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Z! Live Rock: «Jueves 12, la integración en la élite inconformista»

Diez Veranos al Ritmo del «Zeta»

Fotos: Rubén Rosinos y Raúl Blanco (Nile)
Redacción: Iñigo Ortuñez, Oscar Saro, Marta Grimaldi, J.A. Lux

Ni las nubes, ni el tímido viento de agradable tacto de las primeras horas del mediodía evocaron, en segundo alguno, las lapidarias y torrenciales descargas pluviales de aquel año en el que, el “Zeta”, se hizo mayor ante los ojos de aquellos que lo habíamos amamantado con esmero desde sus inicios. Así le llamábamos cariñosamente y así lo anotábamos en la agenda, como si del natalicio de un pariente cercano se tratara. El pasado año nos robó el corazón por completo, paradójicamente dándonos más vida que nunca. Su relevancia lo ha colocado donde merece, entre los festivales europeos más agradables, menos predecibles y más respetados dentro de nuestra geografía y más allá. Me da igual la fecha, aquí comienza otro de los veranos de nuestra vida, otro de los que recordaremos, cuando la plata cubra nuestras sienes, como un solsticio musical definitivo… Jueves doce de junio de 2025, décima edición, nueva página en mi diario personal.

El cartel de este día integra al festival zamorano entre la élite más inconformista que ya pulula por Europa sin complejo alguno, quizás todavía con el tembleque nervioso en el cuerpo de la recepción del cambio generacional, pero también con una clara disposición, por parte de esta nueva hornada de escuderos, a sujetar los estandartes de los majestuosos reyes que iniciaron el movimiento y que ahora necesitan de la ayuda de otros, de los que aguardaban en resiliencia, para que sus inspiradores puedan seguir haciendo camino y, en muchas ocasiones, prostituir su legado para alcanzar una jubilación digna económicamente hablando.

Así, del progresivo al death metal, del hard rock al thrash y, entre medias, la anarquía anímica que proporcionan tan diferentes relatos, embelesa con tan solo recitar los nombres de las bandas a disfrutar.

After Lapse, desde Madrid al cielo.

After Lapse abren brecha de forma inusual para un festival donde el primer aguijonazo siempre se espera poco enrevesado y más jocoso. Ellos saltan al escenario como sexteto, sin complejos y con un compromiso real de crear hermandad entre metal y progresivo. Sus tintes power metal, no del heroico e histriónico, sino del avezado y misterioso, del que bandas como Kamelot o Angra solo pueden hacer uso, alimentan el “feedback” entre el metal y el prog de Haken, del señor Devin Townsend, de las estrellas de esta noche (Dream Theater) o de los inabarcables Evergrey a modo de viceversa. No son nuevos en estas lides y, reconocer la trayectoria de Roberto Cappa a la batería (Dark Moor), Javier Palacios al bajo (Centinela) o Pablo Sancha en los teclados y ciertas voces (Delÿrium) es un mero acto, ya que en esta alineación han encontrado un sonido definitivo que engancha fácilmente a pesar de sus complejas labores técnicas. Si bien el sonido en el escenario Silver Stage no se amoldó a la apoteosis que esta banda predica en sus dos lanzamientos (“Face The Storm” de 2022 y editado por Frontiers Music s.r.l. junto a su último “Pathways” de 2024), supieron llamar la atención para acompañar tanto las horas de llegada, así como rasgar la rutina de los habituales de la siesta, dibujando una recepción nada desdeñable y que fue aumentando su tamaño, nunca mejor dicho, progresivamente. Atraviesan un momento en el que las tablas deben sostener a un vocalista temporal, Erik Rayne, quien solo llevaba dos semana con la banda y ya visibilizó buenas maneras, hoy el expediente los ha posicionado como, esperemos, sospechosos habituales de nuestra cantera y hacía afuera.

Vola, la traslación del estudio al escenario como ritual de perfección.

Y de repente se hizo la luz, no solo por la magnificencia que explosionaron los inflamables daneses Vola en el escenario Copper Stage, cuyo sonido rozó la gloria, sino porque el sol hizo acto de presencia y nos ofertó un cameo de vitamina D que nos supo a “teta”. Muchas eran las ganas de ver a los de Asger Mygind, quien ataviado con una americana y zapatillas en sintonía con su inseparable guitarra verde, comandó, fundido con su empática voz, a este cuarteto nada ortodoxo y tan ecléctico dentro de sus pasiones progresivas que sustraen la atención de propios y extraños sin aspavientos. No sé lo que se esperaba de ellos ya que actualmente son una de las grandes sensaciones de la música sin etiquetas, pero lo que sí te puedo asegurar es que, para un servidor y para la gente que me rodeaba, a tenor de sus comentarios, ya se estaba viviendo uno de los conciertos que harán historia en el imaginario colectivo de los asistentes y de las asistentas, y eso antes de la hora de la merienda… Tienen los temas y la destreza para replicarlos, incluso sin las colaboraciones que utilizan en disco, como resultó el célebre “Cannibal” de su reciente “Friend of a Phantom” en donde echamos de menos a Anders Fridén (In Flames) solo por memoria retentiva, ya que, reitero, ellos mismos se bastan y sobran para mesmerizar. Nicolai Mogensen estuvo muy activo y provocador con su bajo y los clavados acompañamientos vocales, pero la palma se la llevaba el sueco Adam Janzi a la batería. Con su torso desnudo, más parecía estar inmerso en el club de la lucha que sobre un contexto, ya que experimentaba un aura de contagioso trance auto inducido, mientras propiciaba unos mandobles hirientes y visualmente imaginativos a su “kit de percusión”. Para coronar su conquista absoluta, sobre el tejido esencial de teclados y sintetizadores de la mano de Martin Werner y un lienzo de imágenes abstractas y sugerentes, dieron un repaso centrado en “Witness” y en su más actual lanzamiento (“24 Light Years”, “Inside You Fur”, “We Will Not Disband”) culminando todo tipo de presagio, deseo y alabanza con “Paper Wolf” que dejó patente su deseo de hallar la cuadratura del círculo. Sobresaliente a todas luces. Esto traducido a sala podría llevar al paroxismo onanista.

Kissin´ Dynamite, la inyección hard rockera necesaria para patear culos, contonear caderas y deshacerse de la levedad del ser y estar.

Tocaba un poco más de despreocupación, la que se necesita para burlar a la realidad y, mimetizarse de lleno en la algarabía que demanda el inicio de una “evening” de festejo popular. En eso el hard rock desenfadado y vital de estos alemanes no tiene parangón, pese a no contar con la potencia de decibelios con la que nos hubieran resquebrajado las cuerdas vocales, totalmente, a base de apelarnos con sus incendiarios himnos. Pero ellos, que ya están más allá de negar el fin de la carretera, ni se amilanaron, ni entorpecieron toda una serie de posturas y ergonomía de equipo teñida con clichés añorados que nos reportaron a nuestra imitativa época visual respaldada por una MTV demasiado distante de esas gestas en la actualidad. Sonrientes, vacilones y no sé si acalorados por la temperatura o por el fervor del respetable, lucharon junto a “Profident” por bandera contra la adversidad del “Silver”, y claramente salieron mucho más que airosos a modo de grupo, pero también como imperiosos, estratégicos y vitamínicos para romper moldes creativos, allanando un sendero abonado con humildad recreativa. “My Monster”, “You Are Not Alone” o “DNA” levantan brazos, puños y ánimos con un espléndido frontman como es Hannes Braun rindiendo tributo, con una chulería familiar, a un modo de vida que está más presente ahora que hace veinte años. Otro dardo directo al centro de la diana por parte de la organización, cómo bien coronaron con total alevosía los de Burladingen y Münsingen con “Raise Your Glass”.

Nile, la bestia que emerge de las catacumbas y devasta el presente con su pretérito pluscuamperfecto.

Soy consciente de que los americanos Nile no están diseñados para todos los públicos. Su genoma hora histórico y evolutivo, hora fruto de la investigación clónica de un “Predator” o un “Xenomorfo”, octavo pasajero de las maravillas egipcias y mesopotámicas legendarias, muta voluntariamente en un arma de destrucción masiva a base de brutal death híper técnico, acelerado, con respeto y compromiso por aquel legado masivo y enigmático a través de papiros cubiertos por arena milenaria, vertido en barbarie sónica para invocar a la inquietud histórica y musical. Sin grandes alardes visuales y protegidos a sus espaldas por un azul verdoso que preponderaba la imagen del ankh, también conocido como la llave de la vida, auspiciaron la energía vital y la inmortalidad que desprenden los de Karl Sanders (miembro principal desde el año 1993) en una carrera intachable y fiel como pocas. Quizás algún ajuste técnico, ¡nada!, tan solo un leve desliz de dedo para bajar el atronador volumen con el que nos arrebataron el tímpano, pero sobre todo el alma, hubiera hecho que el rebaño sin preparación para la experiencia, hubiera corrido desbocado directo a su matadero en honor a los ancestros. No obstante, los que ya tenían nociones sobre ellos y sus numerosos seguidores fieles, disfrutaron de la grandeza de los norteamericanos que cuentan en sus filas con Zach Jeter (Hideous Divinity, Olkoth) a las guitarras y voces, Dan Vadim Von a las cuatro cuerdas y voces también (Morbid Angel, Incantation) y el imprescindible, soberbio griego George Kollias a las abominables baterías, toda una “masterclass”. Profundos, toscos, épicos, lacerantes y provocativos: propiciaron los primeros pogos y nuestros ritos más mundanos de trascendencia al altar de la aniquilación. “Defiling The Gates Of Ishtar” “In The Name Of Amun”, “Sarcophagus” o “Black Seeds Of Vengeance” nos hicieron viajar a través de su dilatada discografía iniciada en 1998 con diversas escalas premeditadas. El destino primario, su actualidad, su empresa oculta la perpetuidad.

Exodus, de pioneros a carniceros, regreso al acné camuflado por las arrugas de su vigencia indiscutible.

Cuando eres uno de los grupos que ha ayudado a crear uno de los géneros más estables y amados de la música que nos acoge, ya no solo eres leyenda, sino que tienes la potestad de, o bien ir machete en boca para sorprender a tu presa emergiendo del agua y finiquitar su existencia con precisión quirúrgica, o bien puedes hacer pequeñas incursiones masoquistas con tus diferentes intensidades en todos y cada uno los rehenes que has congregado a lo largo de tus más de cuatro décadas de existencia. Como los del señor Holt venían a celebrar los 40 años del seminal “Bonded By Blood”, su debut y obra culmen de la era, hicieron “fifty-fifty”. Empezaron con el tema homónimo de semejante artículo de lujo y que ya te deja al descubierto, pero ellos hoy no venían a demostrar nada, venían a disfrutar y eso se hizo patente con gran parte de la integridad del disco escupida a la cara con celeridad, virulencia y pocas miras más allá (“Piranha”, “The Toxic Waltz”, “Strike of the Beast” o “A Lesson In Violence”). Como si volvieran a ser chavales por una hora, incluso con un sonido menos pulido respecto al que ostentan en la actualidad, quizás en pro de la visceralidad de su juventud y ese alma punk que, quizás por la falta de ajuste total que el “Silver” proporcionaba, unificaron un criterio, la diversión por bandera. Rob Dukes, sensacional, se ha hecho con las labores vocales, finalmente, tras la alternación en sus discos del nuevo milenio con “Zetro” Souza, quien se ha marchado tras una serie de exitosas giras recientes y que, de no ser por su icónico y afable carácter, quedaría relegado al ostracismo tras las buenas vibras que desprenden en conjunto. Lee Altus (Heathen) flanquea a un Gary Holt insuperable a las guitarras, mientras la sección rítmica de Jack Gibson (veterano desde 1997) y Tom Hunting a la batería, otro de los responsables del “Bonded” y habitual en diferentes etapas de los de la salida de los israelitas de Egipcio descrita en la Biblia. “Brain Dead” de “Pleasures of the Flesh” (1987), “Fabulous Disaster” que dio título a su referencia del ochenta y nueve aparecieron para desbocarse. “Blacklist” de “Tempo Of The Damned” (2004) o “Deathamphetamine” de “Shovel Headed Kill Machine” (2025) nos hicieron revolver entre tantos años y enfoques, dejando meridianamente impoluta la visión que se ha de tener y, que me consta se tiene de una formación titánica. El guiño a Slayer con “Reign In Blood” toca la patata y los hace aún más reales.

Meshuggah, la matemática del sonido o la ciencia de las “poli arritmias”: curiosidad del aprendiz versus éxtasis del versado. Un viaje para la mente abierta.

La banda sueca formada en los lejanos años noventa ha contado siempre con el estatus de culto, desde sus inicios más accesibles hasta su definitoria base imponible de fórmulas y algoritmos aplicados al virtuosismo musical. Es imposible quedarse indiferente ante ellos, así como es comprensible perderse en sus laberínticos pasajes de metal pesado, cuyas paredes pueden resultar excesivamente paralelas, a pesar de la rugosidad magnética que subyace frente al tacto curioso. Sus cadencias inverosímiles, el grosor de sus muros de aislamiento y la vehemencia sobre la que se apoyan sus tesis son tan abrumadoras como hipnóticas. Con un excelente juego de luces que rociaba al quinteto, integrando el dramatismo visual con la presión hermética de su sonido divino, confeccionó un telar privativo de experiencia inmersiva entre el progresivo, el djent, el groove o la música extrema en general, que más allá de gustos, posicionó al Z! Live Rock más allá de la estratosfera. Mr. Haake a la batería como metrónomo humano y Fredrik Thordendal como decorador del cosmos con sus guitarras y afinaciones disidentes, dejan espacio para que el resto de la banda se pronuncie y, a través del vocalista Jens Kidman, nos abrasemos como hace años imaginábamos en las exposiciones distópicas de Terminator. Magistral aunque también, para un sector amplio, incomprendidos. Destacar un tema sobre otro me parece baldío, porque su expresión es inalterable a la variación de factores, el resultado será siempre el mismo.

Dream Theater, ni su mejor día, ni sus decisiones más acertadas: un cabeza de cartel desubicado.

El regreso de Mike Portnoy, tan querido por el público no solo por sus apabullantes dotes a la batería, sino también por su simpatía contagiosa, despertó un nuevo entusiasmo para los habituales asistentes al teatro de los sueños. El lanzamiento, como certificación de la unión en clave de nuevo disco, “Parasomnia”, cuyo registro resulta bastante agradable lejos de ser una de sus obras cumbres, vaticinaba un espectáculo, como mínimo, excitante. Pero… ¡Sí!, esta vez hay un “pero” mayúsculo: James Labrie. Lejos han quedado ya sus facultades vocales para, puntualmente encajar tono, brillo y potencia, tras los largos intervalos instrumentales que, bajo mi humilde opinión, debieran darle suficiente cobijo como para resultar aceptable en su atril. Tampoco la guitarra del impecable John Petrucci estuvo tan fina como “un canapé de Whiskas” en cuanto a cuerpo, algo que quedó como anecdótico en la compañía de sus carabinas indispensables (Myung, Rudess y Portnoy). También es cierto que probamos desde diferentes ubicaciones para tentar al sonido general y no podría establecer un veredicto claro al respecto. Seamos políticamente correctos y digamos que, entre luces y sombras se defendieron. Tampoco el listado de temas estuvo a la altura estimable, aunque sí es cierto que los temas del último plástico funcionan bien (“Night Terror”, “Panic Attack” o “Midnight Messiah”), entre grandes canciones como “Under A Glass Moon” (“Images and Words”- 1992), “Act I: Scene Two: II. Strange Deja-Vú” (“Metropolis Pt. 2: Scenes from a Memory” – 1999 o “Peruvian Skies” (“Fallinf Into Infinity” – 1997) y sus intervalos de atracción de feria con “Wish You Were Here” de Pink Floyd o “Wherever I May Roam” de Metallica integrados en la susodicha tonada. Aún así hubo periodos inconexos y que no atraparon la atención total del gentío que estaba más polarizado que nunca. Sabia decisión cerrar con “Pull Me Under” y meterse en el bolsillo a toda la comunidad con semejante artefacto atemporal. Agridulce reencuentro para un cabeza de cartel de ese renombre.

Rotting Christ, desde Grecia con las puertas del infierno abiertas de par en par y una creatividad anticristiana recalcitrante, impía y productiva.

Los hermanos Tolis (Sakis guitarra y voz/Themis a la batería) llevan tanto tiempo en este negocio que nadie auguraba desde sus inicios grindcore y su posterior pacto con el diablo en clave black, una longevidad de cuatro décadas sin impostaciones innecesarias y con un afán destructivo que los nutre de un odio  cavernario para, sin trampa ni cartón, tener una colección de canciones cuasi impolutas. Se dejan la piel sobre el escenario sin grandilocuentes producciones, por mucho que su propuesta pudiera quedar mayormente retratada, pero es que no lo necesitan. Ellos tienen el don, la maestría y una fe en sí mismos que, unida a sus habilidades musicales (escritura e interpretación), deja fuera de juego a cualquier apócrifo de serie B. Con la experiencia han ganado dramatismo, sin perder crudeza, y su refinamiento estilístico obedece a una inevitable comunión de la apología de sus ideas con la fantasía que desatan sus quimeras y enigmas. De la melodía han tomado su parte más teatral, la gótica, para sumar extravagancia al innato espíritu destructivo que poseen. Nuevamente el sonido en el “Copper” dejó patente su mejoría frente al “Silver” y agrandó la sombra de una banda para dar sentido al Ying y al Yang de la vida, ellos son el mal o quizás el bien, depende de sobre quien recaigas en tus propias rodillas… Otros de los grandes vencedores.

Vita Imana, el cierre perfecto.

Hay bandas que son rituales de puro sudor. Cuando el reloj, borracho de horas, marcó las dos de la madrugada, la décima edición del festival escribía con fuego uno de sus capítulos más intensos: Vita Imana alzaba el telón.

Veinte años llevaban rompiendo con todo. Dos décadas en las que no han sido moda ni complacencia, sino martillo y cincel, tormenta en plena sequía. En su garganta no hay concesiones, en su ritmo no hay pausa. Coordinación absoluta, como una tribu que no olvida su danza ni aunque el suelo tiemble bajo los pies. Y cuando los primeros redobles retumbaron, no quedaba rastro de cansancio en aquel recinto que tantas veces ha visto amanecer con ojos de asombro. La noche —ya avanzada, en la frontera de la euforia y el delirio— encontró en Vita Imana un cierre glorioso.

Es una imagen que se fija como una quemadura, la masa brincando, rota la frontera entre piel y alma, entre músico y asistente. Porque si hay una banda que pueda levantar a un muerto, esa es Vita Imana. Y allí estábamos, resucitados todos por la furia de unos riffs, de la fuerza que nos entregaron sus componentes. Qué importa ya la fecha —jueves, madrugada, junio, lo que sea— si el tiempo se detuvo justo cuando el metal, el tribalismo rítmico, y la crudeza vocal se fundieron para anunciar que el fuego sigue vivo. Que hay bandas que cierran el día, pero otras —muy pocas— que lo perpetúan. Los he visto varias veces en directo, y tengo la sensación de que esta banda no envejece… endurece.

Diez veranos después, el Z! no solo ha resistido al paso del tiempo, lo ha saboreado, lo ha modelado a su antojo con identidad, riesgo y nervio. Esta décima edición ha sido un festín de contrastes, y así, con la frente sudada, cerramos otro capítulo en esta liturgia pagana que ya forma parte de quienes somos…vamos a por más.

By Redacción Metal Hammer

Metal Hammer és una marca legendaria en toda Europa en cuanto a la difusión de la escena del hard rock y heavy metal. El primer número de la revista se editó en diciembre de 1987.

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