en el centro del escenario, apoyada en el pie del micro.

“Points of Authority” llevó el concierto de golpe hacia el territorio de Hybrid Theory, primer gran guiño a la era clásica. La cantaron los dos vocalistas, micro en mano, y entre el público apareció la primera marea de brazos balanceándose. Con “New Divide”, otro de esos himnos reconocibles al instante, aunque proceda de una banda sonora, las palmas marcaron el inicio y la participación se hizo especialmente intensa en el estribillo.
El primer gran golpe de autoridad de Emily llegó con “Up From the Bottom”, tema reciente de From Zero Deluxe. Tomó una guitarra roja, mostró su voz más rasgada y, arropada por las líneas de láser disparadas hacia las graderías, coronó uno de los primeros momentos de autoridad de la noche.
“Somewhere I Belong”, clásico incontestable de Meteora, volvió a activar la memoria emocional de la audiencia. Mike Shinoda lideró el desarrollo de la canción, con Emily marcando las réplicas, hasta que el estribillo juntó sus dos voces con el canto general del recinto.
Eso sí, no todo estaba jugando a favor. El sonido no estaba siendo del todo bueno y, al menos en mi zona, se escuchó a bastante gente gritar “¡No se oye!”.

El segundo acto llegó introducido de nuevo por imágenes serpenteantes en las pantallas y arrancó con “The Catalyst”, pieza de A Thousand Suns que aquí funcionó como un reinicio visual y sonoro. La realización en blanco y negro, el público balanceando los brazos y una explosión de confeti al final del tema elevaron la sensación de gran espectáculo. “Burn It Down”, uno de los himnos de Living Things, fue reconocida desde sus primeras notas y volvió a convertir el estribillo en un canto colectivo. Emily aprovechó los primeros planos de la realización con mucha presencia, mientras el efecto de cortinas visuales añadía un punto sugerente a la puesta en escena.
“Cut the Bridge”, otra de las piezas nuevas, cobró vida gracias a las palmas del público. La realización regresó al blanco y negro y la canción terminó creciendo alrededor de ese “cut it down” repetido como una consigna.
Con “Where’d You Go”, de Fort Minor, las aguas se calmaron un poco. Emily abrió ese aire de balada y Mike respondió con su parte rapeada. “Waiting for the End” mantuvo esa temperatura emocional con efectos difuminados y cierto aire tribal. Los coros sonaron especialmente inspirados y Emily transitó por algunos de sus momentos más melódicos.

“Lost in the Echo” recuperó la pulsación con unas notas iniciales que crearon un efecto casi palpitante antes de dar paso al rap de Shinoda y a otro estribillo muy coreado. Después llegó “Two Faced”, nuevamente celebrado con mucha energía en la pista.
Entonces llegó el momento de lucimiento de Joe Hahn, acompañado únicamente por Colin Brittain a la batería. Fue una pausa instrumental con músculo, una forma de recordar que la identidad de Linkin Park no está solo en las voces, sino también en esa dimensión electrónica, rítmica y fragmentada que siempre los diferenció. Sobre una base grabada se pudo reconocer “Empty Spaces”, que dio paso al protagonismo de Shinoda con “When They Come for Me” y “Remember the Name”. Mike bajó al foso, saludó a un chico de primera fila y le regaló una gorra que ya venía firmada. Desde allí cantó pegado a la gente, haciendo participar al público y reduciendo por unos minutos la distancia entre una producción gigantesca y el contacto humano. En el escenario, vimos a Emily sentarse por un breve momento a tocar la batería y, a continuación, plantarse al lado de Colin Brittain para acompañarlo en el devenir percusivo.

“Casualty”, nueva y feroz, empezó con ese grito de “Let me out, set me free” y volvió a ser muy cantada. Y con “One Step Closer” llegó otro momentazo. El clásico de Hybrid Theory devolvió al recinto a la combustión original de la banda, con la gente bailando de nuevo con energía y un final de confeti que funcionó como cierre perfecto del segundo acto. Como anécdota divertida, un fan le lanzó a Emily una pequeña mochila de pingüino (¿quizás de Pingu?) que ella se acabó poniendo a la espalda para defender el tema en esa planta.
Antes del tercer bloque, la cámara enfocó a la primera fila y la pantalla se llenó de tatuajes, camisetas, pancartas, acreditaciones y todo tipo de idolatrías compartidas.
“Lost” abrió el tercer acto con teclados, Emily al frente y todo el público coreando. Aunque publicada décadas después de las sesiones originales de Meteora, la canción tiene ese carácter de reliquia emocional que conecta directamente con la memoria más profunda de la banda. “Breaking the Habit”, clásico absoluto, volvió a mostrar la voz rasgada de Emily y se convirtió, como era previsible, en otro cantar colectivo. En “Stained”, de la nueva etapa, vimos de nuevo a los dos vocalistas juntos, en un diálogo que claramente fluyó a lo largo de toda la noche.

La llegada de “What I’ve Done” fue celebrada nada más reconocerse. Volvieron los láseres y volvió también esa sensación de que algunas canciones de Linkin Park pertenecen ya a una memoria popular que supera géneros, generaciones y etiquetas.
Un nuevo interludio, con “Kintsugi” sonando grabada y formas sugerentes flotando en las pantallas, abrió el paso al último acto. “Overflow”, tema nuevo, aportó una textura más atmosférica antes de que “From the Inside”, otro corte de Meteora, sonara arrolladora, acompañada nuevamente por láseres y con el público entregado.
La llegada de “Numb” era, claramente, uno de los momentos más esperados de la noche. Y se notó. El canto colectivo alcanzó uno de sus puntos álgidos, con miles de voces ocupando el espacio. La breve aparición de “Everybody Wants to Rule the World”, de Tears for Fears, funcionó como un guiño inesperado antes de pasar a “Heavy Is the Crown”, probablemente uno de los temas nuevos que mejor han prendido en la audiencia. A mi alrededor el público se volvió literalmente loco y fue una alegría formar parte de esa explosión.

Con una portentosa “Bleed It Out”, Linkin Park cerraron el cuarto y último acto antes del bis. La emoción había ido creciendo canción a canción y todo el recinto estaba pendiente del remate final. Pero todavía quedaba el golpe definitivo.
Tras la introducción final, el bis arrancó con “Papercut”, y ahí el concierto entró directamente en territorio sagrado. No era solo un clásico de Hybrid Theory: era una de esas canciones que explican el ADN de Linkin Park, esa mezcla de ansiedad, rap, distorsión y melodía que cambió la vida de muchísima gente a principios de siglo.
Después llegó “In the End”, posiblemente el himno más transversal de la banda. Pude ver a miles de personas cantando una canción que pertenece a varias generaciones a la vez. Mike llevó el peso emocional con naturalidad y Emily encontró su sitio acompañada de todo el recinto.
Y entonces llegó “Faint” para cerrar de forma apoteósica. El clásico de Meteora sintetizó todo lo que Linkin Park habían demostrado durante la noche: energía, precisión, rabia y memoria. Y todo ello acompañado por un público cantando hasta quedarse sin voz, a sabiendas que eso era el final y que habían podido ser protagonistas de un nuevo capítulo en la historia de la banda.
A pesar de los inconvenientes, del calor, de una visibilidad mejorable y de un sonido que no siempre estuvo a la altura de la magnitud del acontecimiento, Linkin Park lograron que su pasado y su presente terminara imponiéndose por encima de cualquier reparo.





































