Soulfly y Nailbomb en Londres: dos caras de la revolución

Bandas: Soulfly – Nailbomb – Prodigal
Lugar: Electric Ballroom, Londres – 4 de septiembre de 2026
Fotos: Jesús Figueirido

Cuando se menciona el nombre de Max Cavalera, lo primero que viene a la mente es una certeza incontestable: hay bolos que no puedes perderte bajo ningún concepto. No hablamos simplemente de acudir a un concierto, sino de estar presente cuando la historia vuelve a cobrar vida sobre un escenario. A semejante cita se acude con la puntualidad quirúrgica de quien se niega a perderse ni un solo segundo de una noche que, por derecho propio, pertenece a la memoria del metal. Y luego están esas noches en las que los imprevistos imponen su propia ley, hacen saltar por los aires cualquier planificación y te obligan a cruzar el umbral con la incómoda certeza de haber llegado tarde. Eso fue exactamente lo que me ocurrió el viernes 4 de septiembre de 2026 en el Electric Ballroom de Camden.

Por gajes del oficio (o del reloj), me perdí la actuación de Prodigal y, por lo tanto, poco o nada puedo analizar de su actuación. Pero, por fortuna, aquella noche el destino decidió concederme una compensación a la altura de las circunstancias: crucé el control de accesos justo antes de que la maquinaria de Nailbomb comenzara a descargar toda su violencia sobre el escenario. Después vendría el auténtico asalto de Soulfly, pletóricos, abrasivos y dispuestos a demostrar que el tiempo, lejos de haber domesticado a Max Cavalera, parece haberlo convertido en una criatura todavía más peligrosa sí cabe.

Porque si algo quedó claro desde el primer instante fue que aquella no iba a ser una noche normal y corriente.

En el epicentro de semejante tormenta sonora, Max Cavalera volvió a ejercer, como tantas veces a lo largo de su trayectoria, de maestro de ceremonias de un viaje de más de tres décadas por las entrañas del metal extremo. Un recorrido que atraviesa Sepultura, Nailbomb, Soulfly y Cavalera Conspiracy, pero que, por encima de nombres y etiquetas, representa una parte esencial de la evolución de la música extrema. Sobre el papel, aquello era simplemente una fecha más de una gira. En la práctica, era una colisión frontal entre pasado, presente y futuro; una celebración de todo aquello que Max ayudó a construir y que todavía hoy continúa provocando terremotos.

La cita formaba parte de la gira británica Tribal Technology, un recorrido de cinco fechas por Southampton, Londres, Birmingham, Glasgow y Manchester. Sin embargo, la escala londinense poseía una dimensión especial. No todos los días se tiene la oportunidad de asistir al regreso de Nailbomb al Reino Unido después de un silencio de décadas, y mucho menos compartir la misma noche con Soulfly, la criatura que Max convirtió en una extensión de su propia identidad artística.

Camden era, además, el escenario perfecto para semejante reunión. El Electric Ballroom no necesita demasiadas excusas para convertirse en una caldera, y aquella noche parecía especialmente predispuesto al caos. Entre paredes cargadas de historia, sudor, cerveza y distorsión, se congregó una audiencia perfectamente consciente de lo que estaba a punto de suceder.

Yo había llegado tarde. Pero la noche, lejos de haberme cerrado las puertas, acababa de abrir las del infierno.

Prodigal: la chispa que encendió la noche

Aunque mi llegada coincidió con los últimos ecos de su actuación, era evidente que Prodigal había cumplido con creces la misión de caldear el ambiente. El público que abarrotaba la sala ya mostraba esa fisonomía inconfundible de las grandes citas memorables: camisetas negras desgastadas, melenas al viento junto a cabezas rapadas, veteranos de mil batallas y una nueva generación hambrienta de decibelios. La mecha estaba encendida y la expectación resultaba casi palpable.

Nailbomb: el regreso de la amenaza industrial

Pocas formas hay más violentas de incorporarse a un concierto que recibir de frente el impacto de Nailbomb. Nacido en los noventa como un proyecto mutante y abrasivo junto al músico británico Alex Newport, el colectivo dejó en su debut “Point Blank” una marca indeleble antes de desaparecer en las sombras. Ver este proyecto reactivado sobre las tablas del Electric Ballroom no fue un ejercicio de nostalgia indolente; fue un ataque en toda regla y sin concesiones.

Desde los primeros compases de “Wasting Away”, quedó claro que el material de Nailbomb conserva todavía una peligrosidad intacta. Las guitarras abandonaron la afinación convencional para transformarse en un muro de ruido industrial y lacerante, mientras la voz de Max recuperaba esa ferocidad primitiva que desarmó a la escena hace treinta años. La descarga continuó sin tregua con “Vai Toma No Cú” y la mordaz “24 Hour Bullshit”, reafirmando que este repertorio no ha envejecido: ha estado esperando pacientemente su momento para volver a morder.

Cortes como “Guerrillas”, “Blind and Lost” y “Sum of Your Achievements” convirtieron la pista en una caldera hirviente. El sonido denso y la cadencia incómoda de “Cockroaches” y “World of Shit” encontraron en el recinto de Camden su hábitat natural: sin adornos, sin concesiones, sin filtros suavizantes. El tramo final, articulado en torno a “Religious Cancer”, el emblemático cover de Dead Kennedys “Police Truck”, “Shit Piñata” y “Sick Life”, cerró el set de Nailbomb dejando una certeza rotunda: no sonaron como una reliquia del pasado, sino como una amenaza muy real.

Soulfly: pulso tribal, groove y fuego

Tras la tormenta industrial, el escenario quedó listo para la segunda transformación de la noche. Cuando Soulfly tomó el control, todas las dudas y especulaciones se disiparon al instante. Max Cavalera no necesita carta de presentación; su trayectoria desde los años dorados de Sepultura hasta la consolidación de Soulfly constituye la espina dorsal del metal pesado contemporáneo.

El arranque con “Back to the Primitive” fue una declaración de intenciones aplastante. El riff cayó con peso demoledor y el recinto respondió transformándose en una masa uniforme en constante movimiento. Sin pausa, “Seek ‘n’ Strike” afianzó ese groove tribal y acelerado que define a la banda, seguida por una implacable “No Hope = No Fear” donde Max demostró mantener intacta su habilidad para escupir cada verso como un mandato directo al pit.

Cuando sonó “Prophecy”, la comunión entre banda y audiencia alcanzó el punto de ebullición. Sin embargo, lejos de apoyarse únicamente en sus clásicos, el cuarteto demostró que su presente late con una energía descomunal. “No Pain = No Power” y la homónima “Chama” sirvieron para defender sobre el escenario su decimotercer álbum de estudio, una obra producida por Zyon Cavalera y Arthur Rizk que entronca a la perfección con el ADN histórico del grupo.

La versatilidad del setlist quedó patente con “Fire” y “Bring It”, antes de alcanzar uno de los momentos cumbre de la velada: la transición entre “Berimbau” y “Tribe”. En ese pasaje, Soulfly desplegó su faceta más espiritual y percusiva, recordando que su propuesta siempre trascendió el groove metal convencional para convertirse en un ritual colectivo.

Mención especial merece la alineación que arropa a Max: una verdadera dinámica familiar reforzada por la contundencia de Igor Amadeus Cavalera al bajo, la precisión de Mike De Leon a la guitarra y la pegada descomunal de Zyon Cavalera tras la batería. Ver a Zyon sostener el tempo con semejante músculo demuestra que el legado familiar no se exhibe como mero trofeo, sino como una antorcha encendida que garantiza el futuro. Temas como “I and I” y la demoledora “Downstroy” terminaron de sellar una actuación realmente contundente y memorable.

Una vez más,sin tregua, Max Cavalera asoló el recinto allá por donde pisa.

Lo vivido en el Electric Ballroom trascendió con creces la categoría de un concierto convencional. Presenciar el doblete de Max Cavalera —primero comandando la furia corrosiva de Nailbomb y, acto seguido, liderando la arrolladora maquinaria de Soulfly— ofreció una perspectiva privilegiada de un artista que se niega a acomodarse y que mantiene intacta una llama interior que, ojalá, tarde mucho en apagarse.

Dos propuestas estéticas distintas, dos épocas interconectadas y comparten la misma filosofía: el metal tiene que golpear de frente, convulsionar y mantenerse peligroso.Mientras el sudor y el eco de los últimos acoples se disipaban en la noche de Camden, quedó una conclusión indiscutible: a Max Cavalera le queda todavía mucho fuego por quemar y verle liderar a la masa es un verdadero lujo. Habiendo sido testigo no hace mucho del paso de Max Cavalera por este mismo recinto al frente de Cavalera Conspiracy, hay una certeza que se impone: dondequiera que este hombre pise el escenario, la locura está garantizada. Tiene la capacidad de desatar el caos en el mismísimo infierno y, para mí, presenciarlo de nuevo ha sido un auténtico privilegio. Una vivencia que se queda grabada a fuego en la memoria.

By Emilio Ortega

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