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Wolfmother: Como convertir una tarde de domingo de verano en una orgía de decibelios conmemorativos

Bandas: Ciclonautas – Wolfmother
Lugar: Sala Andén 56, Burgos – 26 de Julio de 2026
Texto: J.A. LuX
Fotos: Gabriel Pérez Hernando

Este verano que nos está haciendo sudar la gota gorda en las urbes a los “pringados” que aún aguardamos a coger el relevo vacacional dispuesto en quincenas y, así, poder escapar de la rutina, aunque sea la de caminar por las mismas calles de siempre, tiene también sus momentos de refrigeración neuronal. Gracias a conciertos como los que el Andén 56 nos proporciona, fiel a su tradición de no dejar pasar ni una fecha importante de las giras que atraviesan la península, y que han encontrado en Burgos a otro mecenas para sumar a la causa y no dejar de extender la proclama real de lo que es cultura, a pie de calle, sin tener que enmarcarse en ambiciosas fechas multitudinarias y avaladas por la cartera de presupuestos.

Era el día de celebrar los veinte (y uno) años que han pasado desde que unos australianos llamados Wolfmother editaran su disco debut, todo un polvorín de retro rock con reminiscencias siderales y cósmicas, relativas a la adulteración mental a base de sustancias todavía por determinar y con el sobrepeso de un himno generacional como es, y seguirá siendo el todopoderoso “Woman”. Para algunos y algunas, seguirá siendo tan solo una de las canciones que volvían locos y locas a los consumidores del “Guitar Hero II”, pero para los amantes de la repoblación de himnos del ecosistema rock mastodóntico, es toda una consigna hereditaria sin fecha de caducidad.

Acompañados por la banda hispano argentina Ciclonautas, otro trío sobrado de cualidades y, también con un puñado de canciones que se nos enganchan sin esfuerzo, ambas alineaciones consagraron la homilía dominical con un acento contundente y un eco distorsionado. Hablaron el idioma de los dioses para los mortales y allí se produjo a un vínculo unánime del cuerpo, de la sangre y del sudor de los versos de la biblia del rock.

Desde Navarra el batería Alén Ayerdi (Marea), en perfecta conexión con el bajista Javier “Txo” Pintor, quien me recordó a una versión glam del Doug Pinnick de los ochenta, secundaron y magnificaron toda la parafernalia guitarrística Mariano “Mai” Madina, cuya voz, dentro de sus tonos aguardentosos y dejes pasotas, bien animó a la peña a aplaudir a sus canciones.

Sobrios en su propuesta escénica, lo suyo se basa en la conjugación de pedales y diferentes paisajes sonoros que abarcan desde el rock de los setenta y su extensión alternativa de los noventa, la americana, el stoner más ligero, el indie menos comercial, aguijonazos de blues y mucha deferencia por una sana manutención para los compases cambiantes y menos típicos.

La verdad es que entre los tres consiguen no eclipsarse con sus momentos de destello personal, merecidos, y eso que a un servidor le sobran los solos de batería en este tipo de actuaciones, pero en general todo estuvo a la altura del murmullo que levantan por donde pasan y que se eleva con canciones como “La Huella”. Mi primera vez con ellos y no será la única, asegurado.

Ver por allí “pipeando” al bueno de Alberto Marín es buena señal. El gran músico español acompañó a la banda en todas las fechas nacionales y, viéndole encargarse de las labores de escenario y monitores, entendiéndose con “Cholo” (The Fly Army) desde la mesa de sonido principal, uno ya supo que eso iba a sonar a “gloria bendita”, pero no de la que se imparte en un concierto de DT, sino de la que necesita bruma y cerveza para rugir como un Impala en un túnel abandonado de la mano de Dios, y que bifurca los surcos del cruce de caminos para convocar al mismísimo corruptor de Robert Johnson.

Y así, como se lo cuento, aconteció señoría. El ganador del premio Grammy de 2007, Andrew Stockdale (voz, guitarra), se rodeó de una comparsa minimalista pero sumamente solvente formada por el bajista James Wassenaar y el batería Brett “Wolfie” Wolfenden, para, como si estuvieran en su local de ensayo, echarse unos zumos de cebada y, ya de paso, darnos una lección de cómo se mantiene vigente el poder de Black Sabbath, Led Zeppelin, AC/DC, Kyuss, The Strokes o Chuck Berry. ¡Qué coño más da! Esto era toda una investidura de embajadores de la némesis del pop y sus glamures, del estrellato y de la oscuridad de crecer en un mundo hostil tras nacer en el éxito, de la honestidad de una pasión y de la desvergüenza que provoca que se fusione con tu propia sombra sin que esto acabe contigo.

Fieles a la primera edición de su opera prima, desgranaron gran parte de los doce temas correspondientes a esta, de manera aleatoria y con un desparpajo que, de haber llevado zapatillas de casa, hubiese sido un retrato a modo de concierto de una escena de “Matrimonio con Hijos”, surrealistamente divertido y eufóricamente posesivo. “Dimension” desató una bienvenida por todo lo alto, para que con “White Unicorn” se nos mantuviera en la nube de su orden inicial, lo que desembocó en el éxtasis general con la icónica “Woman”. Para no dejar que el subidón tuviera el mínimo acuse de realidad, nos teñimos las puntas de garaje rock y salimos intoxicados con “Apple Tree”.

Rompieron el molde, para que una sala ya bastante más llena, incluso a punto de rozar el “sold out”, se sumara a su “jam” ceremonial con asertividad exclusiva en el tema “Midnight Train”, single de 2021 y  para que con la reverb en expansión utilizada para mantener la formidable entonación, santo y seña del líder del cotarro (con su camiseta de ZZ Top tras acompañarles en una fecha de este periplo), se nos realizara una lobotomía pactada más allá de tiempo y espacio. Como os decía, estaban tan a gusto que Stockdale les cambiaba los finales a sus amigos, quienes lejos de contrariarse, y en ese modo de sesión improvisada, le seguían el rollo con facilidad, como para que la canción lanzada hace cinco años confluyera con el “Foxy Lady” del sagrado Hendrix.

“Pyramid” añade distorsión, más y mejor, en ese enclave en el que James lleva todo el peso para las florituras vocales del “jefe” y para que no se echen de menos los teclados o peor, las programaciones ya casi omnipresentes para el ahorro del show de muchos stars. Encadenada “Mind´s Eye”, nos disuelve en una nube de humo feliz, no solo porque en pleno debate sobre la nueva ley antitabaco, el bajista ya tuviera clara su opinión al encenderse un cigarro, sino porque el ambiente costumbrista del tema así nos condiciona, abduciéndonos con suavidad y dándonos un suave puntapié para ponernos en órbita. Nuevamente surge la improvisación del guitarrista que en esta ocasión sorprende más palpablemente a sus regidores.

Nos invitan a su segundo larga duración, Cosmic Egg de 2009 con los temas “New Moon Rising” y “California Queen”, más pegadizos que una enfermedad venérea y que rematan con “Feelin´Love” de su disco de 2021, Rock Out.

Tras este descanso y viraje temporal, vuelven a congregar a nuestra alma más hippie con el hermoso “Where Eagles Have Been” y parecen finalizar el set oficial con una clara intención de sonar, pero sin dejarse llamar por mucho tiempo. Mientras toman medidas para su traje final, dialoga el frontman con el respetable y ya que no han fallado en ningún momento en cuanto a actitud se refiere, reclama sus correspondientes “oeoeoes”. Nadie se hace de rogar. Se nos felicita por la victoria de España en el mundial de futbol y Alberto vuelve a colocarle la guitarra, ya se saborea un final apoteósico mientras la sección rítmica golpea y Andrew acaba de afinar… esto es un hervidero de diversión y con “Vagabond” se prolonga esta eucaristía comunal, derrumbada abruptamente por “Colossal” y la insustituible y demoledora “Joker And The Thief”. Atronador, como su réplica por parte de las gargantas del gentío y el olor a humanidad entretenida que allí se había levantado. Tal fue la ovación que el trio salió para un bis que zanjó cualquier suspicacia de pereza o de ausencia de harmonía para con la parroquia. “Love Train” cerró su homenaje al disco que los masificó y, con “Victorious”, del disco del mismo título de 2016 y su satírica emulación Queen, saciaron a los incondicionales.

El espíritu del rock fue nuevamente alabado por unos mesías que, aunque erráticos en su peregrinaje, nunca han perdido las pisadas de camino de vuelta al culto que nos volvió un poco más creyentes.

Una noche más para el recuerdo en nuestra segunda casa. ¡Viva el Andén 56!

By J.A.Lux

Amante y coleccionista de música, adorador del Rock y Metal en todas sus vertientes. Apasionado del celuloide y más si es de terror. Defensor irreductible de la cultura, siempre dispuesto a debatir y colaborar para su progreso.

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