Nuestro sitio web utiliza cookies para mejorar y personalizar su experiencia y para mostrar anuncios (si los hubiera). Nuestro sitio web también puede incluir cookies de terceros como Google Adsense, Google Analytics, Youtube. Al utilizar el sitio web, usted acepta el uso de cookies.

Zurbarán Rock 2025, VIII edición: Tumbar un ocho y convertirlo en infinito

Festival: Zurbarán Rock
Lugar: Parque de San Agustín – Burgos – 18 y 19 de julio de 2025
Texto: J. A. Lux
Fotos: Gabriel Pérez Hernando/Juan R. Felipe

En este caso, el orden de los factores si podría haber alterado el producto, pero, con meditados ademanes, Zurbarán Rock se ha estilizado y refinado, ejercitándose entre las luces y las sombras de los grandes festivales de pago o de los más manirrotos, que no más generosos. Han sabido correr pero no acelerarse. En esta octava edición de su venturosa historia y tal y como llevo años predicando, no le ha resultado nada difícil el robarle la cartera y la cartelera, a todos los eventos metaleros que se multiplican como setas en temporada.

Viernes día 18: Tirar la casa por la ventana sin, aparentemente, pensar en la mañana

Venían, las tardes anteriores, aterrando con el mercurio en plena ebullición, así que el día en el que el octavo mandamiento se hizo verbo, no os voy a mentir, estuve cerca de arrodillarme antes los hados por rebajar, nada menos que cerca de diez grados, la exuberancia de julio. Sabiendo que con la caída del sol, además, se podría ejercer de buen burgalés siempre con la chaqueta bajo el brazo, aún se motivaba más uno a la hora de presentarse ante los escenarios Diario de Burgos y Fundación Caja Rural, éste último con una nueva ubicación que liberaba ampliamente a su hermano mayor. De esta manera los puestos y barras aledaños a la algarabía concéntrica que, como espiral infinita, implosionaba y explosionaba según el sentido de tu dirección, también respiraban con menos dificultad. Sinceramente la primera gran sorpresa del fin de semana.

Zona para gente con movilidad reducida, pantalla para acercar lo que acontecía en el escenario principal, mayor dotación de espacios, baños y avituallamiento permanente, fueron otras de las necesarias comodidades que facilitó la organización Metal Castellae. Tras recoger las acreditaciones del equipo Metal Hammer con una fluidez pasmosa, nos posicionamos Gabriel, Elisa, Juanra, Luci y un servidor, para que cada uno con su cometido tuviera la máxima dotación de medios para traducir lo que se intuía, pero que a la postre se demostró: Zurbarán gozó la gloria definitiva.

Con puntualidad británica se realizó la apertura de los festejos con unos cada vez mejor posicionados Hadadanza, que establecieron el paralelismo folk encabezado el viernes del año pasado con Lépoka. En esta ocasión contaron todavía con más público, y eso que en la anterior vuelta al sol, los de Castellón ya arremolinaron una concurrida masa de cuernos en alto, lo que ya iba a ser la confirmación de la premonición que los establecimientos de hostelería venían comentando desde tempranas horas del mediodía: “esto se iba a petar”. Los malabaristas alicantinos tienen ese toque canalla que, unido a su imaginería juglar y a su expresión fantástica, consiguen convertir al respetable en un clan unísono de vítores cuando arremeten con “¡Corred Insensatos!”, “Rivendel”, “Acertijos en las Tinieblas” o “Una Aventura Inesperada”. Son como el cava, destapas su corcho explotando desde el primer compás y después no dejan de subir como la espuma, que se lo narren al bueno del “rompescenarios” vocalista llamado Dave Simarro. Eran solamente poco más de las seis de la tarde…

Rave In Fire hicieron lo propio con el escenario Fundación Caja Rural. El cuarteto madrileño no solo es una de las grandes esperanzas del heavy clásico actual, sino que son un ejemplo de juventud, respeto y pasión por una terminología que es religión para millones de corazones del ayer, del hoy y del mañana. Entre cuero y tachuelas y sin más distracciones que la solidez de su motor, se metieron en el bolsillo a un inabarcable puñado de almas, como si de la portada del “Rising” de Rainbow se tratase. “Jimi” tras el kit de percusión y con su gorra verde parecía manejar un John Deere dispuesto a aplastar un trigal seco que iba a renacer reverdecido con canciones tan precisas como “Set Me Free”, “Sons of a Lie”, “Shout” o la versión de Tarot, “Wings of Darkness”. Sara su bajista me recordaba con su desafiante bajo y sus retratables poses a Share Pedersen (“¡ojo cuidáo!”), cuatro cuerdas de las indelebles Vixen. Jonjo a la guitarra se desenvolvía con soltura y Selene vivió libremente cada compás donde no tiene que concentrarse en ser esa “frontwoman” que arrasa con su magia. Triunfo total de estos madrileños dispuestos a comerse esa porción de mundo elaborado para su hambre.

Bordeábamos con un nudo en el estómago los muros del centro cívico de San Agustín para, lo que si nos cuentan hace cuarenta años a los que ya peinamos canas en esto del rock y el metal y que no nos hubiésemos ni atrevido a soñar, ver al todopoderoso Robin McAuley, con más de setenta castañas y en prodigioso estado de voz y de magnetismo personal. Sobre su persona y anécdotas, así como otras bondades personalizadas que nos proporcionó este festival, hablaré en un artículo especial, más íntimo, pero ahora he de ceñirme a la actuación con tan solo un ensayo encima (sí, sí, aquí hay mucho que contar y lo haré, lo haré, ¡prometido!) que se marcó el irlandés de los ojos caribeños y sus jóvenes paladines, donde nos encontramos al animador de eventos y teclista, al mismo tiempo, de perilla y cresta fucsia Alessio Lucatti (Deathless Legacy, ex Vision Divine), los tremendos guitarristas Andrea Seveso (Kraemer, Jorn, Robin McAuley, Poison Rose) y Alessandro Mammola (Alterium, Draconicon), el bajista Andrea Arcangeli (DGM) y el batería Alfonso Mocerino (ex Temperance). En un principio estaba claro que esta formación tenía que adaptarse al medio y sobreponerse a la alargada figura que proyecta este Robin tocado por los ángeles, pero tras sus proceso interno, bien es cierto que estuvieron a la altura con sus virtudes y secundaron al maestro con una profesionalidad fuera de toda duda. El señor Mcauley se mostró ya no solo carismático, sino como si fuera un “zurbaraner” más, embelesado por el ambiente (que ya parecía el de un sábado a hora punta sin ser más allá de las ocho de la tarde) y entregado por completo a demostrar el porqué de su estatus, simplemente magistral. Abrieron con “Bad Boys” (“Save Yourself” – 1989), lo que ya es provocar el delirio, continuaron con “Standing On The Edge”, “Alive”, “Soulbound” encabezamientos de sus más recientes obras para en la parte final, engatusarnos sin resistencia alguna con la etapa inolvidable que se tradujo en tres discos oficiales y un acústico junto a Michael Schenker. Lágrimas en los ojos al escuchar, del tirón, “Love Is Not a Game”, “This Is My Heart”, “Gimme Your Love” y “Anytime”. Un delirio hecho realidad.

Los locales Cinnamon, en formato cuarteto y ganadores del concurso de Las Candelas en la categoría burgalesa, dieron buena cuenta de porqué arrasaron con su elección. Del blues y del rock han hecho su mutación stoner “hardcorizada” y, con una humildad “teenager”, pasaron por encima de “todo Cristo” con un encolerizado Mike Patton burgalés que calza bigote y se llama Víctor. “Pascu” a la batería y Javi y Alex a las cuerdas dejaron abierta la puerta a un futuro más que merecido. Esta gente tiene “mandanga”para rato, uno de mis “top” con armas de destrucción masiva que todavía anda buscando la familia Bush y que se encuentran en la capital del Cid como son “Roadkill”, “Too Tired To Fuck”, “Been Around” o “Self Medication Blues”.

La cosa estaba ya caliente, pero no imaginaba que Ross The Boss y sus huestes fueran a incendiar el escenario mayor en el mejor show que recuerdo de ellos. Basado su menú “Hellfest” en un “greatest hits” de Manowar, se repuso para la ocasión yno solo se sació a la monumental cohorte que se erigió como una sola voz ante tan incontestable colección de canciones, sino que agasajó a cada uno de los amantes de el del Bronx con un una porción de historia personal investida con decibelios inmortales. “Blood Of The King”, “Oath”, “Sign of the Hammer”, “Kill With Power”, “Blood of my Enemies”, “Thor”, “Dark Avenger”, “Black Wind, Fire and Steel”, “Kings of Metal”, “Battle Hymns”, “All Man Play On 10”, “Fighting the World” y “Hail and Kill” (¡qué bien adornó el señor Friedman los arpegios más calmados con su adorado blues!), ¿acaso no te encuentras en algún momento reflejado en tus mejores recuerdos? Al maestro se le vio disfrutar, pero los que se llevaron el sobresaliente fueron por un lado Marc Lopes (Let Us Prey, Metal Church), quien con su agresiva voz y su dominio del escenario resultó fundamental, rasgando sus cuerdas vocales con el estruendo del Mjölnir arrasando los cielos y por otro, como no esperaba menos, el amigable y mucho más que eficaz Dirk Schlächter (ex Avalanch, Gamma Ray) al protagonista bajo en estos menesteres tan comprometedores junto al atronador batería Sean Elg (KK´s Priest). El sentido y el peso del metal izaron su bandera más allá de modas, personas y críticas, San Agustín clamó al Valhalla.

Una de las pocas decepciones que me llevé del festival al completo fue con los italianos Xeneris. Tenía ganas de aceptarlos ya que en disco no me disgustan, es más, tienen momentos muy dignos y menos predecibles de lo que se le supone al estilo, pero, uno que ya no es tan inocente como quisiera, ya contaba con los malditos pregrabados que inundan la escena, sobre todo hard y sinfónica, de hoy en día. La voz de Viktorie Surmøvá me resultó bastante estridente en sus tonos más altos, pasaba más tiempo en las nubes que en la tierra, y la guitarra de Federico Paoilini tampoco se me apareció tan concisa como esperaba, así que al escuchar el conjunto y sus atmósferas fingidas no encontré ese factor llamativo que en disco han sabido capturar, su épica quedó obsoleta ante una narración con pocos argumentos. Si consiguen más rotación puede que tengan una oportunidad, no obstante su presencia se agradeció para configurar un cartel prolífico y con bastante presencia femenina.

Otro de los caramelos de la jornada era la incursión de la etnia por encima de la virtud, de la técnica como pentagrama de perfección y del alma más allá de la raíz y, mi gente, ahí Myrath se consagraron ante las que ya les conocían y los que eran profanos a su mito. Cerca de la hora bruja, con el frío burgalés como testigo y con un puñado de efectos lumínicos decorativos, amén de contar con los hermosos bailes y vestimentas de la coreógrafa que les acompaña en gira, la mística cobró forma corpórea y hálito divino. La primera banda tunecina que ha fichado por un sello internacional se recreó en su sensibilidad a la hora de engalanarse con las melodías de su tierra, el progresivo sin retorcer hasta el hastío, su poderosa descarga eléctrica que colinda con el metal más pesado y con sus aderezos tribales, muy a mi pesar, enlatados. Demostraron que lo tienen todo y que con todavía eso no es suficiente para ellos, ellos quieren conquistar tu mente y asentarse en tu ánima; “spoiler”: no hay impedimento para ello. De su don agradecido quedas prendado y ya no hay aspecto que te aparte de “Into the Light”, “Dance”, “Child of Prophecy”, “Tales of the Sands”, “Heroes” o “Endure the Silence”, de mis favoritas. Quince canciones llenas de mística milenaria y una introducción dejaron boquiabiertos a todo tipo de público por su riqueza visual, por su ingeniería inesperada y por su alquimia emocional. Inesperado encuentro de culturas y alianzas pasionales.

Entrando en la madrugada me abracé a Pulsa Denura para olvidar el cansancio y, encima, recargar pilas para acabar hecho trizas con Gama Bomb. Así como los nacionales proclaman su amor por el metal clásico con tallado contemporáneo, los irlandeses se miden con el sonido de las aceras y el retumbar de callejones en pie de guerra que no entiende ni de épocas ni de reglas. La experiencia de ambos es palpable en su área y, si por un lado Manuel Escudero (voces, Santelmo), José Pineda (guitarra, Sphinx), Miguel Salvatierra (guitarras), Antonio Pérez (batería) y Rafael Vázquez (bajo) nos dejaron deseando la llegada de su primer disco a través de cortes como “Hijos del Viento”, “Pídeselo a Dios”, “No Hay Dolor” o “Tiempo”, los de Philly Byrne (voces) y Joe McGuigan (bajo) enlazaron uno tras otro los rencorosos alegatos de una sociedad embriagada de cultura pop, armada con el terror como afición y acelerada por el vómito de su descontento político. Simplemente lo que uno espera de un compañero de batallas, sinceridad y lealtad.

Así se cerró el primer día, el viernes dieciocho, uno de los álbumes con futuras mejores fotos del recuerdo, con un nuevo récord de asistencia y, posiblemente el mejor cartel que se haya visto en una sola jornada. Me quito el sombrero.

By J.A.Lux

Amante y coleccionista de música, adorador del Rock y Metal en todas sus vertientes. Apasionado del celuloide y más si es de terror. Defensor irreductible de la cultura, siempre dispuesto a debatir y colaborar para su progreso.

Artículos relacionados