Bandas: Creeper – The Howling
Lugar: Islington Assembly Hall, Londres – 2 de mayo de 2026
Texto: Ana Velcev
Fotos: Harry Steel
Durante los 20 años que llevo en la industria musical he tenido la oportunidad de asistir a muchos conciertos. He visto conciertos buenísimos, históricos, espectaculares, técnicamente apabullantes o tremendamente trascendentales. Pero con el tiempo te acabas preguntando una cosa: ¿dónde están los conciertos divertidos? Me cae del cielo una entrada para ver a Creeper en Londres justo cuando hago esta reflexión sobre la necesidad de divertirme de verdad en un concierto. De saltar, de sudar, de flipar con cómo la está liando la peña, de corear letras que no me sé, de entrar y salir de un pogo, del primer tema al último sin pausa. Y sin tener que haberme estudiado el setlist previamente, a poder ser.
Me refiero a lo que te imaginabas que era un concierto cuando tenías 13 años y todavía no podías entrar en una sala (de manera legal). Un concierto como los que salen en las películas o los videoclips, donde los figurantes que hacen de público están on fire durante todo el metraje. Esto es exactamente lo que ofrecieron Creeper en el Islington Assembly Hall el pasado mayo, en un contexto de sold out desde hacía varios meses. Ese sold out les daba cierta ventaja: el público estaba formado por fieles más que por curiosos. La expectación se palpaba ya desde los pubs cercanos al recinto, llenos de asistentes haciendo la previa, vestidos con piezas del merchandising tan cool que tiene la banda y alguno disfrazado de vampiro vintage de forma muy graciosa.

Abrieron The Howling con un buen derroche de carisma, especialmente por parte del cantante, y un setlist irregular. La propuesta de los teloneros tiene su gracia como aproximación personal y artística al revival emo pero, salvo por el primer tema “Little Promises”, falta cierta cohesión para evitar que el resultado sea un patchwork sonoro que no luce mucho. Una versión metal de Madonna, una correcta ejecución técnica y la imagen magnética del grupo sostuvieron lo que el repertorio no pudo. Hay que tener en cuenta que estamos hablando de un grupo de debut muy reciente. Si siguen los pasos del headliner de la noche, pueden acabar dando con la tecla como ellos.
Desde su formación en 2014, Creeper siempre han seguido una regla: presentar una narrativa y un lore diferentes en cada nuevo trabajo, reinventándose con cada álbum. Pero algo pasó después de la gira de presentación de Sanguivore (Spinefarm Records, 2023) durante la que encarnaron a una banda de rock ficticia de vampiros calenturientos en pleno Satanic Panic de los 80 – literalmente han definido su estilo como “horny Dracula music”. No estaban listos para enterrar esa etapa todavía y sacaron Sanguivore II: Mistress of Death (Spinefarm Records, 2025), dando continuidad a esta era en la que parecen estar tan cómodos. En este último trabajo suben la apuesta y perfeccionan la fórmula. No solo no reniegan, sino que abrazan la teatralidad, el humor y lo camp, exhibiendo sin pudor sus numerosos y diversos referentes y su obsesión por la búsqueda del hook perfecto.
El resultado es el “Sangui-Tour” que nos ocupa, en el que interpretan únicamente canciones de sus dos últimos discos. Ese compromiso total con un único universo ficticio merece reconocimiento, pues supone un movimiento arriesgado de cara a los fans de toda la vida. Pero teniendo suficiente repertorio para permitirse semejante fantasía, era una oportunidad que no podían desaprovechar. Cuando saltan al escenario, con el comienzo de “Mistress of Death”, la compenetración y la presencia escénica de la banda nos abofetean cariñosamente para avisarnos de lo que se viene. En la segunda canción del set, “Blood Magick (It’s a Ritual)” (el single con alma de hit que homenajea abiertamente a “Heaven Is a Place on Earth”) ya nos tienen cogidos por el cuello y se forma el pogo que va a vivir incandescente hasta el final. Todo esto sin permitirnos siquiera terminarnos la primera cerveza de 8 – dolorosas- libras que, obviamente, acabó volando por los aires. Al verlos con su maquillaje inspirado en The Rocky Horror Picture Show, completamente metidos en su rol de rockstars de ultratumba, uno no puede evitar las comparaciones. Sí, hijos de KISS pero mucho más darks. Primos de Ghost, pero sin la arrogancia. En realidad, la asociación más acertada serían las bandas góticas que se congregaban en el mítico Batcave del Soho londinense a principios de los 80. La oscuridad y el humor eran inseparables en esas fiestas icónicas que fueron el revulsivo de una escena que después se volvió mucho más solemne y enfurruñada.
El circle pit llegó prontísimo, con la arrolladora “Headstones”, ese track de Hard Rock ochentero que corre como mil demonios donde asoman unos Maiden, Mötorhead o Judas, pero que posee un estribillo tan adictivo que termina convirtiéndose en su “We’re Not Gonna Take It” particular. La clave de su eficacia está en las consonantes percutidas que hacen de ancla fonética y aportan ímpetu a la melodía vocal, así como en el inteligente uso de las pausas que nos regala no solo un himno de estadios coreable que funciona como un tiro en directo, sino también un chiste tontorrón (“So give us head… stones”), que provoca una hilarante micro confusión en el oyente no iniciado.


Pensaría uno que quemar los temas más explosivos tan temprano en el set sería contraproducente, pero la cosa no decae gracias a cortes como “Sacred Blasphemy”, donde las guitarras se vuelven más afiladas y directas en un giro hacia el punk rock que remite a Misfits o “The Ballad of Spook & Mercy”, un ejercicio de estilo en el que juegan a hacer su propia Murder Ballad a lo Nick Cave. Con Creeper vives en constante sensación de sorpresa ante lugares comunes: no es que nadie haya hecho esto antes, pero nadie está haciendo todo esto (todo junto, y revuelto) ahora mismo. Sobre el papel a muchos les sonará descabellado o demasiado referencial pero, aunque se les pueda echar en cara un estilo compositivo predecible, el valor de la propuesta de Creeper reside en el trabajo de orfebrería que supone encajar todas esas influencias tan dispares con un resultado tan coherente. De la misma manera, William Von Ghould, el rutilante frontman, va cambiando de registro sin inmutarse: te puede chillar en un frenesí punk bien sucio y animal con la misma facilidad con la que se transforma en barítono crooner para convencerte de que te dejes morder un poquito. Mientras William hace sus cosas de vampiro, la dupla de guitarristas Ian Miles y Lawrie Pattison se encargan del brillo y la grandilocuencia. En unos momentos la sencillez de la guitarra rítmica permite a Ian engalanar la línea melódica con sus habituales florituras, y en otros Lawrie se suma y tenemos doble ración de guitarra solista, como en los magníficos y pomposos duelos de solos.
Esto es posible gracias a Hannah Greenwood, el verdadero as en la manga del grupo. Con su teclado vertebra el sonido de la banda y con su vozarrón se hace cargo de los poderosos coros omnipresentes en el repertorio. Llegados a “Black Heaven” se desinflan un poco debido al cansancio, pero no aflojan. Hay algo de venganza placentera en ver que nosotros los estamos agotando a ellos también. El sudor y desgaste compartido contribuyen al ambiente pegajoso que empañó hasta el último de los cristalitos de la bola de discoteca que coronaba aquel viejo teatro reconvertido en sala de conciertos. Como pasa en el inicio de cada canción, vuelve a rugir el motor del pogo, pero toca echar el freno porque ha llegado el turno de “Razor Wire”, la canción decadente y cabaretera donde Hannah cobra protagonismo (por fin), baja el tempo y nos hipnotiza a todos con su despliegue vocal y performance, como una suerte de mocatrix (modelo, cantante y dominatrix) protagonista de una peli serie B ochentera llena de luces neón y violencia gratuita. Con un frontman renovado gracias a este respiro, vuelven a la carga al grito de “London, are you ready?!”. La batería pisa el acelerador y la divertidísima “Chapel Gates” resucita el moshpit después del pogus interruptus, así como otra disciplina para la que los londinenses tienen mucho arte: el crowdsurfing. Si no salieron 50 personas en volandas hacia el foso, no salió ninguna. Y lo hacen con una facilidad y coordinación fascinantes. Intenta hacer lo mismo en cualquier sala española y el hostión será legendario.

Nos preparamos para el bloque final con la enorme “The Black House”, que gana en directo gracias a que la voz de William no queda tan sepultada como en la versión de estudio y podemos apreciar lo bien que se maneja en registros gravísimos a lo Peter Steele. No cesa ahí la comparación, pues los versos son tan sonrojantes como los de Type O Negative (quizás más por lo desternillante que por lo sugerente), con un juego de metáforas tan descarado como delicioso. Dentro de la contención del tema, suenan cohesionados y contundentes mientras la bola de cristales empañados gira por primera vez y refleja destellos por toda la sala. Con la sentida “More Than Death” el velo entre humor y solemnidad se vuelve aún más fino. Will se deja el alma interpretando esta balada romántica, que vocalmente le queda más cómoda que su predecesora, mientras a mi alrededor veo parejas abrazadas llorando a moco tendido y cuento hasta 10 chicas subidas a hombros de sus maromos (y un maromo subido a hombros de su bro). Cualquier día de estos podría hacerse viral y sustituir a la de Maroon 5 como canción de bodas más pedida. Llega el turno del bis y de la joya de la corona: “Cry To Heaven”. La euforia colectiva llega a un punto absurdo y la instrumentación pasa a segundo plano, porque cumple su objetivo: la canción pertenece al público. No había ni una persona que no estuviera saltando y cantando desde los coros celestiales de la intro hasta el épico y ornamentado final.
Concluido el concierto me sorprende que no haya habido prácticamente nada de attrezzo, FX, actores u otros elementos teatrales que solían caracterizar su puesta en escena. En un tiempo en el que la capacidad de atención colectiva se ha reducido a los 15 segundos que dura un TikTok y los artistas han tenido que adaptarse echando mano de todo tipo de recursos para tener a la audiencia entretenida (efectos especiales, diseño de luces, dinámicas con el público, variaciones de formato, etc), resulta refrescante ver que Creeper han prescindido de todo esto y hacen funcionar su show solo a base de carisma, sonido y setlist (y un sencillo y efectista juego de tarimas), demostrando que realmente son mucho más que una “Halloween band”. Más allá de lo presenciado en el escenario, lo realmente espectacular fue ver a los asistentes disfrutar de esa manera despreocupada y espontánea, participando totalmente de la pantomima propuesta, siendo cómplices de la broma y, a la vez, encontrando algo muy auténtico y revelador dentro de la exagerada fantasía escapista de Creeper. Y sobre todo ver al público divertirse tanto y tan genuinamente. Daba la impresión que hacía tiempo que esperaban que alguien les diera permiso para hacerlo. Y definitivamente Creeper se toman sumamente en serio esta misión.

