Bandas: Michael Angelo Batio – The Space Octopus
Lugar: D8 Sorkuntza, Bilbao – 6 de mayo de 2026
Fotos: Juan Ramón Felipe
La noche arrancó puntual de la mano de The Space Octopus. La banda creada por Dann Hoyos, voz y guitarra, la completan actualmente Josu Misfits al bajo y Jon Estankona a la batería. El combo vizcaíno desplegó un repertorio compuesto por once temas que interpretaron a la perfección, sincronizados al milímetro, no solo musicalmente sino en cuanto a movimientos sobre el escenario. En más de una ocasión Dann y Josu se giraban a la par hacia Jon, para tocar algunos acordes de las canciones, parecía un baile sincronizado. El show registró varios momentos monumentales como los acontecidos en la recta final de la actuación, cuando desvelaron la máscara del pulpo que Hoyos acostumbra a llevar para interpretar sus canciones favoritas. Entonces se lanzó desde el pequeño escenario de la D8 hasta el público, atravesó tocando entre el público toda la sala y se subió a una pequeña grada que había en el fondo para hacer sonar su guitarra al ritmo de uno de sus solos. Después la banda le acompañó mientras volvía al escenario y allí remacharon la comparecencia.




E igual de puntual fue Michel Angelo Batio para empezar su actuación. Dicen que el que avisa no es traidor, y él mismo dijo que aquello iba a ser una masterclass de guitarra. El guitarrista de Manowar es toda una institución del rollo y cimentó su repertorio en buena parte de la base del “heavy metal”. Una mezcla entre exhibición técnica, cercanía absoluta y reivindicación de un instrumento fue lo que Batio nos regaló el pasado miércoles. Un instrumento que pese a modas y tendencias, sigue levantando pasiones cuando cae en manos de alguien así.
El artista acumula un legado importantísimo y eso quedó patente desde los primeros instantes. Raro es quien dentro del rollo no ha oído hablar del hombre de la doble guitarra. El guitarrista imposible. El tipo es capaz de tocar a velocidades absurdas manteniendo limpieza, precisión y sentido melódico. Pero verlo a pocos metros cambia completamente la percepción. Ahí es donde realmente entiendes por qué sigue siendo una referencia absoluta para generaciones enteras de músicos.

El ambiente en Zorroza tenía algo especial desde bastante antes del inicio. Muchos músicos entre el público, conversaciones sobre amplificadores, técnica, escalas y modelos de guitarra mezcladas con esa sensación de “hoy vamos a ver algo serio”. Y lo cierto es que Batio no tardó ni unos minutos en confirmar las expectativas. Como a todo buen profesor, le gusta hablar de sus mejores alumnos, y empezó con Dimebag Darrel, a quien homenajeó con su “Tribute to Dimebag” haciendo un repaso de los contundentes temas de Pantera. Seguido nos dimos cuentas que el setlist sería una de cal y una de arena, tributos y temas propios a partes iguales, interpretando su composición “Hands Without Shadows”.
Continuamos con otra batallita de su meteórica carrera, esta vez metía en el mismo saco a Eddie Van Halen, Tony Iommi y su compañero Joey DeMaio de Manowar. Una combinación mayestática de genialidades compartidas entre guitarristas de primera fila. Era el momento de “EVH” y la emoción iba en aumento. Llegaba otra de arena, otro tema propio. “Rain Forest” mantenía el nivel de los tributos de la noche, sin nada que envidiar a esos grandes clásicos que el guitarrista venía repasando. La sombra de Black Sabbath y Ozzy Osbourne seguía presente, y es que fue precisamente en el backstage de Ozzy donde Michael Angelo Batio conoció a quien se convertiría en su siguiente maestro de la guitarra, el gran Randy Rhoads, a quien rindió homenaje acto seguido, mientras relataba lo sucedido entre bambalinas.
No fue la única anécdota que Batio regaló durante la velada sobre su paso por los backstage y camerinos de los más de 67 países por los que aseguró haber girado gracias a la guitarra, instrumento que alzaba constantemente como si le rindiera pleitesía. Esta vez el relato nos trasladó a Los Ángeles, ciudad en la que residió durante un tiempo. Allí, recordó, fueron a verle al camerino dos miembros de Metallica, Kirk Hammett y James Hetfield. Aunque confesó que, al llegar, no dejaban de repetirle cuánto habían aprendido con sus vídeos, terminó reconociendo que, en realidad, todos habían aprendido de todos en aquella habitación. Y entonces admitió que “Ride the Lightning” le había cambiado la vida y deleitó al público con una enrevesada “Metallica Rules”. Tras el repaso “8 Pillars of Steel” cerró la parte del setlist previa a la llegada del esperado instrumento de dos mástiles.

Hizo entonces una curiosa referencia a que él no movía ni enchufaba equipos y, ante la evidente cara de extrañeza de parte del público, se apresuró a justificarlo esgrimiendo que no estaba dispuesto a arriesgarse a sufrir un cortocircuito. Esa tarea quedó, por tanto, en manos del bajista Francesco Caporaletti, que acompañado por el baterista Roberto Pirami, son los compañeros de viaje de Michael Angelo Batio en esta gira y viejos conocidos de la sala, donde ya habían pasado anteriormente junto al guitarrista Vinnie Moore.
Francesco Caporaletti tomó entonces la majestuosa guitarra de dos mástiles, apartada hasta ese momento sobre una mesa a la derecha de Michael Angelo Batio, y, tras ayudarle a acomodarla sobre los hombros, conectó los dos jacks que requiere el instrumento, uno para cada amplificador. Antes de desatar el momento más esperado de la noche, el guitarrista ofreció la última explicación de aquella improvisada clase magistral en donde primero llegarían los armónicos con una mano, después las melodías con la otra y finalmente, la unión de ambas fuerzas, no sin antes bromear asegurando que ni él mismo sabía muy bien qué vendría después. Dicho y hecho, comenzó tocando sobre el lado derecho de su cuerpo para pasar después al izquierdo, con las manos invertidas, antes de detenerse un instante para girarse hacia los amplificadores y reajustar una ecualización que no terminaba de convencerle. A partir de ahí llegó el clímax al situar una mano en cada lado del instrumento, movimientos de un extremo al otro del escenario, giros buscando todos los ángulos posibles y un público hipnotizado, teléfonos en alto, tratando de inmortalizar un momento tan improbable como fascinante. La descarga final, ejecutada frente a frente con los asistentes, cerró un único tema que fue despedido con una sonora ovación. Sin apenas pausa, los músicos se retiraron al camerino mientras el público, golpeando tarimas, gradas e incluso botellas contra el suelo, reclamaba una última canción que nunca llegó, hasta que la música lanzada por la PA por parte de los técnicos terminó confirmando que el espectáculo había llegado definitivamente a su fin.
En rasgos generales, musicalmente hablando, la actuación fue un festival continuo de alardes ejecutados a una velocidad demencial, conversaciones interesantes y todo apuntalado con claridad. A ratos parece que no toca la guitarra, pero su sonido llega a tus oídos. Y eso quizá sea lo más difícil de todo, porque muchos pueden tocar rápido pero muy pocos consiguen hacerlo manteniendo definición, dinámica y personalidad. Aun tratándose de un miércoles, a mitad de semana, Zorroza respondió con calor, respeto y admiración. Y Batio devolvió exactamente eso multiplicado por cien, dejando una de esas noches que cualquier amante de la guitarra recordará durante mucho tiempo.





